Capítulo 9. Las fotografías
El lunes, Ana cerró el consultorio a las doce y media y volvió a casa con Roco trotando a su lado y el olor de la clorhexidina todavía en las manos.
Había sido una mañana tranquila. Una vacuna, un gato con otitis, una niña que traía un erizo en una caja de galletas porque creía que estaba enfermo y solo estaba dormido.
Ana le había explicado que los erizos duermen de día, que estaban protegidos y no se podían tener en casa, y que había que dejarlo donde lo había encontrado, debajo del seto, cerca del colegio.
La niña se había ido muy seria, con la caja apretada contra el pecho, como quien lleva una misión.
Al abrir la puerta con su llave, encontró a su padre de pie junto al fregadero, secándose las manos con un trapo, todavía con la gorra puesta y en mangas de camisa.
—Acabo de llegar —dijo—. He pasado por lo de Arturo, a ver la cómoda.
Sigue igual. Me da largas. —Dobló el trapo sobre el grifo—.
Además, me he dejado allí la chaqueta vieja, la del maletero.
Me la puse para no pringarme de barniz mientras me enseñaba no sé qué, y con el calor que hacía allí dentro me la quité. Allí se ha quedado.
Roco había entrado tras Ana, con la cola alta y la lengua fuera. A dos metros de la nevera se paró.
Ana lo vio antes de que empezara. El cuerpo se le quedó quieto de golpe, a mitad de paso, con una pata delantera todavía en el aire.
Luego la bajó despacio y se clavó en las baldosas.
El pelo del lomo se levantó desde la nuca, en una línea que fue bajando por la espalda como una cremallera.
La cola se le quedó tiesa, en horizontal. Los ojos, fijos en su padre.
Y estalló el gruñido. El mismo del lunes anterior: bajo, continuo y sin pausas para respirar.
Vicente se quedó quieto con el trapo en las manos. No dijo nada.
—Ya. —Ana agarró a Roco por el collar y le apoyó la otra mano en el pecho, sintiendo el corazón disparado contra su palma—. Ya está. Fuera.
Lo sacó al patio. Al regresar, su padre se había quitado la gorra y subía la escalera.
—Me voy a lavar, que vengo con toda la porquería de ese almacén.
Ana escuchó el rumor del agua. Veinte minutos después, Vicente bajó con una camiseta limpia y el pelo mojado, y Roco, que había pasado todo ese rato pegado a la puerta de cristal del patio, entró a olerle las zapatillas y se tumbó junto a la nevera.
Por la tarde, encerrada en su cuarto, Ana abrió la libreta.
31/08. 12:40. Cocina. Estímulo: Vicente al volver del taller de Arturo. Bloqueo completo. Tras ducha: 0. Intensidad: 5.
Luego se quedó pensando un rato con el bolígrafo entre los dedos.
Aquello tenía arreglo. O al menos tenía un protocolo, que para ella era casi lo mismo.
Si el problema era un olor que Roco había asociado a algo malo, había que asociarlo a algo bueno.
Contracondicionamiento. Lo había hecho con las botas de montaña en Barcelona, con los palos de escoba, con el ruido del camión de la basura.
Semanas de trabajo con trozos de salchicha, siempre por debajo del umbral, siempre a una distancia a la que Roco pudiera mirar el estímulo sin perder la cabeza.
Esa noche, en la cena, se lo explicó a su padre.
—Cuando vuelvas del taller, antes de acercarte, lánzale un trozo de queso desde la distancia. Sin mirarlo ni hablarle, déjalo caer y sigue a lo tuyo.
Vicente la miró por encima de las gafas.
—¿Y para qué sirve eso?
—Para enseñarle que ese olor también trae cosas buenas. Es lo que se hace.
—Si tú lo dices, nena.
El martes, Vicente regresó del mercado con una bolsa de sardinas y el periódico debajo del brazo.
Roco se levantó al oír la llave, fue hasta el recibidor, le olió las piernas y movió la cola.
