Capítulo 21. (1993) El sellado
El faro viejo llevaba cincuenta y cinco años con la base reventada y en Cala Salina ya nadie lo miraba.
Vicente sí. Desde la obra de los apartamentos de la punta se veía entero: una torre truncada en lo alto del acantilado. Cada mañana, al subir al andamio, los ojos se le iban allí antes que al cubo de mortero. Luego miraba hacia abajo y no levantaba la cabeza hasta la hora del bocadillo.
Aquel domingo de julio tenía a la niña dormida encima.
Ana había caído a media tarde en el sofá del comedor, con el pelo pegado a la frente y la boca abierta, sobre el brazo derecho de su padre.
Se dormía siempre ahí. Buscaba el brazo con la cara, le subía la manga con la mano si hacía falta y apoyaba la mejilla en la piel lisa y tirante, que en verano estaba más fresca que el resto.
Carme decía que era porque la piel nueva no suda.
Vicente no sabía si era verdad. Sabía que mientras la niña durmiera ahí él no se movía, aunque se le quedara dormida la mano y en la tele empezara una película del oeste que no le interesaba.
Tenía cuatro años, pesaba poco más que un saco pequeño de yeso y respiraba contra su brazo con un ruido de gato.
En el techo giraba el ventilador de aspas marrones que habían puesto en junio. Carme planchaba en la cocina con la puerta abierta y el olor de la ropa caliente llegaba hasta el sofá.
Oyó la verja antes que el timbre.
Carme dejó la plancha sobre la tabla y volvió con Arturo detrás.
—Está con la niña —dijo, y se metió otra vez en la cocina.
Arturo se quedó en el marco del comedor. Camisa blanca sin una arruga, el pelo negro peinado hacia atrás con agua. Llevaba cinco años de concejal de Obras y se le notaba en la manera de pararse en una puerta, como si la puerta fuera suya.
—Sal un momento al patio.
Vicente sacó el brazo despacio de debajo de la mejilla de su hija y le metió un cojín en su lugar. Ana frunció la cara, buscó el brazo con la mano, encontró el cojín y se quedó quieta.
El patio era el antiguo corral de sus padres con baldosas nuevas.
Al fondo, Carme había plantado un limonero el año que nació la niña, y todavía no le llegaba a Vicente al hombro.
Arturo se arrimó a él, aunque la copa apenas le cubría los zapatos del sol, y sacó del bolsillo de la camisa un papel doblado en cuatro.
—Léelo.
Era una hoja con el membrete gris de la empresa de ingeniería que el ayuntamiento contrataba para las inspecciones de costa.
Vicente la leyó dos veces. Estructura del antiguo faro: se detecta avance en el agrietamiento de los cimientos, con riesgo moderado de desprendimiento hacia el sendero peatonal.
Se recomienda vallado preventivo y estudio de estabilización a medio plazo.
—Riesgo moderado —dijo—. Eso es nada.
—Eso es una valla. —Arturo le quitó el papel y lo volvió a doblar—. Y una valla es un sitio donde se cuelan los críos a fumar porque está prohibido. Y un estudio de estabilización es un ingeniero con un martillo, dando golpes en la base para ver qué suena hueco.
Vicente miró el limonero.
Arturo no nombró la talla. No hacía falta.
Trece años atrás había vuelto de Barcelona con un maletín prestado y la cara gris, y todo lo que le contó fue que el comprador se había echado atrás por un número pintado en la peana.
«Con eso no la compra nadie.» Desde entonces la Virgen seguía donde Arturo la tuviera, y el viejo, donde lo dejaron.
—¿Y qué vas a hacer?
—Sellarlo. Hormigón en toda la base, que no se mueva en cincuenta años.
—Se guardó el papel—. Lo paso como obra de emergencia, por riesgo para el sendero.
El alcalde firma lo que yo le pongo delante si le digo que se nos puede matar un turista.
