El rastro del lentisco Capítulo 27. La subida al faro
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Capítulo 27. La subida al faro

Ana abrió la puerta de atrás y Roco no saltó.

Bajó despacio, primero las patas delanteras y luego el resto, y se quedó en la tierra del camino con la cabeza alta, fijo hacia el mismo punto que desde la ventanilla.

Ana le cambió el mosquetón de la correa corta por el de la larga, la de diez metros, la que usaba en las sesiones del patio. Recogió la mitad en la mano.

—Despacio —le dijo—. Aquí no te suelto.

El ensanche de tierra terminaba en una segunda hilera de vallas, más altas que las de la carretera: paneles metálicos sobre bases de hormigón, trabados entre sí.

Dos carteles colgaban de la malla con bridas.

Uno era de las obras, con el escudo de la Diputación y una foto del mirador terminado, lleno de gente sonriendo al mar.

El otro era de Protecció Civil, amarillo, con letras negras: CAMÍ TANCAT. RISC DE DESPRENIMENTS.

La tercera valla empezando por la izquierda estaba fuera de su pie. Alguien la había levantado y la había dejado medio metro más allá, torcida, apoyada en la siguiente. Por el hueco cabía una persona de lado.

Roco fue derecho al poste de esa valla. Bajó la nariz al pie de hormigón, subió por el tubo hasta la altura de una mano y se quedó ahí, con el cuello estirado.

Rigidez. Un segundo, dos. La mancha de pelo en la cruz.

Luego bajó la cabeza al suelo y siguió.

En la tierra del otro lado había huellas. La tierra estaba blanda de rocío y las marcas se veían bien: una suela lisa, sin tacos, de zapato de calle, con el tacón más hundido que la punta. Iban hacia dentro. No volvían.

Ana conocía esos zapatos. Su padre los llevaba a todas partes menos a la obra, unos mocasines marrones que se le abrían por el lado del juanete y que no tiraba porque decía que todavía estaban buenos.

Se agachó junto al poste, en el punto donde Roco se había parado, y lo tocó con dos dedos. Metal frío y mojado. Se los llevó a la nariz: solo olían a hierro.

Lo mismo que la nota.

Sacó el móvil. Tenía una raya de cobertura que iba y venía. Abrió la conversación con el número de la tarjeta blanca, la última, la de ¿Mejor de la cabeza? , que seguía sin contestar desde el martes. Escribió deprisa, sin corregir.

Mi padre ha subido al faro. Creo que ha quedado con Arturo. Estoy subiendo.

Lo envió. El reloj de la flecha estuvo un rato dando vueltas. Luego salió un tic gris. Uno solo.

Esperó a que saliera el segundo. No salió.

Guardó el móvil en el bolsillo de atrás del vaquero y pasó por el hueco de lado, con la correa por encima de la valla para que no se enganchara. Roco ya estaba al otro lado, tirando.

Al otro lado de las vallas el camino de servicio seguía un trecho más, de tierra apisonada, y luego se perdía entre las rocas.

A la izquierda, donde la pista se ensanchaba por última vez, había una góndola de transporte aparcada en paralelo al barranco, con las ruedas trabadas por dos cuñas de madera.

Encima, atada con cadenas, una excavadora amarilla con el brazo plegado sobre sí mismo como un insecto dormido.

Las orugas tenían barro seco de otra obra.

En el cristal de la cabina, dentro de una funda de plástico pegada con cinta, había un parte de trabajo: Dijous 1/10 — inici 9:00h.

No había nadie. El motor estaba frío, la cabina cerrada.

Ana miró el reloj del móvil. Las 07:28.

Roco no miró la máquina. Pasó junto a las orugas con la nariz en la tierra y siguió hacia las rocas.

Rastreaba como Ana no lo había visto trabajar nunca.

En el descampado del polideportivo, las pocas mañanas que lo había soltado, corría con la cabeza alta, buscando con los ojos, como corren los podencos.

Ahora llevaba la trufa pegada a la tierra y no la levantaba.

Avanzaba en zigzag, abriéndose a un lado del sendero y luego al otro, cruzando una línea que ella no veía, y cada vez que la perdía volvía unos pasos atrás, daba un círculo corto y la recuperaba.

Resoplaba. Cada pocos metros soltaba por los ollares un golpe de aire, como quien limpia algo, y volvía a hundirla.

Ana lo dejaba hacer al final de la correa.

