Capítulo 16. El calabozo
El jueves a las cinco de la tarde, el ventilador de pie seguía chirriando en cada vuelta.
Ana se sentó en la misma silla de plástico de la primera vez, al otro lado de la misma mesa de formica. Bruno la había llamado a la una y media: «Pásese esta tarde, que tengo que aclarar un par de cosas». Había dejado a Roco en casa con su padre y había venido andando por el camino largo.
Bruno no tenía el portátil abierto. Tenía una carpeta cerrada delante y las manos encima.
—Ricard Fuster tenía medetomidina en la sangre —dijo.
Ana se quedó quieta.
—En la autopsia le encontraron un pinchazo en el cuello, debajo de la oreja. —Se tocó el sitio con dos dedos—. Ante un pinchazo intramuscular así, la forense pidió que buscaran también fármacos veterinarios. Lo pedí urgente. Ha salido esta mañana. Medetomidina. Mucha, para un hombre.
El ventilador dio una vuelta. Otra.
—¿Usted la usa?
—Sí.
—¿Dónde la guarda?
—En el armario del consultorio. Con llave.
—¿Quién tiene llave?
Ana lo miró. Pensó en decir yo y Arturo y dejarlo ahí. Pensó en el hueco en la balda, en el círculo limpio en el polvo.
—Me falta el vial —dijo.
Bruno no se movió.
—Lo descubrí el martes. Lo tuve en la mano el jueves pasado, por la mañana, con un gato.
El martes ya no estaba. La cerradura está bien.
Arturo tiene copia de las llaves, dice que no las ha tocado.
Las mías... —Se le secó la boca—. Las mías pasaban la noche colgadas en el recibidor de mi casa. Hasta el martes.
—¿Por qué no me lo dijo el martes?
—Porque sabía cómo iba a sonar.
Bruno aguantó la mirada. No lo negó.
—¿Dónde estuvo el domingo por la noche, Ana?
—Ya se lo dije. En casa, dormida.
—¿Está segura?
Ana tardó en contestar. Se miró las manos sobre las rodillas.
—No.
—Explíquemelo.
—Llevo meses con... —buscó la palabra de Villaret— episodios.
Se me va la cabeza. Hace once días me desperté vestida, con las zapatillas atadas, y no recordaba nada desde que me acosté.
Cuatro horas y media. El lunes me desperté en la cama, descalza, normal.
Pero la otra vez también parecía normal hasta que...
—Espere.
Bruno levantó una mano. Ana se calló.
—Antes de que siga —dijo él, más despacio—, tiene que saber una cosa. Lo que me está contando ya no es lo que cuenta un testigo. Si sigue hablando, tiene derecho a hacerlo con un abogado delante. Y tiene derecho a no hacerlo.
—No tengo nada que...
—Ana. —No la dejó terminar—. Voy a detenerla.
Lo dijo sin subir la voz, mirándola a la cara.
—Hay un expediente de los Agents Rurals donde usted da el nombre de Ricard Fuster como sospechoso de intentar envenenar a su perro.
Hay seis personas que le oyeron decir que iba a por usted la noche que murió.
Tiene en la sangre el mismo sedante que le falta a usted en el armario.
Y la única persona que puede decir dónde estaba usted esa noche es su padre, que dormía.
—Abrió la carpeta y sacó una hoja impresa—.
Con eso no puedo dejar que se vaya a casa como si nada.
No es lo que yo piense. Es lo que tengo encima de la mesa.
Le leyó los derechos de la hoja, uno por uno, con voz de trámite. El motivo de la detención. No declarar. No contestar a lo que no quisiera. Un abogado. Un médico. Avisar a alguien. Luego le dio la hoja para que la firmara.
Ana firmó.
—¿A quién quiere que avise?
—A mi padre. —Dejó el bolígrafo—. Tengo el perro en casa. Con él.
