Capítulo 24. La peor noche
A la una y media seguía despierta, boca arriba, con la sábana a los pies.
La casa hacía sus ruidos de siempre. La nevera, abajo, que arrancaba y se paraba.
Al otro lado del pasillo, su padre dormía con el silbido al final de cada respiración, igual que cuando ella tenía catorce años, después del entierro de su madre, y se despertaba de madrugada y se quedaba escuchándolo para saber que seguía ahí.
Fuera, lejos, pasó una moto por la carretera de la costa.
Roco dormía bajo la ventana con el hocico metido debajo de una pata.
A las diez tenía que sentarse en aquel despacho sin ventanas, con el ventilador que chirriaba, y contarle a Bruno, con su abogada al lado, que la noche del veinte de agosto había hablado con Pilar en un portal. Que la había visto bajar. Que alguien había salido del callejón.
Lo había ensayado mil veces y la frase se le rompía siempre en la misma palabra.
Si decía alguien , mentía, o no sabía si mentía. Si decía yo , no salía de aquel despacho. Y eso, a las dos de la madrugada, ya casi le daba igual. Lo que no le daba igual era lo otro.
Que su cuerpo se levantaba sin ella. Se vestía, se ataba las zapatillas con doble nudo, encendía una lámpara, se frotaba la cara con lo que Roco más temía en el mundo.
Anoche la había llevado sola, entre mil personas y un castillo de fuegos, hasta el mismo pretil.
Y no le pedía permiso para nada. Lo había hecho una vez en una sala de tratamiento, con una jeringa.
Lo había hecho, quizá, en una escalera. En un descampado.
Al otro lado del pasillo dormía su padre. Hacía tres noches había dormido ella en la cama de un hombre que le había curado el brazo con agua y jabón. Y debajo de la ventana dormía el único ser del mundo que la había elegido sin saber nada de ella.
El riesgo no es lo que te hagan los demás.
Villaret se había quitado las gafas para decirlo, como si las gafas estorbaran. Ana lo había entendido entonces como un consejo para no quedarse sola. Ahora lo entendía al revés. El riesgo era para los demás, para cualquiera que estuviera cerca cuando ella despertara.
Pensó en Marta.
En el vestuario, un martes de febrero, quitándose el pijama.
Estoy cansada. Yo también. Las dos riéndose.
Durante siete meses Ana había creído que aquello había sido cansancio, el de todos, el que se acumula guardia tras guardia hasta que un día no cabe más.
Esa noche, tumbada en su cama de niña, se le ocurrió por primera vez que quizá Marta no estaba cansada.
Que quizá había visto algo en sí misma que no quería que viera nadie más, y había decidido no dejarle sitio.
Se levantó a las dos menos diez.
Abrió el armario despacio para que no chirriara la puerta. Apartó las dos mantas de lana; el olor del alcanfor le subió a la cara, el de los armarios de su abuela, el de los inviernos. Debajo estaba el maletín, en el fondo, donde lo guardaba cada noche.
Se sentó en el suelo con la espalda contra la cama y lo abrió sobre las rodillas.
No miró nada más. Sus dedos fueron solos al hueco acolchado y sacaron el frasco.
Estaba frío. El líquido se movió despacio al inclinarlo y se asentó a media etiqueta, en la misma línea de siempre, la de aquella noche de mayo.
Lo sostuvo en la palma sin cerrar los dedos, como la primera tarde, como en el suelo de la cocina de Barcelona a las cuatro de la madrugada.
Una póliza de seguros. Algo que pagas cada mes con un poco de miedo y que te deja dormir porque sabes que está ahí.
Esa noche no la dejaba dormir. Esa noche era lo único que le parecía claro.
Se le cayó una lágrima en el dorso de la mano y no se la secó. Luego otra. Lloraba sin ruido, con la boca cerrada, como se llora en el office para que no te oigan desde la sala de espera, y respiraba por la nariz, a golpes, sin poder evitarlo.
Bajo la ventana, Roco levantó la cabeza.
Se quedó un momento así, con las orejas hacia ella. Luego se levantó, se estiró sin prisa, primero las patas delanteras y luego las de atrás, y cruzó el cuarto. No lo había llamado. Las uñas sonaron en las baldosas.
Le olió la cara. La mejilla mojada, el cuello, el pelo detrás de la oreja. Lo hizo despacio, con inspiraciones cortas, como leía las farolas por la mañana. Le pasó la lengua una vez por la barbilla.
Luego se le tumbó encima.
Encima de las piernas, de través, con los diecinueve kilos y medio, con el lomo contra el maletín abierto, que se le resbaló de las rodillas y quedó de lado en el suelo. Suspiró, un suspiro largo que le hinchó las costillas, y se quedó quieto.