La soltaba cuando él tiraba, la recogía en las curvas donde el sendero se acercaba al borde.

A la derecha, a veces a dos metros y a ratos a solo uno, el acantilado caía sin avisar hacia un mar todavía gris, y desde abajo subía el ruido de las olas, lento, con una pausa larga entre golpe y golpe.

El rocío ayudaba. Lo sabía de la facultad, de una optativa de etología que casi nadie tomaba en serio. La humedad de la madrugada fija el olor al suelo; el sol, cuando sale, lo levanta y lo deshace. Le quedaba media hora de rocío.

Pensó en lo que estaba siguiendo Roco.

Llevaba un mes viendo cómo aquel perro se quedaba clavado en las baldosas, con el pelo de punta de la nuca a la cola, ante lo que traía su padre del taller.

Lo había visto negarse a coger un trozo de queso a un palmo del hocico.

Y ahora iba detrás de ese mismo olor, monte arriba, tirando de ella como si temiera llegar tarde.

Le dio vueltas mientras subía hasta dar con una explicación que le servía.

Lo que había en el suelo no podía ser la chaqueta.

Era su padre: sus mocasines viejos, su piel, el jabón La Toja, el olor que Roco había aceptado con un trozo de pan el primer día en el recibidor.

Si había algo más, estaría diluido, gastado por dos horas de aire.

Roco no seguía lo que temía. Seguía a su padre.

Se agarró a eso. Le pareció lo único firme que tenía en la mano además de la correa.

En una curva, el camino de servicio desembocaba en una senda más antigua, más estrecha, que venía desde el pueblo pegada al borde.

El sendero del acantilado. Los últimos veraneantes lo habrían recorrido en julio con la cámara en la mano, antes de que lo cerraran.

Ahora tenía hierba seca en el centro y piedras sueltas que nadie había apartado.

Unos metros más abajo, encajado en la roca, había una antigua caseta de pescadores.

Lo que quedaba de ella. Cuatro paredes de piedra seca sin tejado, la puerta abierta a un hueco negro y, a un lado, el arranque de una rampa por donde alguna vez se subirían las barcas.

Por las grietas del muro crecían matas oscuras, de hoja pequeña y dura.

En el interior, visible desde arriba, había latas oxidadas y una nevera de playa partida por la mitad.

Ana se paró. Roco tiró, quiso seguir, y luego se quedó esperándola con la nariz todavía en el suelo.

Una caseta de pescadores en el acantilado.

Bruno, en el bar de la parte alta, con el móvil girado hacia ella.

Junto al faro viejo. Un restaurador que se llamaba Elías Cánovas, sesenta y tantos años, sin familia, que una noche de enero de 1975 dejó de aparecer por su taller y al que nadie buscó.

Un papel sin sello que una chica de diecisiete años se llevó a casa y guardó cincuenta años debajo de los manteles buenos.

Y en el sobre, con bolígrafo azul y letra temblona: Ana.

Miró las matas que salían de los muros. Las conocía de toda la vida, de las excursiones del colegio, de la ladera tras el cementerio. Nunca se había preguntado cómo se llamaban.

Arrancó una hoja y la partió entre los dedos: amarga, a monte. Un olor limpio y frío.

Roco no se acercó a la caseta. No olfateó hacia abajo ni giró la cabeza. Allí no había nada para él.

—Vamos —le dijo Ana.

El último tramo subía más empinado, entre rocas grandes, y el sendero se convertía en una escalera de piedras puestas de cualquier manera.

Ana tuvo que agarrarse un par de veces con la mano libre.

Le ardían los muslos. Llevaba sin comer desde el arroz del mediodía anterior y notaba el estómago vacío, encogido, pero las manos le respondían y la cabeza también.

Se dio cuenta en mitad de la cuesta y casi se paró por la sorpresa.

No tenía nada detrás de los ojos. Ni presión en la nuca, ni zumbido, ni esa luz demasiado blanca que solía subirle por los bordes.

Llevaba tres meses esperando que volviera en los peores momentos, en una escalera de noche, en una plaza llena de petardos, y esa mañana, subiendo aquel acantilado detrás de su padre sin que nadie se lo hubiera pedido, no estaba allí.

Iba despierta. Cada paso era suyo.

Pensó en Villaret, en el mensaje sin contestar, en la cara de la doctora con las gafas en la punta de la nariz. El riesgo es dónde despiertas. Esta vez sabía exactamente dónde estaba. Sabía cómo había llegado. Podría contar, si alguien se lo preguntaba, cada valla y cada piedra.