Bruno marcó el número que ella le dictó y puso el altavoz. Su padre contestó al segundo tono. Bruno se presentó, le dijo que su hija estaba detenida en relación con la muerte de Ricard Fuster, que iban a trasladarla a Tarragona y que estaba bien.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Detenida? —La voz de su padre subió—. ¿Mi hija? ¡Pero si estaba en casa! ¡Estaba en casa conmigo, en su cama!
—Ya me lo dijo el lunes por teléfono, señor Ribera.
—¡Pues se lo vuelvo a decir! ¡Se lo digo al juez, a quien haga falta!
—Papá. —Ana se inclinó hacia el móvil—. Papá, escúchame. Roco. Que no salga solo. Que duerma dentro. Si ves que no come, no pasa nada, un día sin comer no pasa nada.
Su padre respiraba fuerte al otro lado.
—No te preocupes por el perro, nena.
—Y ponle agua fresca.
—Que sí.
Bruno colgó.
La llevaron a Tarragona en un coche patrulla de los Mossos, detrás, sin esposas. Dos agentes que no conocía delante, sin hablar. Bruno se quedó en el pueblo.
Por la ventanilla vio pasar la calle del Mar, la persiana verde bajada, la plaza, la carretera del acantilado. En la curva de arriba, contra el cielo todavía claro, las vallas amarillas del faro con el cartel de las obras.
En la comisaría le quitaron los cordones de las zapatillas y el cinturón.
Le hicieron una foto de frente y otra de perfil.
El escáner digital falló dos veces con un pitido seco, así que pasaron a la almohadilla: le mancharon los dedos de tinta uno por uno, rodándolos sobre el papel.
Luego entró uno de la Científica, con guantes y una linterna, le fotografió las manos por los dos lados y le miró las uñas una por una.
Le preguntaron si tomaba alguna medicación.
Le preguntaron si quería ver a un médico. Dijo que no.
La abogada de oficio llegó a las nueve y cuarto.
Era joven y traía una carpeta de plástico que dejó sobre la mesa de la sala de entrevistas sin abrirla.
Escuchó a Ana diez minutos sin interrumpir.
Luego le dijo que no declarara esa noche, que no hacía falta, que ya habría tiempo delante del juez si llegaba el caso.
—Y la saliva —añadió—. Te la van a pedir para compararla con los restos que han recogido en el cuerpo. No estás obligada. Sin orden judicial, si dices que no, es que no.
—¿Y si digo que sí?
—Entonces la toman ahora, delante de mí, y ya está.
—Pues que la tomen.
La abogada la miró.
—Mi consejo es que no.
—No tengo nada que esconder. —Ana se oyó decirlo y tardó un segundo en terminar—. O eso espero.
Vino un agente con una caja de cartón, se puso los guantes y le pasó dos bastoncillos largos por dentro de las mejillas, uno por cada lado, girándolos. Los metió en dos tubos, los cerró, los etiquetó delante de ella y de la abogada. Ana firmó otra hoja.
Pensó que ella misma había repetido aquel gesto miles de veces. Un bastoncillo en el conducto auditivo o sobre la piel de un perro, un portaobjetos, un frotis urgente. Para buscar Malassezia en una oreja sucia o células inflamatorias en una lesión.
La celda tenía dos metros por tres. Un banco de obra con una colchoneta azul de plástico encima y una manta gris doblada. Una taza de acero en la esquina, sin tapa. Una cámara en el techo, con una luz roja pequeña. Y un fluorescente detrás de una rejilla que no se apagaba nunca.
Ana se sentó en la colchoneta con la espalda contra la pared y las rodillas contra el pecho. Llevaba las zapatillas sin cordones, abiertas como dos bocas.
Pensó en Roco. En su cuarto vacío, en la ventana, en el hueco de las baldosas frescas donde se tumbaba.
En si su padre se acordaría de dejarle la puerta abierta para que pudiera subir.
En si subiría. En si esa noche se tumbaría contra la puerta de su cuarto, con la cabeza alta, esperando a alguien que no iba a llegar.
El fluorescente zumbaba detrás de la rejilla.
