Capítulo 8. (1975) El pacto
En marzo, el sol de Cala Salina todavía no calentaba nada. Rebotaba en la cal de las fachadas con una luz blanca que obligaba a entornar los ojos, manteniendo el aire igual de frío que en enero.
Habían pasado siete semanas.
Aquella primera madrugada, al volver del faro, Vicente evitó la puerta principal, dio la vuelta por el corral y fue derecho al lavadero, a oscuras.
Metió el brazo en la pila de agua helada hasta que dejó de sentir la mano.
Luego mordió un trapo y empezó a arrancarse la costra de cera con las uñas de la izquierda.
Salía a trozos y se llevaba la piel con ella. Debajo, la carne asomaba roja y viva, y cada tirón le subía por el brazo hasta los dientes. No gritó. Solo se oía el agua goteando del grifo y su respiración contra el trapo.
Así lo encontró su madre al amanecer, sentado en el suelo del lavadero con el trapo en la boca y el brazo en carne viva sobre las rodillas.
—Virgen santa. ¿Qué te has hecho?
—Cal. —Se quitó el trapo—. Estaba a punto de encalar el corral y se me ha volcado el cubo.
—¿A estas horas? ¿Encalando?
—No podía dormir.
Su madre se arrodilló a su lado con el delantal de la cocina todavía puesto. Le cogió la muñeca y le giró el brazo hacia la luz gris que entraba por el ventanuco. Lo miró mucho rato. Luego acercó la cara, como hacía de pequeño cuando le olía el pelo para ver si se había bañado en el puerto.
Vicente supo lo que estaba oliendo. Aquel olor amargo, a monte, que ni el agua helada ni las uñas le habían quitado de encima.
Su madre no dijo nada. Le soltó la muñeca para ir a la cocina y volver con aceite de oliva y una sábana vieja que rompió en tiras. Le untó la herida sin preguntar más y se la vendó con mucho cuidado, apretando poco. Al terminar, le pasó la mano por la nuca, como a un crío.
—La cal es muy traicionera —dijo.
Al cuarto día le subió la fiebre a cuarenta y el brazo se le puso duro y caliente hasta el codo, supurando por los bordes de la venda un líquido amarillo de olor nauseabundo.
Su padre insistió en llamar a don Tomás, pero su madre lo vetó por la afición del médico a chismorrear en la barbería, mandando a buscar al practicante del pueblo vecino: un hombre flaco con una cartera de piel que llegó en bicicleta, completamente ajeno a los habitantes de Cala Salina.
El practicante le quitó la venda, limpió la herida con algo que quemaba más que la propia cera y le clavó una inyección de penicilina en la nalga.
Volvió cinco días seguidos. El último, mientras guardaba la jeringa de cristal en su estuche, le miró el brazo y le dijo que había tenido suerte de no perderlo.
—Esto va a cerrar mal —añadió—. Te va a quedar un bulto. Cal, dices.
—Cal.
El practicante asintió, cerró la cartera y dio el asunto por zanjado.
Vicente había vuelto a la obra a mediados de febrero con el brazo vendado bajo una camisa de manga larga mantenida a rajatabla incluso al cargar sacos.
El capataz le había guardado el puesto descontándole las tres semanas sin exigir mayores explicaciones.
En aquel pueblo, un peón quemado con cal era tan corriente como una gaviota en el puerto.
El resultado fue una piel nueva, tirante y brillante, más clara que el resto del brazo, abultada en cordones que iban de la muñeca hasta casi el codo. Por las mañanas tiraba; con el frío, dolía.
Y había algo más, que Vicente no le contaba a nadie.
Por las noches, tumbado en la cama con la ventana cerrada, se llevaba el brazo a la cara y hundía la nariz en el vendaje.
El olor ya casi no estaba. Quedaba un rastro muy fino, en la tela, en la piel de alrededor, y había que buscarlo.
