El rastro del lentisco Capítulo 15. El vial
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Capítulo 15. El vial

El bóxer se llamaba Pistache y había saltado una valla de alambre de espino en un camping de la carretera de Tarragona.

Lo trajo su dueño a las nueve y veinticinco, un francés de unos sesenta años con sandalias y calcetines, sujetándolo por el collar con las dos manos.

El perro tenía un corte en el costado izquierdo, detrás de la escápula, de unos ocho centímetros, abierto como una boca.

No sangraba mucho. Se le veía el músculo.

Ana se puso los guantes y se agachó a mirarlo. Pistache le lamió la oreja.

—Hay que coserlo —le dijo al hombre, en un francés de manual de instituto—. Y para coserlo tiene que estar dormido. Un poco.

El hombre asintió muchas veces.

Lo pesó en la báscula del suelo. Veintiocho kilos. Hizo la cuenta en un papel, apoyada en la mesa de acero, y fue al armario.

Sacó el llavero del bolsillo de la bata, buscó la llave pequeña y la metió en la cerradura. Giró con facilidad, como siempre. Abrió la puerta.

La balda de arriba estaba como la había dejado ella el primer día. Los viales seguían en fila, con las etiquetas hacia fuera: la ketamina, el atipamezol, el butorfanol. La caja de catéteres detrás.

A la izquierda de la ketamina, donde empezaba la fila, había un hueco. El de la medetomidina.

Ana se quedó mirándolo con la mano todavía en la puerta. Era un hueco del tamaño exacto de un vial de diez mililitros. En el polvo fino de la balda quedaba un círculo limpio.

Miró en la balda de abajo. Entre las ampollas de urgencia. Detrás de la caja de catéteres. Metió la mano hasta el fondo y palpó la chapa fría. Miró en el suelo del armario. Abrió la nevera del cuartito, aunque la medetomidina no va en la nevera y ella lo sabía.

No estaba.

Detrás de ella, Roco se había levantado de su rincón.

Vino despacio, con la cola a media altura, hacia el armario abierto, como venía siempre que ella abría algo para ver si había comida. Estiró el cuello hacia la puerta. Olfateó el canto de la chapa. El tirador. Bajó la nariz hasta la cerradura y volvió a subir hasta el tirador.

Se quedó quieto.

No fue como en la cocina. Fue un segundo, dos, de rigidez, con el cuello estirado y el cuerpo parado a medio paso.

El pelo de la cruz se le levantó un poco, en una mancha pequeña entre las escápulas.

Los ojos se le quedaron fijos en la puerta del armario, sin parpadear.

No gruñó. Luego echó las orejas hacia atrás, se dio la vuelta y volvió a su rincón, y desde allí se quedó mirando el armario.

Ana se acercó al tirador y lo olió. Metal, desinfectante, el polvo del armario. Nada más.

Para ella, nada. Roco se había parado igual que se paraba ante Arturo en el patio, con la misma mancha de pelo levantada en la cruz y la misma distancia.

— Madame?

El francés la miraba desde la mesa con el perro abrazado.

— Oui. Un moment.

Dejó el armario cerrado, pero sin pasar la llave. Volvió a abrirlo. Sacó el butorfanol, la ketamina, un catéter del veinte y, de las ampollas de urgencia, una de diazepam. Hizo otra vez la cuenta en el papel, tachando la primera, y cargó la jeringa del butorfanol.

—Primero esto —le dijo al hombre—. Para el dolor, para que se tranquilice. Luego, el resto.

Le puso el pinchazo en el muslo. Pistache ni se enteró.

Mientras esperaban los quince minutos, Ana abrió el libro de registro sobre la encimera y buscó las entradas de medetomidina. Las conocía, pero las leyó.

27/08. Mastín, 70 kg. Medetomidina 1,4 ml (lote M24118). Butorfanol. Reversión con atipamezol 1,4 ml.

04/09. Gato europeo, 4 kg. Medetomidina 0,15 ml (lote M24118) + ketamina. Reversión.

17/09. Gato europeo macho, 5 kg, orquiectomía. Medetomidina 0,15 ml (lote M24118) + ketamina + butorfanol. Reversión.

Casi dos mililitros. El vial era de diez.

El jueves por la mañana, cuando castró al gato, lo había tenido en la mano.

Lo había inclinado contra el fluorescente para cargar la jeringa y había visto el líquido casi hasta el cuello del cristal.

Lo había dejado en su sitio. Había cerrado con llave.

Se acordaba de probar la puerta dos veces, como hacía siempre.

