El rastro del lentisco Capítulo 10. Trufa
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Capítulo 10. Trufa

El jueves, a las nueve y veinte, la puerta del consultorio se abrió con un golpe de hombro.

El hombre que entró llenó el marco entero.

Casi dos metros, ancho de espalda, con unos antebrazos morenos y gruesos repletos de arañazos antiguos.

Llevaba un chaleco de caza de color verde oliva sobre una camiseta sin mangas y unas botas de campo con el barro todavía húmedo en las suelas.

Olía a monte, a sudor y a algo más, un olor seco y químico que Ana reconoció de inmediato aunque no lo hubiera olido en años: pólvora quemada.

En los brazos, pegada contra el chaleco, traía una perra diminuta. Una mestiza de pelo corto, de color canela, con el morro completamente blanco.

—¿Es aquí la veterinaria? —preguntó. La voz retumbó contra las paredes del local—. La nueva.

—Aquí es. Pase.

Roco se había levantado de su rincón detrás de la mesa en cuanto oyó las botas en la acera.

Ana lo vio de reojo: se había quedado agachado, con el vientre casi rozando el suelo y las orejas pegadas al cráneo.

La cola, metida entre las patas hasta tocarse la tripa.

Estiró el cuello un segundo hacia el hombre, olfateó el aire una vez, y un temblor sordo le recorrió el lomo entero.

Después se escurrió arrastrándose junto al zócalo hasta la puerta del cuartito del fondo, que estaba cerrada.

El animal se apretó contra la madera, con la cabeza gacha y el cuerpo encogido, buscando instintivamente un rincón donde esconderse.

Rascó el umbral con una uña, emitió un gemido bajísimo y se quedó inmóvil, temblando, clavando los ojos en Ana por encima del hombro.

Ana no podía ir hasta él. Tenía a un hombre de dos metros en la puerta con una perra en brazos.

—Déjela en la mesa —dijo—. Con cuidado.

El hombre cruzó el local en tres pasos y depositó a la perra sobre el acero con una delicadeza que no le pegaba nada. Le sujetó la cabeza con una mano enorme para que no se golpeara, y la dejó allí, echada de lado, como quien deja un vaso lleno hasta el borde.

—Se llama Trufa. Lleva dos días sin comer casi nada. Ayer vomitó dos veces. —Se pasó la mano por la nuca—. Tiene catorce años, doctora. Catorce.

Lo dijo como si el número lo explicara todo. Como si fuera la razón por la que había venido así, recién llegado del monte, con las botas llenas de barro, sin cambiarse.

—¿Cómo se llama usted?

—Ricard. Ricard Fuster.

Ana conocía el nombre. Lo había oído dos o tres veces en la sala de espera, siempre dicho en voz baja. No sabía de qué.

Se puso los guantes y se acercó a la mesa.

Trufa la miró con unos ojos grandes y velados, sin levantar la cabeza.

Tenía las encías pálidas y secas. Ana le pellizcó la piel del cuello y la soltó: el pliegue tardó en bajar.

Deshidratada. Le olió el aliento, muy cerca del hocico.

Un olor dulzón y rancio, como a amoniaco.

—¿Bebe mucha agua últimamente?

—Mucha. Más que antes. Y mea en casa, que no lo hacía nunca. —Ricard se inclinó sobre la mesa, tan cerca que Ana le notaba el aliento en el hombro—. ¿Qué tiene?

Ocurría con frecuencia: esperar un diagnóstico definitivo a los dos minutos de ver al animal. A punto estuvo de preguntarle si creía que los veterinarios tenían una bola de cristal. Siempre le producía una mezcla de rabia y gracia.

—Déjeme un poco de sitio. Si está usted encima, no se relaja.

Ricard retrocedió un paso, casi con vergüenza. Se quedó con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula apretada, mirando cada movimiento de las manos de Ana.

Ana le palpó el abdomen despacio. Los riñones, pequeños e irregulares al tacto, duros. La perra gimió bajito cuando le apretó el costado izquierdo.

