El rastro del lentisco Capítulo 13. Marta
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Capítulo 13. Marta

Ana lo oyó desde muy lejos, como se oyen las cosas cuando por fin has conseguido dormir. Tardó dos vibraciones en saber dónde estaba y otra en encontrar el aparato sobre la mesita.

Núria .

Se incorporó de golpe. Hacía cuatro meses que nadie del hospital la llamaba. Escribían en el grupo, le mandaban algún mensaje suelto los primeros días, un corazón, una foto de un gato de la sala de espera. Llamar, no llamaba nadie.

—¿Núria?

Al otro lado se oía un motor al ralentí y una respiración que no conseguía llenarse.

—Perdona. —La voz le salía aplastada, como desde dentro de una caja—. Perdona que te llame a estas horas. No sabía a quién.

—No pasa nada. ¿Qué ha pasado?

—Nada. No ha pasado nada. —Una inspiración rota—. Estoy en el coche. En el parking.

Ana se levantó de la cama. Roco levantó la cabeza bajo la ventana.

Núria había llegado al hospital veterinario en septiembre del año anterior, recién salida de la facultad, con la bata planchada y un cuaderno donde apuntaba todo.

Ana le había enseñado a coger vías en gatos deshidratados, a dar una mala noticia sin mirar al suelo y a no llorar delante del dueño, que ya luego, en el office, si hacía falta.

Tenía veinticinco años. Se reía tapándose la boca porque le daba vergüenza un diente torcido.

—¿Has salido ahora?

—Hace una hora. Se me ha alargado el turno. —Silencio—. Tres eutanasias. Una de un cachorro de cuatro meses. Si lo hubieran traído dos días antes... Y un señor que me ha dicho delante de toda la sala de espera que soy una asesina a sueldo.

—Núria.

—Ya lo sé. Ya lo sé que no es verdad. —Se le quebró la voz—. Me lo sé todo, Ana. Me sé todo lo que me vas a decir.

Ana se sentó en el suelo, con la espalda contra la cama. Roco se levantó, cruzó el cuarto y se tumbó pegado a su pierna.

—No te voy a decir nada. Cuéntame dónde estás exactamente.

—En el coche. En la planta menos uno.

—Vale.

—Antes de bajar he pasado por delante del armario. —Una pausa muy larga—. El de las eutanasias. Estaba abierto, porque la de la noche no lo había cerrado. Me he quedado delante. No sé cuánto rato.

Ana cerró los ojos.

—Pero has bajado.

—He bajado.

—Has bajado y me has llamado. —Le salió más firme de lo que se sentía—. Eso es lo que has hecho. Escúchame bien: eso es lo que has hecho esta noche.

Núria lloraba. Ana la oía llorar con la boca cerrada, como se llora en el office para que no te oigan desde la sala.

Sujetando el móvil con una mano, con la otra abrió el grupo de las compañeras. Buscó quién estaba de guardia esa noche. Montse. Le escribió sin soltar la llamada, con el pulgar, torciendo las letras.

Baja al parking, planta -1. Núria está en su coche. No la dejes sola. Estoy al teléfono con ella.

Lo envió. Los dos tics se pusieron grises. Luego azules.

—¿Sigues ahí? —preguntó Núria.

—Aquí estoy. No me voy a ninguna parte.

—No quiero que venga nadie.

—Ya lo sé.

—No quiero que se entere nadie del hospital.

—Núria, ¿tienes la llave puesta?

—Sí.

—Apágalo. El motor. Hazme ese favor.

Un chasquido. El ruido de fondo desapareció y quedó solo la respiración, más cerca.

—¿Ya?

—Ya.

—Gracias. —Ana se pasó la mano por la cara—. Ahora cuéntame lo del cachorro. Desde el principio.

Se lo contó. Ana no la interrumpió.

Un bulldog francés de cuatro meses que se había tragado un trozo de juguete y llevaba dos días vomitando en casa.

Había llegado en shock, con el intestino perforado y el abdomen lleno de líquido.

Peritonitis. Una cirugía larga, con pocas posibilidades de que saliera de ella.

Una familia joven que había hecho números en el mostrador con el móvil, la cara del padre cuando entendió que, aunque pudieran pagarlo, el perro probablemente no iba a salir, la madre que no quería entrar al consultorio y entró.

Núria lo contaba en orden, con los datos exactos, con los miligramos y la hora, como se presenta un caso en la sesión de los lunes. Ana conocía esa manera de contar. Era la única manera de contar lo que no se puede contar.

Apareció un mensaje de Montse. Bajando.

—El señor de la sala de espera tenía razón en una cosa —dijo Núria—. Hoy he matado a un perro que, dos días antes, se habría salvado.

—Dos días antes no lo trajo nadie. —Ana lo dijo despacio—. Con el intestino perforado y en shock, no salía de esa mesa. Hoy has hecho lo único que se podía hacer para que no sufriera.