Jueves por la mañana. Martes por la mañana. En medio, dos tardes de consultorio con la persiana bajada, un fin de semana entero con el local cerrado y un lunes en que ella no había abierto el armario porque no le había hecho falta.

Pistache se había sentado. Tenía la mirada blanda y la cabeza un poco caída. Ana le afeitó la pata delantera, le dio el torniquete al dueño en la mano para que hiciera presión y cogió la vía en la cefálica a la primera. La fijó con esparadrapo.

Cargó el diazepam y la ketamina en la misma jeringa, la dosis justa para veintiocho kilos, y se la fue metiendo despacio por el catéter, mirándole los ojos. A la mitad, el perro se tumbó de lado. Ana paró.

— C'est bon.

Los ojos se le quedaron abiertos, como se quedan siempre con la ketamina, y Ana le echó unas gotas de lágrima artificial para que no se le secaran.

Infiltró los bordes de la herida con lidocaína, lavó con suero, limpió con clorhexidina y cosió en dos planos, el tejido subcutáneo primero y luego la piel. Doce puntos. Le salieron rectos.

Mientras cosía, pensaba en las llaves.

La de la puerta y la del armario. Dos llaves en su llavero. Y una copia de cada una en el llavero de Arturo, del tamaño de un puño, lleno de etiquetas de cartón atadas con cordel. Tengo copia de todo lo municipal.

Eso eran dos personas. Luego pensó en dónde pasaba su llavero cada noche.

En el gancho del recibidor, al lado del de su padre, junto al rectángulo claro de la cómoda.

Colgado desde las ocho de la tarde hasta las ocho y media de la mañana.

En una casa con un cerrojo que se echaba tarde y se descorría temprano, en un pueblo donde la mitad de la gente dejaba la puerta abierta en verano.

Y en esa casa vivía una mujer que se había despertado el día trece vestida, con las zapatillas atadas con doble nudo y cuatro horas y media sin nadie dentro.

Cortó el último hilo. Tenía las manos firmes. Se sorprendió de que lo estuvieran.

El despertar fue largo, como siempre con la ketamina.

Pistache estuvo cuarenta minutos tumbado en una manta en el suelo del consultorio, pedaleando a ratos, levantando la cabeza y dejándola caer, con la lengua fuera.

El francés se sentó en el suelo a su lado y le fue hablando en voz baja todo el rato.

A las once y cuarto el perro se levantó, tambaleándose, y salió por la puerta arrimado a las piernas de su dueño.

Ana cerró el armario con llave. Probó la puerta dos veces.

Luego se quedó un rato delante, con la llave en la mano.

Arturo tenía el despacho en la última planta del ayuntamiento, al fondo de un pasillo con fotos enmarcadas de alcaldes anteriores. Ana subió a las cinco y media, cuando la secretaria ya se había ido, con Roco atado corto.

La puerta estaba abierta. Arturo estaba de pie junto a la ventana, hablando por el móvil. La vio, levantó un dedo y siguió hablando de unas vallas para las fiestas. Colgó un minuto después.

—¡Ana! Qué sorpresa. —Abrió los brazos—. Pasa, pasa. ¿Te ha subido el perro a ver al alcalde?

Roco se quedó en el umbral. Estiró el cuello hacia dentro y olfateó el aire. Se le levantó el pelo de la cruz, un poco, un segundo. Luego echó las orejas atrás y se sentó pegado a la pierna de Ana, a tres metros largos de Arturo. No se movió de allí.

Arturo lo miró y se rio.

—Sigue sin tragarme. Algún día me lo gano, ya verás. —Olía a colonia dulzona, de la cara, y debajo, muy débil, a barniz—. ¿Qué te trae? ¿El fluorescente? Ya le he dicho al de mantenimiento...

—Me falta un vial del armario.

Arturo se quedó con la sonrisa puesta.

—¿Un vial de qué?

—De un sedante. Medetomidina. Lo tuve el jueves en la mano y esta mañana ya no estaba. La cerradura está bien.

—Bueno. —Se sentó en el borde de la mesa—. ¿Y eso qué es, grave?

—En manos de quien no sabe usarlo, sí.

—¿Y qué me cuentas a mí?

—Tú tienes copia de la llave.

Arturo tardó un segundo en contestar. Luego abrió un cajón de la mesa, sacó el llavero enorme de las etiquetas y lo dejó caer sobre el cristal de la mesa con un ruido metálico.

—Aquí está. Donde está siempre. —Buscó entre las llaves con dos dedos, sin prisa, hasta sacar dos con etiquetas de cartón que ponían Consultori Rovira con letra de imprenta—. La de la puerta y la del armario. Llevan en este cajón desde el día que te bajé las tuyas. No las he tocado.