—Voy a sacarle sangre —dijo—. Con catorce años, dos días sin comer y bebiendo tanto, quiero ver cómo están los riñones antes de mandarla a casa con cualquier cosa.

—Lo que haga falta.

Ana preparó la jeringa. Afeitó un cuadrado pequeño en el cuello de la perra, junto a la vena yugular, y le pidió a Ricard que le sujetara la cabeza hacia arriba.

—Así. Con suavidad. Sin apretar.

Ricard la sujetó con dos dedos debajo de la mandíbula, como si sujetara un pájaro. Cuando la aguja entró, Trufa soltó un quejido fino y agudo. Ricard alargó la otra mano y la apoyó sobre el lomo de la perra, entera, cubriéndola de la cabeza a la cola.

—Ya está, bonita. Ya está. Ya está.

Ana llenó dos tubos pequeños, sacó la aguja y apretó con una gasa. La sangre salía oscura y lenta.

—La tengo desde cachorra —dijo Ricard, sin que nadie le hubiera preguntado—. Me la dio un capataz de la obra. Una camada de seis y la iban a ahogar en un cubo. Yo dije, venga, me quedo una. La más pequeña.

—Hizo bien.

—Mi mujer decía que la quería más que a ella. —Soltó un resoplido corto por la nariz, sin gracia—. A lo mejor tenía razón. Esta no me ha fallado nunca. La gente va y viene. Esta no.

Ana etiquetó los dos tubos.

En el fondo del local, Roco permanecía pegado a la puerta del cuartito sin haber dejado de temblar. Ricard giró la cabeza hacia allí, siguiendo la mirada de Ana, y se quedó un momento contemplándolo.

—Un podenco —dijo—. ¿De dónde lo ha sacado?

—De una cuneta.

—Ya. —Ricard asintió convencido de que era lo lógico y normal—. Al final de temporada, ¿no? Muchos acaban así. Los que no valen, a la cuneta. O a un pozo. Así se ha hecho siempre.

Ana no contestó. Siguió etiquetando el último tubo, aunque ya lo estaba, repitiendo la fecha por duplicado.

—Tenía perdigones —dijo, sin levantar la vista—. Todavía tiene. Se le notan en los cuartos traseros si le pasas la mano.

—Pues eso. No valía. —Ricard se encogió de hombros—. Alguno que no quiso gastar un cartucho entero.

Ana dejó el tubo en la gradilla. Se quitó los guantes despacio, dedo a dedo, y los tiró a la papelera, contando mentalmente hasta cinco antes de hablar.

—Voy a mandar la muestra a un laboratorio de Tarragona. Mañana es la Diada y está cerrado, así que no tendré los resultados hasta el sábado. Mientras tanto le voy a poner una inyección para los vómitos y le voy a dar un suero debajo de la piel.

—¿Y eso servirá?

—Para que se encuentre mejor estos días, sí. Para saber qué tiene, necesito la analítica.

Le puso el maropitant en el cuello y luego ciento cincuenta mililitros de suero templado debajo de la piel del lomo, en dos sitios. Trufa se dejó hacer sin moverse. Tenía los ojos cerrados. Ricard le acariciaba las orejas con la punta de un dedo.

—El sábado le llamo —dijo Ana—. Déjeme un teléfono.

Ricard le dictó un número. Cogió a la perra en brazos igual que la había traído, pegada al chaleco, y se quedó un momento en la puerta, como si quisiera decir algo más.

—Gracias, doctora —dijo al fin—. Por lo de Trufa.

Pagó y salió. La campanilla de la puerta sonó a su espalda.

Ana esperó hasta que dejó de oír el eco de las botas en la acera. Luego fue hasta el fondo y se arrodilló junto a Roco.

El perro seguía apretado contra la puerta del cuartito.

Tenía los ojos muy abiertos, con el blanco asomando por los bordes, y respiraba rápido y superficial.

