Capítulo 11. Fragmento I #2
Vino hacia ella con la cola a media altura. Le olió las rodillas, las manos, y cuando Ana se agachó, la cara. Movió la cola. Le metió el hocico debajo de la barbilla, como hacía siempre, y empujó.
Ana se quedó de rodillas en el pasillo con el perro contra el cuello y los ojos cerrados. Olía a perro de por la mañana, a sábana, a pelo tibio. Le temblaba algo dentro del pecho y no lo dejó salir.
Una ducha y una muda.
Lo mismo que con su padre. El olor viajaba en la ropa y en la piel y se iba con el agua, y en cuanto se iba, Roco volvía a ser Roco. Eso le daba algo de alivio. Explicaba la mañana sin tener que explicar la noche.
La noche seguía allí, en las cuatro horas y media, entera, sin nadie dentro.
Su padre bajó a las ocho y media, duchado, con el pelo mojado peinado hacia atrás y una camiseta limpia. Olía a La Toja. Roco salió de debajo de la mesa y le olió las zapatillas, y cuando Vicente se agachó con un crujido a rascarle detrás de la oreja, el perro se apoyó en su pierna.
—Buenos días, chaval. Hoy sí, ¿eh?
Puso la cafetera. Ana, sentada a la mesa, lo miraba moverse por la cocina.
—Papá. ¿Me oíste anoche?
Vicente se volvió con la lata del café en la mano.
—¿Oírte cuándo?
—De madrugada. Creo que me levanté.
—Yo dormí como un tronco. —Dejó la lata en la encimera—. Ni me enteré de nada. ¿Te encuentras mal?
—No he dormido bien.
—Eso es por el bruto ese. —Encendió el fuego—. Te ha tenido todo el día dándole vueltas. Ya te dije que no se merece que le hagas caso.
Ana asintió. Se llevó la mano a la mejilla sin pensar y la apartó.
Su padre sirvió dos tazas y se sentó enfrente. Partió una magdalena por la mitad y le tiró un trozo a Roco, que lo cogió al vuelo y se lo tragó sin masticar.
Salió con Roco a las diez, cuando el sol todavía dejaba sombra en las aceras de la izquierda.
Evitaron la calle Major. Hacía tres semanas que no la subían.
Tomaron la calle del Mar hacia abajo, pasaron por delante de la persiana verde del consultorio, cerrada, y siguieron hasta el paseo marítimo, que un domingo de septiembre a esa hora era de los jubilados, de los que corrían y de los perros del pueblo.
Roco iba delante con la correa floja y la trufa pegada al bordillo.
Se paraba en cada farola, en cada papelera, en cada esquina donde otro perro hubiera dejado su firma durante la noche, y leía despacio, con la cabeza ladeada, como quien lee el periódico.
Movía la cola a los perros que conocía. A un hombre mayor con botas de goma que remendaba una red sentado en un cajón, junto al puerto, le dio un rodeo amplio, con las orejas un poco atrás, sin pararse. Ana lo dejó hacer.
Se sentaron en el muro del paseo, al final, donde acaban los bloques y empiezan las rocas. Ana con las piernas colgando hacia la arena, Roco en el suelo, a sus pies, jadeando tranquilo.
Allí pudo pensarlo despacio.
Llevaba tres meses cargando con un hueco, uno solo, y con eso había aprendido a vivir más o menos.
Una sala de tratamiento. Un pastor alemán sobre la mesa.
Una jeringa vacía en su mano, y entre el hombre que la zarandeaba y el suelo, unos minutos perdidos en el olvido.
Había pensado muchas veces que aquello había sido una sola vez, una avería, una noche en que se juntó todo.
Que el cuerpo se le había roto en un sitio concreto y que, lejos de aquel sitio, no tenía por qué volver a romperse.
Ahora tenía dos huecos. Y el segundo no había pasado en un hospital veterinario después de setenta horas de guardia. Había pasado en la cama de su infancia, en un sábado sin trabajo, con su padre durmiendo al otro lado del pasillo.
Pensó en la escalera de la Baixada. En los dos minutos que, según la cámara, había entre la silueta perdiéndose hacia el muelle y el momento en que ella se asomó al pretil, y que su memoria no sabía medir.
Llevaba semanas diciéndose que eso había sido el miedo, que cualquiera se queda en blanco con algo así delante.
Esa mañana, sentada en el muro, ya no sabía qué era cada cosa.
