Capítulo 31. Lo que desenterraron
La médica de la ambulancia le puso la mano en el hombro a las ocho y cuarenta y siete.
—Ya está —dijo—. Puede parar.
Ana se detuvo. Llevaba los brazos rectos y las palmas una encima de otra sobre el pecho de su padre, y tardó en levantarlas, como si se le hubieran quedado pegadas. Un sanitario joven le pasó una manta térmica por la espalda. Ella no la sujetó y se le cayó a la grava.
Roco no se había movido de su costado.
Alguien subía corriendo por la cuesta. Ana oyó la respiración antes que los pasos, una respiración rota de no haber subido nunca aquel sendero tan deprisa. Bruno apareció entre las dos rocas grandes con la camisa por fuera y la cara gris, y se paró al verla.
Se acercó despacio. Roco levantó la cabeza, le olió la mano que bajó hasta él y volvió a apoyar el morro en la grava.
Bruno se agachó al lado de Ana. Miró el cuerpo. Miró sus manos, rojas hasta las muñecas.
—Tu mensaje me llegó a las ocho y diez —dijo—. Luego no me cogías el teléfono.
—No había cobertura.
—Ya.
No dijo nada más. Se quedó allí, en cuclillas, con una mano apoyada en la grava a un palmo de la de ella, sin tocarla.
—Arturo —dijo Ana.
—Lo tienen abajo, en las vallas. Lo encontró la patrulla sentado en el suelo, junto a la góndola. No se sostenía de pie. Había intentado arrancar el coche y no pudo pisar el embrague. —Bruno bajó la voz—. No ha dicho una palabra.
Luego subieron los de la Científica, con sus monos blancos y sus maletines, y pusieron números amarillos sobre la grava.
Uno junto a la piedra, contra la varilla de la losa.
Otro, a medio metro de la mano de su padre, junto a lo que Ana había visto salir rodando del bolsillo: una lata plana, de betún, de las de antes, con la tapa abollada y medio abierta.
Dentro se veía una pasta marrón, brillante, con la marca de unos dedos.
Ana la miró desde lejos y no se acercó. Roco tampoco.
A las nueve en punto, desde abajo, se oyó el motor de la cuadrilla llegando a la góndola. Alguien les gritó que se fueran.
La jueza la recibió al día siguiente por la tarde, en un despacho de los juzgados de Tarragona con una ventana que daba a un aparcamiento.
Ana declaraba como testigo; en la causa de Fuster seguía investigada, todavía por unos días. Su abogada estaba sentada a su lado con la carpeta de plástico cerrada sobre las rodillas. Antes de entrar no le había dicho nada: solo le apretó el brazo un segundo, en el pasillo.
Ana lo contó desde el principio. Desde el portal.
Cuando llegó a lo que había hablado con Pilar, no se guardó nada.
—Me dijo: «Es sobre tu padre». Y me pidió que no le contara nada. —Miró a la jueza—. El miércoles, ante la policía, mentí. Declaré que no sabía de quién se trataba.
La jueza levantó la vista. El funcionario dejó de teclear. Luego los dos siguieron.
Fueron casi tres horas. Al salir, en el pasillo, la abogada le comunicó que Arturo Soler había pasado a disposición judicial esa misma mañana y que la jueza había acordado prisión provisional.
—Has hecho bien —añadió—. Lo de antes ya no importa.
Enterraron a su padre el lunes, cuando el juzgado entregó el cuerpo.
Fueron pocos. Fermín, con la gorra en la mano.
Dos hombres muy mayores que Ana no reconoció y que dijeron que habían trabajado con él en los bloques de la playa grande, en los ochenta.
Maruja, en silencio, le cogió la mano. Bruno, al fondo, junto a la tapia del cementerio, sin acercarse.
No hubo cura. Ana no supo cómo pedirlo y nadie se lo preguntó.
Roco estuvo sentado a sus pies todo el rato, con la correa floja, mirando la fosa.
Abrieron el faro el martes.
Ana lo vio desde las vallas del mirador, las mismas por las que había pasado de lado cinco días antes. Ahora había cinta de la policía, dos furgonetas blancas, un generador y una carpa. Los operarios de la cuadrilla esperaban de brazos cruzados junto a la góndola, fumando.
No estaba sola. A lo largo de la cinta se habían ido juntando vecinos: jubilados con las manos a la espalda, dos mujeres con bolsas de la compra, un chaval con el móvil en alto. Cuando la vieron llegar con el perro, se hizo un hueco a su alrededor. Nadie le dijo nada. Alguien bajó el móvil.
