El rastro del lentisco Capítulo 7. El consultorio de Rovira
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Capítulo 7. El consultorio de Rovira

Arturo le bajó las llaves a la mañana siguiente, como había prometido.

El local ocupaba una esquina de la calle del Mar, a dos manzanas del puerto, con una persiana metálica verde desconchada y un rótulo donde todavía se leía Consultori Veterinari J. R vira, con un hueco donde había estado la o.

Arturo esperaba delante con el todoterreno en doble fila y un llavero del tamaño de un puño, lleno de llaves de todos los tamaños, cada una con una etiqueta de cartón atada con un cordel.

Buscó dos, las sacó de la anilla y se las puso a Ana en la palma de la mano.

—La de la puerta y la del armario de los medicamentos. Rovira era muy suyo con el armario.

—¿Tienes copias?

—Sí, y se quedan aquí. —Sacudió el llavero, y las llaves tintinearon—. Tengo copia de todo lo municipal. Si se atasca un desagüe o hay que mandar al del fluorescente, no te voy a molestar a ti.

Ana cerró la mano sobre las dos llaves.

Arturo levantó la persiana con un estrépito que hizo girar la cabeza a dos señoras que pasaban, le dio una palmada en el hombro y se fue a por el todoterreno antes de que el municipal de tráfico, que era sobrino suyo, tuviera que fingir ignorar la infracción.

Por dentro, el local estaba peor de lo que había dado a entender: una sola sala con una mesa de exploración de acero picada de óxido por el salitre, un fluorescente que exigía cuatro parpadeos para encenderse y un armario metálico gris con cerradura apestando a formol y a polvo de meses.

En el suelo aguardaba una bolsa de basura olvidada y, detrás, un cuartito con un fregadero, una nevera pequeña y una ventana que daba a un patio de luces lleno de cajas.

Vicente apareció a media tarde, con una bolsa de trapos y dos botellas de lejía.

—No hace falta, papá.

—Ya lo sé.

Se sentó en un taburete junto a la puerta abierta, con las manos apoyadas en las rodillas, y desde allí fue pasándole trapos y opiniones mientras ella frotaba la mesa de acero con estropajo.

Por la puerta entraban los ruidos de la temporada alta: risas de las terrazas, el pitido de una furgoneta marcha atrás, y cada pocos minutos el rugido de un camión subiendo la cuesta del acantilado con vallas metálicas amontonadas en la caja.

Cada vez que pasaba uno, las botellas de la estantería vibraban.

Vicente perseguía el camión con la mirada hasta perderlo en la curva y luego volvía a mirarse las manos.

—Están vallando lo del faro —dijo Ana, sin dejar de frotar.

—Eso parece.

El armario de los medicamentos le llevó una hora.

Rovira lo había dejado como se dejan las cosas cuando uno sabe que no va a volver: antibióticos caducados desde el invierno, dos frascos de vacunas que deberían estar en la nevera, jeringas sueltas, un libro de registro con la última anotación en marzo.

Ana lo metió todo en cajas de cartón, anotó los números de lote para la baja en el registro sanitario y separó los viales y biológicos para la empresa autorizada de gestión de residuos.

Hizo una lista de lo que necesitaba —vacunas, antiparasitarios, antibióticos, material de cura— y llamó a un distribuidor local para hacer su primer pedido. Los sedantes los llevaba ella.

Abrió su maletín sobre la mesa limpia.

Sacó el vial de medetomidina, el de ketamina y el de atipamezol para colocarlos en la balda de arriba del armario, en fila, con las etiquetas hacia fuera. Añadió el butorfanol, las ampollas de urgencia y la caja de catéteres. Cerró con la llave pequeña y la probó dos veces.

El frasco de pentobarbital se quedó en su hueco del maletín.

Ana cerró los pestillos sin mirarlo.

Esa noche, al llegar a casa, colgó el llavero del consultorio en el gancho del recibidor, junto al de su padre, al lado del rectángulo claro donde había estado la cómoda.

El primer día empezó a las nueve con un cocker empachado tras devorar media bolsa de basura de una terraza y terminó mucho después de las tres horas pactadas.

A media mañana entró un turista alemán con un carlino en brazos: el perro jadeaba con la lengua morada y los ojos saltones, a cuarenta y un grados, después de un paseo por la playa a mediodía.

Ana lo tumbó sobre la mesa de exploración, le aplicó paños húmedos y frescos en la cabeza, las axilas y las ingles, y le cogió una vía en la pata delantera con un catéter del veinticuatro.

Estuvo una hora con él, midiéndole la temperatura cada cinco minutos, fluidoterapia mediante, hasta alcanzar los treinta y nueve y que el perro levantara la cabeza de la mesa para lamerle la muñeca, ganándose el agradecimiento del alemán en tres idiomas.

