Capítulo 11. Fragmento I
Lo primero fue la luz de la lámpara de la mesita, encendida.
Estaba tumbada boca arriba, encima de la colcha.
Movió los pies y notó algo que no cuadraba. Una presión en el empeine. Un peso.
Se incorporó sobre los codos. Llevaba puestas las zapatillas, atadas con doble nudo, como se las ataba antes de una guardia. Las suelas sucias de la calle reposaban directamente sobre las sábanas del colchón.
Ana se quedó paralizada, mirándose los pies con una repulsión impropia. Ella, que ni con cuarenta de fiebre ni en la peor resaca de la carrera había permitido pisar la cama con calzado de la calle. ¿En qué momento se había acostado así?
Llevaba también los vaqueros y la blusa de rayas, la del jueves.
Se había acostado con la camiseta vieja de dormir.
De eso sí se acordaba. Se acordaba de quitarse los vaqueros junto a la silla, de dejar el móvil boca abajo en la mesita y de mirar el reloj: 00:40.
Se acordaba de apagar la lámpara. Se acordaba de la voz de Ricard al teléfono, que seguía sonándole en la cabeza con el ruido del bar detrás.
Después, nada.
Se sentó en el borde de la cama. La camiseta de dormir estaba en el suelo, hecha un ovillo junto a la silla.
Levantó un pie y miró la suela. Tenía un polvo fino, grisáceo, metido en los surcos de la goma. Podía ser de ayer. Podía ser de cualquier día.
Le dolía la cara.
Se llevó los dedos a la mandíbula. Los maseteros estaban duros, cargados, como después de una noche mala de apretar los dientes.
Ese dolor lo conocía de sobra. Pero este subía más arriba, hasta debajo de los pómulos, y se quedaba en la piel de las mejillas, una sensibilidad rara, como la que queda cuando alguien te ha apretado la cara mucho rato.
Los dientes, pensó. Otra vez los dientes.
Buscó a Roco.
No estaba bajo la ventana, en su sitio. Estaba contra la puerta, tumbado de lado, con la cabeza alta y los ojos abiertos. La miraba.
—Hola, guapo.
Roco no movió la cola.
Ana se levantó despacio. El perro se puso en pie a la vez que ella, sin prisa, y se quedó donde estaba. Se lamió el hocico. Giró la cabeza hacia la pared, evitando su mirada.
—Roco. Ven.
Dio un paso hacia ella y se paró. Estiró el cuello todo lo que pudo sin mover las patas, hacia arriba, hacia su cara, y olfateó el aire con inspiraciones cortas y rápidas.
Se quedó rígido. Un segundo. Dos. Luego retrocedió medio paso, se sentó contra la puerta con las orejas un poco echadas atrás y se quedó allí, a dos metros de ella.
Ana conocía esa distancia. La había medido en el patio, con Arturo sentado bajo el limonero. La había escrito en la libreta.
No se acercó. Lo primero que aprende cualquiera que trabaje con un perro con miedo es a no ir a por él, a no meterle la mano en la cara, a dejarle decidir.
—Vale —dijo—. Vale. Me quedo quieta.
Se quedó de pie en medio del cuarto, con las zapatillas atadas y los brazos colgando, y su perro sentado contra la puerta sin dejarla salir y sin querer que se le acercara. Pensó que parecían dos desconocidos que esperaban el mismo ascensor.
Al rato, Roco se tumbó, sin dejar de mirarla. Ana aprovechó para pasar por su lado pegada al armario, despacio, sin tocarlo, y salir al pasillo.
La puerta del cuarto de su padre estaba cerrada. Del otro lado llegaba su respiración de dormido, lenta, con un silbido al final de cada una.
En el baño encendió la luz del espejo y se miró.
La cara de siempre a esas horas: ojeras, el pelo aplastado de un lado, una marca de la almohada cruzándole la frente.
En las mejillas no había nada. Se tiró de los labios con los dedos y se miró las encías y los dientes, como le habría mirado la boca a un perro que llega sin saber qué ha comido.
Abrió el grifo, se echó agua en la cara y cogió la toalla.
El olor le llegó con la tela contra la nariz.
Amargo. Resinoso. Un olor a monte, muy fino.
Apartó la toalla y volvió a acercársela. Seguía ahí, en la parte que le había pasado por las mejillas. Se olió las manos: jabón, y debajo nada. Se pasó el dedo índice por la mejilla, fuerte, desde la oreja hasta la comisura, y se lo acercó a la nariz.
Allí estaba. En la cara. En las mejillas y en la barbilla, como si alguien le hubiera pasado por la piel un trapo empapado en aquello.
Lo reconoció enseguida. Era la camisa de cuadros de su padre, la del lunes de la cómoda. El taller de Arturo. Lo que tenía Roco clavado en la memoria y que ella había escrito con letra pequeña en la libreta y había tachado.
Miró el cesto de la ropa sucia. La tapa estaba bajada.
La levantó. Arriba del todo, hecha una bola, estaba la camisa de manga corta que su padre llevaba la noche anterior, al volver de lo de Fermín. Estaba arrugada como la había dejado él. O como la había dejado ella.
Ana evitó tocarla.
Cerró la tapa y se sentó en el borde de la bañera.
Intentó ordenar la noche desde el principio, como se ordena una historia clínica cuando el dueño no sabe contarla.
