Capítulo 6. La encerrona
La entrada de la policía local tenía la persiana medio bajada y un charco de condensación en la acera, debajo del aparato del aire acondicionado.
Ana se detuvo un momento delante de la puerta de cristal, observando su propio reflejo encima de un cartel de objetos perdidos: la coleta tirante y la blusa planchada bajo una cara de haber dormido apenas dos horas.
Dentro, un agente joven levantó la vista del móvil con desgana.
—El inspector la espera al fondo.
El despacho, un antiguo almacén, no tenía ventanas. El aire acondicionado de la entrada no llegaba hasta allí; lo suplía un ventilador de pie que chirriaba en cada vuelta, arrinconado junto a una mesa de formica y dos sillas de plástico.
Bruno aguardaba sentado con un portátil abierto y una carpeta al lado, vistiendo la misma camisa del día anterior o una igual, y se levantó al verla entrar.
—Gracias por venir.
—No es que tuviera muchas alternativas.
Se sentó evitando apoyar la espalda en el respaldo, juntando las manos sobre el regazo y apretándolas para evitar un temblor que la delataría.
Bruno le explicó el procedimiento con calma: declaraba como testigo, él tomaría notas, al final leerían el texto en voz alta y ella firmaría si estaba de acuerdo, con derecho a corregir lo que no se ajustara a lo dicho.
Ana asintió a todo, reconociendo, tras años haciendo firmar consentimientos informados, esa voz de quien recita un trámite sabiendo que el otro desconecta.
—Cuénteme la noche del veinte al veintiuno. Desde el principio.
Ana se lo contó: el desvelo, la salida con el perro a las dos y pico sin rumbo, la subida por la calle Major, el momento de asomarse al pretil para verla abajo, el bloqueo, el móvil en la mano abortando la llamada y la huida final a casa.
Lo dijo en orden, sin adornos, como se presenta un caso en una sesión clínica. Al terminar se dio cuenta de que le había salido demasiado limpio.
Bruno dejó de teclear para levantar la vista.
—¿Por qué no llamó al llegar a casa?
—Porque para entonces ya no sabía si había visto lo que creía haber visto.
—Explíquemelo.
Ana miró el ventilador. Una vuelta, un chirrido. Otra vuelta.
—Llevo tres meses de baja, inspector. Por un trastorno adaptativo, dicen. Duermo mal, me cuesta concentrarme, y a veces la cabeza me juega malas pasadas. —Volvió a mirarlo—. No me fío mucho de ella, y esa noche menos que nunca.
Bruno no tecleó el dato; optó por mirarla un momento con la barbilla apoyada en la mano, y Ana tuvo la sensación incómoda de que la estaba explorando, exactamente igual que ella exploraba a un perro que llegaba cojeando cuando el dueño ignoraba de qué pata.
—Le voy a contar algo —dijo él—. Ya tengo el informe de la autopsia. No se lo he dicho todavía a la familia, así que le pido discreción.
Abrió la carpeta. No le enseñó nada. Leyó para sí y luego habló.
—Tiene el hioides roto. Y una marca aquí.
—Se tocó la parte delantera del cuello con el canto de la mano, de lado a lado—.
En banda. Sin marcas de dedos. La forense dice que alguien la sujetó por detrás, con el antebrazo contra la garganta.
Unos segundos. Después la empujó. —Pasó la hoja—.
Debajo de las uñas encontraron restos y fibras pendientes de análisis en el laboratorio.
Ana mantuvo la postura.
Vio el brazo. La manga oscura cruzada sobre el cuello de Pilar. Las manos de Pilar subiendo sin poder agarrarse. El zapato bajando escalón a escalón. Cinco, diez, quince.
Y vio también, como un reflejo involuntario, la imagen exacta sobre una mesa de necropsias: el hioides de una mujer de casi setenta años, calcificado y frágil como una galleta. La presión justa en el sitio justo. Sobraba la fuerza física; bastaba con conocer la ubicación exacta.
—Una llave —dijo.
—¿Perdón?
