El rastro del lentisco Capítulo 19. Una noche
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Capítulo 19. Una noche

Bruno llegó en ocho minutos, en un Seat gris sin distintivos, con una sudadera puesta del revés y las zapatillas sin atar.

Frenó junto al bordillo y bajó la ventanilla del copiloto. La miró a ella, sentada en el suelo contra la persiana del bar, y miró a Roco, de pie entre sus rodillas. Miró la manga de la sudadera, rasgada en el antebrazo.

—Suba.

Ana vio papeles en el asiento del acompañante, por lo que abrió la puerta de atrás.

Roco no quería subir. Se quedó en la acera con las patas abiertas y las orejas hacia atrás, mirando el coche.

Ana se agachó, le pasó un brazo por debajo del pecho y otro por detrás de los muslos y lo subió en brazos, diecinueve kilos y medio, con la cadera aullándole.

Lo dejó en el asiento y se sentó a su lado.

Bruno arrancó sin decir nada.

Subieron por la calle del Mar, cruzaron la plaza de la iglesia con el horno de los Roig todavía cerrado, y siguieron hacia la parte alta por calles que Ana no pisaba desde niña. Bruno conducía despacio, con las dos manos en el volante, mirándola de vez en cuando por el retrovisor.

—¿Está herida?

—Poco.

—¿El perro?

—Él no.

Bruno no preguntó nada más.

El apartamento estaba en el segundo piso de un bloque de los años setenta con la fachada de gresite azul y una placa de alquiler turístico junto al portal.

Dentro olía a cerrado y a lejía. Un salón con cocina americana, un sofá de escay marrón, una mesa con un mantel de hule y, encima, dos cajas de cartón llenas de carpetas, un portátil cerrado y una taza con un poso de café.

Al fondo, una puerta entornada con una cama deshecha.

—Me lo alquilan por semanas —dijo Bruno, cerrando la puerta—. En septiembre nadie lo quiere.

Roco entró olfateando el suelo. Las patas de la mesa, el sofá, las zapatillas de Bruno, que se había quitado en la entrada. Luego fue derecho a la puerta del balcón, se tumbó contra el cristal con un gruñido corto de cansancio y cerró los ojos.

Ana se quedó de pie en medio del salón.

—Siéntese —dijo Bruno—. Y cuéntemelo desde el principio.

Se lo contó. La idea del queso y del umbral, el frasco que necesitaba, el resbalón de la puerta verde, la tarjeta de la gasolinera.

El tarro de almáciga, el cazo, la cómoda de su madre arrinconada con la carcoma intacta.

La raya de luz bajo la puerta del fondo y el ruido de algo pesado arrastrándose.

La oscuridad. El brazo en la cintura, el canto de la mesa en los riñones, la mano subiéndole al cuello.

La colonia. El aullido. La maldición en catalán.

No le habló de la chaqueta.

Bruno la escuchó de pie, apoyado en la encimera, con los brazos cruzados. No la interrumpió ni una vez. Cuando terminó, se quedó un rato callado, mirando el suelo.

—¿Usted sabe lo que ha hecho?

—Sí.

—No, no lo sabe. —Lo dijo sin levantar la voz, pero se le notaba en la mandíbula—.

Entrar de noche en un local ajeno forzando una puerta y llevarse algo de dentro tiene nombre en el código penal.

No mucho, pero lo tiene. Y usted está investigada por un homicidio, Ana.

Anteayer estaba en un calabozo. Si ese hombre la denuncia mañana, el juez ya no ve a una veterinaria con un perro.

Ve a una investigada que se mete de noche en el almacén de otro.

—No me va a denunciar.

—¿Y eso cómo lo sabe?

—Porque tendría que explicar qué hacía allí a medianoche. —Ana lo miró—. Y por qué, al oír a alguien, no encendió la luz para ver quién era. La apagó. Y vino a por mí.

Bruno no contestó.

—¿Qué hay en ese cuarto? —preguntó al fin.

—No lo sé. No lo vi.

—¿Seguro que era él?

—La colonia. Y el catalán. —Se tocó el cuello sin darse cuenta—. Y conocía el sitio a oscuras.

—La colonia la lleva medio pueblo de su edad.

—Esa no.