Tenía la luz encima, blanca, sin sombra. Llevaba meses sin poder soportar esa luz, y ahora no había manera de apagarla. Cerró los ojos, y volvió lo de siempre, pero esta vez no lo apartó.
El hospital veterinario, un martes de mayo, a las tres y diez de la madrugada.
Llevaba setenta horas de guardias encadenadas. Una baja en el cuadrante, otra baja, alguien que tenía que cubrir. Ella era la coordinadora. Cubría ella. En esas setenta horas había dormido tres en el sofá del office, a trozos, con el móvil de urgencias sobre el pecho.
El pastor alemán entró en brazos de dos hombres.
Una furgoneta de reparto lo había cogido en la calle Muntaner, marcha atrás.
Lo tumbaron en la mesa de la sala de tratamiento y Ana supo lo que había antes de ponerle las manos encima.
Las mucosas blancas como la cerámica del lavabo.
El abdomen tenso, lleno. La pelvis partida en varios trozos bajo los dedos, crujiendo al tocarla.
Respiraba a golpes. Tenía los ojos abiertos y la miraba.
Le puso una vía y le pasó analgesia. Le hizo una ecografía rápida, con el gel todavía frío. El abdomen lleno de sangre. El bazo, o el hígado, o los dos. La pelvis no tenía arreglo. Aunque llegara vivo al quirófano, que no iba a llegar, no volvería a andar.
Salió a hablar con el dueño en el pasillo.
Un hombre grande, de unos cincuenta años, con la camisa blanca empapada de la sangre de su perro hasta los codos.
Se lo explicó despacio, con las palabras que había usado mil veces.
Que no había nada que hacer. Que el perro estaba sufriendo. Que lo más humano era dormirlo ya.
—No.
—Señor...
—Que no. Que lo operen. Para eso pago.
Se lo volvió a explicar. Él dijo que no otra vez, más alto. Entraron los dos en la sala. El perro jadeaba sobre la mesa, con un sonido húmedo, y cada vez que tomaba aire se le escapaba un gemido corto. Ana se lo explicó una tercera vez, al lado de la mesa, con la mano sobre el lomo del animal.
El hombre la agarró de la pechera del pijama con las dos manos y la zarandeó.
Tenía la cara a un palmo de la suya y le olía el aliento a café.
Le gritaba. Carnicera. Matasanos de perros.
Lo que quieres es quitártelo de encima para irte a dormir.
La espalda de Ana golpeó el armario de la pared. Algo cayó de una balda.
Y entonces el chasquido.
Lo recordaba como un ruido físico, dentro, en la base del cráneo. Un pitido agudo que se comió todos los demás. La luz del techo volviéndose más blanca, cada vez más blanca, hasta que no hubo nada detrás.
Después, el silencio.
Estaba de pie junto a la mesa. El perro estaba quieto. Tenía la cabeza de lado sobre el acero y los ojos abiertos, y ya no la miraba. El pecho no le subía.
En la mano derecha tenía una jeringa de diez mililitros. Vacía. El émbolo hasta el fondo. En la etiqueta de esparadrapo, escrito con su letra, el nombre del fármaco que se usa para eso.
No recordaba haberla cargado. No recordaba haber ido al armario, haber hecho la cuenta del peso, haber pinchado el frasco. No recordaba haber metido la aguja en la vía. Recordaba las manos del hombre en su pijama y luego recordaba esto.
El hombre estaba contra la pared del fondo. Ya no gritaba. La miraba con los ojos muy abiertos y la boca floja, como se mira algo que no se entiende. Montse, la otra veterinaria de guardia, estaba en la puerta con las manos levantadas a media altura, sin atreverse a entrar.
Nadie decía nada.
Luego todo pasó muy deprisa y muy despacio a la vez.
El jefe de servicio, que vivía a dos calles, en pantalón de chándal.
Una sala pequeña con la puerta cerrada. Alguien le quitó la jeringa de la mano, que no la había soltado.
Alguien le dio un vaso de agua. Alguien llamó a un taxi y la metieron dentro con el pijama del hospital puesto, porque nadie se acordó de decirle que se cambiara.