—Eso es una llave de estrangulamiento. Por detrás, con el antebrazo. Es lo que se ve a veces en los forcejeos con perros grandes o en malos tirones de correa... —Se oyó hablar y no pudo parar—. El hioides se rompe con nada a esa edad.
Bruno la miró antes de escribir algo corto en el portátil.
—¿Sabe usted de eso?
—Sé de cuellos.
El ventilador chirrió mientras una gota de sudor le bajaba a Ana por la espalda, deslizándose por debajo de la blusa hasta la cintura del pantalón.
—¿Conocía mucho a Pilar Roig?
—Era la panadera. Cuando yo era pequeña me daba cruasanes por encima del mostrador. Luego me fui a estudiar y ya no.
—¿Cuándo la vio por última vez con vida?
Ahí estaba. Ana lo había ensayado en la cama a las cinco de la mañana, y aun así la pregunta le llegó como si no la hubiera visto venir.
—Hace años. En el horno, en alguna visita a mi padre. No me acuerdo.
—¿No habló con ella esa noche?
—Estaba muerta cuando llegué.
Bruno sostuvo el silencio un poco más de lo cómodo. Luego asintió, despacio, y siguió tecleando.
—Dicen que no era de salir de noche.
—Yo tampoco. Hasta este verano.
Hizo alguna pregunta más sobre la hora exacta, si había visto coches, si había oído algo en el muelle.
Ana dijo que no a todo. Volvió más de una vez al corte de luz de las dos y veintiséis, a si había visto pasar a alguien por delante de la farola, y ella dijo que todavía estaba lejos, que había mucha oscuridad, que no.
La última vez que lo dijo le sonó a verdad, y eso le dio miedo.
Al final, Bruno le leyó la declaración en voz alta. Era corta. Cada frase era cierta, y el conjunto era mentira. Ana firmó con la misma letra con la que firmaba las hojas de alta.
—No salga del pueblo sin avisarme —dijo él mientras recogía el papel—. No es una acusación. Es que puedo necesitarla.
—Entendido.
—Y si recuerda algo, me llama. A la hora que sea.
Ana se levantó. En la puerta se volvió sin saber por qué.
—¿Tiene usted perro, inspector?
Bruno levantó la vista, desconcertado.
—No. ¿Por qué?
—Por nada. Ayer mi perro le olió la mano. No se la huele a cualquiera.
Salió antes de que él contestara.
Fuera, el sol de mediodía le cayó encima de golpe y la plaza entera estaba blanca, deslumbrante. Ana volvió a casa por el camino largo, rodeando la calle Major.
Cuando abrió la puerta, Roco estaba sentado al otro lado, esperándola, con la cola barriendo las baldosas.
Se arrodilló en el recibidor hundiendo la cara en aquel cuello con olor a perro, a patio y a sol. Se quedó así hasta que se le pasaron las ganas de llorar, y no lloró.
Arturo llegó a la mañana siguiente, a media mañana, sin avisar.
Ana lo oyó antes de verlo: el motor de un todoterreno que aparcaba mal en una calle demasiado estrecha para él, una puerta que se cerraba de golpe y, luego, tres golpes secos de nudillos en la verja de hierro, espaciados, con la cadencia de alguien acostumbrado a que le abran.
—¡Vicente! ¿Estás en casa, hombre?
Ana estaba en el patio con una taza de café frío entre las manos, pensando en subir a su cuarto antes de que la voz terminara de cruzar el jardín. No lo hizo. Estaba demasiado cansada para huir de una visita.
Vicente salió de la cocina secándose las manos en el trapo de cuadros, luciendo esa sonrisa un poco rígida que reservaba para la gente importante del pueblo.
—Arturo. Cuánto tiempo.
—Qué cuánto tiempo ni qué niño muerto, si hablamos ayer.
Arturo cruzó el jardín con paso firme. Tendría la edad de su padre, pero la llevaba de otra manera: la espalda recta, el pelo blanco peinado hacia atrás, una camisa blanca impecable y un reloj grande en la muñeca.
Esquivó la manguera enrollada junto a la puerta sin mirarla, como si conociera cada palmo de aquel patio.
