El rastro del lentisco Capítulo 22. La verbena
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Capítulo 22. La verbena

A las seis y media sonó el despertador de su padre.

Ana lo oyó desde el suelo de su cuarto, sentada contra la pared, bajo la ventana, con la mano todavía en el lomo de Roco. Luego el crujido de la cama, los pasos descalzos y el agua en las cañerías, que bajaba con un golpe sordo detrás del tabique. Su padre se estaba duchando.

Roco levantó la cabeza al oír el agua. Escuchó un momento con las orejas hacia la pared y volvió a apoyar la cabeza en su pie.

Ana bajó a las siete y cuarto. Su padre estaba en la cocina, con el pelo mojado peinado hacia atrás y una camiseta limpia, untando mantequilla en una tostada. Olía a La Toja. Tenía la radio puesta, la emisora local, y una mujer leía las noticias de la comarca con voz de domingo aunque era lunes.

Roco pasó por delante de ella, fue derecho a las zapatillas de su padre, las olió y movió la cola. Se tumbó junto a la nevera.

—Mala cara, nena.

—No he dormido.

—Ya se ve. —Le acercó la cafetera—. Esta noche te tomas una tila.

No le preguntó por qué no había dormido. Ana tampoco le preguntó si la había oído. Ya lo había hecho una vez, el domingo de la camisa, y él había dicho que dormía como un tronco.

Se sirvió el café de pie y se lo tomó mirando por el cristal el patio, que empezaba a teñirse de gris. Las ramas cortadas del limonero seguían amontonadas contra la tapia, secas ya, de color de paja.

En la radio, la mujer dijo que el ayuntamiento confirmaba el inicio de las obras del mirador del faro para el jueves uno de octubre, y que el sendero del acantilado seguiría cerrado mientras duraran. Luego habló del tiempo.

Su padre siguió con la tostada.

—Esta noche es la verbena —dijo.

—Ya lo sé.

—Un rato, nada más. Que nos vean.

Ana asintió y dejó la taza en el fregadero. Había bajado con la libreta en el bolsillo de la sudadera. Apuntó, de pie junto a la encimera: 28/09. 07:15. Cocina. Vicente, duchado. Se acerca, olfatea, cola. 0. Se quedó un momento mirando la palabra duchado . Luego cerró la libreta.

Ana subió la persiana del consultorio. La llave entró en la cerradura y giró con la suavidad de costumbre.

Se quedó con la mano en el pomo. Mañana mismo mando al cerrajero. Habían pasado seis días. Pensó en la cómoda de su madre, arrinconada en el almacén con la carcoma intacta, y en la manera en que Arturo cerraba las promesas con un apretón de manos para no tener que cumplirlas. Abrió.

La mañana fue tranquila, de fin de temporada. Un gato con una pulga de las que muerden y no se van. Una revisión de puntos. A las once entró una mujer joven con un teckel en brazos y una pregunta que Ana llevaba diez años oyendo cada víspera de fiesta.

—Esta noche hay fuegos y se pone fatal. ¿No me puede dar algo para dormirlo?

—Para dormirlo, no. —Ana le pasó la mano al perro por el cuello. El teckel la miró con los ojos de quien ya sabe lo que va a pasar—. Lo que dan algunos lo deja quieto, pero sigue oyéndolo todo y pasándolo igual de mal. Solo que no se puede mover.

—¿Entonces?

Ana le recetó trazodona, para dársela con antelación, y le explicó el resto.

Persiana bajada, ventanas cerradas, la tele o la radio puestas, y un sitio donde esconderse si quería, debajo de una cama o en un armario abierto.

Que no lo sacara a pasear a las once de la noche. Que si se le arrimaba, lo tocara.

—¿No se le refuerza el miedo? Mi suegra dice que si lo consuelas...

—Eso de que se le refuerza el miedo es mentira. Si busca que lo toque, tóquelo. Le hace falta.

La mujer se fue con la receta y el perro bajo el brazo. Ana se quedó mirando a Roco, tumbado en su rincón detrás de la mesa, con una pata trasera estirada.

En Barcelona, el primer Sant Joan, se había pasado seis horas debajo de la cama.

El segundo, después de meses de grabaciones de petardos en el móvil, a volumen uno, dos, tres, con trozos de salchicha, había aguantado en el sofá con la cabeza en su regazo, temblando, pero fuera.

Esa noche ella había estado a su lado todo el rato.

Esta noche no.

Por la tarde preparó su cuarto como le había dicho a la mujer del teckel.

Bajó la persiana del todo y cerró la ventana, aunque en el cuarto hiciera calor.

Subió de la cocina la radio pequeña de su padre y la dejó en la mesita con una emisora de música, no muy alta.

Encendió el ventilador. Puso en el hueco de Roco, bajo la ventana, la camiseta que se había puesto de madrugada, la del fondo del cajón, que ya olía solo a ella, y al lado un hueso de caña relleno de paté.

Roco olió la camiseta, se tumbó encima y empezó con el hueso.

—Vuelvo pronto —le dijo Ana desde la puerta y en un tono bajo.

El perro levantó los ojos, sin soltar el hueso. Ana cerró despacio.

La plaza del ayuntamiento olía a churros y a aceite requemado. Habían colgado guirnaldas de bombillas de fachada a fachada, y la orquesta, cinco hombres con chaleco de lentejuelas y una cantante rubia, tocaba en un escenario de tablones delante de la fachada principal.

