El rastro del lentisco Capítulo 14. Ricard
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Capítulo 14. Ricard

A las siete y media, el patio sonaba a tijeras de podar.

Ana lo oyó desde la escalera, un chasquido seco y otro, y el ruido de una rama al caer sobre las baldosas. Bajó con Roco detrás. La puerta de cristal estaba abierta.

Su padre estaba al fondo, subido en el primer peldaño de la escalera de mano, metido medio cuerpo en el limonero.

Llevaba la camisa de cuadros vieja remangada hasta el codo y unas tijeras de podar en la mano derecha. A sus pies había un montón de ramas cortadas, chupones largos y verdes con las hojas todavía brillantes. El patio olía a limón machacado.

—Buenos días, nena. —No se volvió—. Ya era hora de meterle mano a este bicho.

—Son las siete y media, papá.

—No podía dormir. —Cortó otra rama y la dejó caer—. Y con el fresco se trabaja mejor.

Roco pasó por el lado de Ana hacia el patio, con la cola a media altura, como salía cada mañana.

A tres metros del limonero se paró.

Se quedó clavado en las baldosas, con una pata trasera todavía a medio apoyar.

Se le levantó el pelo desde la nuca hasta la base de la cola, de golpe, en una sola línea.

La cola se le quedó tiesa, en horizontal.

Tenía los ojos fijos en su padre, sin un parpadeo, y de la garganta le salió el gruñido bajo, continuo, sin cortes para respirar.

Se le tensaron los belfos. Asomaron los colmillos.

Vicente se volvió en la escalera con las tijeras en alto.

Ana miró la mano levantada, las tijeras, y miró a Roco. Si algo iba a asustarlo de su padre, era eso: un hombre subido a una escalera con un brazo en alto y algo en la mano.

Pero el brazo levantado lo habría hecho encogerse, agacharse, buscar la puerta, huir.

Roco no se encogió. No miró las tijeras. Seguía mirando a su padre a la cara, plantado, con el gruñido sostenido.

—Baja el brazo, papá. Despacio.

Vicente bajó el brazo. Se quedó en el peldaño con las tijeras colgando junto a la pierna.

Ana cruzó el patio, cogió a Roco del collar y le apoyó la otra mano en el pecho.

Duro como una tabla. Lo arrastró hacia atrás, paso a paso, resbalando sobre las baldosas, hasta meterlo en la cocina, y cerró la puerta de cristal.

Roco se quedó pegado al vidrio, rígido, con los ojos fijos en el limonero.

Miró el reloj del horno. Las 07:35.

Volvió a salir. Su padre se había bajado de la escalera y se miraba la mano izquierda.

Tenía arañazos. En el dorso de la mano y subiendo por el antebrazo izquierdo, el del brazo sano: tres o cuatro líneas finas, rojas, con la sangre ya seca en los bordes, que se perdían bajo la manga remangada.

—Te has puesto fino.

—Este cabrón no se deja. —Se sopló los arañazos—. Ya te lo dije el primer día. Tiene más pinchos que un erizo.

Ana se miró su propio antebrazo, sin querer. Tenía todavía la marca de agosto, la del día que llegó: una línea blanca de cinco centímetros, fina, casi borrada.

—Luego te lo desinfecto.

—Ya me he echado agua oxigenada. —Recogió las tijeras del peldaño—. ¿Qué le pasa al perro, otra vez?

—Lo mismo de siempre. —Ana lo miró—. ¿Has ido al taller?

—¿A estas horas? —Vicente rio sin ganas—. Nena, llevo aquí desde las siete peleándome con el limonero. Ni he salido a por el pan.

—Ayer, digo.

—Ayer estuve en lo de Fermín por la tarde. Ya te lo dije. —Volvió a subir al peldaño—. Luego me ducho, que me estoy poniendo perdido.

Ana se quedó un momento mirándole la espalda. Luego volvió a la cocina y se sentó en el suelo junto a la puerta de cristal, al lado de Roco, sin tocarlo. Esperó.

Tardó nueve minutos en tumbarse. Dieciocho en dejar de mirar el limonero.

Abrió el consultorio a las nueve. A las nueve y veinte entró Maruja sin transportín y sin gato.

—¿Te has enterado?

Tenía la cara colorada, de haber venido deprisa, y la voz de quien trae algo que ya ha contado cuatro veces por el camino.

—¿De qué?

—El Ricard. —Maruja se apoyó en la mesa de acero con las dos manos—. Lo han encontrado muerto esta mañana. En el descampado del polideportivo. Un chaval que salía a correr.

Ana tenía un vial de vacuna en la mano. Lo dejó en la bandeja.

—¿Muerto cómo?

—Dicen que de un golpe en la cabeza. Que hubo pelea, que estaba todo pisoteado alrededor.

