Capítulo 23. El diario
Durmió tres horas en el suelo, con la radio todavía encendida, y se despertó con la mano en el costado de Roco.
En el consultorio, la mañana pasó sin que ella estuviera del todo. Vacunó a un gato. Le cortó las uñas a un yorkshire que gritaba como si lo despellejaran. Escribió dos recetas y se equivocó de fecha en una. A las diez y media le sonó el móvil. La abogada.
—Mañana a las diez, en el local de la policía local. Ratificas lo que le contaste al inspector, lo del portal, y firmas. Yo estaré contigo. —Una pausa breve—. ¿Hay algo nuevo que deba saber antes?
Ana miró la mesa de acero. Pensó en un muro que le llegaba a la cintura y en unos escalones que bajaban hacia una farola.
—No.
—Pues hasta mañana.
A las doce menos diez le llegó un mensaje de Bruno: ¿Mejor de la cabeza?
Lo leyó tres veces. Le había escrito a la una y diez de la madrugada que estaba en casa, y no estaba en casa. Bloqueó la pantalla sin contestar.
Comieron en la cocina, un plato de arroz solo. Roco se tumbó bajo la silla de su padre con la cabeza sobre su zapatilla, y movió la cola cuando él le rascó detrás de la oreja. Cero. Ana lo apuntó en la libreta, apoyada en la encimera, antes de sentarse.
—Anoche te vi con Arturo —dijo, de pie junto a la mesa—. Detrás del escenario.
Su padre siguió con el arroz, sin levantar los ojos del plato.
Ana esperó un segundo antes de volver a hablar.
—¿Qué te dijo?
—Lo de la cómoda. —Partió un trozo de pan—. Que vaya yo a por ella, que él no tiene tiempo de arreglarla.
—¿Y para eso te clava el dedo en el pecho?
—Arturo habla así, nena. Desde crío.
No levantó la vista del plato. Ana lo miró un momento.
Llevaba un mes viendo cómo aquel hombre le hacía favores a su padre que su padre no había pedido, cómo le daba largas, cómo le dejaba caer el nombre de Pilar bajo el limonero.
Ahora le clavaba el dedo. Pensó que su padre tenía setenta y dos años y vergüenza de casi todo, y que Arturo lo sabía.
No insistió.
Después de comer, su padre dijo que se iba a lo de Fermín, a echar un dominó, y se llevó la gorra aunque estaba nublado. Ana oyó la verja. Subió a su cuarto con Roco detrás, se sentó en el suelo, bajo la ventana, y abrió la libreta en una página nueva.
Hizo lo que hacía con un caso que no mejoraba.
En urgencias, cuando un perro llevaba tres días ingresado y nadie sabía por qué seguía con fiebre, había un momento en que se dejaba de mirar al perro y se cogía la hoja de evolución entera, desde el ingreso, y se leía de arriba abajo como si fuera de otro.
Fechas, constantes, tratamientos, cada cambio.
Casi siempre la respuesta estaba ya escrita en algún sitio, en una línea a la que nadie había dado importancia.
Copió todas las entradas desde el veinte de agosto. Una por línea, en columnas: fecha, estímulo, tipo de respuesta, intensidad. Tardó más de una hora. Roco se durmió a su lado con la pata trasera estirada contra su muslo.
Cuando terminó, empezó por la primera que dolía.
21/08. 02:26 aprox. Baixada del Port. Estímulo: desconocido. Señales, antes: orejas adelante, cuello rígido, gruñido único, orientación fija al rellano. Alerta dirigida.
Lo había escrito ella misma esa madrugada, con letra de informe, y no lo había vuelto a leer con calma.
Alerta dirigida. Un perro que sabe que hay alguien en un sitio donde no lo ve, y lo señala.
Las orejas hacia delante, el gruñido corto, uno solo.
Antes del brazo y del empujón, antes de que nada pasara.
Eso no era el bloqueo.
Bajó con el dedo por la columna de respuestas.
El bloqueo, el de verdad, con la rigidez, el pelo de punta de la nuca a la cola, la mirada fija sin parpadear y el gruñido que no se corta para respirar, aparecía por primera vez el veinticuatro de agosto, en la cocina, a las 09:47.
En dos años de libreta no había ni uno antes.
Ni con el petardo de Sant Joan, ni con el barrendero, ni con las botas del ascensor.
Roco no sabía hacer eso antes de la noche de la Baixada.
Lo había aprendido allí.
Era lo que explicaba cualquier profesora de etología con el ejemplo de siempre: el perro al que le estalla un petardo al lado mientras huele una farola, y que a partir de ese día tiembla solo con verla.
A veces bastaba una sola vez si el miedo era lo bastante grande.
Algo que estaba presente mientras pasaba lo peor se quedaba pegado al terror, y luego ese elemento, aislado, volvía a encenderlo todo.
Aquella noche lo había sido. Y Roco había sentido además, a través de la correa, cómo se le paraba el pulso a ella.
¿Qué había esa noche en la escalera que no hubiera en ninguna otra parte?
Pasó a la página del veinticuatro de agosto. Allí estaba, escrito con letra pequeña y tachado con tres rayas: ¿Baixada?