Vicente le tiró un trozo de queso de todos modos, torpe, desde la puerta de la cocina, y el perro lo cogió al vuelo.
01/09. 12:50. Recibidor. Vicente al volver del mercado. Se acerca, olfatea, cola. Coge el queso. Intensidad: 0.
El miércoles, a media tarde, Vicente dijo que bajaba un rato al bar de Fermín. Volvió pasadas las nueve, cuando Ana ya tenía la mesa puesta: tortilla de patatas, tomate con aceite y sal, una barra de pan que su padre había comprado por la mañana y que ya empezaba a ponerse dura.
Roco estaba bajo la mesa. Oyó la puerta, levantó la cabeza y salió de su sitio, deteniéndose en el marco de la cocina.
Allí se quedó.
Ana vio cómo el lomo se le erizaba entero, cómo los belfos se le tensaban hasta enseñar la punta de los colmillos. El gruñido empezó bajo y fue subiendo hasta quedarse en una sola nota, grave, sin cortes.
Vicente se había parado en el recibidor, sosteniendo un trozo de queso en la mano, envuelto en una servilleta de papel del bar que Ana le había dado aquella misma mañana en la cocina, por si acaso.
—Tíraselo —dijo Ana, en voz baja—. Sin mirarlo.
Vicente lo tiró. Le salió corto. El queso cayó en las baldosas a un palmo del hocico de Roco.
Roco lo ignoró por completo.
No bajó la cabeza. No movió la nariz hacia él. Siguió mirando a Vicente, rígido, con el queso a un palmo, como si allí en el suelo no hubiera nada.
Ana sabía lo que significaba. Lo había explicado mil veces a dueños preocupados en la consulta: un perro con miedo por debajo de su umbral come, y comer lo ayuda a calmarse. Un perro que ha pasado el umbral no puede. El cuerpo entero está en otra cosa. La comida deja de existir.
Lo sabía, y aun así le dolió verlo. Su perro, que se había pasado la infancia en una cuneta peleándose con los zorros por cualquier cosa que se pudiera tragar, no era capaz de coger un trozo de queso que le había tirado su padre.
—Déjalo —dijo—. Así no sirve.
Vicente se quedó en el recibidor. Evitó avanzar hacia la cocina, pero tampoco retrocedió, permaneciendo quieto, con las manos colgando a los lados, mirando al perro.
—Los perros tienen sus manías —dijo—. Se le pasará.
Ana sacó a Roco al patio por segunda vez esa semana.
Le costó. El perro no quería darle la espalda a su padre y ella tuvo que empujarlo hacia atrás, paso a paso, con la mano en el pecho, hasta que cruzó la puerta.
Allí se quedó, detrás del cristal, con la cabeza alta y las orejas clavadas en el comedor.
Cenaron en silencio. Vicente comió la tortilla sin levantar los ojos del plato. Ana se comió medio trozo y dejó el resto.
—¿Has pasado por el taller? —preguntó al fin.
—¿Esta tarde? No. He estado en lo de Fermín todo el rato. Jugando al dominó.
—Vale.
Vicente asintió y siguió comiendo. Ana lo miró por encima del vaso de agua. No se le notaba nada. La misma cara de siempre, las mismas manos grandes y torcidas partiendo el pan en trozos pequeños.
Al terminar, él se fue a ver la tele y Ana fregó los platos. Luego salió al patio, se sentó en el escalón y dejó que Roco se tumbara a su lado. Tardó mucho en hacerlo. Cuando por fin apoyó la cabeza en su rodilla, todavía temblaba un poco.
Ana le pasó la mano por la cicatriz del pecho, despacio, arriba y abajo.
—Ya lo sé —le dijo—. Ya lo sé que no te gusta.
El jueves no pasó nada. El viernes, tampoco. Las dos tardes, Vicente salió a hacer recados y volvió con alguna bolsa, y las dos veces Roco se le acercó moviendo la cola y aceptó el queso. Ana lo apuntó todo. Ceros. Dos ceros seguidos.
