Capítulo 5. El miedo nuevo
Ana llevaba despierta desde las cinco.
Repasaba la misma frase una y otra vez. Cuarenta y un segundos. Oía la voz del inspector diciéndola en la puerta, sin subir la entonación, como quien lee un dato de un informe.
Era una voz grave y tranquila. Le molestaba haberse fijado.
Bajó a las siete y media, con la cabeza en otra parte. La casa, a esa hora, tenía otro silencio. Puso la cafetera en el fuego y dejó el móvil boca abajo en la mesa. No quería volver a ver el titular del diario comarcal: Muere una vecina de Cala Salina al caer por una escalera del puerto .
Oyó la puerta de la calle antes de que el café subiera: el chasquido del cerrojo y los pasos de su padre alejándose por la acera. No había entrado a darle los buenos días. Iba al mercado; lo había dicho en la cena, sin venir a cuento, que llevaban tres días de carne y tocaba pescado.
Se sirvió el café y salió al recibidor.
En la pared, junto a la puerta, había un rectángulo más claro. En las baldosas se veía un cerco de polvo con cuatro marcas redondas, cuatro patas, y un arañazo fresco hacia la puerta, como de algo arrastrado.
Ana tardó un momento en entender qué faltaba: la cómoda de su madre, donde guardaba los manteles buenos y los recibos de la luz.
Ayer por la tarde, cuando le abrió al inspector, la cómoda estaba allí.
Se quedó mirando el hueco con la taza en la mano antes de volver a la cocina.
Roco estaba en el patio, tumbado a la sombra del limonero, a una distancia prudente de las ramas. Levantó la cabeza al oírla.
Ana cogió un trozo de pan de la bolsa y un taco de queso de la nevera para salir descalza sobre las baldosas todavía frescas.
—Ven.
Roco acudió para sentarse delante de ella, adelantándose a la orden, y la miró a la cara.
Ana dejó el pan en el suelo, a un metro. Roco lo siguió con los ojos, adelantó el peso y se levantó.
—¡Deja!
Se paró en seco. Con una pata en el aire. Miró el pan, la miró a ella, volvió a mirar el pan.
Se sentó.
—Muy bien. —Le dio el queso de la mano. Él lo cogió con los dientes, evitando rozarle los dedos—. Muy bien, guapo.
Lo repitieron cuatro veces. A la tercera, Roco ya se mantenía sentado, mirándola a ella, esperando.
Ana recordaba la primera vez que lo intentaron, en la cocina del piso de Barcelona, con un trozo de salchicha en el suelo y Roco todavía en los huesos.
No le dio tiempo a abrir la boca. El perro se lanzó sobre la comida con el cuerpo pegado al suelo, se la tragó sin masticar y luego se encogió contra la pared esperando el golpe.
En su vida anterior, la comida del suelo era la única disponible, y siempre cobraba un precio.
Tardaron cuatro meses en lograr que se detuviera medio segundo al oír la palabra, y un año entero en conseguir que se sentara a mirarla a ella en lugar de la comida.
La colega etóloga le había explicado que ese ejercicio importaba más que sentarse o acudir a la llamada. Un perro que había sobrevivido en una cuneta no tenía que aprender un truco, sino algo mucho más difícil: que alguien iba a darle algo mejor y que podía fiarse.
Ana recordaba haber pensado, en aquella consulta, que ella padecía el mismo mal. Llevaba años tragándose lo que le pusieran delante en el hospital, sin esperar nada mejor.
Le rascó el pecho, pasándole los dedos por el pelo cobrizo, sobre una cicatriz vieja y blanca, notando bajo la mano el latido lento y tranquilo del animal.
—Tú y yo —le dijo—. Tú y yo, que nos hemos arreglado bien.
Roco apoyó el hocico en su rodilla y cerró los ojos.
Se quedaron así un rato mientras Ana pensaba en las doce, midiendo qué iba a decir y qué pensaba ocultar.
A las diez menos cuarto se abrió la puerta de la calle.
Vicente entró en la cocina con las manos vacías. Sin bolsa. Sin el papel de estraza del pescado.
—¿Y el pescado? —preguntó Ana desde el marco de la puerta del patio.
