Capítulo 26. La nota
Ana no se acostó.
Se sentó en la cama con la persiana bajada y el móvil en la mano. De nuevo volvió a las fotos y estuvo un rato pasándolas, en bucle. Se paraba siempre en la del zurcido.
Abajo no se oía nada. Ni la tele, ni el grifo, ni el tercer peldaño.
Roco la miraba desde su sitio, bajo la ventana. A las once y diez se levantó, fue hasta la puerta y se sentó allí, con el hocico en la rendija, esperando a que ella hiciera algo.
—Vale —le dijo Ana—. Vamos.
Bajaron a oscuras. En la cocina solo estaba encendida la lucecita roja de la cafetera. La puerta de cristal del patio seguía entornada, y por ella entraba un aire que por fin olía a final de septiembre, a tierra que se enfría.
Su padre seguía en la silla de plástico, junto al limonero. La farola de la calle de atrás asomaba por encima de la tapia y le dejaba media cara naranja y la otra media en sombra.
Roco pasó por delante de Ana. Cruzó las baldosas sin prisa y le olió las zapatillas, los tobillos y la mano que colgaba junto a la silla. Movió la cola dos veces. Luego dio una vuelta sobre sí mismo y se tumbó con la cabeza encima de su pie.
—Hombre —dijo su padre—. Tú tampoco duermes.
Ana se sentó en el escalón de la cocina. La piedra todavía guardaba algo de calor del día.
Estuvieron un rato callados. Desde el puerto llegaba el golpe blando de un barco contra las defensas y, más lejos, un camión que subía la cuesta del acantilado en primera. Las ramas de la poda seguían amontonadas contra la tapia, grises y secas.
—Tengo que quemar eso —dijo él—. Cualquier día prende solo.
—Ya lo haremos.
Él asintió. Se frotó los nudillos de la mano derecha con el pulgar de la izquierda, uno a uno.
—Lo de mañana —dijo Ana—. Lo de las doce. Bruno me ha dicho que no tienes por qué ir. Que si no te cita la jueza, nadie está obligado. Si no quieres, no vas y ya está.
—Iré.
—Papá, no hace falta.
—Iré, nena. —Dejó quietos los nudillos—. Antes tengo que arreglar una cosa.
Ana lo miró. Su padre miraba la tapia.
—¿Con Arturo?
No contestó enseguida. Le pasó la mano a Roco por el lomo, de la nuca a la grupa, y el perro suspiró sin levantar la cabeza de la zapatilla.
—Arturo es cosa mía —dijo al fin—. Lo ha sido siempre. No te metas tú en eso.
Ana pensó en el hueco entre el camión de la orquesta y la pared del ayuntamiento, en el índice contra el esternón, una vez y otra.
En la llamada del domingo, con las gafas asomando del bolsillo de la camisa.
En la cómoda arrinconada con la carcoma intacta.
En la chaqueta azul detrás del delantal más viejo, colgada en el gancho donde nadie mira.
Tenía el móvil en el bolsillo del pantalón del pijama. Podía sacarlo, buscar las fotos y ponérselas delante. Papá, ¿qué hace tu chaqueta ahí?
No lo sacó. A las once y media de la noche, con Roco dormido sobre el pie de su padre, no supo cómo se empezaba aquello.
—Me da miedo que te haga algo —dijo en cambio.
Su padre soltó una risa corta por la nariz.
—Arturo me conoce desde los seis años. No me va a hacer nada.
Luego se subió la manga derecha, sin pensarlo, como se hace por el calor, aunque a esa hora ya no apretara, y la cicatriz quedó bajo la luz de la farola: lisa, tirante, con los cordones desde la muñeca hasta casi el codo.
—Te dormías aquí —dijo—. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo.
—Todas las tardes, después de comer. Subías tú la manga, ni me lo pedías. Y si te ponía un cojín en su lugar, te despertabas llorando. —Se miró el brazo—. Tu madre decía que te gustaba porque la piel nueva no suda. Que estaba más fresca.
—¿Y es verdad?
—Ni idea. Nunca lo he sabido.
Ana rio. No se lo esperaba y le salió raro, corto, como se ríe uno en un velatorio. Roco levantó una oreja y la volvió a bajar.
Se quedaron así.
Ana pensó que llevaba seis semanas en aquella casa y era la primera noche que se sentaban los dos en el patio sin que ninguno tuviera prisa por irse a la cama. En las visitas de fin de semana nunca había tiempo. Antes, cuando todavía vivía allí, a los dieciséis, a los diecisiete, no había ganas.
Se acordó de su madre en esa misma silla, en verano, dándose aire con un abanico de propaganda de la caja de ahorros, y no supo si lo recordaba de verdad o si era una foto que había visto muchas veces.
También pensó lo que tantas veces había callado: que su madre siempre había tenido razón. Aquella piel no sudaba porque el tejido fibroso y el colágeno de la cicatriz no tienen glándulas sudoríparas.
—¿Y el perro? —interrumpió su padre—. Lo del queso. ¿Va a servir?
—Si lo hago bien.
—¿Y cómo se hace bien?
Ana miró a Roco, enroscado contra la pierna de su padre como si allí no hubiera pasado nunca nada.
—Despacio. Lo que le da miedo tiene que estar lejos y flojo, tanto que lo note y no le importe. Entonces le das algo bueno. Cuando come tranquilo, lo acercas un poco. Solo un poco. Si lo acercas de golpe, se rompe y hay que volver a empezar.
—¿Y cuánto se tarda?