A finales de septiembre ya no quedaban turistas: eran los del pueblo, las familias con los críos corriendo entre las piernas, los viejos sentados en sillas que habían bajado de casa, los adolescentes apiñados junto al puesto de los petardos.

Su padre saludaba a todo el mundo. Una palmada aquí, un nombre allá. Fermín le gritó algo desde la mesa de su bar y él contestó con la mano. Ana iba un paso detrás, sonriendo a quien la miraba, que eran muchos y más de lo normal.

Bruno estaba junto a la barra que habían montado al lado del escenario, con un botellín en la mano y una camisa de manga corta que Ana no le conocía, de cuadros pequeños. Parecía un hombre que ha salido a la calle y no sabe muy bien para qué.

Su padre lo vio antes que ella.

—Ahí tienes a tu inspector.

Bruno se acercó. Le dio la mano a Vicente.

—Bruno Mendoza. Hablamos por teléfono la semana pasada.

—Me acuerdo. —Vicente le estrechó la mano un momento—. Usted es el que me la metió en el calabozo.

—Y el que la sacó.

Su padre rio, corto, y se quedó mirándolo un poco más de lo que pedía la frase. Luego se llevó las manos a la espalda y se las cogió allí, una con otra, como los jubilados que miran una obra desde la valla.

—Voy a por unos churros —dijo—. ¿Quiere usted?

—No, gracias.

Lo vieron alejarse hacia el puesto. Bruno bebió un trago.

—¿Has dormido? —preguntó.

Ana tardó un segundo en darse cuenta del has . Dos noches antes, en la mesa de hule de su apartamento, todavía se habían hablado de usted, incluso al final.

—No.

—Se te nota.

—Gracias.

Él casi sonrió. Luego miró al escenario y bajó la voz.

—Tengo que hablar con tu padre. Y con Arturo.

Por lo de Pilar, como testigos. Los tres en las fotos, el papel en la cómoda de Pilar, tu nombre en el sobre.

—Hizo girar el botellín—. Pero si los cito mañana y me preguntan de dónde saco que Pilar quería contar algo, tengo que decir que me lo has contado tú en un bar, sin papeles, después de declarar lo contrario.

Primero tienes que venir a ratificarlo. Con tu abogada, por escrito. El miércoles, si puedes.

—El miércoles.

—Y el jueves entran las máquinas.

Ana miró hacia el puesto de churros. Su padre esperaba en la cola, de espaldas, con las manos todavía cogidas atrás.

A las once, la orquesta se calló y Arturo subió al escenario.

Llevaba la camisa blanca de siempre y unos pantalones largos de lino, claros.

Subió los tres peldaños de tablón agarrado a la barandilla y se plantó delante del micrófono con la sonrisa ancha de los plenos.

Habló poco. Un verano difícil para este pueblo.

Una vecina de toda la vida, Pilar Roig, que nos dejó en agosto y a la que todos echaremos de menos en la cola del pan.

La fuerza de los pueblos pequeños, que es estar juntos en lo bueno y en lo malo. A Ricard no lo nombró.

La plaza aplaudió.

Después bajó a abrir el baile, como todos los años, con la señora Remei, que tenía noventa y un años y había bajado del brazo de una nieta. La orquesta arrancó un pasodoble. Arturo la cogió de la cintura con mucha ceremonia y dio la primera vuelta.

Ana lo vio en el segundo paso. Pisaba entero con la derecha y con la izquierda solo apoyaba la punta, rápido, sin cargar, como quien pisa una baldosa que quema.

En la vuelta se le notó más. Al terminar el giro le pasó la señora Remei a un concejal joven, con una reverencia que la plaza celebró, y se apartó hacia la barra caminando despacio.

Bruno no le quitaba ojo. Se había puesto en primera fila, a dos metros del escenario.

—La izquierda —dijo, sin volverse hacia ella.

—Lo veo.

Ana pensó en el ruido de tela que se rasga, a oscuras, entre el disolvente y el serrín. En el aullido de hombre. En la sangre en el belfo de Roco, bajo una farola de la calle del Mar.

Arturo pasó por su lado camino de la barra. Iba saludando, una mano en un hombro, un beso a una señora, y al llegar a ella se paró. La colonia dulzona le llegó antes que la voz.

—Ana. Qué bien que hayas venido. —Miró hacia sus pies, a un lado y a otro, despacio—. ¿Y el perro? ¿No lo has traído?

—Le dan miedo los petardos.

—Haces bien en dejarlo en casa.

Le tocó el brazo con dos dedos, siguió hacia la barra y pidió un vermut. Bruno lo había mirado todo sin moverse.

Su padre volvió con un cucurucho de churros y se los ofreció a Ana.

Ella cogió uno y no se lo comió. Estuvieron un rato los tres juntos, de pie, sin hablar mucho, viendo bailar a la gente.

La cantante rubia atacó una canción del verano que todos los adolescentes se sabían y que Ana no había oído nunca.

Hacia las doce menos cuarto, su padre dijo que iba a saludar a uno y se metió entre la gente.

Ana lo siguió con los ojos sin querer. Lo vio rodear el escenario por la izquierda, por donde estaban los cables y el camión de la orquesta, y pararse en el hueco entre el camión y la pared del ayuntamiento, donde llegaba poca luz de las guirnaldas.

Arturo estaba allí. Había dejado el vermut en algún sitio.