El rastro del lentisco Capítulo 23. El diario #2
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Capítulo 23. El diario #2

La ráfaga había subido por la escalera mientras ella estaba arriba, en el portal, con Pilar delante, hablando. Roco había mirado al callejón. Alguien había salido del callejón.

Eso decía su memoria.

La misma memoria que anoche había perdido una hora entera y la había dejado de pie en ese mismo pretil, con las manos apoyadas en la piedra, sin saber cómo había llegado.

La misma que no sabía medir los dos minutos entre la silueta y el pretil.

La que a las cuatro de la madrugada le ofrecía la silueta y, en la misma imagen, sus propias manos.

Escribió una línea más, despacio, porque era verdad y no quería saltársela:

No sé de dónde sale el olor la noche de Pilar.

La dejó ahí. Debajo no escribió nada.

Roco se había despertado. Estaba sentado a su lado, mirándola, con las cejas moviéndose.

Ana se levantó, sacó la maleta de debajo de la cama, apartó el jersey y cogió la bolsa de muestras. 26/09 Almáciga. Cuatro lágrimas amarillas, secas, quietas en el fondo.

Sabía lo que iba a hacer y sabía que no debía hacerlo.

En cualquier terapia de conducta, aquello era lo último que se debía hacer: poner lo que el perro temía justo en la cara de la persona que le daba seguridad. Se rompía algo que luego costaba meses volver a pegar. Lo había explicado mil veces a los dueños que querían atajos.

Bajó al patio. Eran las siete y diez y el cielo seguía cubierto, de un blanco sucio que empezaba a apagarse. Su padre no había vuelto.

Dejó a Roco dentro, en la cocina, detrás del cristal.

Sacó una lágrima y la tuvo en la palma cerrada.

Era dura, del tamaño de una lenteja grande.

La apretó y la frotó entre las dos manos, despacio, muchas veces, hasta que dejó de estar fría y se le empezó a pegar a la piel, blanda en los bordes.

El olor subió entre los dedos, amargo, a pino, a algo que se cuece al sol.

Se pasó las palmas por las mejillas, de la oreja a la comisura. Por la barbilla. Por debajo de la mandíbula.

Luego fue al grifo del patio y se lavó las manos con la pastilla de jabón que había en la repisa. Se las frotó hasta las muñecas, se las aclaró, se las olió. Jabón. La cara no se la tocó.

Manos limpias. Cara oliendo. Como el lunes en el pasillo.

Abrió la puerta de cristal y se sentó en el escalón.

Roco salió moviendo la cola, con la nariz por delante, como salía siempre al patio. Vino derecho hacia ella. A metro y medio se paró.

Estiró el cuello hacia su cara, olfateó con inspiraciones cortas. Se quedó rígido un segundo, quizá dos. Se lamió el hocico. Giró la cabeza hacia el limonero, apartando los ojos. Retrocedió medio paso y se sentó, a dos metros, con las orejas un poco hacia atrás.

No gruñó. No se fue. Se quedó allí sentado, mirando a un lado, como si esperara a que ella volviera.

Ana conocía esa distancia. La había medido contra la puerta de su cuarto, el trece. La había medido en lo alto de la escalera, el lunes.

No le alargó la mano. Respiró por la nariz el olor de su propia cara. No era exactamente el del pasillo; le faltaba algo, una cosa grasa, más espesa. La cera, quizá. Pero se parecía mucho. Y Roco reaccionaba igual.

Así. Así había sido.

Se quedó sentada en el escalón un rato largo, con el perro a dos metros y la cara oliéndole a monte. Luego se levantó, fue al grifo y se lavó la cara con jabón, fuerte, con las dos manos, hasta el cuello. Dos veces. Se secó.

Roco tardó un minuto. Se levantó, vino despacio con la cola baja, le olió las rodillas, las manos, la cara cuando ella se agachó. Le metió el hocico debajo de la barbilla y empujó, como siempre.

Ana le cogió la cabeza con las dos manos y apoyó la frente en la suya.

—Perdóname —le dijo—. No te lo vuelvo a hacer.

Subió a su cuarto y escribió la entrada con la letra más recta que pudo.

29/09. 19:10. Patio. Estímulo: yo (almáciga calentada entre las manos, pasada por mejillas y barbilla; manos lavadas).

Señales: se acerca, se para a 1,5 m, olfatea hacia mi cara, rigidez 1-2 s, lamido de hocico, desvía la mirada, retrocede y se sienta a 2 m.

Sin gruñido. Tras lavarme la cara, vuelve en 1 min y busca contacto. Intensidad: 2.

Debajo, sin dejar línea:

Igual que el 13. Igual que el 28.

Pasó a la página de las columnas, a la línea donde había escrito los tres nombres. Tachó el primero con una raya. El segundo lo dejó como estaba.

Rodeó el tercero.

Su padre volvió a las ocho y media con la gorra en la mano. Roco salió al recibidor, le olió los zapatos y cogió al vuelo el trozo de queso que él le tiró desde la puerta. Cero. Ana lo apuntó sin pensar.

Cenaron tortilla. Ella no se la comió. Su padre le preguntó dos veces si le dolía la cabeza y ella dijo que sí las dos veces. Era verdad.

A las diez subió a su cuarto, abrió la libreta por la última página escrita y se quedó mirándola.

Mañana a las diez tenía que sentarse en aquel despacho sin ventanas, delante de Bruno, con su abogada al lado, y contar con su propia voz que aquella noche había hablado con Pilar en un portal, que la había visto bajar, que alguien había salido de un callejón.

Alguien.

Escribió la última línea del día debajo de todo, sin fecha ni hora.

Estímulo: yo.

Roco se tumbó bajo la ventana, en su sitio, y la miró hasta que se le cerraron los ojos.