El rastro del lentisco Capítulo 17. La tregua
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Capítulo 17. La tregua

Su padre la esperaba en la acera, delante de la comisaría, apoyado en el coche.

Llevaba la camisa blanca de manga larga, la de los entierros y las bodas, y la tenía arrugada como si hubiera dormido con ella. Ana lo vio desde la puerta de cristal, con la bolsa de plástico de sus cosas en la mano, y tardó un segundo en entender que estaba allí por ella.

Detrás, en el asiento trasero, algo cobrizo se levantó de golpe y se pegó a la ventanilla.

—¿Lo has traído?

—No quería quedarse solo. —Vicente abrió la puerta de atrás—. Anoche no durmió. Yo tampoco.

Roco salió del coche antes de que la puerta terminara de abrirse.

No saltó sobre ella. Se paró a un palmo, con la cola baja y temblando, y empezó a olerla.

Las zapatillas primero, los cordones, los tobillos.

Subió por los vaqueros hasta las rodillas, despacio, con inspiraciones cortas, como si leyera una carta línea por línea.

Le olió las manos, las palmas y el dorso, y se quedó mucho rato en los dedos, donde todavía le quedaba la tinta de las huellas.

Ana se agachó en la acera. Él le metió el hocico en el cuello, en el pelo, detrás de la oreja. Olía la comisaría entera: el desinfectante, la colchoneta de plástico, la manta gris, las manos del agente de los bastoncillos, las de la abogada. Todo lo que ella traía encima y que no era de ella.

Luego se sentó pegado a sus piernas, apretado contra ella, y ya no se movió.

—Hola —le dijo Ana—. Hola, guapo. Ya está.

Su padre esperaba junto al coche con las manos en los bolsillos. Cuando ella se levantó, vino y la abrazó. No dijo nada. La tuvo un rato contra el pecho, con la mano grande en la nuca, como cuando era pequeña y se despertaba de una pesadilla. Olía a jabón La Toja y a café de máquina.

Roco se quedó entre los dos, rozándole las piernas a ella, con la cola moviéndose despacio contra el pantalón de su padre.

Volvieron por la carretera de la costa con las ventanillas bajadas. Ana iba detrás, con el perro tumbado sobre sus muslos y la cabeza en su regazo. Su padre conducía despacio, con las dos manos en el volante, y de vez en cuando la miraba por el retrovisor.

—¿Te han tratado bien?

—Bien.

—¿Has comido algo?

—Un café.

—Pues en casa te hago algo.

No le preguntó nada más. Ana se lo agradeció, y a la vez le extrañó un poco. Pensó que él tampoco sabría qué preguntarle.

En casa se duchó hasta que se le acabó el agua caliente. Se lavó las manos tres veces con un cepillo de uñas que encontró en el armario del baño, y la tinta se fue quitando poco a poco, primero de las yemas y luego de los surcos. Se puso ropa limpia y se tumbó en la cama sin deshacerla.

Roco subió detrás de ella y, sin pedir permiso, se subió a la colcha y se tumbó a lo largo de su espalda. Ana notó el peso caliente contra los riñones, la respiración lenta, el hocico apoyado en su hombro.

Durmió cuatro horas seguidas. Hacía meses que no dormía cuatro horas seguidas.

Bruno llamó a las seis.

—¿Está en casa?

—Sí.

—¿Podemos vernos? —Una pausa—. Fuera de aquí. Sin grabadora.

—Me dijo mi abogada que no hable con usted sin ella.

—Su abogada tiene razón. —Otra pausa—. No es sobre Fuster. Es sobre Pilar Roig. Esta mañana ha aparecido algo. Y lo que usted me diga no va a ir a ningún papel. Si no quiere venir, lo entiendo.

Ana miró a Roco, tumbado en la cama con la cabeza levantada, mirándola.

—¿Dónde?

Era un bar de la parte alta, en una calle en cuesta por la que no subían los turistas, con cuatro mesas de mármol, una barra de azulejos y un señor mayor detrás que no levantó la vista del periódico cuando entraron.

Ana llegó primero, con Roco atado corto, y se sentó al fondo, de espaldas a la pared.

El perro olió las patas de la mesa, las de la silla, los zapatos de Ana, y se tumbó debajo con un suspiro.

Bruno entró diez minutos después. Se había cambiado de camisa. Pidió dos cañas sin preguntarle y se sentó enfrente.

Roco levantó la cabeza. Estiró el cuello por debajo de la mesa hacia sus piernas, le olió los zapatos y el bajo del pantalón, y volvió a apoyar la cabeza en las patas.

—No debería estar aquí —dijo Bruno—. Usted es investigada en un caso que llevo yo. Si mi comisario se entera, me aparta.

—Entonces, ¿por qué ha venido?

—Porque me he quedado sin gente a la que preguntar.

El camarero dejó las cañas y volvió al periódico. Ninguno de los dos bebió.

—Cuando la autopsia de Pilar dijo homicidio —empezó Bruno—, hicimos lo que se hace.

Hablamos con la familia y miramos su casa: el móvil, la agenda, los papeles que había a la vista.

No salió nada. —Giró el vaso sobre el posavasos—.

Esta mañana, cuando volví de Tarragona, se me ha presentado Jordi, el sobrino.

Quiere abrir el horno otra vez y todo está a nombre de su tía, así que ayer se puso a buscar las escrituras.

En el dormitorio hay una cómoda vieja, de las de antes, con cuatro cajones.

En el de abajo, debajo de unos manteles buenos que no se habían usado nunca, encontró un sobre marrón.