Sin concurso y sin estudio. Lo hace Ferré, que este viernes acaba lo de la punta y se le queda la cuadrilla parada.
Ferré era el constructor para el que trabajaba Vicente.
—Te he metido en la cuadrilla —siguió Arturo—. Antes de que llegue la hormigonera hay que rellenar los huecos de abajo con piedra, que si no el hormigón se escapa por las grietas y no hay camión que lo llene. La cara del mar la haces tú. Solo.
—No.
—Tú sabes dónde es.
Vicente no contestó. Arturo esperó un momento con las manos en los bolsillos, y luego sacó la derecha con algo dentro.
Era una bolsita de papel de estraza, retorcida por arriba, del tamaño de un huevo. La dejó en la palma de Vicente.
Vicente supo lo que era antes de abrirla. Le llegó por la rendija del papel, por encima del olor de los limones y de la ropa planchada: amargo, a monte, a algo que se cuece al sol. La mano se le cerró sola.
—Me sobran de lo mío —dijo Arturo—. Son de Grecia. Mejor que esa porquería de hojas que te frotas.
Vicente no levantó la vista de la bolsa.
El vendaje le había durado hasta la primavera del setenta y cinco. Luego la herida cerró, su madre quemó en el fogón las últimas tiras de sábana y el olor se fue con ellas. Pasó dos semanas sin dormir más de una hora seguida.
Una tarde de abril subió al monte de detrás del cementerio con una navaja, buscó una mata de lentisco y le hizo cortes en el tronco, como le había oído contar a Arturo que se sacaba la resina.
Volvió cuatro días después. En uno de los cortes había una gota pequeña, transparente, que olía tan fuerte que tuvo que apartar la cara.
Pero no era aquello. Era un olor limpio, frío, de monte vivo. Le faltaba el calor, la tela, lo que fuera que había tenido el vendaje. Partió unas hojas y se las frotó entre las palmas hasta calentarlas. Se llevó las manos a la nariz: más parecido, pero tampoco era lo mismo.
Aun así volvió. Volvió durante años, cada vez que lo necesitaba, con la navaja en el bolsillo y una excusa preparada por si se cruzaba con alguien. Se sentaba detrás de una piedra, se frotaba las hojas en las manos y bajaba al pueblo con los dedos verdes, lavándoselos en la primera fuente.
Una tarde del ochenta y uno, Arturo lo vio bajar por el camino del acantilado con dos ramas en la mano. No le dijo nada. Doce años callado.
—Para tus nervios —dijo Arturo—. Esta semana las vas a necesitar.
Le dio una palmada en el hombro izquierdo y entró en la casa. Desde el pasillo le dijo a Carme que tenía la niña más guapa del pueblo y que a ver cuándo lo invitaban a una paella. Vicente oyó la verja.
Se metió la bolsa en el bolsillo del pantalón. Dentro, Ana se había despertado y lloraba porque el cojín no era el brazo.
La firma del alcalde tardó cuatro días.
El lunes siguiente, la cuadrilla de Ferré subió al faro con la furgoneta y un remolque de tablones por el camino de servicio, el de tierra que salía de la carretera.
Valló el sendero por los dos lados y empezó a limpiar la base de piedra suelta.
Eran seis. Vicente iba con ellos. No hablaba más de lo que hablaba siempre, que era poco, y nadie le preguntó nada.
El miércoles subió el aparejador del ayuntamiento con Arturo. Era un hombre joven con gafas y una carpeta. Dio una vuelta entera a la torre pisando con cuidado y se asomó a las grietas de la cara del mar.
—Esto no es lo que pedía el informe —le dijo a Arturo, sin bajar la voz, delante de todos—. Sin un estudio no sabemos qué roca hay debajo. Si el mar sigue comiéndose la base, este hormigón acabará colgando en el aire. En treinta años habrá que volver a meter mano.
Arturo le puso la mano en la espalda y lo fue llevando hacia el coche.
