El rastro del lentisco Capítulo 28. El rastro del lentisco
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Capítulo 28. El rastro del lentisco

Arturo coronó la cuesta a las siete y cuarenta y seis.

Ana lo vio aparecer entre las dos rocas grandes por donde ella había entrado, primero la cabeza blanca y luego el resto.

Llevaba un pantalón claro, un polo azul marino y una chaqueta de lino doblada sobre el brazo: ropa de viaje, de aeropuerto.

Subía el último tramo agarrándose a los salientes con la otra mano.

Asentaba firme la derecha; con la izquierda apoyaba solo la punta, deprisa, como en la verbena.

Se paró arriba a recuperar el aliento. Estaba a cuatro metros de la roca de Ana, de espaldas a ella, mirando la torre.

Le llegó la colonia antes que el resuello: dulzona, cara, de las que se notan desde lejos. Y debajo, muy débil, el barniz, y algo amargo que no llegaba a ser nada.

Roco estiró el cuello hacia él por el lado de la roca. Inspiraciones cortas. Las orejas se le fueron atrás y se le erizó una pequeña cresta de pelo entre las escápulas. Un segundo. Luego bajó la cabeza y se apretó contra el costado de Ana.

Dos , pensó ella. Lo de siempre.

Arturo se pasó la mano por la frente. Miró la losa de hormigón colgada sobre el mar, el sol que asomaba por el cabo y el arco negro de la puerta. Luego, despacio, las rocas del lado de tierra, una por una. Ana se encogió detrás de la suya. La mirada pasó por encima y siguió.

—¡Vicente!

Lo dijo sin gritar, como se llama a alguien en el otro extremo de un pasillo.

Pasó un momento. Desde dentro de la torre, la voz de su padre:

—Aquí.

A Ana se le encogió algo debajo de las costillas y luego se le soltó. Estaba allí. Estaba bien. Hablaba con la voz de todos los días.

Estuvo a punto de levantarse. Tenía las rodillas preparadas y la mano en la roca para impulsarse. No lo hizo. Arturo seguía a cuatro metros, con la chaqueta de lino en el brazo. Había algo en su quietud —el peso volcado en la pierna buena, la espalda recta— que la dejó clavada en el suelo.

—Son las ocho menos diez —dijo Arturo hacia la torre—. A las nueve sube la máquina. Di lo que tengas que decir y acabamos.

No hubo respuesta. Se oyó la grava dentro del arco.

Su padre salió.

Llevaba la camisa de ayer y el pantalón de tergal subido por encima de la cintura, y los mocasines marrones abiertos por el juanete. Salió de la penumbra a la luz roja y se quedó un instante en el umbral, parpadeando contra el sol que acababa de asomar.

Se estaba limpiando las manos.

Lo hacía despacio, en el pantalón, a la altura de los muslos: primero las palmas, luego el dorso, luego otra vez las palmas. Después se metió la mano derecha en el bolsillo y dejó algo dentro. Algo plano, redondo. Ana vio un brillo de metal un momento y ya no estaba.

Tenía la cara tranquila. Ana conocía esa cara: era la de las siestas largas de agosto, cuando bajaba la escalera agarrado a la barandilla con el pelo aplastado de la almohada. No era la cara de un hombre que va a pedirle cuentas a nadie.

Echó a andar por la grava hacia Arturo.

Roco giró la cabeza. Dejó de mirar a Arturo y miró a su padre.

Su padre cruzaba la explanada sin prisa. Veinte metros. Quince. El ruido de los mocasines sobre las piedras pequeñas. Doce.

El aire cambió.

Ocurría siempre a esa hora. Con el sol naciente, la brisa roló acantilado arriba; barrió la losa, lamió la torre y cruzó la grava en dirección a las rocas.

Roco se quedó quieto.

De golpe, el pelo se le levantó desde la nuca hasta la base de la cola, en una sola línea. La cola se le quedó tiesa, horizontal. Las patas, clavadas en la tierra, abiertas. Los ojos fijos en su padre, sin parpadear.

Y el gruñido. Bajo. Largo. Sin cortes para respirar.

Ana lo sujetó del collar y le puso la otra mano en el pecho. Duro como una tabla. Notó en la palma la vibración subiéndole por el cuello.

Retiró la mano del pecho y la metió a ciegas en la bolsa de tela que llevaba cruzada. Desde la mañana del cebo llevaba siempre dentro una bolsita de premios secos, de los de tienda, por si le tocaba pagar un «¡Deja!» de urgencia. Sacó uno y se lo puso delante del hocico.

Roco no lo miró. No movió la nariz. Siguió mirando a su padre por encima de la mano de Ana como si allí no hubiera nada.

El premio se le cayó a Ana entre las piedras.

Arturo se había vuelto al oír el gruñido. Miró la roca, miró la correa que asomaba por el lado y la mano de Ana en el collar.

—Ahí estabas —dijo—. He visto tu coche abajo, pegado al de tu padre. No sabía si habíais subido juntos.

Su padre se paró en seco a mitad de la explanada.

Ana se levantó. No decidió hacerlo; las piernas la pusieron de pie. Aferró a Roco por el collar, le volvió a apoyar la otra mano en el pecho, y el perro no se movió con ella. Se quedó clavado donde estaba, con el cuello estirado, gruñendo hacia el hombre de la camisa de ayer.