Ana esperó.

—Dentro había un papel. Una hoja amarillenta, escrita a máquina, con el membrete de la Guardia Civil.

Un parte de enero de 1975 dirigido al Juzgado de Paz de Cala Salina.

Decía que un vecino, Elías Cánovas, restaurador, de sesenta y tantos años, sin familia conocida en el pueblo, no aparecía por su taller desde hacía varias noches.

Estaba en una caseta de pescadores en el acantilado, junto al faro viejo.

—El que van a tirar.

—El mismo. —Bruno asintió—. El papel no tiene sello de entrada. No lo firmó ningún juez, no se le dio número, no se mandó a ningún sitio. Nadie buscó a ese hombre. Y alguien se lo llevó a casa y lo guardó cincuenta años debajo de los manteles.

—Pilar.

—Jordi me ha contado que su tía trabajó de chica en el juzgado de paz, en los bajos del ayuntamiento. Escribía a máquina y llevaba el registro. Tendría diecisiete o dieciocho años. Luego heredó el horno y lo dejó.

Ana tenía las manos alrededor del vaso. La cerveza se estaba calentando.

—Había algo más —dijo Bruno.

Sacó el móvil, buscó una foto y la dejó sobre el mármol, girada hacia ella.

Era el sobre marrón. Por delante, en la esquina, con bolígrafo azul y una letra grande y temblona, alguien había escrito una sola palabra.

Ana.

La tinta estaba nueva. No era la de 1975.

Ana miró la palabra mucho rato. Pensó en una mujer menuda, con las manos apretadas contra el pecho, saliendo de un portal a las dos de la madrugada. Llevo mucho tiempo queriendo hablar contigo.

—¿Por qué a usted? —preguntó Bruno.

Ana levantó la vista.

—No lo sé.

—Yo creo que sí lo sabe un poco.

Ana apartó el móvil despacio y se lo devolvió por encima de la mesa. Debajo, Roco había levantado la cabeza. La miraba.

—Esa noche no la encontré muerta —dijo.

Bruno no se movió.

—Salí porque no podía dormir, eso es verdad.

Subí por la Major. Y en lo alto de la Baixada, en un portal que hay antes del pretil, me estaba esperando Pilar.

Me había visto subir y había cortado por detrás de la iglesia para esperarme allí.

—Se oyó hablar y no se paró—. Me dijo que llevaba mucho tiempo queriendo hablar conmigo.

Que era sobre algo que pasó hace mucho, antes de que yo naciera.

Que ya no podía seguir callándoselo. Y entonces subió una ráfaga de viento de la escalera, y Roco se quedó mirando el callejón del rellano y gruñó. Y a ella se le fue el color de la cara.

—¿Qué le dijo después?

—Que allí no. Que al día siguiente, a las siete, en el horno. Que fuera sola. Que no se lo contara a nadie. —Tragó saliva—. Y bajó la escalera.

—Y usted se quedó arriba.

—En la esquina del muro, donde no llega la cámara. Con Roco. —Ana se miró las manos—. Cuando llegó al rellano, alguien salió del callejón y la cogió por detrás. Un brazo por el cuello. Quince segundos, más o menos. Los conté sin querer. Luego la empujó.

Bruno tenía la mandíbula apretada. No escribía nada.

—¿Le vio la cara?

—No. La farola le quedaba detrás. —Ana levantó los ojos—. Pero levantó la cabeza. Hacia arriba, hacia donde estaba yo. Se quedó mirando tres segundos. Luego bajó hasta el cuerpo, no lo tocó y se fue hacia el muelle.

—¿Hombre o mujer?

—No lo sé. Una silueta. Solo le vi el brazo, la manga oscura. Nada más.

Bruno se echó atrás en la silla. Miró hacia la barra, donde el camarero pasaba una página.

—Me mintió en la declaración.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si le contaba lo del portal, me iba a preguntar qué me había dicho. Y no estaba segura de haberlo oído bien. Con mi cabeza, esa noche. —Se encogió de hombros—. Y porque alguien me había visto.

—¿Me lo va a repetir delante de un juez?

—¿Me va a detener otra vez por haberle mentido?

—Ante mí no es delito. —Bruno bebió por fin un trago—. Lo que se declara a la policía no se jura. Delante de un juez sí lo sería. Así que la próxima vez que se siente delante de uno, no se le ocurra.

Ana asintió.

Bruno bajó los ojos a su vaso, y luego a las manos de ella, alrededor del cristal. Fue lo mismo que en el consultorio: un segundo, sin mover la cabeza.

Ana soltó el vaso y puso las dos manos abiertas sobre el mármol, con las palmas hacia arriba.

—Ya me las miraron anoche —dijo—. Uno de la Científica, con guantes y una linterna. Me las fotografiaron por los dos lados. Y las uñas, una por una.

Bruno miró las manos abiertas. Luego la miró a ella.

—Deformación profesional —dijo—. No me voy a disculpar.

—No se lo he pedido.

Ana las dejó allí un momento más, abiertas, y luego las recogió.

—Quiero contarle una cosa —dijo—. Y va a parecerle una tontería.

—Pruebe.

—Mi perro lleva un diario.

Bruno la miró sin entender.

—Lo llevo yo. Desde que lo adopté. Era un perro con mucho miedo y la etóloga me mandó apuntar cada reacción: la fecha, lo que la provoca, lo que hace el cuerpo, un número del cero al cinco.

Llevo dos años haciéndolo. Así se ve si mejora.

—Buscó cómo decirlo—. Y así se ve también cuando pasa algo nuevo.