Capítulo 12. El cebo
Maruja llegó el miércoles a las diez y media con el transportín azul y el gato atigrado dentro, mirando por la rejilla con cara de ofendido.
—Otra vez la bola de pelo —dijo, y lo dejó sobre la mesa de acero sin que Ana se lo pidiera.
Ana abrió la rejilla. El gato no salió. Metió la mano, lo sacó por el pellejo del cuello y lo sostuvo contra el pecho mientras le palpaba la tripa. Blanda, sin dolor. Le miró las encías, le miró los oídos. Estaba perfectamente.
—No tiene nada, Maruja. Lo de siempre: se traga su propio pelo al limpiarse.
A palpación no le noto ninguna bola. —Ana dejó al gato sobre la mesa y se quitó los guantes—.
Seguir con la malta, pero más cepillo en casa.
Y asegúrate de que no tenga vómitos y siga haciendo cacas. Si no es así, me dices.
—Lo que tú digas, hija.
Maruja no hizo ademán de coger el gato. Se quedó con las dos manos apoyadas en el asa del bolso, mirando hacia la puerta de la calle. Ana conocía ya esa postura. Era la de alguien que ha venido a otra cosa.
—¿Te has enterado de lo de la perrita de Ricard?
Ana dejó el gato en el transportín.
—No.
—Se le murió ayer. Por la tarde. —Maruja bajó la voz, aunque en el consultorio no había nadie más que Roco, tumbado en su rincón detrás de la mesa—.
Me lo ha dicho la del estanco, que vive dos puertas más abajo.
Dice que la tuvo tres días tirada en el patio sin comer, vomitando, y que él no se movió de su lado.
Que la oía llorar desde la cocina. A la perra, digo.
Ana cerró la rejilla del transportín. Le costó encajar el pestillo.
—Lo siento —dijo.
—Y va diciendo cosas, Ana. —Maruja se acercó un paso—.
Te lo digo porque alguien te lo tiene que decir.
Anoche estuvo en el bar del puerto hasta las tantas, y le dijo a todo el que quiso oírle que la perra estaba bien hasta que tú la pinchaste.
Que te la llevó para una tontería y que tú se la mataste con la aguja.
Y que ya aprenderías tú lo que es perder un perro.
El fluorescente parpadeó sobre la mesa. Ana lo oyó zumbar y notó el eco sordo de ese latido extraño en los pómulos, la misma tensión seca que se encontraba al despertar con las zapatillas atadas.
—No le hagas caso —siguió Maruja—. Aquí todo el mundo sabe cómo es.
Cuando no está en el bar, está en el almacén de la cooperativa cargando sacos de abono, y cuando no, está en el monte pegando tiros.
Esa perra era lo único que tenía. Ahora que no la tiene, le echará la culpa a quien sea. Hoy eres tú.
—Ya.
—Mañana será otro.
Maruja pagó la consulta, cogió el transportín y se fue. La campanilla de la puerta sonó a su espalda.
Ana se quedó de pie junto a la mesa, con las manos apoyadas en el acero mientras los dedos le temblaban apenas un instante antes de cerrarse en puños.
Se la mataste con la aguja.
Conocía esa frase. La había oído muchas veces y de muchas maneras, en el mostrador del hospital veterinario, en el teléfono a las tres de la madrugada, en las reseñas de internet que la dirección le reenviaba los lunes con un «tenemos que hablarlo».
Una mujer que le dijo que era una carnicera.
Un hombre que le tiró la factura a la cara porque su gato había muerto igual y él había pagado.
Una chica joven, muy educada, que le preguntó llorando si no podía haber hecho algo más, y se lo preguntó tres veces, hasta que Ana dejó de saber qué contestar.
Diez años así. Los dueños llegaban con el animal ya roto, después de semanas de mirar para otro lado, y necesitaban que alguien tuviera la culpa.
Ella estaba allí, con la bata y la aguja en la mano, y era el blanco más fácil.
Lo había entendido pronto y lo había perdonado casi siempre.
Luego, un día, dejó de poder perdonarlo, y al poco dejó de poder levantarse.
Era injusto.
Cuando la culpa es tuya, por mucho que cueste reconocerla o pedir perdón, la mente encuentra la manera de digerirla. Aquello era diferente, como un daño que se te acumula en el cuerpo sin poder eliminarlo ni huir de él.
Y eso era lo que la había quemado.
Había soportado las guardias interminables, el insomnio de las madrugadas en vela y los animales que se morían en la mesa.
Hacer bien su oficio y convertirse en el blanco del odio ajeno, eso no.
Por eso había acabado de baja, con un dictamen de la mutua guardado en el fondo de un cajón y la necesidad imperiosa de refugiarse en la casa de su padre.
Y apenas tres semanas después, ya estaba otra vez en el mismo punto.
Miró la persiana verde por la ventana. Pensó en bajarla ahora, a las once menos cuarto.
En dejar las dos llaves en el buzón del ayuntamiento con una nota para Arturo, que no hacía falta ni firmar.
En volver a casa, subir a su cuarto, correr la persiana y no salir en una semana.
Ya lo había hecho antes. Sabía cómo se hacía. Se hacía muy fácil.
