El rastro del lentisco Capítulo 18. El taller
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Capítulo 18. El taller

La idea le vino el sábado por la mañana, mirando a Roco comer.

Su padre había salido a por el pan y el periódico, y el perro estaba con la cabeza metida en el cuenco, empujándolo por las baldosas de la cocina como hacía siempre que quedaba poco. Tranquilo. Con la cola suelta. Ana lo miraba desde la mesa con el café enfriándose y pensaba en el queso.

Llevaba un mes con el queso y no había servido de nada. Su padre se lo tiraba al volver a casa, y los días buenos Roco lo cogía al vuelo; los malos, se quedaba clavado a un palmo, con el pelo de punta, sin mirarlo.

Ella sabía por qué. Lo sabía desde el primer día, y aun así había seguido haciéndolo porque no tenía otra cosa.

El contracondicionamiento no funciona si el perro está por encima de su umbral.

Un animal aterrorizado no come, y si no come, no aprende nada.

Hay que empezar por debajo: el estímulo lejos, flojo, tan poco que el perro lo note y no le importe.

Entonces el queso. Y otra vez. Y solo cuando come tranquilo, un poco más cerca, un poco más fuerte.

Semanas así, a veces meses. Así había conseguido que Roco dejara de temblar con los petardos, con una grabación en el móvil que empezó a volumen uno.

Con su padre no podía hacer eso. Su padre llegaba con el olor que traía, a la concentración que traía, y ella no tenía ningún botón para bajarlo.

Necesitaba el olor en un frasco. Necesitaba saber qué era exactamente.

Y había otra cosa, debajo, que no se decía en voz alta ni siquiera a sí misma.

En la libreta, en la página del veinticuatro de agosto, había una palabra escrita y tachada con tres rayas.

¿Baixada? La ráfaga que subió por la escalera aquella noche, amarga, a monte, un segundo antes de que Roco se quedara mirando el callejón.

Si sabía qué era ese olor, sabría de dónde salía.

Y quizá también quién lo llevaba encima.

El único sitio del pueblo donde olía así era el almacén de Arturo.

No se lo dijo a nadie. A mediodía sacó la tarjeta blanca de Bruno de detrás de la funda del móvil y la tuvo un rato en la mano, sentada en el escalón del patio. Sabía lo que le diría: que estaba investigada y no podía meterse en líos, que aquello no se hacía. Tendría razón. La volvió a guardar.

El resto del día lo pasó en casa con la cabeza en otra parte. Comió con su padre sin enterarse de lo que comía. Por la tarde se tumbó en la cama con la persiana bajada y no durmió.

Cenaron temprano. Su padre vio un concurso con la tele muy alta y se quedó dormido en el sofá dos veces antes de decidirse a subir.

Esperó a que su padre se acostara.

Lo oyó subir a las once menos cuarto, el tercer peldaño, la puerta de su cuarto, el agua del lavabo. A las once y veinte, desde el pasillo, oyó la respiración lenta con el silbido al final.

Se puso unos vaqueros oscuros y una sudadera negra. En la bolsa de tela metió la linterna pequeña del maletín, unos guantes, tres bolsas de las de muestras, un rotulador y un táper con dados de queso. En el bolsillo de atrás, la tarjeta de puntos de la gasolinera, que era de plástico duro.

Roco la esperaba en la puerta del cuarto con las orejas hacia delante, sin entender qué paseo era ese.

—Callado —le dijo—. Vamos a trabajar.

El almacén estaba en la parte baja, detrás de la lonja, en una calle sin salida que olía a gasoil y a redes mojadas.

Fachada de bloque pintada de blanco, sin rótulo, con una persiana metálica grande y una puerta de chapa al lado con una cerradura nueva, de las buenas.

Ana pasó por delante sin pararse y entró en el callejón lateral, que no tenía farola.

La puerta de servicio era de madera, vieja, con la pintura verde levantada a escamas. Tenía un pomo redondo y debajo una cerradura de resbalón como la de la casa de su abuela, de las que se cierran solas al dar un portazo. Sin cerrojo. Sin nada más.

Ana había visto aquello en un vídeo, una madrugada de junio en Barcelona, sin dormir, saltando de un vídeo a otro. Nunca había pensado que fuera a hacerlo.

Metió la tarjeta en la rendija, a la altura del resbalón, con el bisel hacia ella. Empujó la puerta hacia dentro con el hombro y fue bajando la tarjeta, inclinándola, buscando. A la tercera, el pestillo cedió con un chasquido que le pareció que se oía desde el puerto.

Se quedó quieta. Roco, a su lado, miraba la calle.

Nada. Un motor lejos, en la carretera. Las drizas de los barcos golpeando los mástiles.

Entró y cerró la puerta detrás.

Dentro estaba oscuro y el aire era distinto, quieto, más denso que el de la calle.

Ana no encendió la linterna. Esperó a que se le acostumbraran los ojos al resplandor naranja que entraba por un ventanuco alto.

El olor le llegó antes que las formas: madera vieja, serrín, disolvente.

Barniz. Y por debajo, como un hilo que se pierde y vuelve, aquello amargo.

Roco se paró a dos pasos de la puerta.