—Vale.

—No, vale no. —Seguía sonriendo, pero de otra manera—. ¿Me estás preguntando si te robo drogas, Ana?

—Te estoy preguntando quién tiene llave.

—Tú. —La miró de arriba abajo—. Tú tienes llave. Tú abres y cierras ese armario todos los días. Tú sabes lo que hay dentro y cuánto hay. ¿Has mirado bien? Rovira perdía cosas cada semana y las encontraba en el bolsillo de la bata.

—He mirado bien.

—Seguro. —Se levantó y fue hasta la ventana—.

Mira, te voy a decir una cosa por tu bien, que para eso te conozco desde que eras así de pequeña.

Si vas por ahí diciendo que te faltan sedantes del armario, con lo que se está diciendo en el pueblo esta semana, con el Fuster todavía caliente en el depósito...

—Se volvió—. Piénsalo dos veces antes de ponerlo por escrito en algún sitio. No te conviene. Ni a ti ni a tu padre.

Ana no contestó. Se quedó mirándolo un instante largo. A veces una mirada sostenía todo lo que las palabras se negaban a decir.

—Cambio la cerradura, si quieres. —Arturo recuperó la voz de pleno municipal—. Mañana mismo mando al cerrajero. Una sola llave y te la quedas tú. Así duermes tranquila.

—Sí. Cámbiala.

—Hecho.

Ana tiró de la correa. Roco se levantó enseguida, con la cola baja, y salió al pasillo delante de ella. En la escalera ya movía la cola.

Bajó a la plaza con el móvil en la mano. Tenía la tarjeta de Bruno detrás de la funda. Sacó la tarjeta y la miró.

Podía llamarle y decirle que le faltaba un vial. Eso era lo correcto. Lo que ella le habría aconsejado a cualquiera.

Él le había mirado las manos. Un segundo, sin mover la cabeza, bajando los ojos a las muñecas y al trozo de antebrazo que asomaba bajo la bata.

Ella sabía lo que buscaba un policía en las manos de alguien el día después de una pelea.

Ella también se las había mirado, de noche, en el baño, con un palillo debajo de las uñas.

Guardó la tarjeta detrás de la funda.

Su padre había hecho lentejas. Cenaron con la tele encendida, las noticias de las nueve, un incendio en Grecia y el fútbol. Roco dormía bajo la mesa con la cabeza sobre la zapatilla del viejo.

—¿Qué tal hoy? —preguntó Vicente.

—Un bóxer con un corte. Doce puntos.

—¿El francés?

—¿Cómo sabes que era francés?

—Porque me lo ha dicho Fermín, que se lo ha dicho el del camping. —Rio—. Aquí no se puede coser un perro sin que se entere todo el pueblo.

Ana sonrió. No le contó lo del armario.

Antes de subir, fue al recibidor. Su llavero estaba colgado del gancho, al lado del de su padre, las dos llaves del consultorio brillando contra el rectángulo claro de la pared. Lo descolgó y se lo metió en el bolsillo del pantalón.

—¿Te lo subes? —dijo su padre desde la puerta de la cocina, con el trapo en la mano.

—Así no se me olvida por la mañana.

—Como quieras, nena.

En su cuarto, dejó el llavero en la mesita, junto a la lámpara, y abrió la libreta.

22/09. 09:45. Consultorio. Estímulo: puerta y tirador del armario de sedantes (abierto; falta la medetomidina). Señales: olfatea canto y tirador, rigidez 1-2 s, piloerección leve en la cruz, mirada fija a la puerta. Sin gruñido. Se retira a su rincón y sigue mirando el armario. Intensidad: 2.

22/09. 17:35. Despacho de Arturo. Estímulo: Arturo. Señales: olfatea desde el umbral, piloerección leve en la cruz 1 s, orejas atrás, se sienta pegado a mí a 3 m. Sin gruñido. Se relaja en la escalera. Intensidad: 2.

Comparó las dos entradas. La misma mancha de pelo en la cruz. La misma distancia. El mismo número.

Escribió debajo:

El olor del taller en el armario. Arturo tiene llave. Dice que no la ha tocado.

Y más abajo, más pequeño:

Mi llave, en el gancho, todas las noches.

Se quedó mirando esa línea hasta que dejó de leerla. Luego cerró la libreta, apagó la luz y metió la mano bajo la almohada, donde no había nada, solo para comprobarlo.

Roco dormía bajo la ventana. La lámpara de la mesita estaba apagada. El llavero, al lado, era lo único que brillaba un poco con la luz de la farola.