Ana tenía el frasco en la mano derecha, apoyada en el muslo, al lado de la cabeza del perro.
Roco levantó la cabeza al cabo de un rato. La miró. Se incorporó sin apartarse del todo, con las patas traseras todavía sobre sus piernas, y se sentó delante de ella, tan cerca que le notaba el aliento en la cara.
Bajó la cabeza y le apoyó el hocico en la muñeca derecha. En la mano del frasco.
Con todo el peso.
Ana se quedó quieta. Notaba la mandíbula del perro sobre los tendones, el calor, el pelo corto y áspero de debajo del hocico. Para levantar la mano tendría que apartarlo. Empujarle la cabeza, quitárselo de encima.
No lo hizo.
En el office del hospital había una revista de etología que nadie abría, y una noche de guardia, hacía cosa de un año, ella la había leído entera de pie, con un café en la mano.
Un grupo de investigadores había recogido aliento y sudor de personas antes y después de una tarea que las ponía nerviosas, y se lo había dado a oler a unos perros en unos frascos.
Los perros distinguían una muestra de otra casi siempre.
No sabían por qué estaba nerviosa aquella persona ni qué le pasaba.
Sabían que algo había cambiado en ella. Lo olían.
Roco no sabía lo que era el frasco. No sabía lo que había dentro ni para qué servía, ni lo que ella había pensado con él en la mano, sentada en el suelo de otra cocina.
Sabía que ella estaba mal. Lo olía en el aliento, en la cara mojada, en el sudor frío del cuello.
Y había hecho lo único que sabía hacer: venir y ponerse en medio.
Se acordó de la furgoneta de la protectora de Jaén, en un polígono, con la puerta de atrás abierta y una manta sucia en el suelo.
Once kilos, costras y calvas en la grupa.
Los demás perros ladraban detrás de las rejas, y él estaba al fondo, contra la chapa, temblando.
Ella se había sentado en el borde de la furgoneta, sin mirarlo, como le habían enseñado a hacer en la facultad, y había esperado.
Tardó un cuarto de hora. Luego vino arrastrándose y le apoyó el hocico en la mano. Igual que ahora.
Él la había elegido a ella.
¿Quién se quedaría con él?
Su padre, claro. Su padre, que le daba pan desde el primer día y le rascaba detrás de la oreja sin mirarlo. Se le pasó por la cabeza que algunos días Roco le tenía miedo por el olor del taller, y que eso se arreglaría con tiempo y con queso. Lo pensó y lo dejó ir.
Roco no se movía.
Ana alargó la mano izquierda hacia la mesita sin mover la derecha y tanteó a ciegas hasta dar con el móvil. Lo encendió. La luz le hizo daño en los ojos. Las 02:28.
No sabía a quién estaba llamando hasta que vio el nombre en la pantalla.
Montse.
Sonó tres veces.
—¿Ana? —La voz de siempre, gastada de guardia, con el eco de un pasillo detrás—. ¿Pasa algo?
—No. —Se aclaró la garganta—. Perdona la hora. ¿Estás de guardia?
—Hasta las nueve. Tranquila, que no me pillas en nada. —Se oyó una puerta—. No tengo ni una urgencia desde las doce. Dos hospitalizados con gotero y un gato que no quiere comer y me mira como si fuera culpa mía. Estaba en el office con un café.
Ana cerró los ojos. Oía el ruido de fondo de un hospital veterinario de noche: una bomba de infusión que pitaba lejos, un perro que gemía una vez y se callaba. Lo había oído tantos años que se lo sabía de memoria, como la respiración de su padre.
—Quería saber cómo está Núria.
—Bien. —Montse sorbió algo, el café—. Mejor de lo que yo estaría.
Va a una psicóloga dos veces por semana, una que le recomendó su médica.
La semana que viene vuelve, pero de momento sin noches, solo mañanas.
Lo pidió ella. —Una pausa—. Te quería llamar para decírtelo, pero le da vergüenza. Dice que le diste la noche.
—No le di nada.
—Le diste la noche, Ana.
Ana no contestó. Tenía el hocico de Roco en la muñeca, y la muñeca empezaba a dormírsele.
—¿Y tú? —dijo Montse.
En el suelo de su cuarto, hacía diez días, a esa misma hora, después de la llamada de Núria, Montse le había hecho esa pregunta y ella había contestado bien . Se le había quedado dentro, la palabra, como una piedra pequeña en un zapato.
—Esta noche no muy bien.
Al otro lado no se oyó nada durante un momento. La bomba de infusión dejó de pitar.
—Vale —dijo Montse.
No preguntó por qué. No dijo nada de médicos ni de bajas. Ana la conocía: diez años de turnos cruzados, de urgencias de madrugada, de dueños que gritaban en el mostrador. Montse sabía que hay cosas que si preguntas, se cierran.