—No había nada que valiera la pena.
Fue directo al fregadero para abrir el grifo y frotarse las manos bajo el chorro, dejándolas allí más tiempo del necesario.
—Me he entretenido con Fermín —añadió, de espaldas.
Ana lo observó de espaldas: los hombros subidos, los antebrazos tensos bajo el chorro y, al llegarle a las manos, un temblor que no era de la edad. Era el mismo que le subía a ella a los dedos después de una urgencia mal resuelta.
—¿Estás bien?
—Cansado. Hace un calor de perros.
Cerró el grifo, se secó con el trapo y se sentó a la mesa.
Roco entró desde el patio y avanzó despacio con la cola a media altura hacia la mesa, deteniéndose a la altura de la nevera, a un metro de la silla de Vicente.
Se quedó rígido de golpe, como si le hubieran cortado los hilos al revés. El pelo del lomo se levantó en una cresta desde la nuca hasta la base de la cola, que se mantuvo tiesa en horizontal.
Tenía los ojos clavados en Vicente, fijos. De la garganta le salió un gruñido bajo y largo, encadenado sin pausa para respirar, mientras los belfos se tensaban mostrando los colmillos.
Ana miró el reloj de la cocina sin pensarlo, como miraba el de la sala de hospitalización cuando un perro empezaba a convulsionar. Las 09:47.
—Roco.
No se movió. Ni una oreja. El gruñido seguía.
Era un sonido nuevo en sus dos años juntos, ausente ante el petardo de Sant Joan o el barrendero de la escoba. El miedo siempre lo encogía en busca de la puerta, pero esta vez estaba plantado con la mirada clavada.
Vicente no hizo nada para calmarlo. No le habló. No le tendió la mano. Empujó un poco la silla hacia atrás con los talones, un palmo, y se quedó quieto, con las manos sobre el mantel.
—¿Qué te pasa? —Ana chasqueó los dedos—. Roco. Aquí.
Nada. La ignoró por completo.
—Los perros notan las cosas —dijo Vicente. La voz le salió un tono más baja de lo normal—. Habrá olido algún gato.
Ana cruzó la cocina, se agachó junto al perro y lo cogió del collar. Estaba duro como una tabla. Notó en la palma el gruñido, una vibración subiéndole por el cuello.
Tiró. Roco se dejó arrastrar hacia atrás sin doblar las patas, resbalando por las baldosas, sin dejar de mirar a Vicente.
Lo sacó al patio y cerró la puerta de cristal.
Roco se quedó al otro lado, pegado al vidrio. Rígido. Mirando hacia dentro. No se oía el gruñido, pero seguía con los belfos tensos y la punta de los colmillos fuera.
Miró el reloj. Las 09:49.
—Voy a tumbarme un rato —dijo Vicente.
Se levantó y, al pasar junto a ella, le puso la mano en el hombro: un gesto de toda la vida que esa mañana pareció durar un segundo de más.
Y al tenerlo cerca, Ana captó algo: una mezcla de barniz y disolvente sobre un rastro amargo y áspero que se deshizo en el aire de la cocina en cuanto intentó atraparlo.
Vicente subió, dejando a su paso el crujido del tercer peldaño, el cierre de la puerta del baño y, al rato, el rumor del agua de la ducha por las tuberías.
En el patio, Roco tardó once minutos en tumbarse y veinte en dejar de mirar la puerta.
Ana subió a su cuarto a por la libreta y se sentó en el escalón del patio, con el perro a un metro, para escribir.
24/08. 09:47. Cocina. Estímulo: Vicente, al volver de la calle.
Señales: inmovilidad súbita, rigidez total, piloerección nuca-cola, cola horizontal rígida, mirada fija sin parpadeo, gruñido sostenido continuo, belfos tensos con colmillos visibles.
No evita, no busca salida. No responde a su nombre.
Latencia: inmediata al llegar a 1 metro.
Duración junto a él: 2 min. Tarda 11 min en tumbarse, 20 en desenganchar la mirada. Intensidad: 5.
Hojeó hacia atrás repasando los cincos de Barcelona y de los primeros meses, el de la madrugada del veintiuno, el tres de la calle Major y el uno de ayer con el inspector.