Bruno se pasó la mano por la cara, despacio, de la frente a la barbilla.

—Si voy mañana a preguntarle a Arturo Soler por qué se pelea a oscuras en su almacén con desconocidos, me va a preguntar cómo lo sé.

Y tendré que decírselo. Y usted pasa de investigada por un homicidio a investigada por un homicidio que, además, fuerza de noche la puerta del alcalde.

Ningún juez la vuelve a creer en nada. —Se apartó de la encimera—.

Así que no voy a ir. Y esto que me ha contado, yo no lo he oído.

—¿Entonces?

—El lunes es la verbena. El alcalde abre el baile, como todos los años. Me pondré en primera fila. —Miró a Roco, dormitando contra el cristal—. Si ese perro le ha mordido de verdad, mañana no andará bien. Y pasado tampoco.

—Le ha mordido de verdad.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque le he limpiado la sangre de la boca.

Bruno se quedó mirándola. Luego miró la manga rasgada.

—Enséñeme eso.

Ana se subió la manga. El arañazo era largo y fino, del codo hasta casi la muñeca, con la sangre ya seca en una línea de puntos. Alrededor la piel estaba roja e hinchada.

—Siéntese.

Bruno sacó del armario del baño un botiquín de plástico blanco, del que venía con el apartamento, y lo abrió sobre el hule. Dentro había gasas, una botella de agua oxigenada a medias, esparadrapo, unas tiritas de colores. Mojó una gasa y se quedó con ella en la mano.

—Con agua oxigenada no —dijo Ana—. Destruye el tejido. Agua del grifo y jabón, y luego la povidona o clorhexidina, si hay.

—No hay.

—Pues agua y jabón.

Bruno fue al fregadero. Volvió con un cuenco de agua tibia y una pastilla de jabón de manos. Se sentó enfrente, le cogió la muñeca y empezó a limpiar despacio, de arriba abajo, con la gasa empapada.

—Más presión. No se va a romper.

Él apretó un poco más.

—Ahí. Ahora en la otra dirección, desde el centro hacia fuera. Para no meter suciedad en la herida.

—¿Lo hace así con los perros?

—Con los perros lo hago mejor, porque se quejan menos.

Bruno sonrió sin levantar la vista. Le secó el brazo con una gasa limpia, a toques, y le puso encima un apósito grande que no cubría del todo la herida, sujeto con esparadrapo en los cuatro lados. Lo alisó con el pulgar. Se quedó un momento así, con la mano sobre su antebrazo, sin moverla.

Luego la soltó.

—¿Y la espalda?

—Un golpe. Mañana estará morada.

—¿Quiere hielo?

—Quiero un papel y un bolígrafo.

Bruno la miró sin entender. Luego cogió una carpeta de la caja, sacó un folio en blanco con el membrete de la Generalitat y se lo dio, con un bolígrafo de propaganda de una gestoría.

Ana escribió en el dorso, con la letra de informe, sin mirarlo a él.

26/09. 23:40. Almacén de Arturo (puerto).

Al entrar: olor general (barniz, disolvente, amargo).

Rigidez 1-2 s, piloerección leve en la cruz, lamido.

Coge el queso. Int.: 2. Tarro de almáciga fría, abierto, a 3 m y a 1 m: alerta breve, orejas arriba.

Coge el queso. Int.: 1-2. Cazo con restos de mezcla calentada, a 3 m y 2 m: rigidez 2-3 s, mirada fija.

Coge el queso despacio, sin dejar de mirar. Int.: 2.

Se detuvo. Miró el bolígrafo. Escribió la siguiente línea tapando el papel con la otra mano, como en el colegio.

Delantales del fondo / ropa colgada, a 4 m: bloqueo completo. Piloerección nuca-cola, cola horizontal rígida, mirada fija, gruñido sostenido. Rechaza el queso. Int.: 5.

Y debajo:

Agresión a oscuras: defensa. Muerde. Suelta a la orden.

Dobló el folio en cuatro y se lo guardó en el bolsillo del vaquero.

Bruno la había estado mirando escribir sin preguntar nada. Se levantó, abrió la nevera y sacó dos botellines de cerveza. Les quitó la chapa con el canto de la encimera, de un golpe seco, y le dio uno.