Él lo buscaba. Respiraba despacio, con los ojos cerrados, hasta que lo encontraba, y entonces se le aflojaba algo en el pecho y podía dormir un par de horas seguidas.
Al despertar se daba asco. Se levantaba, se lavaba el brazo con jabón de sosa hasta que le escocía y se juraba que esa noche no lo haría. Esa noche lo volvía a hacer.
En el pueblo, la historia la había ido contando Arturo, poco a poco, sin prisa.
Un comentario en la barbería. Otro en la cola del estanco.
Elías Cánovas estaba harto del pueblo, de la humedad que le pudría las maderas y de unos clientes que no sabían lo que valía su trabajo.
Arturo lo había oído quejarse muchas veces, barriendo virutas.
Un buen día se había cansado y se había ido, sin decir nada a nadie, como se van los hombres solos cuando ya no les queda nada que los ate.
Casi nadie lo puso en duda. El viejo no tenía familia en el pueblo, ni amigos que lo echaran de menos con la insistencia suficiente, ni deudas que alguien quisiera cobrar. Y Arturo era el que más lo había tratado.
La noche siguiente a la del faro, Arturo había vuelto solo al taller.
Se lo contó a Vicente semanas después, de pasada, como quien cuenta que ha arreglado un grifo.
Había fregado la cera del suelo con aguarrás, había recogido los cristales, había enderezado la mesa y había colocado cada gubia en su clavo.
Un taller revuelto contaba una historia.
Uno ordenado contaba otra. Luego había puesto un candado nuevo en la puerta, porque el viejo se lo había dejado roto al irse, y había dicho en el bar que ya lo vaciaría cuando tuviera un rato libre.
La Virgen estaba en el trastero del taller de carpintería del padre de Arturo, a las afueras, cerrado desde que el hombre se murió el año anterior y le dejó al hijo más pagarés que herramientas.
Estaba envuelta en un saco de arpillera, debajo de un montón de leña.
Vicente no la había vuelto a ver. Arturo le había dicho dónde estaba y le había dicho también que no se le ocurriera acercarse.
—El tiempo es lo único que tenemos a favor —le había dicho—. Un año. Año y medio. Luego buscamos comprador con calma.
Vicente asintió, como asentía a todo lo que decía Arturo desde que compartían pupitre en el colegio de las monjas.
Había una pregunta que no le hacía.
Qué había pasado aquella noche cuando se apagó la linterna. De ese hueco, Vicente solo conservaba el dolor alejándose y el olor llenándole la cabeza.
La tenía en la boca muchas veces: al cruzarse con Arturo en la plaza, cuando le daba una palmada en el hombro sano, cuando se quedaban callados en la barra del bar sin saber qué decirse.
Cada vez que estaba a punto de hacérsela, se acordaba del saco resbalando de la cara del viejo, y se la tragaba.
En sueños volvía al taller. Siempre se repetía la misma pesadilla: la oscuridad, el calor de la estufa, alguien pataleando contra el cemento y aquel olor amargo imponiéndose por encima de todo.
Una ceguera absoluta dominaba la escena, obligándolo a despertar empapado de sudor y con el brazo latiendo, condenado a contemplar el techo hasta escuchar las campanas de las seis.
Hablar de ello era como invocarlo. Por eso guardaba silencio.
Fue Arturo quien rompió el silencio, una tarde de mediados de marzo.
Se presentó en la obra de los bloques de la playa grande mientras la cuadrilla descargaba cemento de un camión.
Llevaba una chaqueta de ante que Vicente no le conocía y se quedó esperando junto a la hormigonera, con las manos en los bolsillos, hasta que el capataz tocó el silbato. Luego le hizo un gesto con la cabeza.
Caminaron por el paseo marítimo, que en marzo estaba desierto. El viento venía de mar y se les metía por el cuello. Arturo no habló hasta que dejaron atrás el puerto, donde un pescador viejo remendaba redes sentado en un cajón.
