Capítulo 25. Arturo
El móvil sonó a las nueve y cuarto en punto.
Ana lo cogió al segundo tono, todavía tumbada, con Roco pegado a su espalda.
—Te lo he cogido.
—Ya veo. —Montse tenía la voz de quien acaba de quitarse el pijama del hospital y está en el coche, con el motor en marcha—. ¿Has dormido?
—Un poco.
—¿Mejor?
—Un poco.
—Pues un poco ya es algo. —Se oyó el intermitente—. Esta noche te vuelvo a llamar. No hace falta que me cuentes nada. Te llamo y ya está.
—Vale.
—Vale.
Colgó. Ana se quedó un momento con el móvil en la mano, mirando el techo. Luego se levantó y se duchó con el agua muy caliente.
En la persiana verde del consultorio pegó una hoja con celo: Cerrado esta mañana. Disculpen las molestias. Le salió la letra torcida. Roco olió la esquina de la persiana, levantó la pata y siguieron calle arriba, hacia la plaza.
La abogada la esperaba en la puerta de la policía local, con la misma carpeta de plástico, debajo del aparato del aire acondicionado que goteaba en la acera. Miró a Roco, miró a Ana, y no dijo nada. Ana se lo agradeció.
Antes de entrar, le puso la mano en el brazo y bajó la voz.
—Una cosa. Declara solo lo que te consta. Lo que viste. Ni suposiciones ni miedos.
Ana la miró.
—Se te nota en la cara —dijo la abogada—. Lo que viste es tuyo. Lo demás, no se lo des.
El despacho del fondo seguía igual: la mesa de formica, las dos sillas de plástico y el ventilador de pie, que chirriaba en cada vuelta. Bruno estaba sentado con el portátil abierto y una camisa blanca que esta vez sí era nueva; todavía tenía las marcas del doblez. Se levantó cuando entraron.
Roco fue derecho a él, le olió la mano igual que el primer día en la puerta de casa y se tumbó debajo de la silla de Ana, con la cabeza sobre las patas.
Bruno leyó el encabezamiento con voz de trámite: que comparecía Ana Ribera, asistida de letrada, y manifestaba su voluntad de ampliar la declaración prestada el veinticuatro de agosto. Luego levantó la vista.
—Cuando quiera.
Ana lo contó. El insomnio, la calle Major, Roco tirando hacia arriba.
La voz que salió del portal. Pilar con las manos apretadas contra el pecho; la había visto subir y había cortado por detrás de la iglesia para esperarla.
Llevaba mucho tiempo queriendo hablar con ella.
La ráfaga que subió por la escalera, amarga, a monte.
Roco con las orejas hacia delante, mirando al rellano, el gruñido corto.
Pilar poniéndose blanca y diciéndole que allí no, que al día siguiente, a las siete, en el horno, que fuera sola.
Contó a Pilar bajando. La silueta saliendo del callejón. El brazo con la manga oscura cruzado sobre el cuello. Los pies rascando la piedra y el zapato rodando escalón a escalón. Los quince segundos, contados sin querer. El empujón.
Y la cabeza levantada hacia lo alto de la escalera. Uno, dos, tres.
Bruno tecleaba sin mirarla. El ventilador daba sus vueltas. Debajo de la silla, Roco suspiró.
—¿Le dijo de qué quería hablarle? —preguntó Bruno—. ¿O de quién?
Ana notó la mano de la abogada, quieta, sobre la carpeta.
—De algo que pasó hace mucho. Antes de que yo naciera. —Se miró las manos—. No me dijo de quién.
Bruno escribió una línea corta. No levantó la vista.
Al final le leyó la declaración en voz alta. Era más larga que la primera y cada frase era cierta, menos una. Ana firmó con la misma letra con la que firmaba las altas. La abogada firmó debajo.
En el pasillo, la abogada le dio la mano y se fue a por su coche. Bruno salió detrás de Ana, sin la carpeta.
—Te acompaño un trozo.
La plaza estaba blanca de sol, y en el escenario de la verbena, a medio desmontar, dos operarios del ayuntamiento enrollaban cables. Habían quitado ya las guirnaldas de un lado. Las del otro seguían colgando, apagadas.
La puerta del ayuntamiento se abrió y salió Arturo.
Camisa blanca, pantalón de lino claro. Bajó los tres escalones de la entrada agarrado a la barandilla y al llegar a la acera cargó el peso en la pierna derecha mientras apoyaba la izquierda de puntillas.
Roco lo olió antes de que estuviera cerca. Levantó la cabeza, estiró el cuello y se quedó quieto un segundo, con una mancha de pelo levantada sobre la cruz. Luego echó las orejas hacia atrás y se pegó a las piernas de Ana, a tres metros largos, sin quitarle los ojos de encima.
—Ana. —Arturo sonrió—. Inspector.
—Le iba a llamar —dijo Bruno—. Me ahorra el teléfono. Le necesito el jueves a las doce, en el despacho del fondo. Como testigo. Por Pilar Roig.
