Capítulo 26. La nota #2
Fue al recibidor. Las llaves del coche de su padre no estaban en el gancho.
El cerrojo de la puerta principal estaba descorrido.
Abrió. La calle seguía a oscuras, con la farola todavía encendida, y el hueco frente a la casa donde su padre aparcaba desde siempre estaba vacío, con una mancha de aceite viejo en el asfalto.
Roco había salido detrás de ella. Olió el pomo por dentro y luego por fuera. La misma mancha en la cruz, más corta. Después tiró hacia el hueco del coche y se quedó allí con la nariz pegada al suelo, dando vueltas sobre el sitio, como se busca algo que se acaba de perder.
Ana volvió a la cocina y llamó al móvil de su padre.
El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.
Llamó otra vez. Lo mismo.
En la pantalla de bloqueo, debajo de la hora, seguía el recordatorio: Dra. Villaret — jueves 11:00 . Hoy era jueves. Nadie había contestado todavía a su mensaje del miércoles de madrugada.
Se sentó en la silla de su padre, con la nota en la mano, y obligó a su cabeza a hacer lo que sabía hacer.
Antes tengo que arreglar una cosa. Arturo es cosa mía.
La llamada del domingo en el patio, de espaldas, con la mano en la nuca.
El dedo en el pecho, en la verbena. Me voy unos días.
La furgoneta blanca de Barcelona y la caja vacía entrando a medianoche.
Y ahora, en una hoja de la lista de la compra, la misma señal que Roco encontraba en todo lo que tocaba Arturo.
O Arturo había estado en aquella cocina esa noche, o su padre había tocado algo de Arturo antes de escribir. Las dos cosas llevaban al mismo sitio.
Lo apuntó, porque si no lo apuntaba se le olvidaba.
01/10. 05:14 aprox. Dormitorio. Ruido de motor en la calle. Roco de pie contra la puerta, cabeza alta, orejas al pasillo. No viene a la llamada. (Yo medio dormida, no compruebo más.)
01/10. 06:40. Cocina. Estímulo: la nota de papá, su silla, el pomo de la puerta. Señales: olfatea, rigidez 1-2 s, piloerección leve en la cruz, orejas atrás, se sienta a 1 m. Sin gruñido. Intensidad: 2.
Y debajo:
Lo mismo que el armario. Lo mismo que Arturo.
Sacó la tarjeta blanca de detrás de la funda del móvil y la tuvo un rato entre los dedos.
Bruno contestaría al cuarto tono, con la voz ronca.
Le preguntaría dónde estaba su padre, y ella no lo sabría.
Le preguntaría por qué creía que había ido a buscar a Arturo, y ella tendría que contarle la nota, la mancha en la cruz y el gancho sin llaves.
A las siete menos veinte de la mañana, a cinco horas de una citación, le estaría entregando a su padre en bandeja.
Guardó la tarjeta.
Se vistió en dos minutos: vaqueros, sudadera, las zapatillas atadas con un solo nudo. Metió la nota y la libreta en la bolsa de tela y salió con Roco al coche.
El almacén estaba como lo recordaba de la otra noche, solo que gris en vez de negro.
La fachada blanca, la persiana grande bajada hasta el suelo, la puerta de chapa con su cerradura buena.
Ni furgoneta ni todoterreno; ni un resquicio de luz por debajo.
La calle sin salida olía a gasoil y a redes mojadas, y una gaviota picoteaba una bolsa reventada junto al contenedor.
Ana no salió del coche. Bajó un palmo la ventanilla de atrás.
Roco sacó la cabeza y olfateó hacia la puerta de chapa con inspiraciones cortas. Se le levantó el pelo de la cruz, poco, un segundo. Echó las orejas atrás y metió la cabeza en el coche.
Allí no estaba.
Ana se quedó con las manos en el volante y el motor en marcha.
El reloj del salpicadero marcaba las 06:58.
A las siete, la radio local dio las noticias de la comarca con la voz de todas las mañanas: un accidente sin heridos en la nacional, el precio del gasóleo.
Y que hoy, jueves uno de octubre, empezaban las obras del mirador del faro, que el sendero del acantilado seguiría cerrado mientras duraran y que se pedía a los vecinos que no se acercaran a la zona vallada.
Ana apagó la radio.
Durante año y medio no quería que nadie tocara ese faro.
Bruno lo había dicho en el banco de la fuente, mirando el agua.
Y en el bar de la parte alta le había hablado de un papel de 1975 con el membrete de la Guardia Civil: un restaurador que no aparecía por su taller, una caseta de pescadores en el acantilado, junto al faro viejo.
Y estaba su padre, la primera noche, con la mano parada a medio camino de una miga de pan. Sí. Una escombrera.
Si Arturo se iba hoy y hoy entraban las máquinas, en todo el pueblo había un solo sitio que le importara esa mañana.
Arrancó.
La carretera del acantilado subía en curvas cerradas entre pinos bajos; en cada una, el mar aparecía un poco más abajo, más claro.
Detrás del cabo, el cielo tenía el tono del agua sucia con una franja amarilla en el límite del horizonte.
Todavía no había salido el sol. Roco iba de pie en el asiento trasero, con las patas delanteras apoyadas en la puerta y el hocico pegado a la rendija de la ventanilla.
En la curva de arriba estaban las vallas amarillas que había visto desde el coche patrulla camino de Tarragona, con el cartel de las obras atado con bridas. Más allá, a la izquierda, salía el camino de servicio y al final, antes de otra hilera de vallas, el ensanche de tierra que hacía de mirador.
Había un coche aparcado.
Ana lo reconoció antes de ver la matrícula, por la abolladura del paragolpes trasero que su padre llevaba tres años diciendo que iba a arreglar.
Dejó el suyo detrás, en el camino, y bajó. El aire de allí arriba era otro, frío y salado, y traía desde muy abajo el golpe del mar contra las rocas.
El coche de su padre estaba cerrado. Ana miró por la ventanilla del conductor. El asiento estaba echado hacia atrás, como lo llevaba él. Había un paquete de pañuelos en el salpicadero y la gorra en el asiento del copiloto.
Puso la mano en el capó. Estaba frío.
A su espalda, Roco ladró una vez dentro del coche. Un ladrido corto y seco que Ana no le conocía.
Se volvió. El perro tenía la cabeza pegada a la ventanilla de atrás, la que ella había dejado bajada un palmo, y el hocico fuera, apuntando más allá del coche de su padre, más allá de las vallas, hacia el sendero que subía entre las rocas. Llevaba las orejas hacia delante y no parpadeaba.
Arriba, contra el cielo que empezaba a aclarar, asomaba la torre truncada del faro.