En el bolsillo del pijama iba el frasco. Lo encontró cuatro días después.
En el libro de estupefacientes, alguien escribió aquella misma semana, junto al número de lote, una sola palabra: « Roto ».
Y firmó. Nadie lo comprobó. Ana se enteró meses más tarde por una compañera que se lo contó sin darle importancia, como una prueba de que la dirección había querido protegerla.
El hospital pagó al dueño. Nunca supo cuánto. A ella le dieron la baja por estrés, con un informe de la mutua y una frase que no estaba escrita en ningún sitio: que se alejara de las urgencias un tiempo.
La doctora Villaret lo había llamado episodio disociativo. El cuerpo sigue funcionando, le dijo en la primera consulta, con las gafas en la punta de la nariz. Hace lo que sabe hacer, lo que ha repetido mil veces. La conciencia se apaga para que la cabeza no se rompa.
—¿Y si vuelve a pasar? —le había preguntado Ana—. ¿Qué hago si el cuerpo hace algo que la cabeza no recuerda?
Villaret se quitó las gafas.
—Por eso no puedes estar sola en situaciones límite, Ana. El riesgo no es lo que te hagan los demás. El riesgo es dónde despiertas.
En la celda, Ana abrió los ojos.
El fluorescente seguía encima. La luz roja de la cámara parpadeaba en la esquina.
Aquella noche de mayo, su cuerpo había cargado una jeringa sin ella. Había hecho la cuenta del peso sin ella. Había buscado la vía sin ella, con la mano firme, y había empujado el émbolo hasta el final. Todo lo que sabía hacer, lo había hecho bien. Solo que ella no estaba.
Y un vial de medetomidina había salido de un armario cerrado con una llave que pasaba las noches en un gancho, en una casa donde ella se había despertado una vez vestida, con las zapatillas atadas, sin saber de dónde volvía.
Se tapó la cara con las manos.
No lloró. Se quedó así, con las palmas contra los ojos, respirando contra ellas. Contando hasta cuatro al entrar el aire y hasta seis al salir, como le había enseñado Villaret, sin que le sirviera de mucho.
A las cuatro, o a las cinco, no lo supo, se tumbó en la colchoneta de lado, de cara a la pared, con la manta gris encima.
Pensó en el lomo de Roco bajo la mano, en los ocho perdigones uno detrás de otro.
Pensó que si en ese momento le hubieran dado a elegir entre saber la verdad y dormir, habría elegido dormir.
No durmió.
A las ocho y media se abrió la puerta de la celda. Era Bruno.
Llevaba la misma camisa. Tenía cara de haber pasado la noche en un coche. Detrás de él venía la abogada con la carpeta de plástico.
—Recoja sus cosas —dijo Bruno—. Se va a casa.
Ana se incorporó despacio. Le crujió la espalda.
—¿Por qué?
—Porque con lo que tengo no puedo mantenerla aquí, y ningún juez me lo iba a sostener.
—Se quedó en la puerta, con las manos en los bolsillos—.
Tengo un motivo y tengo un fármaco. No tengo nada que la sitúe en ese descampado.
Ni un testigo, ni una huella, ni una marca en usted.
El vial falta de un armario que abren al menos dos llaves, y una de ellas pasaba la noche colgada en un recibidor donde cualquiera podía cogerla. Con eso, una detención no se aguanta.
—Sigues investigada —dijo la abogada, desde detrás—. Esto va igual al juzgado, con el atestado. Pero sales en libertad. Te conviene estar localizable y no salir de la provincia sin avisar.
—¿Y la saliva?
—Tardará semanas —dijo Bruno—. Es una pista más, nada más.
Ana lo miró. Buscó en su cara si la creía culpable. No encontró nada.
Le devolvieron los cordones en una bolsa de plástico con su nombre escrito. Se sentó en un banco del pasillo a meterlos por los ojales, uno por uno, con los dedos todavía manchados de tinta. Tardó mucho.
Cuando terminó, ató las dos zapatillas con un solo nudo.