—En treinta años —dijo— ya no será asunto mío.
El aparejador no supo qué responder y la cuadrilla entera guardó silencio. Vicente siguió paleando.
El jueves a las siete menos cuarto, la furgoneta cruzó la plaza de la iglesia camino del acantilado. Vicente iba delante, con la ventanilla bajada y el codo fuera.
Pilar estaba subiendo la persiana del horno.
Tenía treinta y cinco años, el delantal blanco y harina hasta los codos.
La persiana se le quedó a medio subir. Miró el nombre de Ferré pintado en la puerta de la furgoneta, el remolque y las palas.
Luego lo miró a él. No levantó la mano ni movió la cara.
Lo siguió con los ojos mientras la furgoneta rodeaba la fuente, despacio, por los adoquines, hasta que la esquina se la llevó.
Vicente se miró el brazo apoyado en la ventanilla. La manga se le había subido y le daba el sol.
Se la bajó.
En verano la cuadrilla trabajaba de siete a tres. El jueves a las tres, el encargado le preguntó si se quedaba.
—Me quedo a adelantar lo de la cara del mar —dijo Vicente—. Mañana viene el camión.
El encargado se encogió de hombros. Arturo ya había hablado con él.
Vicente bajó a comer a casa y al caer la tarde volvió a subir con su coche, un 131 de segunda mano con el asiento de atrás lleno de sacos vacíos.
Lo dejó en el mirador de tierra y esperó dentro, con las ventanillas bajadas, hasta que el sol se escondió detrás del monte y en el sendero no quedó nadie.
La lata la había preparado el día antes, a la hora de comer, en la caseta de herramientas de la cuadrilla, junto a la valla.
Usó el camping gas con el que calentaban las fiambreras.
Cogió una lata redonda y plana de betún, ya vacía, y metió dentro una pastilla de cera de abeja —de las que vendían en la droguería para los muebles— y la mitad de las lágrimas de la bolsa de Arturo.
Lo derritió todo al fuego, removiéndolo con un clavo largo, con la puerta cerrada y el corazón en la garganta.
Cuando aquello empezó a soltar el olor, tuvo que sentarse en un cubo de plástico boca abajo.
Salió del coche con la lata y el mechero y se metió detrás de la caseta de herramientas que la cuadrilla había dejado junto a la valla, donde no llegaba la vista desde el camino.
Abrió la lata. La mezcla se había quedado dura, marrón y con brillo. Sostuvo el mechero debajo hasta que la superficie se ablandó y empezó a humear apenas. Pasó los dedos por encima. Se los frotó despacio en las palmas, en el dorso de las manos, en las muñecas.
Respiró.
Le subió por la nariz hasta detrás de los ojos. El ruido del mar se apartó un poco. Las manos le dejaron de temblar, y fue como meter la cabeza en agua templada.
No supo cuánto rato estuvo así. Luego cerró la lata, se la guardó en el bolsillo y cogió la linterna de obra y la pala.
El hueco estaba donde siempre: una grieta entre los cimientos, en la cara que daba al mar, más ancha que en el setenta y cinco. Los cascotes de dentro se habían asentado con los años y la piedra de alrededor había ido cediendo detrás. Era eso lo que había visto el ingeniero.
Durante la semana, la cuadrilla había subido al borde un montón de grava y piedra, y había dejado dos tablones para bajar la carretilla.
Bajó por los tablones con la linterna colgada del cuello. Abajo hacía calor, el de la piedra que ha estado todo el día al sol. Olía a salitre, a orines de gato y, por encima, a sus propias manos.
Empezó a palear.
La primera hora no apartó la luz del montón de grava. Cargaba, se daba la vuelta y echaba la palada al fondo de la grieta sin mirar dónde caía. Cargaba otra vez. Los hombros le dolían como le dolían siempre a esa hora del día. Estaba bien que le dolieran.