La ráfaga. Había subido por la escalera, encajonada entre las fachadas, un segundo antes de que Roco se quedara mirando el callejón. Sal del muelle y, debajo, algo amargo, a monte. Lo había olido ella. Lo había olido después en la camisa de cuadros de su padre, en el almacén, en su propia cara.
Siguió con los números del almacén y del patio. La resina fría en el tarro, a un metro: uno, dos. El cazo con restos, que se había calentado muchas veces: dos. La primera sesión en el patio, con la lágrima fría en el frasco: uno. La chaqueta colgada detrás del delantal: cinco, sin queso, sin nada.
La resina sola apenas le hacía nada. Lo que le hacía todo era la resina caliente, gastada, metida en una tela que alguien había llevado puesta.
Lo escribió, con letra de informe: Lentisco caliente encima de una persona.
Eso era lo que Roco había olido en la escalera.
Ana dejó el bolígrafo y se quedó mirando la pared. Era lo primero en un mes que tenía la forma de un diagnóstico.
¿Quién lo lleva encima?
Escribió tres nombres en renglones aparte, uno debajo de otro.
Arturo. Taller, barniz, disolvente, el lentisco muy diluido y una colonia por encima que se olía desde la otra punta del patio.
Roco, dos. Siempre dos. Pero Arturo no llegaba nunca sin colonia, y en ninguno de los cincos había habido colonia.
Si aquel perfume tapaba algo, el dos no decía nada.
Lo que sí decía algo era lo que se le había quedado clavado desde el sábado: en el almacén, a oscuras, cuando aquel hombre la tenía contra el canto de la mesa, Roco se le había tirado a las piernas y lo había mordido.
Un perro en bloqueo no ataca. Se queda clavado, no come, no se mueve.
Ella lo había visto cinco veces en la cocina.
Fuera lo que fuera lo que Roco temía a cinco, no era el olor de Arturo.
Papá. Lo leyó dos veces. Su padre volvía del taller con el olor encima; lo había dicho él mismo el treinta y uno, en mangas de camisa, con la chaqueta olvidada allí.
Iba más de lo que contaba. Eso ya lo sabía.
Y luego estaba la camisa de cuadros vieja, la del veinticuatro de agosto, la que ella había sacado del cesto y le había enseñado a Roco.
Era la misma que llevaba el lunes veintiuno, subido en la escalera, metido en el limonero.
Su ropa de faena, la de las cosas sucias, la que se ponía para ir a ver la cómoda.
La cera no se va con un lavado. Se duchaba y Roco volvía a tumbarse bajo su silla. Cada vez.
Pensó en la noche de la Baixada. Se acordaba de sus propias manos descorriendo el cerrojo a las dos y cuarto, milímetro a milímetro, para no despertarlo. Estaba echado. Por dentro. Nadie había salido por esa puerta antes que ella.
Escribió el tercer nombre.
Yo.
El trece de septiembre, a las 05:12, vestida, con las zapatillas atadas con doble nudo y el olor en las mejillas y en la barbilla.
El veintiocho de septiembre, a las 04:20, de pie en el pasillo, descalza, con el olor en la cara y en el aire.
Las dos mañanas Roco se había quedado lejos de ella, lamiéndose el hocico, sin mirarla.
Las dos mañanas había vuelto en cuanto ella se lavó.
Pasó a otra página y escribió las fechas de las noches. Solo las noches.
20-21/08. Pilar. Yo, en la Baixada. Un hueco entre la silueta y el pretil: dos minutos, según la cámara. Yo no sé cuánto fue.
12-13/09. Fragmento I. De las 00:40 a las 05:12, nada.
20-21/09. Ricard. Dormí. Eso creo. El 12 también lo creía hasta que abrí los ojos.
27-28/09. Fragmento II. De las 23:50 a las 04:20, nada.
Y debajo, aparte:
28-29/09. Verbena. De las 00:00 a la 01:10. Me despierto en el pretil de la Baixada. En el mismo sitio.
Cuatro noches con lentisco alrededor. Y ninguna que pudiera contar entera.
Y lo demás, que no hacía falta escribir porque se lo sabía de memoria.
La medetomidina era suya. El armario era suyo, y su llave había pasado las noches colgada en el recibidor, un piso por debajo de su cama, hasta el martes pasado.
Ricard había ido diciendo por los bares que ella iba a aprender lo que era perder un perro, y había dejado un solomillo envenenado en el único sitio donde ella soltaba a Roco.
Pilar la había esperado en un portal para hablar con ella, solo con ella.
Ana se miró las manos, abiertas sobre la libreta.
Una vez ya había pasado. Un martes de mayo, en una sala de tratamiento, su cuerpo había ido al armario, había hecho la cuenta del peso, había pinchado un frasco y había metido la aguja en la vía con el pulso firme.
Lo había hecho bien. Sin ella. Villaret se lo había dicho en la primera consulta: el cuerpo hace lo que sabe hacer, y la cabeza se apaga para no romperse.
Su cuerpo sabía cargar una jeringa y sabía pinchar en un cuello sin que le temblara el pulso; lo hacía cada día, con las extracciones de la yugular.
Sabía lo que aguanta un hioides de sesenta y ocho años.
Lo había dicho ella misma en voz alta, delante de Bruno, en aquel despacho sin ventanas: Una llave. Sé de cuellos.
Volvió al principio de la página, al veintiuno de agosto, y se obligó a mirar lo que no encajaba.