El rastro del lentisco Capítulo 29. La confesión
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Capítulo 29. La confesión

—Quédate ahí —dijo Ana.

Su padre se había movido. Medio paso, hacia ella, con una mano a medio levantar. Se paró.

Ana retrocedió hacia las rocas sin soltar el collar, paso a paso, haciendo recular a Roco por la grava.

Lo había hecho mil veces en la sala de espera, con perros que se bloqueaban delante de otro: no se discute con el miedo, se le quitan metros.

A diez metros de su padre, contra la roca grande, el gruñido se cortó.

Roco siguió de pie, rígido, con el pelo de punta y los ojos fijos en él, pero respiraba.

Cuatro , pensó Ana, y le dio vergüenza haberlo pensado.

Arturo no se había movido de su sitio, a un lado, junto a la otra roca. Se había apoyado en ella con la chaqueta de lino en el brazo, como quien espera un autobús.

—Desde ahí —le dijo Ana a su padre—. Me lo cuentas desde ahí.

—Nena...

—Desde la escalera.

Su padre bajó los ojos a la grava. Estuvo así un rato. Cuando habló, lo hizo con la voz de dar el parte del tiempo, despacio, como si leyera.

—Vino a casa a la una. Tú estabas arriba, se oía el ventilador. Salí por el patio para que no te despertara y hablamos en la calle de atrás. Bueno. Ella hablaba. Que no podía más. Que te lo iba a contar todo, y que me daba hasta la mañana para decírtelo yo.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que no. Que por favor. —Se frotó los nudillos—. Se fue hacia su casa. Siempre bajaba por la Baixada. Yo cogí la chaqueta del coche. Y lo otro.

Se tocó el bolsillo del pantalón, donde había metido lo redondo.

—Di la vuelta por el muelle y subí la escalera por abajo. Me metí en el callejón. Solo quería hablar con ella otra vez, sin gritos. —Calló—. Tardaba. Casi una hora. Y cuando la vi arriba, no estaba sola. Estaba contigo.

Ana no dijo nada. Le temblaba la mano del collar.

—Bajó. Cuando llegó a la farola, salí. La cogí así. —Levantó el brazo derecho, doblado, y se lo llevó hacia el pecho, despacio, como quien enseña cómo se coge un saco—. Para que se callara. Y apreté.

—Quince segundos —dijo Ana.

Su padre la miró.

—Los conté —dijo ella—. No quería, y los conté.

—Luego la empujé. —Lo dijo bajo, mirando a otro sitio—. Llevo seis semanas diciéndome que se cayó. Ni así.

—Miraste hacia arriba.

—Te vi arriba, en la esquina del muro. —Asintió muy despacio—. Supe que eras tú antes de ver al perro. Y luego te dejé semanas creyendo que no podías fiarte de lo que habías visto.

—El cerrojo estaba echado.

—Por el patio. La verja se sujeta con la mano para que no suene. —Algo parecido a una sonrisa le pasó por la boca y se fue—. Te lo enseñé yo, cuando tenías catorce años y te escapabas a la playa.

Ana cerró los ojos un segundo. Los abrió.

—Me dijo que era sobre ti —dijo—. En el portal. Es sobre tu padre . Y que no te dijera nada.

Su padre no contestó.

—Ayer estuve en el despacho de la policía local con mi abogada. Se lo conté todo a Bruno. El portal, la ráfaga, el callejón, el brazo. Todo. —Tragó—. Me preguntó si me había dicho de quién quería hablarme. Le dije que no.

Su padre la miró. No dijo nada. Se le arrugó la barbilla como se le arrugaba a Jordi en la puerta del horno, aquella primera mañana, y luego se le quedó quieta.

Roco soltó un gruñido corto y se calló otra vez.

—Mi cara —dijo Ana.

Le salió más alto de lo que quería. Arturo levantó la cabeza.

—Dos mañanas me desperté con esto en la cara. —Se tocó la mejilla, de la oreja a la comisura—. Con la mandíbula cargada. Con el perro a dos metros de mí, sin mirarme. Llevo días pensando que había sido yo.