—Me lo dirías aunque no fuera verdad.

—No. —Ana apretó los dedos en el pelo de Roco—. A ti no.

Silencio. Luego, muy bajito:

—Yo pensaba que se me iba a pasar. Que es el primer año, que es normal. Todo el mundo dice que es normal.

—Es frecuente. Normal, no.

—Tú llevabas diez años y mira.

Ana no contestó. Roco le apoyó el hocico en la rodilla.

—Como Marta —dijo Núria.

El nombre cayó en la habitación. Ana abrió la boca y no le salió nada. Se quedó mirando la persiana, la rendija de la farola de la calle, el techo. Oía su propio pulso en la oreja pegada al móvil.

—Ana.

—Estoy aquí.

Al otro lado sonaron unos golpes en un cristal. Una voz amortiguada. La puerta del coche.

—Es Montse —dijo Núria, y lo dijo como una niña a la que han pillado—. ¿La has llamado tú?

—Sí.

—Te había dicho que no.

—Ya lo sé.

Hubo un ruido de tela, de alguien que se agacha, de alguien que abraza a alguien en un asiento de coche. Luego la voz de Montse, cerca del teléfono, gastada de guardia.

—Ana, soy yo. Ya estoy con ella.

—No la dejes sola esta noche.

—Me la subo al office. Salgo a las nueve y me la llevo a casa. Hoy duerme conmigo.

—Y cuando os levantéis, llamas al 024. O a tu médica. Si en algún momento de la noche se pone peor, a urgencias, las dos juntas. Núria, ¿me oyes?

—Te oigo.

—Promételo.

—Te lo prometo.

—Y el lunes no vas a trabajar.

—El lunes no tengo guardia.

—El lunes no vas a trabajar —repitió Ana.

Una risa corta, mojada.

—Vale.

Montse volvió al teléfono.

—Gracias, Ana. De verdad. —Una pausa—. ¿Tú cómo estás?

—Bien.

—Ya.

—Mañana te escribo.

Colgó.

Se quedó sentada en el suelo con el móvil en la mano y la pantalla encendida sobre el muslo. 03:41. Treinta y tres minutos.

Le temblaban las piernas. Las estiró sobre las baldosas y dejó que temblaran.

Roco se había quedado donde estaba, con la cabeza sobre su rodilla.

Cuando Ana dejó caer el móvil al suelo, él levantó la cabeza, le olió la cara y le pasó la lengua una vez por la mejilla, por donde le bajaba algo que no se había dado cuenta de que le bajaba.

Luego se tumbó de lado contra sus piernas, entero, con el lomo pegado a sus tobillos, y suspiró.

Ana le puso la mano en las costillas y se quedó así.

Como Marta.

Hacía siete meses que nadie decía ese nombre delante de ella.

Marta había entrado en urgencias el mismo año que Ana.

Tenían la misma edad y turnos cruzados, y durante mucho tiempo fueron las dos que se quedaban cuando todo el mundo se había ido.

Marta era alta, desgarbada, con el pelo recogido en un moño que se sujetaba con un bolígrafo, y cantaba.

Cantaba en el office mientras calentaba el táper, cantaba en el pasillo, cantaba con la mascarilla puesta mientras suturaba, siempre canciones de hacía treinta años que se sabía enteras y que nadie más conocía.

A los perros asustados les cantaba bajito, pegada a la oreja, y los perros se callaban.

Ana lo había visto funcionar con un rottweiler que no dejaba acercarse a nadie.

La última vez que hablaron fue en el vestuario, en febrero, un martes. Marta se estaba quitando el pijama y dijo que estaba cansada. Ana dijo que ella también. Se rieron las dos, porque lo decían todos los días. Ana se fue a casa.

El jueves no vino.

Se lo dijo el jefe de servicio a primera hora, en el pasillo, con las manos en los bolsillos de la bata y la voz muy baja, y lo dijo una sola vez.

Que había sido en su casa. Que había sido con el pentobarbital del armario.

Que había que revisar el control de estupefacientes. Que la familia pedía discreción.

Y la hubo. Al día siguiente, el cuadrante de guardias ya estaba rehecho, sin su nombre.

A la semana, alguien vació su taquilla. En el grupo nadie escribió nada, y luego todos siguieron escribiendo de otras cosas: un turno que cambiar, una foto de una tarta, un audio de alguien que no encontraba las llaves del coche.

Nadie volvió a nombrarla. Ana tampoco. Una noche, sin saber muy bien por qué, entró en el chat de Marta, que tenía fijado arriba desde que se escribían todos los días, y le quitó el sonido.

Y siguió ahí, silenciado, sin borrarlo, desde entonces.

En las semanas siguientes circularon artículos. Alguien los colgaba en el tablón del office y alguien los quitaba. Ana los leía a escondidas cuando se quedaba sola, de pie frente al corcho, con los dedos fríos.