El sendero coronó la cuesta y se abrió.

Era una explanada de grava y tierra, más grande de lo que parecía desde la playa, rodeada de rocas por el lado de tierra y abierta al vacío por los otros dos. En el centro estaba el faro.

De cerca era más pequeño y más feo que en su memoria.

Una torre de piedra cortada a media altura, sin linterna, sin cúpula, con la cal comida hasta la roca.

La puerta de la base había perdido la madera hacía décadas y solo quedaba el hueco, un arco negro.

Alrededor, como una falda mal puesta, corría un zócalo de hormigón basto, más claro que la piedra, con las marcas de los tablones del encofrado todavía visibles después de tantos años.

Por el lado del mar, el zócalo no tocaba nada.

Ana se acercó al borde despacio, con la correa acortada.

La roca que debía sostener aquel hormigón se había ido.

El mar y los temporales se la habían comido por debajo, y la losa gris se quedaba ahí en el aire, colgando sobre el vacío un metro largo, con dos varillas de hierro oxidado asomando del canto como dedos.

Más abajo, muy abajo, las olas reventaban contra las rocas y la espuma subía blanca y volvía a caer.

Durante año y medio no quería que nadie tocara ese faro.

Ana miró el hormigón y no entendió qué podía importarle tanto a nadie de una losa vieja colgada sobre el mar.

El cielo se había aclarado. Detrás del cabo, la raya amarilla se había hecho naranja y empujaba hacia arriba, y el mar empezaba a tener color. Faltaban unos minutos para que saliera el sol. Las 07:41.

No había nadie en la explanada.

Ana se dio una vuelta despacio, mirando las rocas, la base de la torre, el borde. Ninguna figura. Ningún ruido salvo el mar. En la grava se perdían las huellas; eran demasiadas piedras pequeñas para que quedara nada.

—¿Papá?

Lo dijo flojo. El viento, que a esa hora casi no soplaba, se lo llevó igual.

Roco había seguido con la nariz por la grava, sin dudar, hasta la base de la torre. Se paró junto al zócalo de hormigón de la cara del mar, a un par de metros del arco de la puerta.

Y levantó la cabeza.

Las orejas se le fueron hacia delante, las dos a la vez, apuntando al arco de la entrada. Se le endureció el cuello. Se quedó con el peso cargado al frente, sin avanzar, con la cola a media altura y quieta, los ojos fijos en la oscuridad del interior.

Gruñó. Una vez. Un sonido corto y bajo que se cortó en seco.

Ana se quedó con la correa tirante en la mano.

Conocía esa postura. La tenía escrita en una de las primeras páginas de aquel verano, con la letra torcida de aquella madrugada: orejas adelante, cuello rígido, gruñido único, orientación fija. Alerta dirigida. Un perro que sabe que hay alguien en un sitio donde tú no ves a nadie y te lo señala.

—¿Qué hay? —le susurró—. ¿Qué has oído?

Roco no se movió. No la miró.

Ana dio un paso hacia la puerta, y luego otro. Del interior salía un olor a piedra húmeda y a orines viejos de gato. Desde donde estaba, solo alcanzaba a ver un retazo de suelo pisoteado y el arranque de una escalera de caracol que subía hacia el vacío.

Iba a dar el tercer paso cuando lo oyó.

Abajo, lejos todavía, por el camino de servicio, un motor. Uno grande, con una marcha corta, subiendo la cuesta de tierra con el ruido de las piedras saltando bajo las ruedas. Se paró un momento, a la altura de las vallas o de la góndola. Volvió a arrancar.

Roco giró la cabeza hacia el ruido. La volvió hacia el arco; de nuevo hacia el camino.

Ana se apartó de la puerta, buscó el abrigo de las rocas del lado de tierra tirando de la correa y se agazapó tras un bloque con el perro pegado al costado. Aferró el collar corto y le puso la otra mano en el pecho. Debajo de la palma, el corazón de Roco iba deprisa, pero iba solo, sin el gruñido.

Apartó la mano del pecho y sacó el móvil. Un solo tic gris. Seguía sin entregarse.

El motor se paró al pie de la última cuesta. Una puerta de coche se cerró con un golpe.

Por encima del cabo asomó el borde del sol, y la luz entró de lado por la explanada y tiñó de rojo el hormigón.