Capítulo 30. El precipicio
Arturo se agachó.
Lo hizo despacio, como quien recoge una moneda, apoyando la mano en la rodilla buena.
A sus pies había piedras caídas de la torre, trozos de muro que habían rodado hasta allí con los años, todavía con restos de cal blanca.
Cogió un pedazo del tamaño de un ladrillo.
Se incorporó con él colgando de la mano derecha, pegado a la pierna.
No miró a su padre. Miró a Ana.
Ana tardó un segundo en entenderlo. Su padre ni eso: ya había echado a correr hacia ella, desde el otro lado de la explanada, con sus piernas de viejo.
Arturo vino hacia ella. Cuatro metros, cojeando, arrastrando un poco la pierna mala por la grava. No tenía prisa. Tenía la cara quieta: la de los plenos, la de los pésames en el cementerio.
—Lo siento, nena —dijo.
Ana soltó el collar.
Roco salió de su costado como un muelle.
No ladró. Fue bajo, recto, y cerró la boca sobre la pantorrilla izquierda de Arturo, encima del vendaje que asomaba bajo el pantalón claro.
Arturo gritó. Se tambaleó y no cayó. Arrastró la pierna con el perro colgando de ella, un paso, otro, hacia Ana; ella se apartó de la roca y siguió reculando por la explanada.
Detrás de ella no había roca. Había aire.
Lo notó en los talones antes de verlo: la grava se acababa y empezaba el borde, la tierra suelta que se desprendía a pedazos, y al fondo el golpe de las olas, mucho más cerca que hacía un momento. A su izquierda, la losa de hormigón colgada sobre el vacío con sus dos varillas oxidadas. Se paró.
Arturo levantó el brazo.
La piedra arriba, contra el cielo claro, y el brazo doblado detrás de la nuca para coger fuerza.
Roco lo vio. Un brazo de hombre levantado sobre su cabeza, con algo en la mano. Lo de la cuneta. Lo del barrendero con el mango de la escoba. Lo que le había quitado el sueño dos años. Le temblaba todo el cuerpo, de la nuca a la cola. Tenía las orejas pegadas al cráneo.
No soltó.
Apretó más. Ana vio tensarse los músculos de su mandíbula. Clavó las patas traseras en la grava y tiró hacia atrás con los diecinueve kilos y medio, desequilibrando la pierna mala; el brazo de Arturo se torció un palmo a la izquierda.
Fue un palmo y fue un segundo.
Su padre llegó en ese segundo.
Ana no lo vio cruzar. Lo vio llegar: un cuerpo grande, viejo, con la camisa de ayer, que se metió entre ella y Arturo con el hombro por delante. Igual que habría entrado en una obra, sin pensar.
La piedra bajó.
Hizo un ruido que Ana supo, en ese mismo segundo, que no olvidaría nunca. Un ruido sordo, corto, húmedo, como el de un saco de yeso reventando contra el suelo.
Su padre se dobló. No gritó. Se le fueron las piernas y cayó de lado sobre la grava, a un metro del borde, con un brazo debajo del cuerpo. Del bolsillo del pantalón se le salió algo pequeño y redondo que rodó unos palmos.
La piedra cayó al suelo tras el golpe, rodó suelta hacia el precipicio y se paró allí, contra una de las varillas.
Arturo se quedó con el brazo vacío en el aire. Miró al viejo en el suelo. Miró a Ana. Le temblaba la boca.
Roco seguía colgado de su pierna.
Arturo le dio un puñetazo en la cabeza. Otro. Roco gimió sin aflojar los dientes.
—¡Roco! —gritó Ana—. ¡Deja!
Lo soltó.
Soltó como había soltado el solomillo en el descampado: al instante, con todo el cuerpo, y reculó hacia ella cojeando de una pata delantera, con el morro manchado de sangre.
Arturo se miró la pierna. El pantalón claro, rasgado, empapado de sangre desde la rodilla.
Retrocedió un paso. Otro. Luego se dio la vuelta y echó a correr hacia la cuesta, a trompicones, arrastrando la pierna herida y sujetándose a las rocas, hasta que desapareció entre los dos bloques de roca por donde había subido.
Ana no lo siguió. Ni lo pensó.
Se arrodilló junto a su padre.
Estaba de lado, con la mejilla en la grava. Le dio la vuelta despacio, sujetándole la cabeza con las dos manos, y se la puso en el regazo. Pesaba. Las cabezas siempre pesan más de lo que uno cree.
Tenía la sien izquierda hundida. Apenas una hendidura blanda, como chapa doblada. La sangre salía de ahí, oscura, y también del oído del mismo lado, un hilo fino que le corría por la piel hasta meterse en el cuello de la camisa.
Sangre por el oído. Fractura de base.
No había decidido pensarlo. Salió solo, con la voz con que se presentaban los casos en el hospital, los lunes por la mañana.
Le levantó un párpado con el pulgar y luego el otro. La pupila izquierda era grande y negra, mucho más que la derecha, y no se cerró con la luz del sol que le daba de lado. La derecha sí, un poco, despacio.
Respiraba. Mal. Un golpe de aire hondo, otro corto, una pausa demasiado larga, otro hondo.
Ana le buscó el pulso en el cuello con dos dedos. Lo encontró. Lento. Cada vez más difícil de notar.
No tenía nada. Ni una gasa, ni un collarín, ni una vía, ni una ampolla. El maletín estaba en el trastero de casa, debajo de las mantas de invierno, a un kilómetro y medio de allí. Solo le quedaban las manos y el móvil.