El sábado no había consultorio. Ana se levantó tarde, cuando la luz ya entraba entera por la persiana, y oyó a su padre en la cocina hablando solo, como hacía cuando buscaba algo.
—Bajo a por el periódico —le dijo desde el pie de la escalera—. Vuelvo enseguida.
No volvió enseguida. Tardó una hora larga. Ana estaba desayunando cuando oyó la llave.
Roco estaba tumbado debajo de la mesa, con la cabeza sobre las patas. No se levantó. Levantó solo la cabeza, olfateó el aire hacia el recibidor, y Ana vio cómo se le quedaba el cuerpo entero duro, tumbado todavía, con las patas delanteras estiradas y el lomo cada vez más erizado.
Esta vez no gruñó. Se quedó así, quieto, con la mirada clavada en la puerta de la cocina y los músculos de la mandíbula tensos bajo la piel.
Vicente entró con el periódico doblado bajo el brazo. Vio al perro, vio a su hija, y se paró.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
—Pues no sé qué le he hecho yo a este bicho. —Dejó el periódico en la mesa—. Me he entretenido en el quiosco. El de los periódicos tiene un nieto que ha sacado plaza en los bomberos, no veas cómo estaba.
—¿Has ido al taller?
—Que no, nena. Que no he ido al taller.
Se fue a duchar, evitando darle más vueltas.
Ana subió a su cuarto y abrió la libreta encima de la cama. Puso las fechas en una columna.
31/08 — pico — taller (lo dice él). 01/09 — 0 — mercado. 02/09 — pico — bar de Fermín (dice que no ha ido al taller). 03/09 — 0. 04/09 — 0. 05/09 — pico — quiosco (dice que no ha ido al taller).
Tres picos. Solo uno con el taller reconocido.
Se quedó mirando la columna mucho rato. No tenía sentido que Roco reaccionara igual a un periódico que a una tarde de dominó. El olor tenía que venir de algún sitio, y el único sitio que conocía con ese olor era el almacén de Arturo, con su barniz y su disolvente y aquello amargo por debajo.
Pensó en la cara de su padre aquel lunes de agosto, cuando le había explicado lo de la cómoda. Me daba vergüenza. Que el alcalde me haga favores.
Escribió debajo, en letra pequeña:
Va al taller más de lo que dice. ¿Vergüenza? Cómoda de mamá. Arturo.
Cerró la libreta. Era una explicación. Era la única que tenía, y le servía.
Por la tarde, con la casa en silencio y su padre durmiendo la siesta, subió al trastero.
Era un cuarto pequeño bajo las tejas, con una ventana de un palmo y un calor que se acumulaba desde primera hora y no se iba hasta de noche.
Olía a madera vieja, a naftalina y a polvo.
Su padre metía allí todo lo que no cabía en el resto de la casa y no se atrevía a tirar.
Ana llevaba días diciéndose que lo ordenaría.
Roco subió detrás de ella, olió el umbral y se tumbó en el pasillo, donde corría algo de aire. Desde allí la miraba con los ojos entornados.
Ana fue sacando cosas. Bolsas de ropa vieja de su madre que nadie había abierto en veintitrés años. Una radio de válvulas. Una caja con los cuadernos del colegio de ella misma, que abrió y cerró enseguida. Un casco de obra amarillo, rayado, con el nombre de una constructora que ya no existía.
Detrás de unas mantas de invierno, en el rincón más bajo, encontró una caja de zapatos atada con un cordel.
Se sentó en el suelo con la espalda contra un baúl y la abrió.
Estaba llena de fotos. Sueltas, sin álbum, sin orden. Algunas en blanco y negro, con los bordes dentados. Otras en color, con ese tono naranja que tenían todas las fotos de los setenta y que ella reconocía de las de su propia infancia.