Un niño y su abuela le trajeron una gaviota con un ala colgando, en una caja de zapatos.

Ana le inmovilizó el ala contra el cuerpo con un vendaje en ocho antes de llamar a los Agents Rurals, obligada a derivarla por tratarse de fauna salvaje, impidiendo que la familia se la llevara a casa.

El niño lloró un poco cuando se lo explicó, pero la abuela le consoló diciéndole que así se curaría antes.

A las once y cuarto, mientras la abuela y el niño se iban, el móvil vibró sobre la mesa. Dra. Villaret — jueves 11:00 . Ana lo miró y lo apartó a un lado para seguir limpiando la mesa.

A las doce menos diez entró el mastín. Era enorme, de setenta kilos por lo menos, arrastrado por un pescador de mediana edad con botas de agua que tiraba de la correa con las dos manos.

El perro tenía un anzuelo de los grandes clavado en el labio superior, que casi lo atravesaba de lado a lado, con un trozo de sedal colgando.

Se había tirado a por un cebo en el muelle.

En cuanto Ana se acercó, el perro le enseñó los dientes y soltó un gruñido capaz de hacer vibrar la mesa.

—No se deja —dijo el pescador—. Le he intentado quitar eso en el muelle y casi me come la mano.

—Normal. Le duele. —Ana mantuvo la distancia—. Así no se lo vamos a quitar. Hay que dormirlo un poco.

Roco, que había pasado la mañana en su rincón detrás de la mesa, se levantó en cuanto oyó las botas del pescador. Se fue al cuartito del fondo y se tumbó debajo del fregadero, con la cabeza metida entre las patas. Ana lo vio irse y no le dijo nada.

Le pidió al pescador que le pusiera el bozal que llevaba y que se quedara sujetándolo contra la pared, abrazado al cuello, mientras ella abría el armario para sacar la medetomidina y el butorfanol.

Hizo la cuenta en voz baja, como la había hecho mil veces.

Setenta kilos. Veinte microgramos por kilo de medetomidina.

Mil cuatrocientos microgramos: catorce décimas de mililitro.

Un poco de butorfanol para el dolor y para que el sedante agarrara mejor en un perro tan alterado.

Cargó las dos jeringas, les pegó un trozo de esparadrapo para rotularlas y apuntó las dosis en el libro de registro antes de acercarse al animal.

—Sujételo fuerte. Va a notar el pinchazo.

Le clavó la aguja en el músculo del muslo, por detrás, donde el perro no llegaba a girarse. El mastín dio un respingo y un gruñido. Luego se quedó quieto, jadeando.

—¿Ya está?

—Ahora hay que esperar. Diez minutos. No le hable mucho.

Esperaron. El pescador le acariciaba la cabeza y le decía cosas en voz baja, a pesar de lo que ella le había pedido. Ana miraba el reloj de la pared y el cuerpo del perro.

A los seis minutos empezó a tambalearse.

A los ocho se sentó sin querer. A los diez se tumbó de lado contra la pared, con los ojos entornados y la lengua fuera, respirando despacio.

Ana se arrodilló a su lado, le levantó el belfo y miró las encías, que estaban algo más pálidas que al llegar.

Le puso dos dedos en la cara interna del muslo y contó el pulso.

Cuarenta y ocho. Lento, como tenía que ser.

Lo auscultó con su Littmann buscando soplos o arritmias que no tenía.

—¿Está bien? —El pescador tenía la cara blanca.

—Está como tiene que estar. Esto baja mucho el pulso. Por eso se tiene que controlar, y no lo puede poner cualquiera, ni de cualquier manera.

Sujetó el anzuelo con una pinza Kocher y lo empujó hacia adelante hasta sacarlo por completo, limpiando después la herida con clorhexidina. Dos gotas de sangre. Una extracción limpia.

Luego volvió al armario y cargó el atipamezol con el mismo volumen: catorce décimas, uno coma cuatro mililitros.

—Esto es el antídoto. Deshace el efecto.

Se lo puso en el mismo muslo.

Durante dos minutos no pasó nada. Al tercero el mastín movió una oreja.

Al cuarto levantó la cabeza, confuso, y miró alrededor como quien se despierta en una casa que no es la suya.

A los cinco estaba de pie, con las patas algo abiertas.

A los siete salió por la puerta detrás del pescador, un poco torpe, moviendo la cola.

El pescador se volvió desde la acera.

—¿Y eso cuánto le debo?

Ana le dijo un precio. Era la mitad de lo que habría cobrado en Barcelona.

Cuando se fueron, se lavó las manos y fue al fondo, donde Roco seguía exactamente donde lo había dejado. Ana se agachó y le pasó la mano por el lomo, desde la cabeza hasta la grupa, sin apretar.

