Capítulo 20. Fragmento II
El frasco era de mermelada, de los de cristal con tapa de rosca que su padre guardaba lavados bajo el fregadero por si algún día hacían falta.
Ana metió dentro una bola de algodón del botiquín y, encima, con unas pinzas, una de las cinco lágrimas de almáciga. La miró a contraluz en la ventana de la cocina, pequeña, amarilla, del tamaño de una lenteja grande.
Eran las cuatro de la tarde del domingo. Su padre se había ido a lo de Fermín después de comer, como todos los domingos, con el periódico doblado bajo el brazo y la gorra puesta aunque no hacía sol. La casa se había quedado en silencio, con el ventilador del comedor dando vueltas para nadie.
Salió al patio. El limonero seguía con las ramas cortadas amontonadas contra la tapia, secándose, y el suelo tenía todavía hojas pisadas de la poda del lunes.
Destapó el frasco y lo dejó en el suelo junto al tronco, al fondo, en la sombra.
Midió con los pasos hasta la puerta de la cocina. Cinco metros y medio.
Volvió a por Roco. Le puso la correa, la larga. Llenó una bolsita con dados de queso y otra con trocitos de salchicha, que le gustaban más. Se las metió en los bolsillos, una a cada lado.
—Vamos a trabajar —le dijo.
Roco movió la cola. Conocía esa frase de Barcelona, de los petardos, de las tardes en la cocina con el móvil sonando bajito. Trabajar era comida.
Se sentaron en el escalón de la puerta, Ana con las piernas recogidas y el perro a su lado, de pie. Ana no miró el frasco. Lo miró Roco.
Levantó la cabeza. Las orejas hacia delante. Olfateó el aire del patio con inspiraciones cortas, la nariz moviéndose, buscando. Se quedó así medio segundo, un poco más quieto que de costumbre, con el cuerpo inclinado hacia el limonero.
Ana dejó caer un dado de queso entre sus patas.
Roco lo miró. Miró el limonero. Bajó la cabeza y se comió el queso.
Ana le dio otro. Y otro. Uno cada vez que él miraba hacia el fondo del patio, antes de que hiciera nada más. Al quinto, Roco ya no miraba el limonero: la miraba a ella, esperando, con la cola suelta.
Cinco minutos. Ni uno más.
Las sesiones cortas, que terminen bien, que el perro se quede con ganas .
Se levantó, fue hasta el limonero, cerró el frasco, lo metió en una bolsa y lo guardó en la maleta, junto a la bolsa con las otras cuatro lágrimas.
Lo apuntó en la libreta, sentada a la mesa de la cocina, con la letra de informe.
27/09. 16:10. Patio. Desensibilización, sesión 1 (5 min). Estímulo: almáciga fría (1 lágrima en frasco destapado con algodón), a 5,5 m. Señales: orientación al estímulo, orejas adelante, olfateo, rigidez menor que 1 s. Come todo. A los 3 min me mira a mí en vez de al frasco. Intensidad: 1.
Se quedó mirando la entrada. Era la primera en un mes que había hecho ella, con un estímulo que había elegido ella, a la distancia que había decidido ella. Las demás las había escrito después, contando lo que había pasado.
Debajo, más pequeño:
Por debajo del umbral. Pero en frío casi no hay estímulo. Lo de la cocina, lo de la ropa, había estado caliente, encima de alguien. Habría que calentarla. Poco. Temperatura controlada. ¿Baño maría? ¿A la temperatura de una mano?
Lo pensó un rato. No tenía termómetro de cocina, y no quería quemar nada ni llenar la casa de olor. Lo dejaría para otro día.
Esa tarde notó algo que hacía semanas que no notaba: tenía ganas de que fuera mañana para seguir.
Su padre volvió a las seis y cuarto. Roco salió al recibidor, le olió los zapatos, los bajos del pantalón, y le dio un golpe con el hocico en la mano. Su padre le tiró el queso, sin mirarlo, como ella le había enseñado. Roco lo cogió al vuelo.
—¿Has ganado? —le preguntó Ana desde la cocina.
—Hemos quedado en tablas. Fermín hace trampas.
Se lavó las manos en el fregadero y se puso a pelar patatas para la cena, de pie, con el cuchillo pequeño. Ana se sentó a hacerle compañía con un libro que no abrió. Se estaba bien. La luz de la tarde entraba amarilla por la persiana de esparto y cortaba la mesa en rayas.
A las siete menos diez le sonó el móvil a su padre.
Lo sacó del bolsillo de la camisa, se secó la mano en el pantalón y miró la pantalla. Se le quedó la cara congelada un momento.
—Es Fermín —dijo—. Que me he dejado las gafas allí, seguro.
Salió al patio y cerró la puerta de cristal detrás. Para unas gafas, pensó Ana, no hacía falta salir.
Ana lo veía desde la mesa. De espaldas, junto al limonero, con el móvil pegado a la oreja y la otra mano en la cadera.
No se oía lo que decía. Hablaba poco y bajo.
Escuchaba mucho. En un momento dado se pasó la mano por la nuca y se la dejó allí.
Luego se volvió hacia la tapia, de modo que Ana ya no le veía ni el perfil.
Fueron cuatro o cinco minutos. Colgó y se quedó un rato quieto, mirando las ramas cortadas del limonero amontonadas en el suelo.
Cuando volvió a la cocina, se puso otra vez con las patatas. No dijo nada.
—¿Las gafas? —preguntó Ana.
—¿Qué?
—Que si eran las gafas.
—Ah, sí. —Cogió otra patata—. Mañana me las da.