Su abuela, muy seria, delante de la puerta de casa. Su abuelo con una azada al hombro. Su padre de niño, en pantalón corto, sentado en el muro del puerto con los pies colgando sobre el agua.
Y al fondo de la caja, tres fotos que alguien había guardado juntas, dobladas por la mitad en un sobre de papel.
La primera era de una verbena. Guirnaldas de banderitas al fondo, gente bailando borrosa. En primer plano, tres jóvenes muy juntos, riéndose a la cámara.
A la izquierda, su padre. Con veinte años, el pelo negro y espeso, delgado, moreno. Llevaba una camisa de manga corta. Ana se fijó en el brazo derecho, apoyado en la cintura. La piel estaba lisa. No había cicatriz. Antes de la cal , pensó. Antes del corral de los abuelos .
En el centro, un chico alto y delgado con el brazo echado por encima de los hombros de su padre.
Ana tardó unos segundos en reconocerlo. Luego lo vio: la barbilla un poco levantada, la sonrisa ancha de quien sabe que lo están mirando.
Arturo. Sin la barriga y sin las canas, pero con la misma manera de ocupar el sitio.
Y a la derecha, con la cabeza echada hacia atrás en mitad de una carcajada y el pelo oscuro suelto sobre los hombros, una chica.
Ana la miró mucho rato antes de reconocerla.
Pilar.
Se le quedó la boca seca. En su recuerdo, Pilar era una mujer mayor con delantal que le daba cruasanes por encima del mostrador, y luego una figura menuda con los ojos rojos en un portal a las dos de la madrugada. No tenía una Pilar de diecisiete años. Ahora sí.
Pasó a la segunda foto. Los tres en las rocas de la cala, en verano. Su padre y Arturo con los pantalones remangados, metidos en el agua hasta las rodillas, salpicándose. Pilar sentada en una roca, riéndose, con las manos levantadas para protegerse.
La tercera era más seria. Una procesión, o una misa al aire libre. Mucha gente vestida de domingo. Los tres en un extremo de la foto, un poco apartados del resto, mirando hacia algo que quedaba fuera del encuadre.
En las tres, los mismos. Su padre, Arturo y Pilar.
Les dio la vuelta. Ni una fecha, ni un nombre. Solo el papel amarillento, con una mancha de humedad en una esquina.
Es sobre tu padre. Sobre algo que pasó hace mucho, antes de que tú nacieras.
Ana se quedó sentada en el suelo del trastero, con las tres fotos en las rodillas y el calor de las tejas bajándole por la nuca.
Todo el mundo se conocía en Cala Salina. Lo sabía. Su padre se lo había dicho el mismo día del horno: Íbamos al mismo colegio. Hace un siglo. En un pueblo de dos mil habitantes, en los años setenta, era difícil hacerse una foto en una verbena sin que salieran medio colegio y dos primos.
Pero no eran medio colegio. Eran tres. Siempre los mismos tres. Y una de ellos la había esperado en un portal a las dos de la madrugada para hablarle de uno de los otros dos, y ahora estaba muerta.
Roco se había levantado del pasillo. Entró en el trastero, se acercó despacio y le olió las fotos. Luego le apoyó el hocico en el antebrazo, encima del papel, y se quedó así, mirándola desde abajo.
—Ya lo sé —le dijo Ana—. Ya lo sé.
Metió las tres fotos otra vez en el sobre, bajó a su cuarto y las guardó al fondo de la maleta, debajo de la cama, detrás de un jersey que no iba a ponerse en septiembre.
Luego abrió la libreta por la página de la columna de fechas y añadió una línea debajo, sin tachar nada.
Papá, Arturo, Pilar. Amigos desde siempre. Ella quería hablarme de él.
La miró un buen rato. No escribió nada más.
Abajo, su padre ya se había levantado de la siesta. Ana le oyó abrir la nevera, llenar un vaso de agua y salir al patio a regar los geranios, silbando algo muy bajo.
Roco, en la puerta del cuarto, levantó las orejas al oír el silbido. Movió la cola dos veces.