El rastro del lentisco Capítulo 17. La tregua #2
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Capítulo 17. La tregua #2

Le habló del miedo antiguo. De cómo Roco se hacía pequeño delante de unas botas o de un brazo levantado, de cómo buscaba un rincón, una puerta, un fregadero debajo del que meterse.

De la cuneta de Jaén y los ocho perdigones que todavía le notaba en la grupa.

De Ricard entrando en el consultorio con olor a pólvora y el perro rascando la puerta del cuartito.

Del rastro de botas junto al cebo y de cómo se le había metido entre las piernas, temblando.

—Eso es el miedo de siempre. El que trae de la cuneta.

Luego le habló de lo otro. Lo nuevo. Un perro que no se escondía, que se clavaba en el suelo con el pelo de punta desde la nuca hasta la cola y no apartaba los ojos, que gruñía sin parar para respirar y no cogía un trozo de queso a un palmo del hocico.

—Eso empezó después de la Baixada —dijo—. Y siempre es con el mismo olor. Barniz, disolvente y algo amargo debajo, como de monte. El olor del taller de Arturo.

—Arturo el alcalde.

—Restaura muebles en un almacén del puerto.

Huele a eso. Roco se aparta de él cada vez que lo ve, pero poco, porque Arturo casi siempre lleva colonia encima.

Y el martes, cuando abrí el armario del consultorio y faltaba el vial, Roco olió el tirador y se quedó quieto igual que se queda delante de él.

La misma mancha de pelo levantada en la cruz. Arturo tiene copia de esa llave.

Bruno se había inclinado hacia delante sin darse cuenta.

—¿Y con quién más?

Ana tardó en contestar.

—Con la ropa de mi padre, cuando vuelve de allí. Arturo le está arreglando una cómoda de mi madre y él va a verla. Cuando vuelve del taller, Roco se le planta igual. Se ducha y se le pasa.

—Entonces su padre huele a lo mismo.

—Porque va a ese taller. —Lo dijo más deprisa de lo que quería—. Más reciente, más concentrado, más reacción. Es lo que tiene sentido.

Bruno la miró un rato. Luego asintió despacio, como lo había hecho varias veces delante de ella, apuntándolo en algún sitio que no se veía.

—Lo que me está contando no lo puedo llevar a ningún juez —dijo—. Un perro que gruñe no es una prueba.

—Ya lo sé. No se lo cuento para eso.

—¿Para qué me lo cuenta?

—Porque es lo único que tengo que no me invento yo.

Debajo de la mesa, Roco se había dormido con la cabeza sobre el zapato de Ana.

—Hay algo más —dijo ella—. En casa tengo tres fotos. Las encontré en el trastero hace unas semanas. Mi padre, Arturo y Pilar, jóvenes. En una verbena, en la playa, en una procesión. Siempre los tres, y nadie más.

—¿Me las puede enseñar?

—No. —Lo dijo sin pensar, y luego lo pensó y siguió diciendo que no—. Todavía no.

Una cosa era nombrarlo. Otra, darle la cara de su padre con veinte años para que la metiera en una carpeta.

Bruno no insistió.

—Tres amigos —dijo, más para sí que para ella—.

Un restaurador que desaparece en el setenta y cinco junto al faro.

Un papel que una de los tres se guarda en un cajón.

Y cincuenta años después, cuando por fin iba a hablar, la empujan por una escalera.

—Se pasó la mano por la cara—. Y el faro se va a caer también, dentro de nada.

Se quedaron callados. En la barra, el camarero dobló el periódico y encendió una radio pequeña, muy bajo.

—No sé si usted mató a Ricard Fuster —dijo Bruno al fin—. Eso lo dirá el laboratorio. Pero no creo que usted empujara a Pilar Roig por esa escalera. Y creo que quien lo hizo sabe que usted estaba arriba.

Ana no dijo nada.

Bruno sacó una tarjeta del bolsillo de la camisa. Era distinta de la otra, blanca, sin el escudo de los Mossos. Escribió algo al dorso y se la dio.

—Mi número. El mío, no el de la comisaría. Si pasa cualquier cosa, me llama ahí. A la hora que sea.

—¿Por qué hace esto?

Bruno se levantó. Dejó un billete sobre la mesa.

—Porque llevo quince años en esto, y a veces la única manera de avanzar es fiarse de alguien de quien no debería. —Se puso la chaqueta—. Si me equivoco con usted, el problema será mío.

Roco se había despertado al oír la silla. Se levantó, estiró el cuello y le olió la mano, la de la tarjeta, igual que el primer día en la puerta de casa. Luego volvió a tumbarse.

—Salga usted primero —dijo Bruno—. Yo me quedo un rato.

Ana volvió a casa por el camino largo, con Roco trotando a su lado y la tarjeta guardada detrás de la funda del móvil, junto a la otra. Se estaba poniendo el sol, y las fachadas de la parte alta tenían un color rosa que duraba un momento y se iba.

Su padre había hecho una tortilla y la había tapado con un plato. Estaba en el sofá con la tele puesta, medio dormido.

—¿Dónde has ido?

—A pasear a Roco.

—Bien hecho. Que le dé el aire.

Roco fue a olerle las zapatillas y se tumbó junto a la nevera.

Ana subió a su cuarto con un trozo de tortilla en un plato y no se lo comió. Sacó la maleta de debajo de la cama, apartó el jersey y cogió el sobre de las fotos.

Las extendió sobre la colcha.

Pilar en la verbena, con la cabeza echada hacia atrás, riéndose. Pilar en una roca de la cala, con las manos levantadas para que no la salpicaran. Pilar en un extremo de la procesión, seria, mirando algo que no salía en la foto.

Se quedó mirando esa última mucho rato. Una chica de diecisiete años que escribía a máquina en los bajos del ayuntamiento. Que un día se llevó un papel a casa y lo metió debajo de los manteles buenos, y lo tuvo allí cincuenta años, sin enseñárselo a nadie, sin romperlo.

Y que una noche de agosto, con un bolígrafo azul y la mano temblona, escribió en el sobre el nombre de alguien a quien no había visto desde que era una niña a la que le daba cruasanes por encima del mostrador.

Ana guardó las fotos en el sobre. Lo metió en la maleta, detrás del jersey, y empujó la maleta debajo de la cama.

Roco había subido. Se tumbó bajo la ventana con un gruñido pequeño de gusto y la miró.

Ana abrió la libreta por la última página escrita. La entrada del martes, la del despacho de Arturo. Mi llave, en el gancho, todas las noches.

Pasó la página. Escribió la fecha.

25/09.

Se quedó con el bolígrafo levantado. No había nada que apuntar. Roco no había tenido miedo de nadie en todo el día. La había olido entera en una acera de Tarragona y se había sentado contra sus piernas, y había dormido cuatro horas pegado a su espalda.

Escribió debajo:

Intensidad: 0.

Y luego, más pequeño:

Ella me lo iba a enseñar.