—El doce —dijo su padre—. La noche del doce.

Yo había estado fuera. Necesitaba aquello para dormir, y lo quemé junto al coche, arriba, en el mirador, como siempre.

Volví y el perro se me plantó en la cocina, ya lo viste.

Me fui a la cama. A las tres bajé a por agua y estabas en el recibidor, vestida, con las zapatillas atadas y la mano en el cerrojo.

Como si fueras a salir a una urgencia. Te llamé por tu nombre y no me oías.

Te cogí la cara para que me miraras. —Abrió las manos y las miró—.

Así. Con las dos. Y no me veías. Te subí a tu cuarto, encendí la lámpara para no tropezar y te senté en la cama. Te tumbaste sola.

Ana no se movía.

—La otra fue el domingo. Arturo me había llamado.

—Miró a Arturo un instante y volvió a ella—.

No podía dormir. Bajé a la calle, al coche, y volví.

Estabas en el pasillo de arriba, de pie, mirando la ventana del fondo.

Te volví a coger la cara. Te dije que te fueras a la cama. Entré en mi cuarto y cerré.

—Me dejaste allí.

—Te dejé allí. —Bajó la voz—. La primera vez, al día siguiente, me preguntaste si te había oído y te dije que había dormido como un tronco.

Me convenía que no te fiaras de tu cabeza.

—Se calló un momento—. Me dije que era para que no te metieras en esto.

Que así te protegía. —Negó despacio—. No era verdad. Era para que no me miraras a mí.

Estímulo: yo. Rodeado con un círculo, apretando el bolígrafo hasta casi romper el papel. La prueba en el patio, la lágrima de resina calentada entre las manos, y Roco a dos metros, sin mirarla. Perdóname. No te lo vuelvo a hacer.

Ana se dio cuenta de que estaba llorando porque el viento le enfriaba la cara. No hizo nada para pararlo. No soltó el collar.

—Ricard —dijo.

—Puso el cebo. —La voz de su padre se endureció un grado—.

Lo dijo en el bar del puerto: que ibas a aprender lo que es perder un perro.

Yo estaba allí, lo oí con mis propios oídos.

Y la noche que me contaste lo del solomillo, después de cenar, cogí tu llavero del gancho.

Lo hice antes, junto al coche; sin eso no me atrevía.

—El vial.

—El vial entero, del armario. Y una jeringa y dos agujas del cajón de al lado. —Se miró los dedos torcidos—. Te había oído en la cena, cuando me contaste lo del mastín. Que baja el pulso. Que se calcula por el peso. Yo no calculé nada. Cargué mucho.

—¿Dónde está?

—En la guantera.

Ana pensó en el armario cerrado con llave, en el hueco en el polvo de la balda, en Roco parado ante el tirador de chapa con la mancha de pelo en la cruz. El olor del taller en el armario. Arturo tiene llave.

—Lo esperé dos noches en el descampado. —Su padre seguía, ya sin mirarla—.

Volvió el lunes a las dos, con otra bolsa de carne, al mismo sitio donde tú sueltas al perro.

Le pinché en el cuello por detrás. No se cayó.

Era muy grande y había bebido, y se revolvió.

Me tiró al suelo, me arañó. Había una piedra.

No terminó.

—Y por la mañana te pusiste a podar el limonero —dijo Ana.

Su padre asintió.

—A las siete.

Arturo se rio, bajito, por la nariz. Ana no lo miró.

—¿Y hoy? —preguntó—. ¿A qué has venido hoy?

Su padre tardó en contestar. Miró hacia Arturo, apoyado en su roca con la chaqueta en el brazo, y volvió a mirarla a ella.

—El domingo me llamó él. Tú le habías mordido...

Tu perro. Sabía que eras tú, quién iba a ser.

Y en la verbena me lo dijo claro, en la oreja, detrás del camión.

Que si yo abría la boca, con el inspector o con quien fuera, él le contaba lo del vial, que se lo habías dicho tú misma en su despacho.

Lo de su almacén. Que en el pueblo todos saben que no te acuerdas de las cosas.