—Y lo de la cómoda va bien, que ya te lo dije. La carcoma solo ha tocado la parte de atrás. En dos semanas la tienes como nueva.
—Te lo agradezco.
—No me lo agradezcas, que me entretiene. —Se volvió hacia Ana y abrió los brazos—. Pero no vengo por ti, Vicente. Vengo a ver a tu hija.
Roco se había levantado de la sombra del limonero en cuanto Arturo pisó el patio.
Estiró el cuello hacia él para olfatear el aire con pequeñas inspiraciones rápidas.
Durante dos o tres segundos se quedó quieto, con el cuerpo tenso y el pelo de la cruz ligeramente erizado.
Luego echó las orejas hacia atrás, dio media vuelta tranquilamente para colocarse detrás de las piernas de Ana, a tres metros largos de Arturo, manteniendo la mirada fija en silencio.
—Roco. —Ana le tocó el lomo. Ya no estaba tenso—. Tranquilo.
Arturo se rio sin darse por aludido.
—Este no me traga. No te preocupes, no es nada personal. —Se sacudió la manga con dos palmadas—. Es el olor del taller. Les pasa a todos los perros. Barniz, cera, disolvente. Y eso que hoy no lo he pisado, vengo directo del ayuntamiento. Pero se te queda en la piel, no hay jabón que lo quite.
Se acercó a darle dos besos. Ana captó primero una colonia dulzona y cara, de las que se notan desde lejos, ocultando debajo el rastro muy débil del barniz, y más abajo todavía, apenas un hilo, algo amargo.
El mismo olor de la camisa de su padre, aunque mucho más flojo.
Arturo arrastró una silla de plástico hasta la sombra del limonero para sentarse como si estuviera en su despacho, cruzando una pierna sobre la otra. Vicente trajo un vaso de agua fría por iniciativa propia antes de sentarse en el escalón de la cocina.
—Te lo voy a decir sin rodeos —empezó Arturo, inclinándose hacia ella—. Tenemos un agujero en el pueblo y tú eres la única que puede taparlo.
—¿Qué agujero?
—El consultorio. Rovira se jubiló en primavera y nos dejó colgados en plena temporada.
En invierno da igual, la gente se apaña.
Pero ahora tenemos nueve mil forasteros con perros de piso.
El mes pasado se murió un cachorro de un golpe de calor en la carretera, delante de unos críos.
Dos semanas de quejas en el ayuntamiento.
—Lo siento por el cachorro, pero estoy de baja.
—Nadie te pide que abras una clínica, mujer.
—Enseñó unos dientes demasiado blancos—.
Te pido tres horas. Cuatro, como mucho. El local de Rovira sigue dado de alta, nadie lo ha tocado.
El alquiler lo pone el ayuntamiento. De los papeles me encargo yo.
Tú solo pasas consulta a las tonterías del verano: vacunas, anzuelos, empachos.
Dinero limpio, sin jefes, sin auditorías.
—No estoy en condiciones de ejercer.
—Aquí no hay que estar en condiciones de nada para curar un rasguño, Ana. Hay que estar.
Bebió un trago de agua con el hielo tintineando contra el cristal. Miró de reojo a Vicente, inmóvil en el escalón con las manos colgando entre las rodillas, y luego volvió a mirarla a ella.
—Además, piénsalo en frío. Llegas, te encierras en esta casa con las persianas bajadas y no pisas la calle. En una semana todo el pueblo está hablando de por qué has vuelto así de Barcelona. Y con lo de Pilar...
Dejó el nombre en el aire un segundo exacto.
—Un golpe muy duro para todos, claro. Pero la gente tiene la lengua muy larga cuando se aburre al sol.
Te vieron llegar esa tarde, y esa misma noche aparece muerta.
Y ya sabe todo el pueblo que fuiste tú quien la encontró.
—Sonrió con pena—. Si te ven trabajando en el consultorio, atendiendo a sus perros, nadie piensa nada raro.
Te conviene que te vean útil, Ana. Por ti.
Y por tu padre, que bastante tiene con sus huesos.