—Se habla de un papel —dijo, mirando al mar.
Vicente se paró.
—¿Qué papel?
—Un pescador que baja cada mañana por el sendero del acantilado fue al cuartel a los pocos días.
Dijo que el taller llevaba varias noches sin luz y que el viejo no aparecía por la taberna.
—Arturo se encogió de hombros—. Eso lo sabe todo el que para en el puerto.
Lo que no sabe todo el mundo es que los guardias hicieron un escrito y, como tardan en todo, no lo han mandado al juzgado de paz hasta esta semana. Ahí sigue, sin entrada.
—¿Y qué pasa si sigue ahí?
—Nada, si se queda quieto. Si alguien lo mueve, sube a Tarragona.
Viene un juez de verdad, preguntan, miran el taller, preguntan quién tenía la llave.
—Se giró hacia él, mostrando un rostro cargado de cansancio por primera vez desde enero—.
Necesito que ese papel se quede en un cajón hasta que se muera de viejo.
Y hay una sola persona que puede hacerlo sin que nadie se fije.
—¿Quién?
—Pilar.
Vicente conocía a Pilar Roig de toda la vida: la hija del panadero, diecisiete años, dueña de una risa capaz de cruzar la plaza en las fiestas de agosto.
Desde el otoño trabajaba en los bajos del ayuntamiento, en el juzgado de paz.
El juez era el señor Batlle, el de la farmacia, encargado de bajar dos veces por semana a firmar a ciegas lo que Pilar le ponía delante, justificando así el sueldo de la muchacha.
Ella escribía a máquina, llevaba el registro, daba entrada a lo que llegaba y despachaba a Tarragona lo necesario.
—¿Se lo vas a contar todo?
—No. —Arturo echó a andar otra vez, obligando a Vicente a seguirlo—.
Le voy a contar que nos llevamos algo que no era nuestro, que salió mal y que el viejo se murió en el lío.
Que hay una pieza escondida que algún día nos sacará de pobres a los tres.
Ni cómo murió ni dónde está. No necesita saber más.
—Dijiste que cuanta menos gente, mejor.
—Y lo sigo diciendo. Pero ese papel no lo podemos tocar ni tú ni yo. Ella sí. —Lo miró de reojo—. Y después, cada uno de los tres será un motivo más para que los otros dos se callen.
—¿Y si dice que no?
Arturo sonrió. Fue una sonrisa corta y seca.
—No va a decir que no.
Se reunieron con ella dos noches después, en la trastienda de la panadería.
Era un cuarto estrecho detrás del obrador, con sacos de harina apilados contra la pared y la boca negra del horno de leña al fondo, apagado desde el mediodía. Todavía quedaba calor en los ladrillos. Olía a pan y a harina, un olor dulce y tibio que a Vicente, esa noche, le pareció fuera de sitio.
Pilar los esperaba sentada en un saco, con los brazos cruzados y un delantal blanco manchado de harina. Tenía las manos blancas hasta las muñecas. Cuando entraron no se levantó.
—Mi padre duerme arriba —dijo—. Hablad bajo.
Arturo habló bajo. Contó una historia corta: un encargo de fuera, una pieza que valía mucho, una noche que tenía que ser fácil y no lo fue. El viejo se despertó. Hubo un forcejeo. Nadie quería que pasara. Pasó.
Pilar escuchó en silencio. A medida que avanzaba el relato se le iba el color de la cara, y miraba a uno y a otro, buscando la verdad en alguno de los dos.
—¿Está muerto? —preguntó al final, muy bajo—. ¿De verdad está muerto, Arturo?
—Fue un accidente.
Lo dijo sin pestañear, con la voz tranquila, sin que se le moviera un músculo de la cara.
—¿Y qué tengo que ver yo?
—Hay un escrito de la Guardia Civil sobre el viejo.
Está en tu mesa, esperando a que alguien le dé entrada.
—Arturo dio un paso hacia ella—. No tienes que hacer nada.