Y el martes me paró en la calle del puerto para decirme lo último: que esa noche, la de la verbena, a la una y diez, te había visto en el pretil de la Baixada, sola, en el mismo sitio, cuando bajaba él a su almacén.

—Y que si confiesas tú... —dijo Arturo desde su roca, sin moverse.

—Y que si confesaba yo, nadie me iba a creer. —Su padre no lo miró—. Un viejo con las manos torcidas cargando con lo de su hija. Que eso lo ha visto el inspector cien veces.

—Podías habérselo contado a Bruno —dijo Ana—. Con el vial. Con la chaqueta.

—¿Y qué le enseño? Tu vial. Tu escalera. Tus noches. —Abrió las manos—. Y además lo habrías sabido tú.

Se quedó un momento así, con las palmas vueltas hacia ella.

—He venido a acabar con esto antes de las nueve.

Lo dijo mirando la losa de hormigón colgada sobre el mar.

Arturo dejó de estar apoyado en la roca.

Ana lo vio enderezarse por el rabillo del ojo, despacio, sin soltar la chaqueta. No dijo nada.

Ana miró a su padre. Miró el bolsillo de su pantalón, el bulto pequeño y redondo. Pensó en para qué usaba su padre aquello: para poder hacer lo que, siendo él, no habría hecho. Y no fue capaz de decirlo.

Dijo otra cosa.

—¿Y Elías?

Su padre levantó la cabeza como si le hubieran tirado una piedra.

—Bruno me habló de un papel —dijo Ana—. Un restaurador que no aparecía por su taller. Ahí abajo. Pilar se lo guardó cincuenta años debajo de los manteles. Y en el sobre puso mi nombre.

Pasó un rato largo. El mar, abajo, con su pausa entre golpe y golpe.

—Fuimos a robarle una talla —dijo su padre al fin—. Arturo y yo. Una Virgen. Yo tenía veinte años. El viejo se despertó, cogió una maza, yo me tiré sobre él, se cayó el cazo de la mesa. —Se tocó el antebrazo derecho, por encima de la tela, sin remangarse—. Cera hirviendo. Era eso. No fue cal.

Ana lo sabía ya, de algún sitio, desde hacía semanas.

—Se apagó la linterna —siguió él—. Y yo... después, la nada. Cuando volvió la luz, el viejo estaba muerto y Arturo de pie a su lado. Quise creer que se nos había tirado encima con la maza. Me lo repetí allí mismo, en el suelo, y Arturo no dijo ni que sí ni que no. Cincuenta años me lo he repetido.

Se calló. Ana esperó.

—Al envolverlo, se le movió el saco de la cabeza —dijo su padre, muy bajo—. Le vi la cara. Tenía cera en la boca y en la nariz. Con la marca de un brazo. Del mío.

Miró al suelo, a la grava, a la base de la torre.

—No me acuerdo de hacerlo. Nunca me he acordado. Pero lo vi.

Arturo habló desde su roca, sin levantar la voz, como quien corrige una fecha en un acta.

—Nunca me lo preguntaste.

Su padre no se volvió.

—Está ahí debajo —le dijo a Ana—. Lo tapamos con piedras aquella noche. Y yo otra vez, en el noventa y tres, antes del hormigón.

Ana bajó la vista a sus propias manos. La que sujetaba el collar. La otra, abierta sobre el pecho de Roco. Las miró un momento, las dos, sin saber por qué, y no pensó nada.

Roco se había sentado. No había dejado de mirar a su padre ni un segundo, pero se había sentado, contra la pierna de ella.

Eran las ocho y veinte. El sol ya calentaba la grava.

Su padre se volvió entonces hacia Arturo. Por primera vez en toda la mañana lo miró de frente.

—A las doce bajo y lo cuento todo —le dijo—. Lo tuyo también. La talla, el viejo, todo.

Arturo le sostuvo la mirada. Luego dejó la chaqueta de lino doblada encima de la piedra, con cuidado, alisándola con la mano, como se deja una chaqueta en el respaldo de una silla antes de un pleno largo.