—¿El jueves? —Arturo levantó las cejas—. El jueves no estoy. Me voy unos días. Ya era hora, con el verano que llevamos.
—Entonces esta tarde.
—Esta tarde tengo pleno extraordinario y luego comisión. —Se sacudió la manga con dos palmadas—. Cuando vuelva, inspector. Encantado. Yo a Pilar la quería mucho, ya lo sabe todo el pueblo.
Se volvió hacia Ana. La colonia dulzona le llegó por encima del olor de la plaza.
—Mañana entran las máquinas en el faro. Por fin. —Miró a Roco, pegado a las piernas de ella—. Y este, que sigue sin tragarme.
Siguió hacia el todoterreno, aparcado en la esquina, con su paso de puntillas, saludando a una señora que barría su portal.
Bruno lo miró hasta que se cerró la puerta del coche.
—Vamos a sentarnos.
Bajaron a la plaza de la iglesia y se sentaron en el banco de piedra junto a la fuente. El horno de los Roig seguía con la persiana bajada. Roco bebió del chorro con la cabeza ladeada y se tumbó a la sombra del banco.
—No está obligado a venir —dijo Bruno—. Una citación nuestra no le obliga a nada. Para obligarlo tendría que citarlo la jueza, y la jueza me va a preguntar por qué.
—¿Y por qué?
—Eso es lo que no tengo. —Se frotó la cara con las dos manos—. Te cuento lo que sí tengo. No es mucho.
Se lo contó despacio, mirando la fuente.
Había leído las actas de los plenos de los dos últimos años, que eran públicas y que nadie consultaba.
A principios de 2024 hubo un temporal que se llevó un trozo del sendero, debajo del faro.
La Diputación encargó un informe técnico: el hormigón de la base estaba descalzado, colgaba sobre el vacío y había riesgo de derrumbe.
Durante año y medio, Arturo bloqueó todo lo que se planteó en los plenos.
Que no había presupuesto. Que con un vallado bastaba.
Pidió un segundo informe. La oposición lo acusó sesión tras sesión de jugar con la vida de los vecinos.
En octubre del año pasado perdió la votación y tuvo que firmar el proyecto.
—Y ahora, en todas las fotos de la obra, sale él sonriendo —dijo Bruno.
—¿Y eso qué significa?
—Que durante año y medio no quería que nadie tocara ese faro. Eso significa. Lo demás no lo sé.
Hizo una pausa.
—Desde la verbena he pasado las dos noches por la calle del almacén.
Las dos con luz, hasta tarde. Anoche, a las doce y media, había una furgoneta aparcada delante.
Blanca, rotulada. Una empresa de Barcelona de embalaje y transporte de obras de arte.
Dos hombres metiendo en el almacén una caja de madera vacía y planchas de espuma.
Comprobé la matrícula: la furgoneta es de esa empresa, todo en regla.
—Hizo una pausa—. Lo que no es normal es la hora.
Esa gente trabaja de día. Si vienen a medianoche, es porque alguien se lo ha pedido.
—Arturo restaura muebles.
—Eso es lo que me diría él. Y un juez también. —Bruno se encogió de hombros—. Algo sale de ese almacén antes de que entren las máquinas, y no tengo con qué pedir una orden. Lo único que tengo es lo que me contaste del sábado, y eso no lo puedo usar sin meterte a ti dentro.
Ana miró a Roco, dormido a la sombra del banco. En el bolsillo de los vaqueros tenía el móvil, y dentro del móvil siete fotos tomadas con flash. Un zurcido torpe en un codo. Un botón de nácar entre botones de pasta negra.
Metió la mano en el bolsillo. Tocó el móvil.
—Esta tarde llamo a tu padre —dijo Bruno.
Ana sacó la mano vacía.
—¿Para qué?
—Para lo mismo que a Arturo. Eran tres en las fotos, Ana. Una está muerta. —La miró—. Es testigo. Nada más.
—Tiene setenta y dos años.
—Ya lo sé.
Se quedaron callados. Una paloma bajó al borde de la fuente, bebió y se fue.
—La noche de la verbena me escribiste que estabas en casa —dijo Bruno, sin cambiar el tono—. A la una y diez.
—Estaba paseando. —Lo dijo mirando la persiana del horno—. Me dolía la cabeza y no quería estar entre la gente. Me fui andando.
Bruno asintió despacio, como asentía siempre, apuntándolo en algún sitio que no se veía. No preguntó nada más.
Se levantó. Antes de irse se agachó y le pasó la mano por la cabeza a Roco, que abrió un ojo y lo dejó hacer.
—Si mañana tu padre no quiere venir, tampoco está obligado —dijo—. Díselo tú, si prefieres.
Comieron en la cocina, arroz de nuevo. Roco se tumbó bajo la silla de su padre con la cabeza en su zapatilla, y movió la cola cuando él le dio un trozo de pan. Cero. Ana lo apuntó.
Ella no le dijo nada de la ratificación. Él no le preguntó adónde había ido por la mañana con el consultorio cerrado.