Primero cortaron el hormigón con una radial, por la cara del mar, en líneas rectas. El polvo blanco se levantaba y el viento se lo llevaba hacia el acantilado. Luego quitaron los bloques con un pequeño martillo neumático, despacio, uno a uno, y los dejaron numerados sobre una lona azul.
Al despejar el hueco entraron los antropólogos, dos mujeres y un hombre, con rodilleras, paletas pequeñas y brochas.
Ana los vio meterse por turnos y salir con cubos de grava que pasaban por un cedazo.
En silencio. Trabajaban como ella había visto trabajar en una sala de necropsias, sin prisa y ajenos al reloj.
El miércoles a media mañana, una de las mujeres se incorporó en el hueco y levantó la mano.
Desde las vallas no se distinguía bien. Asomó un bulto oscuro, rígido, como un pedazo de neumático. Lo fotografiaron sin tocarlo, desde todos los ángulos. De un extremo colgaba un cabo de cuerda gruesa, casi negra.
Roco estaba tumbado a sus pies, con la cabeza sobre las patas, mirando a los de los monos blancos. No se levantó. Ni siquiera tensó el cuerpo.
Ana se quedó hasta que la carpa se cerró sobre el hueco. Luego bajó al coche.
Bruno fue a verla a casa tres semanas después, un jueves por la tarde.
Llegó con una carpeta que no abrió. Se sentaron en el patio, ella en el escalón de la cocina y él en la silla de plástico que había sido de su padre. Ana no se lo dijo. Él tampoco preguntó. Roco salió de la cocina, le olió los zapatos, dio una vuelta y se tumbó en las baldosas, entre los dos.
—Vengo a contártelo —dijo Bruno—: todo seguido, de una vez. Luego me voy a Tarragona.
—Vale.
Bruno miró la carpeta cerrada sobre sus rodillas.
—En las uñas de Pilar Roig había fibras de lona.
Las han cotejado con la chaqueta del almacén.
Coinciden. Y tenían restos de cera y de resina.
Bajo las uñas de Fuster hay ADN de un hombre, y coincide con el perfil que le tomaron a tu padre en la autopsia.
Tu muestra está descartada en el mismo informe.
La jueza ha archivado lo tuyo. —Hizo una pausa—. Ya no eres nada en ese caso.
Ana asintió. Sabía que tenía que sentir algo y no lo encontró.
—El vial estaba en la guantera de su coche.
Con sus huellas. El número de lote coincide exactamente con el de tu libro de registro —dijo Bruno, sin mirarla—.
Y los Agents Rurals ya tienen los resultados del solomillo del descampado.
Metomilo. Un insecticida carbamato de uso agrícola.
Apareció otra bolsa en el contenedor de obra con más carne y el mismo polvo.
El metomilo lleva años prohibido, pero en el almacén de la cooperativa, al fondo del todo, hay un saco viejo que nadie se ha molestado en retirar. Fuster trabajaba allí.
Roco levantó una oreja al oír el nombre. La bajó.
—Me han dicho que, si Roco se lo llega a tragar, lo que le tocaba era atropina —añadió Bruno.
Ana no contestó. Había tenido la jeringa cargada noventa minutos encima de la mesa.
—La talla estaba en el cuarto del fondo del almacén del puerto.
Debajo de unas tablas del suelo, embalada ya en una caja con espuma.
La empresa de la furgoneta tenía la recogida para el jueves a las diez.
—Bruno la miró por fin—. Tenía un número de inventario pintado en la peana, casi borrado.
Es de la parroquia de aquí, de la capilla lateral.
En los libros figura como destruida en julio del treinta y seis.
—¿Y no lo estaba?
—Alguien del pueblo la escondió en la guerra y no la devolvió nunca.
En el setenta y cinco la mandó a restaurar a escondidas, al taller de Elías Cánovas.
Ese era el pez gordo que no podía denunciar el robo: tendría que haber explicado de dónde la sacaba.
—Se encogió de hombros—. Lo del convento de clausura se lo inventó Arturo para tu padre.
Ana pensó en la capilla lateral, la de la izquierda, donde de niña se sentaba en los entierros porque había un banco más bajo y le llegaban los pies al suelo.
—Arturo ha declarado —siguió Bruno—. Sobre el setenta y cinco lo ha contado todo, porque está prescrito y no le cuesta nada. Dice que cuando encontró la linterna en el suelo, tu padre estaba encima del viejo. Que lo vio.