Ana miró sus manos. Su padre había dejado el cuchillo en la tabla y se frotaba los nudillos de la derecha con el pulgar de la izquierda, uno a uno, despacio. Luego volvió a coger el cuchillo y siguió pelando.
Las gafas de leer las tenía en el bolsillo de la camisa. Ana veía la patilla asomando.
No dijo nada. Pensó que su padre estaba cansado, o que había discutido con Fermín por la partida, o que le dolía la mano porque iba a cambiar el tiempo. Pensó en todas esas cosas a la vez, y ninguna le terminaba de convencer.
Cenaron tortilla de patatas con la tele puesta. Su padre comió poco. Roco se quedó bajo la mesa, con la cabeza en su zapatilla.
A las nueve y media le vibró el móvil a Ana. Un número sin nombre, el que tenía guardado en la tarjeta blanca.
¿Está bien?
Lo miró debajo de la mesa, con el móvil en el regazo. Escribió Sí . Lo envió. Lo pensó y escribió ¿Y usted? Lo borró antes de enviarlo.
Su padre subió a las diez y media. Desde el pie de la escalera, con la mano en la barandilla, se volvió.
—Mañana es la verbena —dijo—. Arturo abre el baile. Hay que ir, aunque sea un rato. Si no vamos, en el pueblo se habla.
—Ya se habla.
—Pues que hablen de que hemos ido.
Subió. El tercer peldaño crujió.
Ana subió a las once y media. Se quitó los vaqueros junto a la silla y se puso la camiseta vieja de dormir. Comprobó que la maleta seguía debajo de la cama, con el jersey delante. El llavero del consultorio seguía en la mesita, junto a la lámpara. Dejó el móvil boca abajo al lado.
Roco estaba bajo la ventana, en su sitio. Ana se tumbó, apagó la luz y se quedó mirando el techo.
Pensó en el frasco de mermelada. En la cara de Roco mirándola a ella en vez de al limonero.
Se durmió antes de las doce.
Lo primero fue el frío en las plantas de los pies.
Baldosa. Lisa, fría, con la junta de cemento debajo del talón izquierdo.
Estaba de pie.
Ana abrió los ojos a una oscuridad que no era la de su cuarto.
Más alta, más larga. Al fondo, una ventana pequeña con la persiana a medias y un resplandor naranja de farola colándose por las rendijas en rayas finas.
El pasillo. Estaba en medio del pasillo de arriba, entre la puerta de su cuarto y la del baño, con los brazos colgando y la camiseta de dormir pegada a la espalda por el sudor.
No sabía cómo había llegado allí.
Le dolía la cara. La mandíbula, los maseteros duros como piedras, cargados hasta debajo de los pómulos. Y las mejillas: una sensibilidad en la piel, en los dos lados, como si alguien se las hubiera apretado.
Y el aire.
Lo notó al respirar por la nariz. Amargo. Resinoso. A monte, a algo que se ha calentado. Flotaba en el pasillo, quieto, más denso cerca de ella.
Ana se quedó inmóvil.
La puerta del cuarto de su padre, a su derecha, estaba cerrada. Ana escuchó, como escuchaba desde niña. Del otro lado llegaba una respiración lenta, pero le faltaba el silbido del final. Pensó que estaría durmiendo de lado.
Buscó a Roco con los ojos.
No estaba en la puerta de su cuarto. Estaba al final del pasillo, en el hueco de la escalera, en el primer escalón de bajada, pegado a la pared, encogido. Tenía la cabeza alta y los ojos abiertos, y la miraba.
—Roco —susurró—. Soy yo.
Dio un paso hacia él.
Roco se lamió el hocico. Giró la cabeza hacia la pared, apartando los ojos.
Cuando Ana dio el segundo paso, se puso rígido, un segundo, dos, con el cuello estirado hacia ella y la nariz moviéndose.
Luego bajó un escalón más, sin darse la vuelta, con la cola entre las patas y el lomo pegado al zócalo.
Ana se paró.
Conocía esa distancia. La había medido el día trece contra la puerta de su cuarto.
Se llevó los dedos a la mejilla, desde la oreja hasta la comisura, apretando. Se los acercó a la nariz.
Allí estaba. En la piel. En las dos mejillas, en la barbilla, debajo de la mandíbula.
No era el olor del frasco de mermelada. Lo supo con la misma certeza con la que distinguía el aliento de un perro urémico del de uno que ha tragado carroña.
El del frasco era frío, débil, verde, una resina en una estantería.
Esto era denso. Caliente. Se pegaba. Tenía debajo algo más que no sabía nombrar, algo de piel, de tela usada.
Era el de la chaqueta. El del almacén, detrás del tercer delantal.
Se olió las manos.
Las palmas. Los dedos, uno por uno. Debajo de las uñas.
Nada. Jabón de la cena, y debajo, nada.
Se quedó con las manos abiertas delante de la cara, en la oscuridad. Si se había frotado la cara con algo, se la había frotado con las manos. Y las manos no olían.
¿Me las he lavado? , pensó. ¿Me he levantado, me he frotado esto en la cara y me he lavado las manos, pero no la cara?
No tenía las manos mojadas. No se oía el agua en las cañerías.
Se miró los pies. Descalza. Bajo la luz naranja de la ventana se los veía pálidos, limpios, sin tierra en los dedos, sin polvo en las plantas cuando levantó uno y luego el otro. Las zapatillas estarían junto a la silla de su cuarto, donde las había dejado.
No había salido de casa.
Entonces, ¿de dónde?