Ese es el favor: no hacer nada. No le das entrada, no se lo pones a Batlle para firmar, no lo mandas a Tarragona.
Lo dejas en el cajón. Si alguien pregunta, no sabes nada.
Un día alguien lo archivará sin mirarlo, o se perderá en una mudanza, y ya está.
Pilar bajó la vista a sus manos. Se las frotó una contra otra y la harina cayó en polvo sobre el delantal.
—Si el papel se queda en el cajón será por mi culpa —dijo despacio—. Si alguien se entera, la que va a la cárcel soy yo.
—Por eso no se va a enterar nadie. —Arturo se agachó delante de ella, a la altura de su cara—. Porque a partir de esta noche ninguno de los tres puede hablar sin hundir a los otros dos. Y cuando vendamos la pieza habrá una parte para ti. No te vamos a dejar fuera.
Lo dijo con calma, casi con cariño. A Vicente le pareció lo más frío que le había oído decir nunca.
Pilar levantó la vista para buscarlo a él.
Vicente sintió sus ojos en la cara. Sabía lo que buscaba: un gesto, cualquier cosa, que le dijera que Arturo mentía o que no mentía. No supo qué hacer con aquella mirada. Bajó los ojos hacia su brazo, hacia el bulto de la venda bajo la manga, y se quedó mirándolo.
Pilar también lo miró. Luego apartó la vista hacia la boca negra del horno y se quedó un rato así, sin decir nada.
Vicente conocía esa cara. La había visto en las madres del pueblo cuando hacían cuentas en la tienda y no les salían.
Sabía lo que era aquel horno para la familia Roig: tres generaciones madrugando a las cuatro para vender pan a crédito a medio pueblo que pagaba cuando podía, o no pagaba.
—Está bien —dijo Pilar. La voz se le había quedado pequeña—. Pero no quiero saber nada más. Ni un detalle, Arturo. Nunca. Y como algún día me entere de algo peor de lo que me has contado esta noche, te juro por mi madre que no respondo.
—No vas a tener que enterarte de nada más. —Arturo le tendió la mano—. Te lo prometo.
Pilar se la estrechó. Fue un apretón corto, sin fuerza. Cuando retiró la mano, Arturo tenía los dedos blancos de harina y se los limpió en el pantalón sin mirarlos.
Salieron por separado, con diez minutos entre uno y otro, como Arturo había dicho que harían. Pilar subió la primera la escalera de su casa, sin volverse. La oyeron cerrar una puerta arriba.
Antes de irse, Arturo se acercó a Vicente y le puso la mano en el hombro. Era el mismo gesto de siempre, el del patio del colegio, el de los partidos de fútbol en la playa. Esa noche los dedos apretaban con otra intención.
—Lo has hecho bien —le dijo al oído—. Acuérdate de esto, Vicente. Ya no somos dos. Ahora somos tres. Lo que haga uno nos pasa a todos.
Vicente asintió. Notaba debajo de aquella mano todo lo que Arturo no había dicho.
Arturo salió a la calle. Por la rendija de la puerta entró el aire frío de marzo arrastrando las voces de dos vecinos que tomaban el fresco a pesar del frío, sentados en sillas de enea.
Vicente fue el último en marcharse. Se quedó un rato solo en la trastienda, junto al horno apagado, con la mano apoyada en los ladrillos todavía tibios mientras el olor a pan lo envolvía entero.
Toda la vida había sido el olor de las mañanas de domingo, de su madre volviendo de la plaza con la barra bajo el brazo, de las fiestas.
Respiró hondo, tratando de capturarlo.
Por debajo del pan, muy débil, le llegó el otro: el que llevaba en la manga, el que le salía de la venda.
Se tapó la cara con el brazo, allí mismo, en la trastienda a oscuras, y respiró hasta que las manos le dejaron de temblar.
Luego salió a la calle y cerró la puerta sin hacer ruido.