A las cinco le sonó el móvil a su padre.
Lo miró y se secó las manos en el pantalón. Por un momento pareció que iba a salir al patio. No salió. Contestó allí mismo, de pie junto al fregadero, de espaldas a ella.
—Sí. —Escuchó un rato—. Sí, de Pilar. —Más silencio—. Mañana a las doce. Sí.
Colgó. Se quedó un rato mirando por el cristal las ramas cortadas, que seguían amontonadas contra la tapia, secas.
Luego se sentó enfrente de ella y empezó a frotarse los nudillos de la mano derecha con el pulgar de la izquierda, uno a uno.
—Era tu inspector —dijo.
Ana dejó el vaso en la mesa.
—Le hablé de las fotos, papá. Las del trastero. Vosotros tres. No se las he enseñado, pero le dije que existían.
Su padre siguió con los nudillos. El pulgar subía y bajaba por cada uno, despacio.
—Hiciste bien, nena.
No dijo nada más. Al rato se levantó, cogió la regadera de debajo del fregadero y salió a regar los geranios.
Por la tarde, en su cuarto, con la persiana a medio bajar y Roco dormido bajo la ventana, Ana abrió las fotos del móvil.
Siete. Las había hecho a oscuras, con flash, deprisa, y casi todas tenían un brillo blanco en algún sitio.
La chaqueta entera, colgada del gancho pequeño.
El cuello de pana gastado. El zurcido del codo izquierdo, con las puntadas grandes de su padre.
El botón de nácar en el segundo ojal. Los tres delantales apartados, el último sujeto todavía con la mano enguantada, que asomaba en una esquina de la foto.
Fue pasándolas despacio, como se pasan las placas de una radiografía, con el dedo.
Su padre le había dicho dónde estaba. El treinta y uno de agosto, en la cocina, en mangas de camisa. Que se la había dejado en el almacén de Arturo, que se la había quitado por el calor. Se lo había dicho sin que ella le preguntara. Nadie que quiera esconder una chaqueta dice dónde se la ha dejado.
Pero no estaba colgada en la entrada, ni en una silla, ni en el primer gancho, que es donde cuelga uno la chaqueta cuando se la quita por el calor y va a por ella al rato.
Estaba en el último, detrás del delantal más viejo y más tieso, en un gancho pequeño que no se veía, en el rincón más oscuro de todo el almacén.
Alguien la había llevado allí.
Y olía como olía. Lo que Roco había aprendido a temer en la escalera. Cinco, sin queso, sin nada. Ana no sabía cuánto tiempo hacía falta para que una tela cogiera así un olor, colgada en aquel aire. Sabía dónde estaba el cazo y quién lo calentaba.
Si un día alguien abría ese almacén —la policía, un juez, una pala—, lo primero que iba a encontrar detrás de un delantal era una chaqueta de lona azul con un zurcido en el codo que conocía medio pueblo, y que olía a lo mismo que la noche en que murió Pilar.
Encontrarían a su padre.
Pensó en la verbena. En el hueco entre el camión de la orquesta y la pared, en el dedo de Arturo contra el esternón de su padre —una vez, dos— y en su padre quieto, con las manos a la espalda.
En Me voy unos días. En la furgoneta blanca y la caja vacía entrando de noche.
Mañana entraban las máquinas, y mañana Arturo ya no estaba.
Abrió la libreta por la página de los tres nombres. Arturo , tachado con una raya. Papá , sin tocar. Yo , rodeado.
No tachó nada. Las cosas no se excluían.
Ella podía ser lo que Roco temía cuando se despertaba sin saber de dónde volvía, y a la vez aquel hombre podía estar colgándole a su padre lo de Pilar, por si acaso.
Las dos cosas a la vez. Lo había visto mil veces en la consulta: un perro con dos enfermedades que se tapan una a la otra, y nadie las ve porque todo el mundo busca una sola.
Escribió debajo, en una línea aparte:
La chaqueta. Papá me dijo dónde estaba. La escondió quien no quería que se viera.
Y la entrada del día, con la letra de informe:
30/09. 11:00. Plaza del ayuntamiento. Estímulo: Arturo. Señales: olfatea, piloerección leve en la cruz 1 s, orejas atrás, se pega a mí a 3 m. Sin gruñido. Intensidad: 2.
Montse llamó a las diez, como había dicho. No le preguntó nada. Le contó que había dormido toda la mañana y que el persa había comido por fin. Ana le dijo que se alegraba. Y era verdad.
Al colgar se asomó a la ventana.
Su padre estaba en el patio, a oscuras, sentado en una silla de plástico junto al limonero. No había encendido la luz. Tenía las manos en las rodillas y miraba la tapia, las ramas secas amontonadas en la base. No se movía.
Roco se levantó de su sitio y se puso junto a Ana. Apoyó las patas delanteras en el marco del cristal y miró también. Movió la cola una vez, despacio.
Ana se quedó un rato observando a su padre, que seguía mirando la tapia. Luego bajó la persiana.