—Ya se ha ido —le dijo—. El de las botas ya se ha ido.

El perro sacó el hocico de entre las patas y le olió los dedos. Luego salió arrastrándose, pegado al suelo, y se sentó contra sus piernas.

Ana cogió la libreta del bolso y escribió apoyada en la nevera.

27/08. 11:50. Consultorio. Estímulo: hombre desconocido con botas de agua (pescador).

Miedo antiguo. Señales: reacciona al oír las pisadas, antes de verlo.

Huye al fondo y se esconde bajo el fregadero.

Orejas atrás, cola pegada al cuerpo. Sin gruñido ni mirada fija.

Evitación pasiva. Sale 4 min después de irse el hombre, buscando contacto. Intensidad: 3.

Así había sido siempre el miedo de Roco, el de la cuneta y los cazadores: hacerse pequeño y buscar un rincón donde nadie lo alcanzara.

Ana volvió las páginas hasta el lunes, hasta la camisa de su padre, y comparó las dos entradas.

Hoy, Roco se había escondido. El lunes se había plantado delante y no había apartado los ojos.

Esa noche Vicente preparó merluza a la plancha con demasiado ajo, y Ana atacó el plato con un hambre olvidada desde hacía meses, devorándolo por completo casi sin darse cuenta.

—¿Qué tal ha ido?

Y Ana se lo contó. El cocker de la basura, el carlino, la gaviota. Hablaba deprisa, con la boca todavía medio llena, y su padre la miraba desde el otro lado de la mesa con una media sonrisa que le arrugaba la cara.

Le contó lo del mastín con más detalle que lo demás, porque era lo que más le había gustado. El anzuelo, el gruñido, el pescador con las botas de agua. Cómo lo había dormido con un pinchazo en la pata y cómo, al cabo de unos minutos, se había tumbado de lado como un saco.

—¿Y no le hace daño?

—Si sabes la dosis, no hay problema. Le baja mucho el pulso, eso sí, y si te pasas, también la tensión. Por eso se calcula siempre al milímetro por el peso. —Pinchó un trozo de pan en el plato—. Y luego le pones el otro, el antídoto, y en cinco minutos lo tienes en pie, como si nada.

—¿Tan rápido?

—Tan rápido. El pescador no se lo creía. —Rio—. Casi me da un abrazo.

Vicente compartió la risa rellenándole el vaso de agua. Bajo la mesa, Roco dormía con la cabeza sobre la zapatilla del viejo.

Mientras recogían los platos, Ana se dio cuenta de que era la primera cena desde la Baixada en la que no había pensado en Pilar.

Su padre se lo recordó al secar el último vaso.

—El sábado la entierran —dijo, sin volverse—. A las once. Ya la han entregado.

La mañana del entierro, Vicente se enfundó la camisa buena, la blanca de manga larga que usaba para las bodas y los funerales, y se estuvo peinando un buen rato delante del espejo del recibidor.

—¿Seguro que no vienes?

—Me duele la cabeza.

No era del todo mentira. Él la miró un momento, con el peine todavía en la mano, y no insistió.

Se sentó en el escalón del patio con Roco tumbado a sus pies. A las once menos cuarto empezaron a doblar las campanas. El sonido llegaba lento, con pausas largas entre golpe y golpe, rebotando en las paredes de las casas hasta el patio.

Había pasado la noche anterior dándole vueltas. La parte razonable de su cabeza le decía que fuera: todo el pueblo sabía que la había encontrado ella, y no ir al entierro era ponerse una diana en la espalda.

La otra parte no quería estar delante de aquel ataúd, y no sabía explicar por qué.

Porque en su recuerdo de aquella noche, tan nítido que a veces le parecía ajeno, había un hueco. Entre la silueta perdiéndose hacia el muelle y el momento en que ella se asomó al pretil, la cámara certificaba un lapso de dos minutos, un tiempo que su memoria no sabía medir.

Y a las cuatro de la madrugada, cuando la cabeza le ofrecía sus peores versiones, aquella silueta sin cara cobraba múltiples formas: un hombre, una sombra de la farola, o un espejismo fabricado por su mente para ocultar la verdadera obra de sus propias manos.

Interrumpió el pensamiento de cuajo, huyendo del abismo, igual que siempre.

Se miró las manos, abiertas sobre las rodillas. Las mismas que habían sacado un anzuelo sin hacer daño. Las mismas que en mayo habían sostenido una jeringa vacía.

Las campanas siguieron doblando un rato largo hasta devolverle el patio al silencio del mediodía, roto solo por las chicharras.

Roco levantó la cabeza, la miró y le lamió los dedos. Ana cerró la mano sobre la lengua caliente del perro y se quedó así, petrificada, hasta oír el giro de la llave de su padre en la puerta.