—No sé qué ha escrito —dijo—. Y no se lo voy a pedir.

—Gracias.

—Pero dígame una cosa. —Se sentó otra vez enfrente—. Lo de la resina. ¿Le sirve?

Ana bebió un trago. La cerveza estaba muy fría y le dolió en los dientes.

—No lo sé. En frío casi no le hace nada. —Miró a Roco—. Si quiero que le sirva, tendré que calentarla.

—¿Y eso qué significa?

—Que lo que él teme se ha calentado. —Dejó el botellín en el hule—. O que ha estado encima de alguien.

Bruno asintió despacio y no dijo nada más.

Se quedaron callados un rato. Por la puerta del balcón entraba el ruido del mar, lejos, y de vez en cuando un coche por la carretera de abajo. Roco dormía con una pata delantera estirada contra el cristal.

—¿Por qué veterinaria? —preguntó Bruno.

Ana lo miró. Dio vueltas al botellín sobre el hule, dejando círculos húmedos.

—Porque los animales no mienten —dijo—. Si les duele algo, te lo enseñan.

No te dicen que están bien para que te quedes tranquila.

No te sonríen en la consulta y luego te ponen una reseña.

Un perro con dolor cojea, se lame, no come, te gruñe cuando lo tocas.

Todo está ahí. Solo hay que saber leerlo.

—¿Y las personas?

—Las personas me cansan.

—A mí también —dijo él.

—Usted no me cansa. —Lo dijo sin pensar y luego se oyó—. No mucho.

Bruno no contestó. Pero algo se le movió en la cara, y tardó en volver a mirarla.

—Roco no miente —siguió Ana, más seria—. Es lo único de este pueblo de lo que estoy segura. Lo que hace, lo hace por algo. A veces no sé por qué. Pero hay un porqué.

Sus miradas coincidieron un instante como si los ojos de cada uno quisieran leer los del otro.

—¿Y usted?

—¿Yo qué?

—¿Por qué policía? ¿Por qué homicidios?

Bruno se echó atrás en la silla.

—Porque alguien tiene que hacer las preguntas que nadie quiere hacer. —Se encogió de hombros—. Y porque entiendo mejor por qué la gente hace cosas terribles que por qué hace cosas normales. Las cosas normales no las entiendo. Una barbacoa con los vecinos. Una boda. No sé qué hacer con las manos.

—¿Está casado?

—Lo estuve. Ocho años. —Miró el botellín—. Ella decía que yo llegaba a casa y seguía en el trabajo. Que cenaba con ella y estaba interrogando a otro.

—¿Tenía razón?

—Toda.

Ana asintió.

—El mío decía que yo llegaba a casa oliendo a perro muerto.

—¿Y tenía razón?

—Algunas noches, sí.

Bruno sonrió otra vez. Alargó la mano por encima de la mesa y le rozó los nudillos con la yema de los dedos, despacio, el dorso de la mano que no estaba vendada. No la cogió. Solo la tocó, como se toca algo para comprobar que está ahí.

Ana no apartó la mano.

—Esto es una mala idea —dijo—. Usted lo sabe tan bien como yo. Sigo siendo sospechosa.

—Técnicamente.

—Técnicamente es lo que importa, en su trabajo.

—Llevo quince años haciendo las cosas técnicamente bien. —No se movió—. Si mi comisario se entera de esta noche, me aparta del caso mañana. Me abren un expediente. Y tendría razón.

—Entonces váyase a dormir.

—Esta es mi casa.

—Entonces me voy yo.

Ninguno de los dos se movió.

Fue Ana la que se levantó. Rodeó la mesa despacio, con la cadera dolorida, y se quedó de pie a su lado, sin saber muy bien qué hacer con las manos, igual que él. Bruno levantó la cara. Tenía los ojos muy cansados.

Le puso la mano en la mejilla, en la barba de dos días. Él cerró los ojos.

Después no hubo mucho que decir.

Roco se despertó cuando ellos fueron hacia el dormitorio.

Levantó la cabeza, los miró pasar, bostezó con un chirrido al final y se levantó.

Ana pensó que iba a seguirlos. No los siguió.

Fue hasta la puerta de entrada del apartamento, dio dos vueltas sobre sí mismo y se tumbó contra ella, de lado, atravesado, con el lomo pegado a la madera.