—¿Quieres que te cuente la guardia? —dijo al fin—. Es una mierda, pero entretiene.
—Cuéntamela.
Y se la contó. El gato que no comía, un persa de once años, con una dueña que llamaba cada hora para preguntar si ya había probado el pienso.
Un auxiliar nuevo que había colocado el gotero de un labrador al revés y se había puesto rojo hasta las orejas.
La máquina de café del pasillo, que seguía tragándose las monedas de un euro como cuando Ana estaba allí.
Que habían cambiado los fluorescentes de la sala de tratamiento por unos de luz más amarilla, más de casa, y que todo el mundo se quejaba de que con ellos se veía peor, pero nadie quería volver a los blancos.
Ana escuchaba. A ratos decía ya o qué dices , y a ratos no decía nada, y Montse seguía hablando igual, sin prisa, como se le habla a un animal en la mesa mientras se le pone una vía, para que oiga una voz.
En algún momento, Ana notó que tenía los dedos de la mano derecha abiertos.
El frasco se le resbaló de la palma y cayó al suelo. Un ruido pequeño, de cristal contra baldosa, y luego rodó un palmo y se paró contra la pata de la cama. No se rompió.
Roco no levantó la cabeza de su muñeca. Movió una oreja hacia el ruido y la volvió a poner donde estaba.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Montse.
—Nada. Se me ha caído una cosa.
—¿Sigues ahí?
—Sigo.
Montse siguió con el persa, que a las dos había comido tres bolitas de pienso de la mano y luego había vomitado dos. Ana se rio, bajito, sin querer, y le pareció un ruido muy raro en aquel cuarto.
Eran casi las tres y diez cuando Ana dijo que se iba a tumbar.
—Vale. —Montse bajó la voz—. Salgo a las nueve. A las nueve y cuarto te llamo. ¿Me lo coges?
—Te lo cojo.
—Ana.
—Qué.
—Que me lo cojas.
—Te lo cojo, Montse.
Colgó. Se quedó un momento con el móvil apoyado en el pecho.
Roco había levantado por fin la cabeza. La miraba. Ana le pasó la mano izquierda por el cuello, por la cicatriz blanca del pecho, despacio, y él se dejó caer de lado contra sus piernas con un gruñido pequeño de gusto.
Se inclinó y cogió el frasco de debajo de la cama. Lo metió en su hueco acolchado sin mirarlo, cerró el maletín y echó los pestillos.
No lo devolvió al armario.
Salió al pasillo descalza, con el maletín en la mano.
La puerta de su padre estaba cerrada y del otro lado llegaba el silbido, lento, igual.
Subió los peldaños estrechos que llevaban al trastero, pegada a la pared, y empujó la puerta.
Dentro todavía quedaba algo del calor del día, bajo las tejas, y olía a madera vieja y a naftalina.
A la luz del móvil encontró el montón de las mantas de invierno donde había estado la caja de las fotos.
Metió el maletín al fondo y lo tapó bien.
Un piso entero entre ella y el frasco. No era mucho. Era algo.
Bajó y cerró la puerta del trastero.
En su cuarto, Roco la estaba esperando sentado en mitad del suelo. Ana se sentó en la cama y cogió el móvil otra vez. Buscó los mensajes. El de la consulta seguía allí desde el trece de septiembre, el que había escrito una mañana en el muro del paseo, con las piernas colgando hacia la arena.
Buenos días, soy Ana Ribera. ¿Tendría la doctora un hueco este jueves?
Este jueves era mañana. Pensó en cambiar la fecha, en añadir algo. No lo cambió.
Lo envió a las 03:21. Un tic. Luego otro. Grises. A esa hora no lo iba a leer nadie, y estaba bien así.
Cogió la libreta de la mesita y escribió apoyada en las rodillas, con la letra de informe, porque era la única que le salía.
30/09. 02:10. Dormitorio. Estímulo: yo. Señales: se acerca sin llamarlo, me huele la cara, se tumba encima de mis piernas. Se interpone. Apoya el hocico en mi muñeca y no se mueve. Intensidad: —.
Se quedó mirando la raya. En dos años de libreta no había escrito nunca una raya en esa casilla.
Debajo, más pequeño:
No es miedo.
Dejó la libreta en la mesita, junto a la lámpara y el llavero del consultorio, y se tumbó. Roco subió a la cama de un salto, cosa que solo hacía las peores noches, dio dos vueltas sobre la colcha y se echó a lo largo de su espalda, con el hocico apoyado en su hombro.
Por la persiana empezaba a entrar algo de gris cuando se le cerraron los ojos. A las diez tenía que estar en el despacho sin ventanas. A las nueve y cuarto le iba a sonar el móvil.
Durmió hasta que sonó.