El rastro del lentisco Capítulo 18. El taller #2
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Capítulo 18. El taller #2

Su padre volvía de aquel almacén cada pocos días con el olor encima. Para ver aquello.

Contra la pared del fondo, junto a la puerta cerrada, había tres ganchos de hierro clavados en la madera, y de cada uno colgaba un delantal de cuero, grueso, oscuro de uso, con manchas de cera y de resina endurecidas en el pecho. Roco se acercó con ella hasta cuatro metros.

Se paró.

No fue como en la puerta, ni como con el tarro.

Se clavó en el cemento con las cuatro patas abiertas.

El pelo se le levantó desde la nuca hasta la base de la cola, de golpe, en una sola línea.

La cola se le quedó tiesa, en horizontal.

Tenía los ojos fijos en los delantales, en el último, el del rincón, sin parpadear.

Y de la garganta le salió el gruñido bajo, sostenido, el de la cocina.

Ana lo cogió del collar y le apoyó la otra mano en el pecho. Duro. Le acercó un dado de queso a la nariz. Roco no bajó la cabeza.

—Tranquilo —le dijo, casi sin voz—. Ya está. Ya lo veo.

Ató la correa a la pata de la mesa de trabajo, a cuatro metros, y fue sola hasta los ganchos.

Apartó el primer delantal con el dorso de la mano. El segundo. El tercero pesaba más y estaba más rígido, con la resina vieja haciendo costra en los pliegues. Lo levantó.

Detrás, colgada de un gancho más pequeño, había una chaqueta.

Lona azul, desteñida hasta casi gris en los hombros. Cuello de pana gastado. El codo izquierdo zurcido con un hilo más oscuro, en puntadas grandes, torcidas, que no eran de costurera. Un botón de nácar en el segundo ojal, distinto de los otros, que eran de pasta negra.

Ana no necesitó acercar la linterna. La conocía desde niña. Su padre se la ponía para podar, para pintar la verja, para bajar al puerto los días de levante; hacía años que ya no la colgaba en el recibidor, que la llevaba hecha un rebujo en el maletero del coche, por si acaso.

El zurcido del codo se lo había hecho él mismo, una noche de invierno, en la mesa de la cocina, con las gafas en la punta de la nariz y ella mirándolo hacer, con quince años, sin ofrecerse a ayudar.

Se acercó la manga a la cara sin descolgarla.

Barniz. Serrín. Sudor viejo de su padre, que conocía igual que conocía su voz. Y aquello amargo, a monte, mucho más fuerte que en el tarro, más denso, más cálido, metido en la tela, en el forro, en el cuello de pana.

Era lo de la camisa de cuadros. Lo de la cocina. Lo de su propia cara la mañana del trece.

Soltó la manga. Detrás de ella, atado a la mesa, Roco seguía gruñendo.

Se la había dejado allí el último día de agosto. Se lo había dicho él mismo, en la cocina, en mangas de camisa. Un mes colgada en aquel aire.

Más concentrado , pensó. La ropa que lleva aquí dentro, colgada aquí dentro, empapada de esto. Más concentrado, más reacción .

Miró los delantales. Llevaban colgados allí más tiempo que la chaqueta, tiesos de resina, y Roco no había mirado ninguno de los dos primeros.

El cuero no absorbe igual , pensó. La chaqueta es más porosa. Retiene más.

No quiso seguir por ahí. Encajaba, se dijo. Encajaba con todo lo que llevaba un mes escribiendo.

Sacó el móvil, apagó la linterna y fotografió la chaqueta con el flash. El zurcido. El botón de nácar. Los delantales apartados. Volvió a dejar el tercero en su sitio, delante, como estaba.

Fue a por Roco. Le desató la correa y se lo llevó hacia la puerta de servicio, dando un rodeo grande para no pasar por delante de los ganchos. El perro tiraba hacia la salida con todo el cuerpo.

A medio camino, se encendió una luz.

No en el almacén. En la otra habitación, la del fondo. Una raya amarilla debajo de la puerta cerrada.

Ana se quedó inmóvil en medio del local.

No había oído entrar a nadie. No había oído la persiana, ni la cerradura buena. Tenía que haber otra puerta al otro lado, en otra calle. O alguien había estado dentro todo ese rato.

Detrás de la puerta, algo se arrastró. Un roce largo y pesado, de piedra contra piedra, o de metal contra cemento. Se paró. Volvió a empezar. Una respiración fuerte, de esfuerzo. Un golpe sordo, como de algo grande que se apoya en el suelo.

Roco se volvió hacia la raya de luz y gruñó.

El ruido del otro lado se cortó.

Ana echó a andar hacia la puerta de servicio, a oscuras, tirando de la correa. Seis metros. Cinco. Chocó con la cadera contra la esquina de la mesa de trabajo y se tragó el grito.