Lo ha visto el sobrino de la del estanco, que es de la Local.

—Maruja bajó la voz—. Y dicen otra cosa, Ana.

Que anoche estuvo en el bar del puerto hasta la una, borracho como una cuba, y que al irse dijo delante de todos que se iba a enseñarle modales a la veterinaria.

El fluorescente zumbó sobre la mesa.

—Yo no pienso nada, ¿eh? —siguió Maruja—. Solo te lo digo para que lo sepas. Que ya se está hablando.

—¿Qué se está hablando?

Maruja la miró un momento y no contestó. Luego le puso la mano en el brazo, un segundo, y se fue sin despedirse.

Ana se quedó sola en el consultorio.

El descampado. El sendero en diagonal hasta la carretera, el contenedor de obra, los matorrales. Las huellas de botas de monte en el borde.

El viernes había estado agachada allí mismo con unos guantes en las manos y un solomillo envenenado dentro de una bolsa.

El viernes había dado su nombre.

Lo había dicho en voz alta a una mujer con uniforme verde, y un chico lo había apuntado en un formulario con el escudo de la Generalitat.

Hay un hombre que me culpa de la muerte de su perra.

Y ahora ese hombre estaba muerto en el mismo sitio, tres días después, y la última frase que había dicho en público llevaba su oficio dentro.

Se sentó en el taburete.

Intentó ordenar la noche anterior. Había cenado con su padre, tortilla, tomate. Había visto un rato la tele con él, un programa de preguntas del que no recordaba ni una. Había subido a las once y media. Había leído dos páginas de un libro. Había apagado la luz.

Se había despertado a las siete con el ruido de las tijeras. En la cama. En camiseta. Descalza. Con la lámpara apagada y Roco bajo la ventana.

Eso era lo que tenía. No había nada raro en esa mañana. Tampoco lo había la noche del doce hasta que abrió los ojos.

Pensó en llamar a su padre para preguntarle si la había oído levantarse. Ya se lo había preguntado el domingo pasado. Le había dicho que dormía como un tronco.

En el rincón, detrás de la mesa, Roco dormía de lado con las patas estiradas. Ana se quedó mirándolo. Él estaba en su cuarto toda la noche. Si ella se hubiera levantado, él lo habría sabido. Pero los perros no hablan, y las únicas cosas que dicen, ella las apuntaba en una libreta.

Entró un señor mayor con un yorkshire que cojeaba de una pata. Ana le sacó una espiga de entre los dedos con unas pinzas y no le cobró. No se acordó después de la cara del señor.

Bruno llegó a las once y cuarto.

No llamó. Abrió la puerta, sonó la campanilla y se quedó en el umbral. Llevaba la camisa del día anterior, o una igual, y cara de no haber dormido. Detrás, en la acera, esperaba el agente joven de la policía local, Puértolas, fumando.

Roco levantó la cabeza. Olfateó hacia la puerta. Luego se levantó, se acercó hasta la mitad del consultorio, estiró el cuello hacia la mano de Bruno y se la olió, despacio. Volvió a su rincón y se tumbó.

—Buenos días —dijo Bruno.

—Me lo imaginaba.

—¿El qué?

—Que vendría.

Bruno entró y cerró la puerta. No se sentó. Se quedó al otro lado de la mesa de acero, con las manos en los bolsillos.

—El viernes me llamó por un cebo envenenado.

—Y usted me dijo que llamara a los Agents Rurals.

—Y los llamó. —Sacó el móvil, miró algo y lo guardó—. En el expediente consta que usted dio un nombre. Ricard Fuster.

—Sí.

—Ricard Fuster ha aparecido esta mañana en el descampado del polideportivo. A cincuenta metros de donde usted encontró el cebo.

—Ya lo sé. Me lo han dicho.

—¿Quién?

—Una clienta. Todo el pueblo lo sabe ya.

Bruno asintió despacio, como si eso también lo hubiera apuntado.

—Hubo pelea —dijo—. No fue una caída, ni un accidente. Alguien estuvo cuerpo a cuerpo con él un rato y le dio un golpe en la cabeza. —Hizo una pausa—. Anoche, a la una, salió del bar del puerto diciendo que iba a enseñarle modales a la veterinaria. Lo oyeron seis personas.

—Eso también me lo han dicho.

—¿Lo vio usted anoche?

—No.

—¿Dónde estaba entre la una y las cuatro?

—En casa. Dormida.

—¿Alguien puede confirmarlo?

—Mi padre.

Lo dijo sin pensarlo, como se dice el nombre propio cuando alguien pregunta cómo te llamas. Bruno sacó una libreta pequeña del bolsillo de la camisa y escribió algo corto.

