Capítulo 12. El cebo #2
Él estaba de pie junto a la valla, con el hocico hacia el sendero. Cuando Ana lo soltó, tiró hacia el sitio donde había estado la carne, como hacen todos los perros con lo que les han quitado. Ella lo dejó llegar.
Olfateó la tierra. El trozo mojado, donde había estado el solomillo. Luego un poco más allá, hacia el borde del sendero. Siguió con la nariz pegada al suelo dos pasos. Tres.
Se agachó de golpe.
Se le fueron las orejas hacia atrás, pegadas al cráneo.
La cola se le metió entre las patas hasta tocarle la tripa.
Encogió el cuerpo, bajó el vientre casi a la tierra y reculó hacia Ana sin darse la vuelta, sin levantar la cabeza, hasta meterse entre sus piernas.
Allí se quedó, temblando contra sus gemelos y con el blanco de los ojos asomando por los bordes.
Ana miró la tierra donde había estado olfateando.
En el polvo del borde del sendero había huellas. Grandes. Una suela ancha, con tacos gruesos, de las de caminar por el monte. Varias, unas encima de otras, que venían desde la carretera y volvían hacia ella.
Ana se agachó y le puso la mano en el pecho. El corazón le iba disparado. No gruñía. No miraba nada fijo. Solo quería desaparecer entre sus piernas.
No necesitaba abrir la libreta para saberlo. Lo había escrito hacía ocho días con la misma letra. Botas de campo. Pólvora. Un hombre de casi dos metros llenando la puerta del consultorio con una perra en brazos, y su perro rascando la puerta del cuartito para meterse debajo del fregadero.
El jueves era día de caza.
Volvió al consultorio sin soltarle la correa, a paso rápido. Subió la persiana a las ocho y diez, encendió el fluorescente y abrió el armario con la llave pequeña.
La atropina estaba donde siempre, con las ampollas de urgencia.
Pesó a Roco en la báscula del suelo: diecinueve kilos y medio.
Hizo la cuenta de cabeza, la volvió a hacer en un papel y cargó la jeringa.
Le pegó un trozo de esparadrapo con la dosis escrita y la dejó sobre la mesa, al lado de una vía, un catéter del veintidós y una bolsa de suero.
Luego se sentó en el suelo con la espalda contra la pared y el perro al lado, y se puso a mirarlo.
Contó respiraciones. Le levantó el belfo cada diez minutos y miró las encías. Le miró las pupilas contra la luz del fluorescente. Le pasó la mano por la mandíbula buscando baba. Le tocó los músculos de los muslos buscando temblor.
Roco se dejó hacer las primeras veces. Luego empezó a apartar la cabeza con un suspiro, como hacía con las revisiones de Barcelona, y a la media hora se durmió con el hocico en su muslo.
A las nueve y diez no había pasado nada. A las nueve y media, tampoco.
Ana descargó la jeringa en el fregadero. Solo entonces notó que tenía la espalda empapada de sudor.
Sacó la tarjeta del inspector de la funda del móvil. La tenía ahí desde el día de la declaración. Marcó.
Contestó al cuarto tono.
—Mendoza.
—Soy Ana Ribera.
Una pausa corta.
—Dígame.
Se lo contó en orden, deprisa, como un caso. El descampado, el solomillo, el polvo, el «¡Deja!». Las huellas. Lo que decía Ricard Fuster en el bar del puerto. Cómo había reaccionado Roco al oler el suelo, igual que el día que Ricard entró en el consultorio.
Al otro lado se oía un teclado, y luego dejó de oírse.
—¿Está bien el perro?
—Está bien.
—¿Y usted?
—También.
—¿Vio a Fuster poner la carne?
—No.
—¿Alguien lo vio?
—Mi perro lo olió.
Otra pausa, más larga.
—Señora Ribera, yo llevo un homicidio. Un cebo envenenado es otra cosa. Eso es de los Agents Rurals. Tienen un protocolo para esto, recogen la muestra, la mandan a analizar, abren expediente. Llame al 112 y pida que le pasen con ellos. No la toque más.
—Ya la he tocado. Con guantes. Está en una bolsa.
—Pues déjela en la bolsa y llámelos.
—Ese hombre va diciendo por los bares que ya aprenderé lo que es perder un perro.
