Capítulo 22. La verbena #2
No oía nada. La orquesta lo tapaba todo.
Vio a Arturo hablar muy cerca de la cara de su padre, sin gestos, con la cabeza un poco ladeada.
Vio a su padre quieto, con las manos a la espalda.
Vio a Arturo levantar la mano derecha y clavarle el índice en el pecho, en el esternón, una vez.
Su padre no se movió. Arturo le clavó el dedo otra vez, más fuerte, y dijo algo corto.
Luego se dio la vuelta y se fue hacia la calle de atrás, cojeando.
Su padre se quedó en el hueco, solo, con las manos a la espalda, mirando la pared.
Ana dejó el churro en la barra y empezó a cruzar la plaza.
Había mucha gente. Una familia con un carrito. Un corro de mujeres. Un crío que corría con una bengala. Ana se abría paso con los hombros, sin perder de vista la camisa de su padre entre las cabezas.
La orquesta paró a mitad de canción. Alguien dijo por el micrófono que iban a empezar los fuegos.
La plaza entera se volvió hacia el puerto.
La primera carcasa subió con un silbido y reventó encima de los tejados.
Blanca.
El estampido le entró por el pecho antes que por los oídos. Luego otra. Otra. Una luz blanca que lo llenaba todo, que no dejaba sombra. Un pitido agudo, dentro, en la base del cráneo.
El pitido se comió la música.
Lo primero fue la piedra caliente bajo las palmas.
Ana estaba de pie, con las manos apoyadas en un muro que le llegaba a la cintura. Debajo había escalones. Bajaban hacia una farola amarilla que iba y venía, hacia un rellano y, más abajo, el muelle negro.
El pretil. Lo alto de la Baixada.
El cielo estaba quieto. Olía a pólvora, un humo fino que bajaba del puerto y se quedaba entre las fachadas. No se oía la orquesta, ni petardos, ni nada. Las drizas de los barcos contra los mástiles, abajo.
Se apartó del pretil de un paso, como se aparta uno de un borde.
Se miró las manos. Las palmas, el dorso, las uñas, bajo el amarillo de la farola.
Limpias. Polvo de la piedra en las yemas, nada más.
Se las acercó a la nariz: pólvora, el aceite de los churros, su propia piel.
Se olió las muñecas. Se pasó el dedo por la mejilla, de la oreja a la comisura, y lo olió.
Nada.
Tenía las zapatillas puestas, atadas. Los vaqueros de la tarde. La camiseta. Todo en su sitio.
Sacó el móvil. Le temblaba en la mano y tuvo que sujetarlo con las dos. La 01:10.
Tres llamadas perdidas de Bruno: 00:14, 00:31, 00:52. Una de su padre, a las 00:20. Y un mensaje también suyo, de las 00:40: Me voy a casa. ¿Dónde estás?
Una hora y diez minutos. Nada en medio. Ni el camino desde la plaza, ni la calle Major, que llevaba un mes sin pisar, ni el momento de llegar hasta ese muro, donde ya había estado otra vez.
Levantó la vista hacia la esquina de la calle, hacia el cajero automático, con su pantalla encendida en la oscuridad. La cámara.
Pensó en un fotograma en blanco y negro, con la hora en la esquina. Una mujer apoyada en el pretil, mirando hacia abajo.
Se fue de allí sin correr.
Le escribió a Bruno por el camino, parada en una esquina de la calle del Mar. En casa. Me dolía la cabeza. Lo envió antes de pensarlo. Los dos tics se pusieron azules enseguida. Él no contestó.
La casa estaba a oscuras. Ana descorrió el cerrojo despacio, lo volvió a echar y subió pegada a la pared, donde los peldaños no crujían. La puerta del cuarto de su padre estaba entornada, con la luz encendida.
—¿Nena?
—Soy yo. Me dolía la cabeza.
Un silencio largo.
—Vale.
La luz se apagó.
En su cuarto, la radio seguía sonando bajito. Había una canción de los ochenta. El ventilador giraba y la camiseta de dormir estaba en el suelo, en mitad del cuarto, arrastrada.
Roco no estaba bajo la ventana.
Ana se arrodilló y miró debajo de la cama.
Estaba al fondo, contra la pared, hecho una bola. Jadeaba con la boca muy abierta, rápido, a pesar del ventilador. Le temblaba todo el cuerpo. Tenía las pupilas tan grandes que los ojos le parecían negros. Cuando Ana lo llamó, no se movió.
—Ya está —le dijo—. Ya han acabado. Ya está.
No le metió la mano. Se tumbó en el suelo, de lado, con la cara a la altura del somier, para que la viera, y se quedó así.
Tardó media hora. Ana la contó en el móvil, apoyado en las baldosas.
Al final, Roco empezó a arrastrarse hacia ella sin levantarse, pegado al suelo, y salió de debajo de la cama.
Le olió las manos, el cuello, la cara. Le pasó la nariz por la mejilla, despacio, y no se apartó.
Se tumbó contra su pecho con todo el peso y suspiró.
Ana le puso la mano en el costado. El corazón le iba todavía muy deprisa.
Cogió la libreta de la mesita sin levantarse y escribió apoyada en el suelo, con la letra torcida.
29/09. 00:00–01:50 (estimado). Dormitorio, solo. Estímulo: petardos y castillo de fuegos. Encontrado bajo la cama: jadeo, temblor, pupilas dilatadas, no sale a la llamada. Sale a los 30 min, buscando contacto. Intensidad: 4 (estimada, yo no estaba). Miedo antiguo.
Se quedó mirando la penúltima frase. Yo no estaba.
Dejó una línea en blanco y escribió debajo, más pequeño:
00:00–01:10. Yo. De la plaza al pretil de la Baixada. No recuerdo el camino. Sin olor. Al volver, Roco me huele la cara y no se aparta.
Cerró la libreta.
Al otro lado del pasillo, su padre respiraba ya con el silbido al final. Roco se había dormido contra ella. Ana no apagó la radio.