Lo sacó. Una raya de cobertura. Marcó el uno, uno, dos con el pulgar, y esta vez no se paró.
—Emergencias, dígame.
—Varón de setenta y dos años. —Le salió con la voz de urgencias, plana, ordenada, y se oyó desde fuera—.
Traumatismo craneal con objeto contundente, temporal izquierdo, hace dos minutos.
Hundimiento. Otorragia izquierda. Anisocoria, midriasis izquierda arreactiva.
Respiración irregular. Pulso débil. Explanada del faro viejo de Cala Salina, por el camino de servicio de la carretera del acantilado.
Hay un hombre bajando por el sendero, herido en una pierna. Es el que le ha dado el golpe.
La mujer al otro lado tardó un segundo.
—¿Es usted sanitaria?
—Soy veterinaria. Es mi padre.
—Le mandamos una ambulancia y una patrulla. No lo mueva. No cuelgue.
Ana dejó el móvil en la grava, con el altavoz puesto, y volvió a poner las dos manos en la cabeza de su padre.
Su padre abrió los ojos.
Fue de golpe. No los dos igual: el izquierdo, el de la pupila grande, se quedó a medias. El derecho la encontró. La miró un momento como se mira a alguien que acaba de entrar por la puerta.
—Nena.
—Estoy aquí. No hables.
Movió los labios. No salía casi nada. Ana se inclinó hasta pegar la oreja a su boca.
—Llévatelo —dijo su padre—. Que le doy miedo.
Ana levantó la cabeza.
Roco estaba a diez metros, junto a la roca grande, adonde había reculado en cuanto ella se arrodilló en la grava. Estaba de pie. Tenía la boca todavía roja y una pata delantera levantada, sin apoyarla. Miraba a su padre.
No gruñía. Temblaba.
Ana no lo llamó.
Roco bajó la pata. La apoyó. Dio un paso hacia ellos.
Se paró. Se lamió el hocico. Giró la cabeza hacia el mar, apartando los ojos, como hacía en la sala de espera con lo que no quería mirar. Volvió la vista hacia ellos.
Otro paso.
Ana lo veía todo. La cola pegada a los corvejones.
Las orejas atrás. El pelo levantado en la cruz, y luego un poco más abajo, y otra vez solo en la cruz.
Los ojos muy abiertos, con la esclerótica asomando por los bordes.
Ella misma había apuntado esas señales cientos de veces con letra de informe en una libreta de tapas negras.
Siempre en perros que se alejaban de lo que temían. Nunca en uno que se acercaba.
Cinco metros. Se paró. Bostezó, con un chirrido al final, como aquella mañana en la calle Major.
El aire subía del mar y pasaba por encima de su padre hacia el perro. Ana lo olía ella misma desde allí: el lentisco caliente de sus manos, la cera, el sudor, y ahora también la sangre.
Tres metros.
Roco se agachó. No para huir. Siguió viniendo así, más bajo, con el vientre casi rozando la grava, despacio, como había venido una vez a gatas desde el fondo de una furgoneta de la protectora, en un polígono de Jaén, hasta una palma abierta que no lo llamaba.
Un metro.
Estiró el cuello. Olió la mano de su padre, la que tenía abierta sobre la grava, con los dedos torcidos. La olió mucho rato, con inspiraciones cortas, como leía las farolas por la mañana.
Le temblaba todo el cuerpo. No se apartó.
Se dio la vuelta despacio y se echó contra el costado de Ana, con el lomo pegado a su muslo, y apoyó la cabeza en la grava, a un palmo de la mano de su padre. Allí se quedó. Temblando.
Su padre lo había visto. Ana vio que lo veía: el ojo derecho fue de ella al perro y volvió a ella. Algo se le aflojó en la cara. No llegó a ser una sonrisa. Los dedos se movieron apenas un centímetro hacia el hocico, y se pararon.
—Nena —dijo otra vez, sin voz.
La respiración se le fue espaciando. Un golpe hondo. Una pausa. Otro, más corto. Un silencio más largo.
Ana le buscó el pulso. No lo encontró. Lo buscó otra vez, más abajo, apretando. Nada.
—Ha dejado de respirar —le dijo al móvil, sin cogerlo.
—Póngalo boca arriba en el suelo, en una superficie dura —dijo la voz—. Las manos en el centro del pecho, una encima de otra. Comprima fuerte y rápido. Yo le cuento.
Ana sabía a qué se enfrentaba. Sabía lo que significaba una fractura de base de cráneo con una pupila fija y dilatada, y sabía que el corazón no era lo que había que arreglar. Lo había explicado mil veces en un pasillo, a gente que no quería oírlo.
Le apoyó la cabeza en la grava con cuidado, le abrió la camisa y colocó los talones de las manos en el centro del pecho, una encima de otra, los brazos rectos.
Empujó.
—Uno —dijo la voz del móvil—. Dos. Tres.
Ana contaba con ella. Contaba sin querer, como había contado quince segundos en lo alto de una escalera.
Cuatro. Cinco. El esternón de su padre cedía bajo sus palmas.
Algo crujió al tercer empujón. Ella no paró.
Diez. Once. Las costillas del hombre que la había subido a hombros en las verbenas de agosto. Veinte.
Roco no se movió de su lado.
Treinta. Ana le inclinó la cabeza hacia atrás, le tapó la nariz y le metió aire en la boca dos veces. Sabía a sangre y, debajo, a lentisco. Volvió al pecho.
—Uno. Dos.
A lo lejos, por la carretera del acantilado, empezó a subir una sirena. Luego otra.
Ana siguió contando.