Ana abrió la puerta. Roco se metió dentro de un salto, se fue derecho al hueco debajo del fregadero y se hizo una bola, con la cabeza escondida contra la pared.

Ana se sentó en el suelo, a su lado, con la espalda contra los azulejos fríos. No lo tocó. Esperó.

Recordaba el día que lo recogió de la protectora de Jaén, en la parte de atrás de una furgoneta, con una manta sucia debajo.

Pesaba once kilos. Tenía la piel llena de costras y le faltaba pelo a trozos en la grupa.

El veterinario de la protectora le había hecho una radiografía y se la había enseñado en el móvil: catorce puntos blancos, redondos, como granos de arroz, repartidos por los cuartos traseros y uno en la base de la cola.

Le habían sacado seis. Los otros estaban demasiado hondos, pegados al hueso o metidos en el músculo, y sacarlos habría hecho más daño que dejarlos.

Al cabo de un rato largo, Roco sacó la cabeza. La miró. Se arrastró fuera del hueco sin levantarse, pegado al suelo, y apoyó la cabeza sobre su muslo.

Ana le pasó la mano por la grupa, por los cuartos traseros, despacio. Los notaba. Pequeños, duros, rodando un poco bajo la piel cuando apretaba. Ocho.

—Ya se ha ido —le dijo—. Ya se ha ido. Aquí no va a entrar nadie a hacerte nada.

Roco suspiró contra su pierna, un suspiro largo que le hizo hundir las costillas.

A las diez y media llegó Maruja, la de la cola del horno, con un gato atigrado metido en un transportín de plástico azul. El gato no tenía nada. Había vomitado una bola de pelo. Maruja lo sabía, y Ana sabía que lo sabía, y las dos hicieron como si no.

Mientras Ana le miraba los oídos al gato, Maruja se asomó a la ventana, hacia la calle.

—Ha estado aquí el Ricard, ¿verdad? Lo he visto salir con la perrita.

—Sí.

—Qué pena de bicho. Con lo mayor que está. —Bajó la voz, aunque en el local no había nadie más—. Tú no lo conoces, claro. Llevas mucho tiempo fuera.

—No.

—Mejor. —Maruja le cogió el gato de las manos para meterlo en el transportín, aunque Ana no había terminado—. Es de los que beben. Y cuando bebe, es otro. La mujer se le fue a Reus hace tres o cuatro años, con los críos. Por algo sería. Y en el bar del puerto se ha pegado con medio pueblo.

Ana no dijo nada.

—Pero con la perrita es un pan de Dios, eso sí —siguió Maruja—. Eso lo sabe todo el mundo. Es lo único que quiere.

Cerró el transportín, pagó y se fue. Ana se quedó mirando la puerta por la que habían salido los dos, la señora y el hombre, con una sensación incómoda que no sabía a quién atribuirle.

El sábado por la mañana, a las diez y cuarto, le llegó el correo del laboratorio.

Lo abrió en la cocina, de pie, con la taza de café en la otra mano. Creatinina, siete coma dos. SDMA, más de sesenta. Urea por las nubes. Fósforo alto. Anemia leve.

No necesitó leerlo dos veces. Insuficiencia renal crónica, estadio cuatro. El último. Los riñones de Trufa ya no hacían casi nada, y lo poco que hacían no iba a durar. Con fluidos, dieta y medicación, con suerte, semanas. Quizá un par de meses. Sin eso, días.

Llamó al número que le había dado Ricard.

Tardó mucho en contestar. Cuando lo hizo, se oía ruido detrás: voces de hombres, una tele encendida, el golpe de un vaso contra una barra.

—¿Sí?

—Ricard, soy Ana. La veterinaria. Tengo los resultados de Trufa.

El ruido de fondo se alejó. Lo oyó salir a la calle, unido al chirrido de una puerta al cerrarse.

—Dígame.

Ana se lo dijo. Despacio, con las palabras que había aprendido a usar en diez años de dar malas noticias.

Que los riñones de Trufa estaban muy mal.