En Estados Unidos las veterinarias se quitaban la vida más del doble que el resto de las mujeres, y los hombres, más de una vez y media.

En el Reino Unido, cuatro veces. Una encuesta del año anterior decía que uno de cada diez veterinarios españoles había pensado en matarse por culpa del trabajo en los últimos doce meses, y otra, que casi un tercio había estado de baja por salud mental. Muertos no había ninguna cifra.

En España no se cuentan los suicidios por profesión. Los de su gremio se morían sin que nadie los sumara.

Todos los artículos repetían las mismas razones: las horas, el dinero, la exigencia de los dueños.

Pero había una línea en la que Ana detenía el dedo: era un oficio hecho de decisiones feas, de tener que decidir cuándo se acababa una vida que ya solo sufría, cargando con el peso de la eutanasia diaria y teniendo el método letal en el cajón, al alcance de la mano, sabiendo exactamente cómo usarlo porque lo hacían cada día.

Tres meses después fue lo de mayo.

Ana no lo pensó entero, como no lo pensaba nunca. La sala de tratamiento, la mesa, la jeringa vacía. Después la mandaron a casa en taxi con el pijama del hospital puesto, porque nadie se acordó de decirle que se cambiara, y ella no se acordó de nada.

Encontró el frasco cuatro días más tarde. Había dejado el pijama en una silla del dormitorio y un sábado lo cogió para llevarlo a lavar. Pesaba de un lado. Metió la mano en el bolsillo y ahí estaba, frío, con la etiqueta que se sabía de memoria y la mitad del líquido.

Se sentó en el suelo del dormitorio con el frasco en la mano, como estaba ahora en el suelo de su cuarto de niña, y pensó en devolverlo.

Tenía que devolverlo. Había un libro de estupefacientes, había un armario, había un procedimiento, y ella se lo sabía mejor que nadie.

Llamaría el lunes. Diría que se lo había llevado sin darse cuenta.

Luego pensó en Marta.

En Marta en su casa, un martes o un miércoles de febrero, sola, sabiendo exactamente qué hacer, porque lo hacían cada día con otros. En que nadie había vuelto a decir su nombre.

No devolvió el frasco. No llamó el lunes. Alguien apuntó « Roto » en el libro y nadie lo comprobó. Ella lo supo más tarde y no dijo nada. Se lo quedó, y a las cuatro de la madrugada, en el suelo de su cocina, le puso el nombre de póliza de seguros.

Ana levantó la vista hacia el armario.

Estaba cerrado. Detrás de la puerta de madera, en el fondo, debajo de las dos mantas de lana que olían a alcanfor, estaba el maletín de cuero oscuro, y en su hueco acolchado el frasco, con el líquido asentado en la misma línea desde hacía cuatro meses.

Esa noche, a cien kilómetros de allí, una chica de veinticinco años había estado delante de un armario abierto.

Ana cogió el móvil del suelo. Abrió la lista de chats.

Tercero por arriba, con el altavoz tachado. Marta.

El dedo se quedó encima.

Había mensajes ahí dentro. Sabía que los había.

Los de los últimos días de febrero, los de antes, las fotos de perros que se mandaban de un turno a otro, los audios cantando a las seis de la mañana.

Y quizá, al final, algo que Ana no había leído a tiempo, o que había leído sin entenderlo.

No lo sabía. Nunca se había atrevido a mirar.

Se imaginó abriéndolo. Leyendo. A las cuatro menos cuarto de la madrugada, en el suelo, con las piernas todavía temblando de otra llamada, con el maletín a dos metros.

Bloqueó la pantalla y dejó el móvil boca abajo en las baldosas.

Esa noche no. Quizá otro día, con luz, con alguien cerca. Quizá nunca. Lo que hubiera ahí dentro llevaba siete meses esperando y podía esperar más, y ella tenía que llegar entera a la mañana.

Roco se había dormido contra sus piernas.

Respiraba despacio, con un silbido pequeño al final de cada respiración, igual que su padre al otro lado del pasillo.

Ana le recorrió el lomo con la mano, desde la nuca hasta la grupa, y notó los perdigones uno detrás de otro, los ocho, duros y pequeños bajo la piel.

Pensó en Núria tumbada en el sofá del office, con Montse asomándose a verla entre urgencia y urgencia. En el 024 apuntado en algún sitio. En el lunes sin trabajar.

Esa noche había hecho por alguien lo que nadie había hecho por Marta, y lo que nadie, en cuatro meses, había hecho por ella. Lo había hecho sin pensar, con el pulgar y la voz, como se coge una vía a un gato deshidratado.

A las cinco se tumbó en la cama, vestida con la camiseta de dormir, y dejó la lámpara encendida.

No abrió el armario.

Roco se quedó en el suelo, al pie de la cama, entre ella y la puerta de madera.