Estiró el cuello hacia el fondo del almacén y olfateó con inspiraciones cortas. Se le levantó el pelo de la cruz, una mancha pequeña entre las escápulas. Rigidez. Un segundo, dos. Luego miró a Ana, se lamió el hocico y movió la cola una vez, baja.

Ana se agachó, le puso un dado de queso delante de la nariz y esperó. Roco lo olió. Tardó un momento. Lo cogió.

Dos , pensó. Como con Arturo.

Encendió la linterna tapando el haz con los dedos y lo pasó despacio por el almacén.

Era más grande de lo que parecía desde fuera.

A la izquierda, muebles amontonados bajo sábanas: sillas con las patas hacia arriba, una cabecera de cama, un baúl.

En el centro, una mesa de trabajo larga, de madera gruesa, llena de marcas.

Encima, todo ordenado como en un quirófano: gubias colgadas por tamaños en un panel, pinceles en botes, trapos doblados.

Al fondo, una puerta cerrada que daría a otra habitación.

En la pared de la izquierda, detrás de los muebles, una balda de metal con frascos.

Fue primero a los frascos. Roco la siguió con la correa floja, despacio, dos pasos por detrás.

Aguarrás. Alcohol. Un bote de cera de abeja en escamas, amarillenta. Goma laca. Y en un tarro de cristal de boca ancha, cerrado con una tapa de rosca, unas piedrecitas translúcidas del color de la miel clara, como gotas de caramelo duro. En la etiqueta, a mano: Almáciga. Quíos.

Ana lo conocía de nombre. Resina de lentisco.

El de aquí apenas suelta unas gotas; la que se compra viene de una isla griega, y se usa desde hace siglos para los barnices de los cuadros y para pegar lo que no se puede clavar.

En la facultad les habían hablado de ella en una clase de historia de la farmacia y nadie había prestado atención.

En el mismo estante, al lado, había un hornillo eléctrico de una placa y un cazo pequeño de base gruesa, ennegrecido por fuera. Dentro, una costra marrón y brillante pegada al fondo, mezcla vieja de cera y de algo más oscuro.

Ana se puso los guantes. Desenroscó el tarro.

El olor subió despacio, menos de lo que esperaba. Amargo, sí. A pino, a monte, a algo que se cuece al sol. Pero apagado, frío.

Dejó el tarro destapado en el suelo, al pie de la balda, y retrocedió tres metros, hasta el centro del almacén. Se agachó con la correa floja y el táper abierto, y esperó.

Roco olfateó hacia allí. Levantó un poco las orejas. Una alerta corta, la cabeza alta, el cuerpo quieto medio segundo. Ana le puso un dado de queso delante del hocico, y él bajó la cabeza y se lo comió.

Le dio otro. Se acercó un metro con él. Roco miró el tarro, la miró a ella, cogió el queso. Otro metro. Se le tensó el cuello un instante y se le levantó una sombra de pelo en la cruz. Comió, pero más despacio.

Uno , pensó. Uno o dos. Por debajo del umbral .

Se le aceleró algo en el pecho que no era miedo.

Aquello se podía trabajar. Podía llevarse un poco a casa, meterlo en un frasco con algodón, para que el olor no se escapara del todo, ponerlo al fondo del patio y empezar desde ahí.

Semanas. Así, quizá, un día su padre entraría por la puerta y Roco se levantaría a recibirlo moviendo la cola, sin que importara de dónde viniera.

Destapó una de las bolsas de muestras y metió dentro, con los dedos enguantados, cinco lágrimas de resina. La cerró, escribió 26/09 Almáciga con el rotulador y la guardó en la bolsa de tela. Enroscó el tarro y lo devolvió a la balda, exactamente donde estaba, con la etiqueta hacia fuera.

Luego hizo lo mismo con el cazo, sin moverlo de la balda. Desde tres metros, desde dos. Roco se quedó un poco más rígido, dos segundos, tres, con la mirada fija en el estante. El queso lo cogió, pero tardando, y lo masticó sin quitarle los ojos al cazo.

Dos. El calor , pensó Ana. Esto se ha calentado muchas veces. Huele más.

Fue a apuntarlo y se dio cuenta de que no había traído la libreta.

Siguió con la linterna por el almacén.

Detrás de la mesa, contra la pared de la derecha, había una cómoda de nogal con cuatro cajones y tiradores de latón.

Ana se quedó quieta.

La conocía de toda la vida. Había estado en el recibidor de su casa desde antes de que ella naciera, con un tapete de ganchillo encima y un plato de cerámica donde se dejaban las cartas.

Su madre guardaba en el primer cajón las facturas y en el segundo los manteles.

El tercero se atascaba. Su padre se pasaba la vida diciendo que lo iba a arreglar.

Se acercó con la linterna. La cómoda estaba arrinconada entre un somier y la pared, con una sábana echada por encima a medias.

Tenía polvo en el tablero, una capa fina y pareja.

En la parte trasera, abajo, seguían los agujeritos de la carcoma, pequeños y redondos, con el serrín amarillo debajo, en el suelo, como si lo hubiera escupido ayer.

Nadie la había tocado. Ni un cajón quitado, ni una lija, ni una gota de producto. Llevaba allí un mes, tal como salió de casa.

Esta mañana, camino del mercado, me ha llamado para que fuera a verla.

Ana pasó un dedo enguantado por el tablero y miró la raya limpia que quedaba en el polvo.