Que era una enfermedad de perros mayores y que no tenía cura.

Que se podía hacer bastante para que estuviera bien el tiempo que le quedara: suero debajo de la piel en casa, una comida especial, pastillas para las náuseas.

Que ella le enseñaría a ponerle el suero. Que era fácil.

Al otro lado no se oía nada.

—¿Ricard?

—El otro día estaba bien.

—Llevaba dos días sin comer.

—El otro día estaba bien —repitió él, más alto—. Comía poco, pero estaba bien. Se la llevo para que le miren una tontería y me la pincha y ahora me dice que se muere.

—La analítica no le ha hecho nada. Ya estaba enferma. Probablemente desde hace meses, aunque no se notara.

—¿Y por qué no se notaba, si tanto sabe?

—Porque los riñones aguantan mucho antes de avisar. Cuando avisan, ya es tarde. Ricard, escúcheme. Tráigamela el lunes y le enseño a...

—No me voy a dejar sacar más dinero por un bicho que usted me dice que se va a morir igual.

Ana cerró los ojos.

—No se trata de dinero. Si no le pone el suero, lo va a pasar mal.

—Eso ya lo veremos.

Colgó.

Ana se quedó con el móvil en la mano, mirando la pantalla.

Pensó en volver a llamar. No lo hizo. Conocía esa voz.

La había oído en la consulta de Barcelona demasiadas veces, la de los dueños que no podían con la noticia y necesitaban a alguien a quien echarle la culpa.

Casi siempre, al cabo de unos días, volvían.

A veces con la perra ya muy mal. A veces sin ella. Algunos, ni eso.

Aquella mezcla de impotencia y cobardía ajena era lo que la había ido gastando, día a día, hasta empujarla a huir allí. Se le quedaba dentro como las espinas del limonero: dolía, y no sabía cómo sacársela.

Subió a su cuarto con el café frío y abrió la libreta por la entrada del jueves, la que había escrito en el consultorio con Roco todavía debajo del fregadero. El perro la siguió escaleras arriba y se tumbó en su sitio, bajo la ventana, con la cabeza sobre las patas.

10/09. 09:20. Consultorio. Estímulo: Ricard Fuster.

Hombre corpulento, botas de campo embarradas, chaleco de caza, olor a pólvora (viene de la media veda).

Señales: se agacha al oír las botas en la acera, antes de verlo.

Olfatea una vez. Orejas pegadas, cola entre las patas, tiembla.

Se escurre pegado a la pared hacia la puerta del cuartito, rasca para salir, se esconde bajo el fregadero.

Esclerótica visible. Respiración rápida.

Sin gruñido, sin mirada fija. Busca contacto 25 min después de irse. Intensidad: 4.

Pasó las páginas hacia atrás. El pescador de las botas de agua, con un tres. Las botas de montaña del vecino de Barcelona, hacía dos años, con un cinco. El petardo de Sant Joan.

Siempre lo mismo. Hacerse pequeño, buscar un agujero, desaparecer.

Luego fue hasta la cocina del lunes veinticuatro, hasta la camisa de su padre, hasta las tardes del bar de Fermín y el quiosco. Allí Roco evitaba esconderse, quedándose plantado, rígido, con el pelo de punta, sin apartar los ojos ni para coger un trozo de queso.

Escribió debajo de la entrada de Ricard:

Miedo antiguo: botas, pólvora. Cazador. No tiene nada que ver con el olor del taller.

Lo leyó. Le pareció claro. Era lo más claro que había escrito esos días.

Cerró la libreta y se quedó mirando a Roco, que dormía bajo la ventana con una pata trasera estirada. Tenía los cuartos traseros al sol, y el pelo cobrizo brillaba casi rojo.

Ocho perdigones , pensó. Alguien que no quiso gastar un cartucho entero .

Se levantó, se tumbó en el suelo junto a él y le apoyó la mano en el costado. Roco no abrió los ojos. Movió la cola una vez contra las baldosas, sin despertarse del todo.