Intentaba convencerse de que Ricard le daba igual, y el inspector, y lo que dijera el pueblo en la cola del horno. Pero lo que de verdad le daba miedo era su propio cuerpo levantándose sin ella y atándose las zapatillas. Los dedos haciendo un doble nudo sin nadie que se lo mandara.
Sacó el móvil. En la pantalla de bloqueo, debajo de la hora, seguía el recordatorio que no se había atrevido a borrar: Dra. Villaret — jueves 11:00 .
Abrió los mensajes. Buscó el número de la consulta. Escribió: Buenos días, soy Ana Ribera. ¿Tendría la doctora un hueco este jueves?
Lo leyó dos veces.
No lo envió. Tampoco lo borró. Guardó el móvil en el bolsillo con el mensaje esperando dentro.
Roco se levantó, se estiró con las patas delanteras muy adelante y el culo en alto, y se sacudió entero. Luego le apoyó el hocico en la rodilla y la miró desde abajo, con las cejas moviéndose, como cuando quería que siguieran andando.
Ana le pasó la mano por la cabeza, por el cuello, por la cicatriz blanca del pecho, casi oculta bajo el pelo cobrizo.
Esa mañana su perro había tenido miedo de ella.
Dos metros de distancia contra una puerta, la cabeza vuelta hacia la pared, lamiéndose el hocico.
Ella le había hecho eso a mucha gente en su vida sin darse cuenta: a compañeras, a su exmarido, a los dueños que se quedaban en la sala de espera sin atreverse a preguntar.
A Roco no se lo había hecho nunca. Él la había elegido a ella cuando no se fiaba de nadie, en una furgoneta de la protectora, con once kilos y la piel llena de costras, y en dos años no la había mirado ni una vez como la había mirado a las cinco de la madrugada.
Luego se había duchado y él había vuelto, sin exigir explicaciones.
Los perros hacían eso. Ella carecía de esa habilidad consigo misma.
—Venga —le dijo—. Vamos a casa.
Por la tarde, cuando su padre se echó la siesta y la casa se quedó en silencio, Ana subió a su cuarto y abrió la libreta encima de la cama.
Leyó la entrada de la noche anterior. El 23:05, el bloqueo, el queso a un palmo, el Otra vez apretado. Hojeó hacia atrás: el treinta y uno, el dos, el cinco. La columna de fechas con sus picos. Va al taller más de lo que dice.
Pasó a una página nueva.
Escribió la fecha y la hora como las escribía siempre, con letra de informe. Se detuvo en la línea del estímulo. Tardó mucho en escribirla.
13/09. 05:12. Dormitorio. Estímulo: yo. Al despertar tras episodio (vestida, calzada; amnesia desde las 00:40).
Olor amargo en mejillas y barbilla, el de la camisa de papá.
Señales: tumbado contra la puerta, vigilante.
Se levanta cuando me levanto. Lamido de hocico, desvía la mirada.
Olfatea mi cara desde lejos, rigidez 1-2 s, retrocede.
Mantiene 2 m. Sin gruñido. Tras lavarme la cara: se acerca a un palmo, huele mis manos, se sienta a 1 m.
Tras ducha y ropa limpia: 0. Viene, cola, me empuja con el hocico. Intensidad: 2-3.
Debajo, dejando una línea en blanco, escribió lo otro. No sabía si esa libreta era el sitio. No tenía otro.
Episodio disociativo. El primero aquí. Me visto, me ato las zapatillas, enciendo la luz. No recuerdo nada. ¿La camisa del cesto?
Miró el signo de interrogación. Pensó en escribir algo más. Pensó en la palabra que Villaret usaba y en la que usaba ella para sí misma a las cuatro de la madrugada, que no era la misma.
No escribió ninguna.
Cerró la libreta y la dejó en la mesita, junto al móvil y el mensaje sin enviar.
Roco dormía bajo la ventana, en su sitio, con una pata trasera estirada y el hocico metido debajo de la otra.
Ana se tumbó en el suelo a su lado, sobre las baldosas frescas, y le apoyó la mano en el costado. Notó cómo le subían y le bajaban las costillas, despacio. Notó también los ocho perdigones bajo la piel de la grupa cuando bajó los dedos, uno detrás de otro, duros y pequeños, como siempre.
Se quedó así hasta que lo oyó suspirar. Esa noche no se quitó los vaqueros para dormir, y dejó la lámpara apagada.