La llamada con Ricard había sido a media mañana.
El resto del sábado lo había pasado en casa, con el móvil a mano por si él llamaba para disculparse o para pedir la cita del lunes, sabiendo que no iba a llamar.
Había pensado mucho en Trufa. En los riñones pequeños y duros bajo los dedos, en el aliento a amoniaco, en lo que le esperaba a esa perra sin suero ni nada: la náusea, la debilidad, las úlceras en la boca, días enteros tumbada en algún rincón de una casa que olía a vino.
Había pensado en la mano enorme de Ricard cubriéndola entera sobre la mesa de acero.
Su padre había hecho tortilla para cenar, y después había dicho que bajaba un rato a echar un dominó. Ana se había quedado en la cocina con Roco tumbado bajo la mesa y un libro abierto que no leía.
Volvió a las once y pico. Ella lo oyó en la cerradura y miró el reloj del horno porque ya lo hacía sin pensar: las 23:05.
Roco salió de debajo de la mesa y llegó hasta el marco de la puerta.
Allí se quedó.
Lo mismo de las otras veces. El cuerpo clavado en las baldosas, el pelo levantándose desde la nuca hasta el final del lomo, la cola tiesa en horizontal, los ojos fijos en el recibidor sin un parpadeo y el gruñido bajo, sin cortes.
Su padre sacó el queso del bolsillo, envuelto en una servilleta, y lo tiró sin mirarlo, como ella le había enseñado.
Cayó a un palmo de las patas del perro. Roco no bajó la cabeza.
—¿Has pasado por el taller? —le había preguntado.
—Que no, nena. De lo de Fermín a casa.
Ana había sacado a Roco al patio con la mano en el pecho, empujándolo hacia atrás paso a paso, y cuando volvió, su padre ya subía la escalera.
—Mañana me ducho —dijo desde arriba—. Que estoy muerto.
Ella había escrito la entrada con más rabia que método, sentada en la cocina, antes de subir.
12/09. 23:05. Cocina. Papá al volver de lo de Fermín (niega el taller). Bloqueo completo. Ignora el queso a un palmo. Intensidad: 5.
Y debajo, apretando tanto el bolígrafo que casi rompe el papel: Otra vez.
Había subido a las doce y media. Se había desvestido. Había apagado la luz.
Eso era todo lo que tenía.
Entre las 00:40 y las 05:12 había poco más de cuatro horas y media, y en ese tiempo alguien se había levantado de esa cama, se había vestido, se había atado las zapatillas con doble nudo, había encendido la lámpara y se había frotado la cara con el olor que su perro no soportaba.
Solo había una persona que pudiera haberlo hecho.
Ana se miró las manos, abiertas sobre las rodillas.
Empezó a construir la explicación casi sin querer, con la misma voz tranquila con la que explicaba en la consulta por qué un perro cojeaba de la pata equivocada.
Se levanta sin despertarse. Se viste, porque el cuerpo, cuando no manda nadie, hace lo que ha hecho mil veces a esas horas: vestirse para una urgencia.
Baja al baño o entra en este, abre el cesto y saca la camisa.
Hace con ella lo que hizo el lunes veinticuatro, a plena luz, con la cabeza encendida: se la acerca a la cara.
Una vez. Muchas. La vuelve a dejar. Vuelve a la cama.
Encajaba. Encajaba demasiado bien, y eso fue lo que más miedo le dio.
Su cabeza llevaba tres semanas dándole vueltas a aquel olor. Lo había pensado en el consultorio con un perro sobre la mesa, en la cocina fregando platos, en la cama mirando el techo. Si su cuerpo había salido a buscarlo por iniciativa propia, era porque ella le había enseñado el camino.
Y si su cuerpo hacía eso sin ella, podía hacer otras cosas.
Ana se levantó de la bañera. Abrió el grifo del lavabo, cogió la pastilla de jabón y se frotó la cara con las dos manos, fuerte, con los ojos cerrados, desde la frente hasta el cuello, hasta que le escoció la piel.
Se aclaró. Volvió a enjabonarse. Se aclaró otra vez y se olió los dedos, la mejilla, la barbilla.
Jabón. Y debajo, apenas, algo que podía ser el olor o podía ser el recuerdo del olor.
Volvió al cuarto sin hacer ruido.
Roco levantó la cabeza. Olfateó hacia ella desde la puerta. Esta vez no se lamió el hocico. Se levantó, dio dos pasos, estiró el cuello hasta rozarle casi los dedos, y se paró ahí, a un palmo, con la cola baja y quieta.
Ana no alargó la mano. Esperó.
El perro le olió los nudillos. Luego subió la nariz hacia su cara, que tenía agachada, y la retiró.
No se fue. Se sentó delante de ella, a un metro, y la miró como la miraba en el piso de Barcelona los primeros meses, cuando ella entraba por la puerta y él tenía que decidir, cada vez, si era la misma de ayer.
A las siete, con la luz ya gris en la persiana, Ana se duchó.
Estuvo mucho rato debajo del agua con la frente apoyada en los azulejos. Se lavó el pelo dos veces. Tiró la blusa de rayas y los vaqueros al cesto, al lado de la camisa de su padre, y se puso ropa limpia sacada del fondo del armario, la que todavía olía a alcanfor por las mantas.
Cuando salió del baño, Roco estaba en el pasillo.