En una de las vueltas, la linterna se le torció en el cuello y el haz se fue al fondo.
Entre dos cascotes grandes, donde la grava todavía no llegaba, asomaba un pico de algo negro y tieso: una tela que la humedad y los años habían dejado como cartón. Tenía el borde deshilachado y, colgando del borde, un trozo de cabo de cáñamo.
Vicente se quedó con la pala en el aire.
La clavó en la grava, se llevó la mano libre a la cara y respiró a través de los dedos. Una vez. Otra. La lona se quedó lejos, como se quedan lejos las cosas que se ven desde un tren.
Giró la linterna hacia la pared de piedra. No volvió a bajarla.
Echó la palada encima de lo que había visto. Echó otra. A la tercera ya no se veía nada, y siguió.
Tardó casi tres horas. Cuando terminó, la grava llegaba a la altura donde empezaría el hormigón, y por encima había ido encajando las piedras grandes una a una, como le enseñaron a hacer los muros de mampostería a los dieciséis años.
Subió por los tablones. Arriba soplaba un viento de mar templado, y desde allí el pueblo se veía muy pequeño, con la luz del campanario por encima de todo.
Se sentó en la grava, junto al borde, y se olió las manos. Casi no olían. Se quedó sentado hasta que dejaron de oler del todo.
El viernes por la mañana, antes de que llegara el camión, volvió detrás de la caseta con la lata y el mechero. Calentó la superficie hasta que humeó y se frotó las manos. Cuando oyó el motor en la cuesta, ya no le temblaban.
La hormigonera subió por el camino de servicio a las siete y media, marcha atrás, con un hombre delante haciéndole señas. Arturo llegó detrás en su coche, con la camisa blanca y unas gafas de sol.
Vicente vio caer el hormigón por la canaleta, gris, espeso y pesado. Lo fue guiando hacia la grieta de la cara del mar, por encima de la piedra, hasta que la piedra dejó de verse. El hormigón siguió subiendo, y los de la cuadrilla lo extendieron con las reglas hasta la altura del encofrado.
Arturo se le puso al lado, sin acercarse al borde para no mancharse los zapatos.
—Para cincuenta años —dijo.
Le apretó el hombro. Vicente no se movió de allí hasta que el camión se fue.
Llegó a casa pasadas las dos y media, con el pelo gris de polvo de cemento. Antes de bajar del coche abrió el maletero, envolvió la lata en un trapo y la metió debajo de la rueda de repuesto.
Ana salió del comedor corriendo, descalza, con los brazos levantados.
—Espera —le dijo él—. Espera, que vengo sucio.
Se metió en el baño de abajo y cerró. Detrás de la puerta guardaba un estropajo verde y un resto de jabón de taller en pasta, de los que disuelven la grasa a base de piedra pómez.
Se lavó hasta los codos. Se frotó las uñas con el cepillo, los nudillos, las muñecas y el antebrazo entero con el estropajo verde, hasta que la piel se le puso roja y le escoció de verdad.
Se olió. Jabón y disolvente. Se lavó otra vez.
Carme abrió la puerta sin llamar, con un trapo de cocina al hombro.
—¿Qué es eso que hueles?
—El desencofrante. —Cerró el grifo—. Lo echan a las tablas para que no se pegue el hormigón. Se te mete en la piel.
—Pues apesta. —Le dio el trapo para que se secara—. Ya está lo del faro, ¿no?
—Ya está.
Comieron tarde, con la tele puesta. Luego Vicente se sentó en el sofá y la niña se le subió encima antes de que acabara el telediario, le buscó el brazo con la cara, le subió la manga con la mano y apoyó la mejilla en la piel lisa.
Olía a un jabón raro. Ana no dijo nada. A los pocos minutos respiraba con su ruido de gato.
En el techo giraba el ventilador. Carme fregaba en la cocina y cantaba algo muy bajo.
A las cuatro se le durmió la mano. No la movió.