—¿La has traído tú? —le preguntó Arturo a su padre, sin quitarle los ojos de encima a ella.

—No.

Su padre lo dijo mirando a Ana. Solo a Ana.

Entonces le llegó el olor a ella también.

Le llegó con el mismo aire que había movido a Roco, subiendo del mar por encima de la grava. Amargo. Resinoso. A monte, a algo que se cuece al sol. Y debajo, esta vez, lo que en el patio no había conseguido: algo graso, espeso, tibio, que se pegaba al fondo de la garganta. Cera.

Le falta algo. La cera, quizá.

No le faltaba nada. Estaba allí, fresco, a doce metros, en las manos que su padre acababa de limpiarse en el pantalón.

Y con la cera, lo que tampoco había tenido el patio: él. El olor de su padre, el mismo que Roco aceptaba cada mañana con un trozo de pan, pegado a la resina caliente. Por separado, no eran nada. Juntos, eran la escalera.

Ana se quedó quieta, con el collar en el puño y la respiración de Roco vibrándole contra la mano.

Lo vio entero, y lo vio deprisa.

La escalera. La ráfaga que subió entre las fachadas aquella noche, sal del muelle y, debajo, algo amargo, a monte. Roco con las orejas hacia el callejón un segundo antes de que nadie saliera de él.

Tres días después, la cocina. Su padre volviendo «del mercado» sin pescado, con las manos temblando bajo el grifo, y el perro clavado a un metro de su silla con un sonido que ella no le había oído en dos años.

Ni con el petardo de Sant Joan, ni con el barrendero de la escoba, ni con las botas del vecino en el ascensor.

Nunca. Ni una vez antes de aquella noche.

No había llegado con el perro de Jaén. Lo había aprendido en la Baixada.

Un solo ensayo, si el miedo es lo bastante grande: un olor presente mientras pasa lo peor, y el olor solo, después, enciende el miedo entero.

Lo había escrito ella misma en la libreta, con todas las letras, el martes por la tarde.

Había escrito incluso de dónde salía. Lentisco caliente encima de una persona.

Y luego la había tenido escrita y no había querido mirarla.

Su padre seguía quieto en la grava.

El brazo con la manga oscura. Eso le había dicho a Bruno en el despacho sin ventanas, eso había firmado.

La chaqueta de lona azul, que de noche es negra.

La chaqueta vieja, la del maletero. Su padre se lo había dicho en la cocina, el treinta y uno de agosto, en mangas de camisa: que se la había dejado en el almacén, que antes la llevaba en el coche.

Antes. El veintiuno de agosto aún estaba en el maletero.

Su cabeza buscó algo a lo que agarrarse y lo encontró.

El cerrojo. Aquella noche, a las dos y cuarto, ella misma lo había descorrido milímetro a milímetro para no despertarlo. Estaba echado. Por dentro. Nadie había salido por esa puerta antes que ella.

Se agarró a eso un segundo. Luego pensó en la puerta de cristal de la cocina, en el patio, en el pasillo lateral que bajaba hasta la verja del jardín. En la verja que chirría si no la sujetas con la mano. Ella sabía sujetarla desde los catorce años.

Lo soltó.

Y lo otro, lo suyo, lo que llevaba dos días rodeado en una página con un círculo apretado, se le movió debajo de los pies.

Estímulo: yo. Su cara oliendo a aquello dos mañanas, las mejillas doloridas, la mandíbula cargada.

Roco a dos metros, a tres, sin mirarla. No sabía todavía qué significaba.

Sabía que el olor de su cara era este, y este venía de las manos de su padre.

Roco seguía gruñendo. Ana le apretó el pecho con la palma, despacio, para que notara que estaba allí.

Su padre miró al perro.

Lo miró un rato largo, con las manos colgando a los lados. No dijo que los perros notan las cosas. No soltó que habría olido a un gato. Miró a Roco como se mira lo que ya se sabía y se prefería no ver.

Luego se llevó las manos a la espalda y se cogió una con otra, como los jubilados que miran una obra desde la valla. Como en la verbena, delante de Bruno, delante del dedo de Arturo.

Las sacó otra vez. Se las miró. Las palmas, el dorso.

Arturo no se había movido. Estaba de pie entre los dos, con la chaqueta de lino en el brazo, mirando primero a uno y luego a la otra, sin prisa, con la cabeza un poco ladeada. Como se mira, en un pleno, a dos concejales que van a votar distinto.

—Nena —dijo su padre.

Solo eso. Con la voz de todos los días.

El sol ya estaba entero encima del cabo y les daba de lado, y la sombra de la torre truncada cruzaba la explanada hasta casi tocar los pies de Ana. Abajo, el mar reventaba contra las rocas con una pausa larga entre golpe y golpe.

A Ana le temblaba la mano del collar. La otra, la del pecho de Roco, no.

—Eras tú —dijo—. En la escalera.

Su padre no contestó.

No negó con la cabeza. No dijo que no sabía de qué le hablaba ni que se había vuelto loca. Tampoco bajó los ojos al brazo, como habría hecho otro hombre.

La miró a ella. Se le movió algo en la boca, como cuando empezaba a decir una cosa y se arrepentía. Tenía los ojos húmedos y muy abiertos, y por primera vez en su vida Ana vio en la cara de su padre algo que no supo nombrar y que no quería volver a ver.

Roco gruñía.