Ana tardó un momento en entender lo que había oído.
Arturo había convertido la muerte de Pilar en un argumento de venta, y lo había hecho con la voz amable de quien da un consejo.
Te vieron llegar esa tarde, y esa misma noche aparece muerta .
Era la frase que ella llevaba cuatro días oyendo dentro de su cabeza, y alguien acababa de decirla en voz alta bajo el limonero de su padre.
Sintió ganas de pedirle que se marchara. No lo hizo. Lo miró fijamente, con la cara que ponía en urgencias cuando un dueño gritaba, y esperó a que él lo notara.
Si lo notó, no se le vio.
—Tiene razón, nena —dijo Vicente desde el escalón, con voz apagada, casi suplicante—. Un par de horas te servirán para distraerte.
Ana paseó la mirada desde su padre, anclado a las baldosas, hasta Arturo, a la espera con las manos cruzadas sobre la rodilla, para terminar en Roco, parapetado tras sus piernas con la vista clavada en el hombre de la camisa blanca.
Nadie la estaba obligando. Pero si decía que no, sería la desagradecida que rechazaba la ayuda del alcalde o la desquiciada que se encerraba en casa con las persianas bajadas, justo lo que Arturo acababa de describir. Y su padre la miraba desde el escalón.
—Tres horas —dijo al fin, con la boca seca—. Solo mañanas. Lo que sea complicado, o necesite ingreso, lo derivo a Tarragona.
—Hecho.
Arturo le tendió la mano por encima de la mesa antes de dejarla terminar de hablar, y Ana estrechó por reflejo aquella palma seca y fuerte.
—Mañana te bajo las llaves. Ya verás como aquí la cabeza se te ordena sola.
Tras un rato de charla sobre trámites, el fluorescente fundido y el «dinerillo aparte» que Ana escuchó a medias, Arturo se levantó despidiéndose de Vicente con una palmada en el hombro y rozándole a ella el brazo con los dedos un segundo más de lo necesario.
—Bienvenida a casa, de verdad. Cala Salina necesita gente como tú.
A Ana le sonó a eslogan de campaña política.
Lo vieron alejarse hacia el todoterreno, saludando de camino a una vecina que regaba macetas con su habitual confianza, hasta arrancar el motor con un rugido excesivo para aquella calle.
Roco abandonó su refugio tras las piernas de Ana para tumbarse en las baldosas, soltando un suspiro largo desde el fondo del pecho.
—Podrías haberte negado —dijo Vicente, ya de pie, recogiendo el vaso de la mesa.
—No parecía que hubiera mucho margen.
—Con Arturo nunca lo hay. —Lo dijo con ligereza, de espaldas, camino de la cocina—. Desde crío. Se le mete una cosa en la cabeza y no para hasta conseguirla.
Esa tarde, Ana llamó a su médica de cabecera de Barcelona para pedir el alta. Si iba a trabajar, aunque fueran tres horas, no podía seguir de baja. La doctora le preguntó dos veces si estaba segura, y a la segunda afirmación Ana casi llegó a creérselo.
Luego subió a su cuarto y abrió la libreta.
25/08. 11:20. Patio. Estímulo: Arturo (primer contacto). Señales: olfateo del aire, rigidez breve (2-3 s), piloerección leve en la cruz, orejas atrás, se retira tras mis piernas y mantiene 3 m. Sin gruñido. Se relaja en cuanto se va. Intensidad: 2.
Debajo escribió lo que había pensado en el patio, mientras Arturo hablaba del cachorro muerto.
Misma familia de olor que la camisa de papá: barniz, disolvente, algo amargo. Aquí mucho más débil, tapado por colonia. Arturo dice que hoy no ha pisado el taller. Papá ayer venía directo de allí. Más reciente, más concentrado, más reacción.
Lo releyó. Encajaba. Era lo primero que encajaba en días.
Tras cerrar la libreta, se quedó mirando el techo mientras desde abajo le llegaba el ruido de su padre fregando y, más cerca, la respiración de Roco tumbado contra la puerta con la cabeza sobre las patas.