Ana vio cómo le bajaban los ojos. A la mesa, primero. Luego a sus manos, apoyadas sobre el acero. Al dorso. A las muñecas, al trozo de antebrazo que asomaba bajo la manga de la bata. Fue un segundo, sin mover la cabeza. Luego volvió a mirarla a la cara.

Ana no apartó las manos.

—¿Qué busca, inspector?

—Mi trabajo. —Guardó la libreta—. ¿Tiene algo más que contarme sobre el cebo? ¿Sobre Fuster?

—Le conté todo el viernes.

—El viernes me dijo que su perro lo olió.

—Y es verdad.

—Ya. —Bruno miró a Roco, tumbado en su rincón con la cabeza sobre las patas—. ¿Y esta mañana? ¿Qué ha olido esta mañana?

Ana tardó en contestar.

—A mi padre podando el limonero.

Bruno la miró sin entender, esperando que añadiera algo. Ana no añadió nada.

—No salga del pueblo —dijo él al fin—. Como la otra vez.

—No pensaba irme a ningún sitio.

Bruno fue hacia la puerta. Con la mano en el pomo, se volvió.

—Si se acuerda de algo más —dijo—, de lo que sea, me llama. Al número de la tarjeta.

La campanilla sonó. Ana lo vio cruzar la calle con Puértolas detrás, tirando el cigarro a la alcantarilla.

Esa tarde el pueblo entero habló de Ricard Fuster.

Lo oyó en la cola de la panadería nueva, la que había abierto un sobrino de Jordi mientras el horno de los Roig seguía cerrado: que si era un borracho, que si se lo había buscado, que si con la mujer ya se sabía.

Lo oyó en la acera del bar de Fermín al pasar, dicho más bajo, con su nombre dentro.

Una mujer a la que no conocía se cambió de acera al verla venir con Roco.

Esa noche su padre bajó a cenar duchado, con una camiseta limpia y el pelo peinado hacia atrás. Roco salió de debajo de la mesa, le olió las zapatillas y movió la cola. Vicente le tiró un trozo de queso y el perro lo cogió al vuelo.

—Pobre hombre —dijo su padre, sin que ella le preguntara—. El Fuster. Lo que dice la gente.

—¿Qué dice la gente?

—Tonterías. —Partió el pan—. No hagas caso.

Tenía los arañazos del antebrazo cubiertos con dos tiritas de las del botiquín del baño, puestas en diagonal. Ana se ofreció a mirárselos. Él dijo que no hacía falta, que ya estaba bien, que no era nada.

Después de cenar, Ana se encerró en el baño de arriba.

Encendió la luz del espejo. Se remangó las dos mangas hasta el hombro y se miró los brazos, primero por fuera, luego por dentro, girándolos bajo la bombilla. La piel de siempre. Unas pecas. La línea blanca del limonero de agosto. Nada más.

Se miró el cuello en el espejo, de un lado y del otro. La cara. Detrás de las orejas.

Luego se miró las uñas.

Las diez, una por una, contra la luz, como las miraba el forense en las series que veía su exmarido. Cortas, al ras, las de siempre. Limpias. Se pasó la punta de un palillo por debajo de cada una y miró el palillo. Nada.

Se quedó un rato con las manos abiertas bajo la bombilla, mirándolas. Pensó que nunca había hecho nada tan ridículo, y que no podía dejar de hacerlo.

Volvió al cuarto y abrió la libreta.

21/09. 07:35. Patio. Estímulo: Vicente, podando el limonero (niega el taller; dice que no ha salido de casa).

Señales: se clava a 3 m, piloerección nuca-cola, cola horizontal rígida, mirada fija a su cara sin parpadeo, gruñido sostenido, colmillos.

No reacciona al brazo levantado con las tijeras: no se encoge, no busca salida.

Tarda 9 min en tumbarse, 18 en soltar la mirada.

Por la noche, tras ducha: 0, coge el queso. Intensidad: 5.

Debajo, más pequeño:

Arañazos del limonero en su mano y antebrazo izquierdos.

Se quedó un momento con el bolígrafo levantado. Hojeó hacia atrás. El treinta y uno. El dos. El cinco. El doce. Ahora el veintiuno. Cinco picos, y solo uno con el taller reconocido.

Pasó a la línea siguiente y escribió, sin formato de entrada, con la letra torcida:

Ricard. Descampado. Madrugada del 20 al 21.

Lo miró mucho rato. No sabía por qué lo había escrito ahí, en la libreta del perro, entre las entradas de su padre. Pensó en tacharlo y no lo tachó.

Roco se había subido a la cama, cosa que casi nunca hacía, y se había hecho una bola a los pies, sobre la colcha. Ana apagó la luz y se tumbó a su lado, en camiseta, descalza. Metió los pies debajo del cuerpo caliente del perro.

A las tres se despertó y comprobó que seguía descalza. Volvió a dormirse contando las respiraciones de Roco.