—Meses. A veces más.
Su padre asintió como asentía a los partes del tiempo.
—Meses —repitió.
Se inclinó con un crujido de rodillas y le rascó a Roco detrás de la oreja. El perro estiró el cuello para que llegara mejor.
—Tú dale tiempo —dijo el padre.
Ana lo miró un segundo, sin saber muy bien si se lo decía a ella o al perro.
Luego se enderezó en la silla.
—Has hecho bien en venirte, nena. Aunque haya sido este verano.
—¿Por qué dices eso?
—Porque es verdad. —Apoyó las manos en las rodillas—. Sube, anda. Mañana abres a las nueve.
—¿Tú no subes?
—Ahora. Apago yo.
Ana se levantó. A Roco le costó más: sacó la cabeza de la zapatilla con un gruñido pequeño de pereza, se estiró y la siguió hasta la puerta de cristal. Allí se volvió a mirar al viejo.
Desde la escalera, Ana oyó que su padre decía algo en voz muy baja. No lo entendió. Pensó que hablaba solo, como cuando buscaba las llaves por la cocina.
En su cuarto abrió la libreta.
30/09. 23:30. Patio. Estímulo: Vicente. Se acerca, olfatea zapatillas y mano, cola. Se tumba con la cabeza en su pie. Acepta caricia. Intensidad: 0.
Se quedó mirando el cero. Debajo escribió, más pequeño: Arturo es cosa suya, dice.
Oyó el tercer peldaño a las doce y veinte. La puerta del cuarto de su padre, el agua del lavabo, el somier. Al rato, el silbido al final de cada respiración, lento, al otro lado del pasillo.
Se durmió escuchándolo.
Algo la sacó del sueño sin despertarla del todo.
Un motor en la calle. Arrancó, estuvo un momento al ralentí y se alejó cuesta abajo. Ana abrió un ojo. El reloj de la mesita marcaba las 05:14.
Roco no estaba bajo la ventana. Estaba de pie contra la puerta, con la cabeza alta y las orejas hacia el pasillo, muy quieto.
La furgoneta del pan , pensó Ana. La del sobrino de Jordi, la que tosía en la cuesta todas las madrugadas.
—Chist —le dijo—. Ven aquí.
Roco no vino.
Ana no entendió aquella postura. No era miedo: no se escondía, no temblaba. Era otra cosa, una espera.
Las 05:14 , pensó. Mañana lo apunto .
Volvió a dormirse.
Lo siguiente fue el despertador.
Sonaba al otro lado del pasillo, el pitido agudo y seguido de las seis y media. Sonaba y seguía sonando. Ana esperó el golpe de la mano sobre el botón, el crujido del colchón, los pies descalzos en el suelo. No llegaron.
Se incorporó.
Antes de nada se miró los pies. Lo hizo sin pensar, como quien busca las gafas: descalzos, limpios, fríos.
Luego las manos. Se las acercó a la nariz y solo olían a crema y a sueño.
Se pasó el dedo por la mejilla, de la oreja a la comisura, y lo acercó a la nariz.
Nada. Llevaba la camiseta de dormir. La lámpara estaba apagada.
Roco seguía junto a la puerta, tumbado ahora, con la cabeza sobre las patas y los ojos abiertos. Cuando Ana se levantó, él se puso en pie también, la olió desde lejos un segundo y le metió el hocico bajo la mano.
El despertador no paraba.
Ana cruzó el pasillo y llamó con los nudillos.
—¿Papá?
Abrió.
La cama estaba hecha. Hecha de verdad, con la colcha estirada hasta la almohada y la sábana blanca doblada por encima, como la hacía su madre.
Sobre la colcha, el pijama, doblado en cuatro.
En la silla no estaban la camisa ni el pantalón del día anterior.
El despertador seguía pitando en la mesita, junto al vaso de agua y las gafas de leer.
Ana lo apagó. El silencio que quedó fue peor.
—¿Papá?
Bajó la escalera pisando el tercer peldaño de lleno.
La cocina olía a cerrado. La silla de su padre estaba un poco separada de la mesa, en diagonal, como queda una silla cuando alguien se levanta deprisa. Sobre el hule, debajo del azucarero, había un papel.
Era una hoja arrancada del bloc de la compra, el de cuadrícula, con el borde de arriba deshilachado.
Estaba escrita con el lápiz plano de obra que su padre guardaba en el cajón de los cubiertos para apuntar lo que faltaba.
Tres palabras en mayúsculas, apretadas, con la letra de los recados de toda la vida.
CONFÍA EN MÍ.
Ana la leyó de pie. Le dio la vuelta. Por detrás no había nada.
Roco se le había adelantado hasta la mesa. Estiró el cuello hacia la silla de su padre, hacia el respaldo, y luego hacia la hoja que Ana tenía en la mano. Se quedó quieto.
Fue un segundo, quizá dos. El cuello estirado, el cuerpo parado a medio paso, la mirada fija en el papel. Entre las escápulas se le levantó una mancha pequeña de pelo. No gruñó. Echó las orejas atrás, se apartó y se sentó a un metro, mirando la hoja desde allí.
Ana se la acercó a la cara. Olió. Papel. Grafito. Y debajo, o eso le pareció, algo que se iba en cuanto intentaba cogerlo.
Conocía esa mancha de pelo en la cruz. La había apuntado cada vez que Arturo andaba cerca: en el patio, en el despacho del ayuntamiento, en la plaza el día anterior. Y ante el tirador del armario del consultorio.