La puerta del fondo se abrió. La luz salió de golpe por el hueco y se apagó enseguida. Alguien le había dado al interruptor.

Oscuridad. Pasos. Rápidos, de alguien que conocía el sitio a ciegas.

Ana llegó a tocar la madera de la puerta de servicio con los dedos. Buscó el pomo. No lo encontraba.

Alguien la agarró por detrás.

Un brazo por la cintura y una mano en el hombro, tirando hacia atrás, girándola.

La estampó de espaldas contra el canto de la mesa de trabajo, y el borde se le clavó en los riñones y le vació el aire de golpe.

Ana levantó los brazos. Notó la respiración del otro muy cerca, en la cara, agitada.

Notó una mano que le subía hacia el cuello.

Y lo olió.

Por encima del disolvente y del serrín, pegado a la ropa de quien la sujetaba: una colonia dulzona, cara, de las que se notan desde lejos.

Roco se lanzó.

No ladró. Ana oyó el impacto del animal contra unas piernas, un ruido de tela que se rasga y luego un aullido de hombre, ronco, que se le quedó metido en el oído.

La mano soltó su cuello. El cuerpo que la aplastaba contra la mesa se apartó, tambaleándose, pateando. Una maldición en catalán, ahogada entre dientes, demasiado corta para reconocer la voz. Algo metálico cayó al suelo y rodó.

Ana volvió a tientas hasta la puerta. Detrás de ella seguían los golpes, el gruñido de Roco, la respiración rota del hombre. Palpó la madera. Encontró el pomo. Abrió.

—¡Roco! ¡Deja!

El perro soltó. Ana lo oyó correr hacia ella, las uñas raspando el cemento, y notó su peso contra las piernas.

El callejón. El aire de la calle, frío, con olor a gasoil. Corrió sin mirar atrás, con la correa enrollada en la muñeca, hasta la lonja, hasta la esquina, hasta la calle del Mar, hasta que la cadera le dijo que parara.

Se apoyó en la persiana bajada de un bar, jadeando.

Roco estaba pegado a sus piernas, con la boca abierta y la lengua fuera, temblando entero.

Ana se agachó y le cogió la cabeza con las dos manos, bajo la farola.

Le abrió los belfos. Le miró los dientes, las encías, la lengua.

Le pasó los dedos por el cuello, por el pecho, por las patas, buscando un corte, un golpe, un punto que le doliera.

En la comisura izquierda tenía sangre. Poca. Un rastro oscuro en el pelo del belfo.

No era suya. Se la limpió con el pulgar y se quedó mirando la mancha que le dejó en el guante.

—Muy bien —le dijo, y la voz le salió rota—. Muy bien, guapo. Ya está.

Roco le lamió la muñeca, por encima del guante, una vez.

Ana se sentó en el bordillo con él entre las rodillas.

Se palpó la espalda: le dolía en una línea recta, a la altura de los riñones.

La cadera derecha le latía. La manga izquierda de la sudadera estaba rasgada.

Debajo, en el antebrazo, tenía un arañazo largo y fino que no sabía cómo se había hecho, con unas gotas de sangre asomando en fila.

Colonia dulzona. Una maldición en catalán. Un hombre que conocía aquel almacén a oscuras y que había apagado la luz en vez de encenderla.

Arturo.

Lo pensó despacio, para no equivocarse. Arturo estaba en su almacén un sábado a medianoche, arrastrando algo pesado en un cuarto cerrado. Había encontrado dentro a alguien con un perro y no había gritado quién anda ahí, no había llamado a nadie. Había apagado la luz y había ido a por ella.

Y ahora tenía un mordisco en la pierna.

No la iba a denunciar. Lo vio claro, sentada en el bordillo. Para hacerlo tendría que contar qué hacía en su almacén a medianoche, arrastrando algo en un cuarto cerrado. Por qué había apagado la luz en vez de encenderla. Cómo se había llevado un mordisco en la pierna.

Y ella tampoco podía denunciarlo a él. Estaba investigada por un homicidio y acababa de abrir con una tarjeta de gasolinera la puerta del almacén del alcalde.

Dentro de una bolsa de muestras con la fecha escrita, llevaba cinco piedras de resina robadas. En el móvil, siete fotos de la chaqueta de su padre.

Sacó el móvil. Le temblaban tanto las manos que se le cayó al suelo. Detrás de la funda estaban las dos tarjetas. Sacó la blanca, la que no tenía escudo, y le dio la vuelta bajo la farola.

Marcó el número del dorso.

Sonó tres veces. Cuatro.

—¿Sí?

Tenía la voz ronca de dormido.

—Soy Ana.

Silencio al otro lado. Un ruido de sábanas.

—¿Dónde está?

Ana miró la calle del Mar, vacía, la persiana verde del consultorio a lo lejos, cerrada. Roco le apoyó la cabeza en el muslo.

—En la calle —dijo—. He hecho una tontería.