El rastro del lentisco Capítulo 20. Fragmento II #2
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Capítulo 20. Fragmento II #2

Volvió a su cuarto, pegada a la pared contraria a la de su padre, sin hacer ruido.

Encendió la lámpara de la mesita. Las 04:20.

La cama estaba deshecha, la sábana tirada hacia los pies, la almohada en el suelo.

Las zapatillas, junto a la silla. El llavero del consultorio, junto a la lámpara, donde lo había dejado.

Se arrodilló y sacó la maleta de debajo de la cama. Apartó el jersey.

El sobre de las fotos, con la solapa metida.

La bolsa de muestras con 26/09 Almáciga escrito con su letra, cerrada con el cierre de presión.

Dentro, cuatro lágrimas amarillas, pequeñas, secas, quietas en el fondo de la bolsa.

Al lado, dentro de su bolsa, el frasco de mermelada con la tapa enroscada del todo, el algodón y la quinta lágrima dentro.

Todo como lo había dejado.

Abrió la bolsa y la olió. Frío. Débil. Verde.

La cerró.

Se sentó en el suelo con la espalda contra la cama y la maleta abierta delante.

Pensó en la chaqueta colgada en el almacén del puerto, a un kilómetro de allí, detrás de una puerta que ahora Arturo habría cerrado con algo más que un resbalón. Pensó en sus pies limpios. En sus manos que no olían. En su cara, que sí.

Pensó en la otra vez. En el día trece, vestida, con las zapatillas atadas con doble nudo y la lámpara encendida.

Aquel día había tenido una explicación: la camisa de su padre en el cesto, una sonámbula que se acerca a la cara una prenda que lleva tres semanas en la cabeza. Una explicación fea, pero que cerraba.

Esta vez no había camisa en el cesto. Esta vez no había nada que cerrara.

El riesgo no es lo que te hagan los demás. El riesgo es dónde despiertas.

Lo que le daba miedo no era el olor, ni el pasillo. Le daba miedo que su cabeza, que siempre había sabido encontrar una causa, un mecanismo, algo, esta vez no encontrara ninguna. Se había quedado sin explicación. Y alguien se había movido por la casa mientras ella no estaba.

Roco había subido el escalón. Ana lo vio asomar la cabeza por el marco de la puerta, sin entrar, mirándola desde el pasillo.

No lo llamó. No le alargó la mano.

Se levantó despacio y fue al baño de puntillas.

Encendió solo la luz del espejo. Abrió el grifo muy poco, para que no sonaran las cañerías, y se lavó la cara con jabón, fuerte, con las dos manos, tres veces, hasta el cuello.

Se secó con la toalla y la olió. Jabón. Debajo, apenas nada.

Metió la toalla en el cesto y sacó una limpia.

Se quitó la camiseta empapada de sudor, la echó también al cesto y volvió a su cuarto a buscar otra.

Roco estaba en el umbral. Esta vez estiró el cuello hacia ella cuando pasó, hacia sus manos, hacia su cara, y no se apartó. La olió. Se quedó a un metro.

Ana se puso una camiseta limpia del fondo del cajón y se sentó en el suelo, debajo de la ventana, en el sitio de él. Esperó.

Tardó once minutos. Ana los contó en el reloj de la mesita. Al final, Roco cruzó el cuarto con la cola baja y se tumbó a su lado, sin tocarla, a un palmo. Al rato apoyó la cabeza en su pie descalzo.

Ana alargó la mano y le tocó el lomo. Los ocho perdigones, uno detrás de otro.

Cogió la libreta de la mesita. La apoyó en las rodillas. No tenía más luz que la lámpara, y le temblaba la mano, así que escribió muy despacio para que la letra no se le desviara.

28/09. 04:20. Pasillo de arriba. Estímulo: yo.

Despierta de pie en el pasillo, descalza, en camiseta.

Amnesia desde las 23:50 aprox. Olor en el aire del pasillo y en mi cara (mejillas, barbilla, bajo la mandíbula).

Maseteros cargados, mejillas sensibles. Señales: en el primer escalón de bajada, pegado a la pared.

Lamido, desvía la mirada. Me acerco: rigidez 1-2 s, olfatea hacia mi cara, recula un escalón sin girarse.

Mantiene 3-4 m. Sin gruñido. Tras lavarme la cara: se acerca a 1 m, me huele, no se aparta.

A los 11 min se tumba a mi lado. Intensidad: 2-3.

Dejó una línea en blanco.

No es el olor del frasco. Es el de la chaqueta. Caliente. Manos limpias. Pies limpios. No he salido. La resina, en la bolsa, cerrada. ¿Entonces de dónde?

Se quedó mirando la pregunta.

Luego pasó las hojas hacia atrás, despacio, hasta el día trece. Estímulo: yo. Hasta el doce, la noche de antes. Papá al volver de lo de Fermín. Bloqueo completo. Otra vez.

Hasta el veintiuno. Hasta el veinticuatro de agosto. Hasta la entrada del veintiuno de agosto a las 02:26, la primera de todas, con la letra torcida de aquella noche: Estímulo: desconocido.

Fue y volvió varias veces por las fechas, con el dedo, sin buscar nada concreto, como se pasan las páginas de un historial cuando el perro no mejora y no sabes por qué.

Fuera, en la calle, pasó la furgoneta del pan nuevo, la del sobrino de Jordi, con el motor tosiendo en la cuesta. Debían de ser las cinco y media.

Al otro lado del pasillo, la respiración de su padre había vuelto a ser la de siempre, lenta, con el silbido al final de cada una. A las seis y media sonaría su despertador, como todos los días. Se levantaría, crujiría el tercer peldaño, olería a café.

Y por la noche era la verbena.

Ana cerró la libreta y la dejó en el suelo, a su lado. Se quedó sentada contra la pared con la mano en el lomo de Roco, mirando la luz naranja de la farola en las rendijas de la persiana.

No volvió a la cama.