—Cuénteselo a ellos también. —El teclado volvió a sonar—. Y no se acerque a él.
Colgó sin despedirse. Ana se quedó con el móvil en la mano, mirándolo.
Llamó al 112. Le pasaron con los Agents Rurals.
Vinieron a las doce, dos, en un todoterreno verde con el escudo en la puerta: una mujer de unos cincuenta años con el pelo corto y un chico joven que llevaba una nevera de plástico.
La mujer se puso unos guantes, introdujo la bolsa de Ana dentro de una bolsa propia, miró el solomillo sin sacarlo y lo cerró todo con un precinto numerado.
El chico rellenó un formulario apoyado en la mesa de acero.
—¿Dónde exactamente?
Ana se lo explicó. El chico lo dibujó en un croquis.
—¿Sospecha de alguien?
Ana tardó en contestar.
—Hay un hombre que me culpa de la muerte de su perra. Es cazador.
La mujer la miró por encima de los guantes.
—Nombre.
Ana se lo dijo. El chico lo apuntó sin levantar la vista.
—Los resultados tardan —dijo la mujer mientras cerraba la nevera—. Varias semanas. Si es lo que parece, no le dé más vueltas. Cambie los paseos, lleve al perro atado en sitios abiertos, y si ve otro, no lo toque. Nos llama a nosotros.
—¿Y lo del hombre?
—Sin algo más, no podemos hacer mucho. —Se quitó los guantes—. Pero queda en el expediente.
Se fueron con la nevera. El todoterreno verde dio la vuelta en la calle del Mar y Ana lo vio perderse hacia la carretera.
Mientras recogía la mesa, pensó en el polvo. En quién guardaba cosas así, que ya no se venden en ninguna ferretería. En algún almacén con la puerta abierta. Pensó en lo que Maruja había dicho sin darle importancia, entre la bola de pelo y el transportín.
La cooperativa.
Se lo contó a su padre en la cena. El descampado, el cebo, el «¡Deja!». Los Agents Rurals. Lo que andaba diciendo Ricard Fuster por el bar del puerto. Y que si le pasaba algo a Roco, se moría. No le dijo que había llamado al inspector.
Vicente dejó el tenedor en el plato. La vio alterada.
—¿El Fuster?
—Roco olió el sitio y se escondió detrás de mí. Como el día que ese hombre vino al consultorio.
Su padre no dijo nada. Se miró las manos sobre el mantel y empezó a frotarse los nudillos de la derecha con el pulgar de la izquierda, uno a uno, despacio, como hacía cuando el tiempo iba a cambiar.
—No vayas más por ahí —dijo al fin—. Por el polideportivo.
—Ya lo sé, papá.
—Ni por ahí ni por ningún sitio donde no haya gente.
Siguió frotándose los nudillos. Bajo la mesa, Roco dormía con la cabeza sobre su zapatilla.
Antes de subir, Ana descolgó la bolsa de tela del gancho del recibidor y metió en el bolsillo interior, junto a los guantes, una bolsita de premios secos de las que había en el consultorio para los clientes.
Esa mañana su perro había hecho lo más difícil que sabía hacer, y ella solo había tenido las manos para pagárselo.
Esa noche, en su cuarto, Ana abrió la libreta.
18/09. 07:40. Descampado del polideportivo.
Cebo: solomillo con polvo blanco granulado sin teñir.
Lo coge. «¡Deja!»: lo suelta al instante y se sienta mirándome.
No traga. Lavado de boca. Observación en consultorio 90 min, atropina cargada: sin signos.
Estímulo: rastro en el suelo junto al cebo (huellas de botas de monte).
Señales posteriores: se agacha al olerlo, orejas pegadas, cola entre las patas, recula sin girarse y se mete entre mis piernas.
Tiembla, esclerótica visible. Sin gruñido, sin mirada fija. Evitación pasiva. Intensidad: 3.
Debajo escribió:
Miedo antiguo. El mismo del 10/09. Botas, pólvora. Ricard.
Lo miró un rato. Luego añadió, en letra más pequeña, al margen, junto al «¡Deja!»:
Dos años. Ha servido.
Roco estaba tumbado bajo la ventana, con las patas estiradas y los ojos entornados. Cuando Ana cerró la libreta, levantó la cabeza y movió la cola dos veces contra las baldosas.