Desde allí vigilaba la puerta.

Ana se despertó a las siete y diez con la luz gris en la persiana.

Tardó un momento en saber dónde estaba, y cuando lo supo no tuvo miedo. Hacía meses que despertarse en un sitio que no reconocía le daba miedo. Esta vez no.

Estaba de lado, con la espalda contra el pecho de Bruno y su brazo por encima de la cintura, pesado, caliente, sin apretar. La respiración de él le movía el pelo de la nuca. Le dolían los riñones y la cadera. Tenía el apósito del brazo arrugado contra la almohada.

Se quedó así un rato. No pensó en nada. Contó las respiraciones de él contra su nuca, como contaba las de Roco, y no le hizo falta llegar a ningún número.

Luego se acordó de su padre.

Salió de la cama despacio, levantando el brazo de Bruno con cuidado. Él se movió, murmuró algo y no se despertó. Ana recogió la ropa del suelo a tientas y se vistió en el salón, junto a la mesa de las carpetas. El folio doblado seguía en el bolsillo del vaquero. Lo tocó por fuera para asegurarse.

Roco ya estaba de pie junto a la puerta, moviendo la cola.

Antes de salir, cogió el bolígrafo de la gestoría y escribió en una servilleta de papel: Nos vamos. Gracias por la cura. Lo pensó y no añadió nada más. La dejó sobre el portátil.

Bajó al pueblo andando, por calles vacías, con la luz subiendo detrás del cabo. El aire era frío por primera vez desde que había llegado. Roco iba suelto delante, con la nariz pegada a las esquinas, parando en cada farola, tranquilo.

Llegó a casa a las ocho menos cuarto.

Su padre estaba en la cocina, en camiseta y pantalón de pijama, con la cafetera al fuego. La cocina olía a café y a tostada. Se volvió al oír la puerta.

Roco fue derecho a él. Le olió las zapatillas, las rodillas, la mano que su padre le bajó hasta el hocico, y le dio un cabezazo en la pierna. Su padre se rio.

—¿Y vosotros? ¿De dónde venís a estas horas?

Ana se bajó la manga de la sudadera hasta tapar el apósito.

—No podía dormir. Lo he llevado a ver amanecer a la playa.

—¿Otra vez sin dormir? —Apagó el fuego—. Desde que llegaste no has dormido una noche entera.

—Ya dormiré.

—Eso decía tu madre.

Le sirvió un café sin preguntarle y se lo dejó en la mesa, junto al azucarero. Luego se sentó enfrente con el suyo y abrió el periódico del sábado, que no había tenido tiempo de leer.

Ana se sentó. Rodeó la taza con las dos manos.

—¿Te duele algo? —preguntó su padre, sin levantar la vista—. Te sientas como una vieja.

—Me he dado con la esquina de la mesa de la cocina. Esta madrugada, al salir, a oscuras.

—Ponte frío.

—Sí.

Bebieron el café en silencio. Roco se tumbó bajo la mesa con la cabeza sobre la zapatilla de su padre, suspiró y cerró los ojos.

Su padre pasó una página. Luego otra.

—Ese inspector —dijo de pronto, sin dejar de leer—. El de Tarragona.

Ana dejó la taza.

—¿Qué pasa con él?

—Nada. —Pasó otra página—. Que me parece buena gente, para ser policía. Para haberte metido en un calabozo.

—Hace su trabajo.

—Ya.

No dijo nada más. Ana subió a su cuarto con el café a medias.

Se quitó la sudadera y la metió en el fondo del cesto, debajo de una toalla. Sacó el folio del bolsillo, lo desdobló y lo pegó con dos trozos de cinta adhesiva en la página siguiente a la del día veinticinco de su libreta, la del Intensidad: 0 y el Ella me lo iba a enseñar .

Lo miró un rato, pegado allí, con el membrete de la Generalitat en lo alto de la hoja, encima de su letra.

La bolsa de las cinco lágrimas de resina la metió en la maleta, debajo de la cama, detrás del jersey, junto al sobre de las fotos.

Luego se tumbó vestida en la cama y se durmió con la luz del día entrando por la persiana, de golpe, sin soñar nada.