Ana no dijo nada.
—Asegura que la chaqueta la colgó él detrás del delantal, por si algún día le hacía falta; tu padre la había dejado olvidada en una silla.
Y que la cómoda no se la pidió nadie: se la llevó él aquella noche para que tu padre tuviera un motivo para pasar por el almacén sin levantar sospechas.
Jamás pensó arreglarla. —Hizo una pausa—.
De lo del faro sostiene que fue un accidente, que tu padre se le echó encima.
Tú estabas delante; no se lo cree nadie.
—¿Y lo del almacén? Lo mío.
—Su abogado lo ha intentado. La fiscalía no le ha hecho caso. —Bruno casi sonrió—. Un hombre en prisión por matar a otro delante de su hija no está para denunciar que le entraron en un almacén donde tenía una Virgen robada.
—¿Y la cámara del cajero? La del lunes de la verbena.
—Nadie la ha pedido. Nadie la va a pedir.
Se quedaron un rato callados. El limonero, podado, tenía hojas nuevas en las ramas de abajo, de un verde más claro.
—Hay una cosa más —dijo Bruno—. La última.
El laboratorio ha analizado lo que encontraron pegado a los huesos de la cara de Cánovas, a los dientes y a la lona, por la parte de la cabeza.
—Abrió por fin la carpeta, miró una hoja y la volvió a cerrar sin enseñársela—.
Cera de abeja y resina de lentisco. La mezcla de su taller.
Después de cincuenta años, todavía. Y dentro de la lona, la maza. Todavía la tenía en la mano.
Ana se miró el antebrazo derecho. No tenía nada. Pensó en la piel lisa y tirante donde se dormía de niña, en el sofá, con el ventilador del techo dando vueltas.
—Gracias —dijo.
—He pedido que me saquen de todo lo que quede de esto. —Bruno se levantó—. Lo que tenga que ver contigo, que lo lleve otro.
—¿Por qué?
Él no contestó. Se agachó, le rascó a Roco detrás de la oreja, y el perro estiró el cuello para que llegara mejor. Luego le apoyó a ella la mano en el hombro, un momento, como se consuela a alguien en un pasillo de hospital, y se fue hacia la salida.
La verja chirrió al cerrarse.
Esa noche Ana se sentó en la cocina con la libreta de tapas negras abierta sobre el hule.
Llevaba tres semanas sin escribir en ella.
La abrió varias veces y la volvió a cerrar.
Encima de la mesa, debajo del azucarero, estaba la hoja de la lista de la compra con las tres palabras de su padre.
La había sacado de la bolsa de tela al volver del faro y la había dejado donde la encontró. No la había movido de allí.
Roco estaba bajo la mesa, con la cabeza sobre su zapatilla.
Pasó las páginas hasta la última escrita. Lo mismo que el armario. Lo mismo que Arturo. Pasó la hoja.
Anotó la fecha. La hora. Se detuvo en la línea del estímulo mucho rato, con el bolígrafo levantado. Al final la escribió como las anteriores, con la letra de informe.
01/10. 07:52. Explanada del faro viejo. Estímulo: papá (lentisco caliente, fresco, en las manos). Señales: inmovilidad súbita, piloerección nuca-cola, cola horizontal rígida, mirada fija sin parpadeo, gruñido sostenido. Rechaza el premio. Ignora a Arturo, más cerca. Intensidad: 5.
Debajo, sin dejar línea:
La Baixada. Desde el principio.
Pasó a la siguiente.
01/10. 08:25. Explanada del faro viejo. Estímulo: papá en el suelo.
Señales: lamido, desvía la mirada, bostezo, cola pegada, orejas atrás, esclerótica visible, temblor generalizado.
Se acerca sin que lo llame, agachado, desde 10 m.
Huele su mano mucho rato. Se tumba contra mí, a un palmo de él. No se va. Intensidad: —.
Se quedó mirando la raya. Era la segunda que escribía en esa casilla. La primera había sido en el suelo de su cuarto, a las dos de la madrugada, con un frasco en la mano.
Escribió debajo, más pequeño:
Le tenía miedo. Se acercó igual.
Cerró la libreta. Roco suspiró bajo la mesa, un aire hondo que le hinchó las costillas.
Ana apagó la luz de la cocina y se quedó un rato a oscuras, con la mano en la nota de las tres palabras, sin leerla.