Detrás de la mesa, Roco levantó la cabeza. La miró. Bostezó, con un chirrido al final, y volvió a apoyar la cabeza en las patas.
La campanilla sonó otra vez. Una mujer joven, con acento francés, traía un cachorro de labrador en brazos y una cartilla de vacunas en la mano.
Ana se lavó las manos y fue a por la vacuna.
No bajó la persiana antes de hora. Ni ese día ni el siguiente.
El jueves a las once estaba poniéndole un collar isabelino a un gato recién castrado cuando el móvil vibró sobre la encimera. Dra. Villaret — jueves 11:00 .
Lo miró desde lejos, con el gato sujeto contra la mesa. El mensaje a la consulta seguía donde lo había dejado el domingo, escrito y sin enviar.
Cerró el velcro del collar. Cuando volvió a mirar, la pantalla se había apagado.
El viernes salió de casa a las siete y media con Roco, una bolsa de tela al hombro y la cabeza todavía espesa de una noche corta.
Llevaba toda la semana cambiando las rutas. La calle Major no la pisaba desde agosto, y el paseo marítimo lo dejaba para las tardes.
Aquella mañana bajó hacia el polideportivo porque era el único sitio del pueblo donde a esa hora no había nadie: un descampado grande detrás de las pistas, de tierra suelta y matorrales secos, con un contenedor de obra que llevaba allí desde antes de que ella llegara y un sendero que lo cruzaba en diagonal hasta la carretera.
Allí se atrevía a soltarlo.
Le quitó el mosquetón del collar y Roco salió disparado.
Corría como corren los podencos cuando nadie los para, bajo, estirado, con las orejas planas por el aire y la cola como un timón.
Dio una vuelta entera al descampado sin tocar apenas el suelo, levantando polvo en las curvas, y volvió hacia ella con la lengua fuera.
Luego se fue a leer los matorrales, despacio, uno a uno.
Ana lo miraba desde el sendero. Esos cinco minutos del día eran los únicos en que lo veía hacer lo que había nacido para hacer. En Barcelona no había podido soltarlo nunca.
Roco se paró en medio del sendero, a unos veinte metros por delante.
Bajó la cabeza.
Ana vio el trozo rojo en la tierra en el mismo momento en que el perro lo cogía con los dientes.
—¡Deja!
Le salió de un sitio que no sabía que tenía, más alto y más seco que nunca.
Roco se quedó quieto. Tenía la carne en la boca, a medio levantar, y los ojos vueltos hacia ella.
Medio segundo.
Abrió la boca. El trozo cayó a la tierra.
Se sentó.
Se quedó sentado junto a la carne, sin mirarla, mirándola a ella, con las orejas hacia delante y todo el cuerpo esperando, como en el patio con el pan, como en la cocina de Barcelona tantas tardes.
Ana corrió hasta él. Lo cogió del collar, le apoyó la otra mano en el pecho y lo apartó un metro del sendero. Le abrió la boca con los dedos. Las encías, la lengua, la parte de dentro de los carrillos. Nada pegado. No había tragado nada.
—Muy bien —dijo, y le tembló la voz—. Muy bien. Muy bien, guapo.
No llevaba queso. Le dio lo único que tenía: le rodeó el cuello con las dos manos y le apretó la cara contra la suya. Roco le lamió la oreja.
Cuatro meses le había costado que se parase medio segundo.
Un año entero para que se sentara y la mirara a ella.
Dos años de trozos de salchicha en el suelo de una cocina, repitiendo una orden hasta aburrirse, pensando a veces que para qué servía todo aquello, que ese animal jamás iba a necesitarlo.
Ató el mosquetón al collar y lo enganchó a la valla de las pistas, a dos metros. Sacó de la bolsa la botella de agua y le lavó la boca, echándole el agua por un lado y dejando que le saliera por el otro. Roco se dejó, resoplando.
Luego sacó un par de guantes de los que llevaba siempre en el bolsillo interior de la bolsa, por costumbre, y una de las bolsas de las cacas, y se agachó junto a la carne.
Era un trozo de solomillo del tamaño de su puño, cortado a cuchillo en un bloque limpio, casi cuadrado. Carne de primera, de la que nadie tira. Encima, pegado a la superficie húmeda, había un polvo blanquecino y granulado, como sal gruesa molida a medias.
Lo miró de cerca sin tocarlo. No era el cebo de ferretería.
Ella sabía cómo eran: bloques de parafina o grano, teñidos de azul o de verde para que se vean, para que ningún niño los confunda con otra cosa.
Aquello no estaba teñido. Estaba espolvoreado a mano sobre una carne elegida para que un perro no pudiera resistirse, y colocado en el centro exacto del sendero.
En el campo, alrededor de los cotos, envenenaban así desde siempre.
A los zorros, a las rapaces, a los perros sueltos.
Ella había visto dos en la facultad, en prácticas, y uno en Barcelona, un galgo de una protectora que llegó convulsionando.
Casi siempre era un insecticida de los que se usan en el campo, de los que tumban en media hora.
Salivación, temblores, las pupilas como cabezas de alfiler.
Después, si no se llegaba a tiempo, el corazón.
Metió el solomillo en la bolsa con los guantes, le dio la vuelta a la bolsa sobre la mano y la cerró con un nudo.
Fue a por Roco.