Ninguno se parecía a este.
Este pico de estrés era único: frente a los demás episodios donde el pánico lo empujaba hacia la puerta, aquí quedaba clavado al suelo.
Apenas tres días antes, en la misma cocina y junto a la misma silla, había escrito un cero. Algo había cambiado en tres días, ya fuera en Roco o en su padre.
Ana hizo lo que habría hecho con cualquier caso raro: la lista.
Dolor: no, ha estado jugando en el patio. Maltrato: no, papá no lo ha tocado. Conducta de papá: rara, pero no amenazante. Olor: ¿?
Se quedó mirando la interrogación.
A las once, Vicente bajó duchado, con una camiseta limpia y el pelo mojado peinado hacia atrás. Se puso a pelar patatas en la encimera, de espaldas, tarareando algo que Ana no conocía.
Ana abrió la puerta del patio y Roco entró. Olfateó el aire desde el umbral antes de avanzar hacia la encimera con paso tranquilo y la cola a media altura para oler los talones a Vicente. Movió la cola dos veces, tumbándose después junto a la nevera, donde caían las migas, con un suspiro.
Ana se quedó quieta en la puerta, frente al resultado tras una hora, una ducha y una camiseta distinta.
Subió la escalera sin hacer ruido. En el baño, destapó el cesto de la ropa sucia para encontrar, arriba del todo y hecha una bola, la camisa de cuadros que su padre llevaba por la mañana.
La cogió y se la acercó a la cara.
Desprendía un rastro a sudor, a barniz fuerte, al dulzor del disolvente y a serrín. Y debajo, persistía un matiz amargo, resinoso: un olor a monte.
Ana apartó la camisa y volvió a acercarla, confirmando que el olor seguía ahí, fino, agarrado a la tela del cuello y de los puños.
Algo en él le tocó una memoria reciente de aquella noche en la calle cuyos detalles aún se resistían a tomar forma.
Bajó con la camisa en la mano.
Al verla entrar, Roco levantó la cabeza, olfateó el aire y se puso en pie.
Ana se agachó a dos metros de él y extendió el brazo con la camisa.
Roco se quedó rígido. El lomo se le erizó. Clavó los ojos en la tela.
Gruñó.
Ana escondió la camisa detrás de la espalda, pero Roco siguió mirando el sitio donde había estado y después a ella, antes de bajar la cabeza y volver a tumbarse despacio, observándola fijamente.
Vicente se había dado la vuelta con el pelador en la mano. Miraba la camisa, detrás de la espalda de su hija.
—¿Qué haces con eso?
—Es la camisa. —Ana se levantó—. Le gruñe a la camisa, papá. No a ti.
Vicente guardó silencio.
—¿Dónde has estado esta mañana? Esto no huele a mercado.
Vicente dejó el pelador en la encimera. Se secó las manos en el trapo, despacio.
—En el taller de Arturo.
—¿Del alcalde?
—Restaura muebles. Es su vicio desde crío.
Tiene un almacén en el puerto que apesta a química.
—Señaló con la barbilla hacia el recibidor—.
Anoche, cuando ya te habías subido, mandó al chico con la furgoneta a por la cómoda de tu madre.
La carcoma se la estaba comiendo por detrás y se ofreció a arreglarla.
Esta mañana, camino del mercado, me ha llamado para que fuera a verla.
—¿Y por qué no me lo has dicho?
—Porque me daba vergüenza. —Se encogió de hombros—. Que el alcalde me haga favores. Que tú pienses que ando tocando las cosas de tu madre. No sé, nena. Me he entretenido allí, luego con Fermín, y se me ha ido media mañana.
Ana miró el trapo en sus manos. Seguían temblando un poco.
—Hueles a Arturo —dijo.
Vicente soltó una risa corta y desganada.
—Huelo a su taller. Aquello se te mete en la ropa a base de barniz, cera y sus potingues. —Se volvió hacia las patatas—. A lo mejor al perro no le gusta. A mí tampoco me gusta mucho.
Ana se quedó con la camisa en la mano, repasando una explicación sencilla que encajaba con el hueco del recibidor, con el barniz de la tela y con la ducha que había devuelto a Roco a la nevera.
Un olor fuerte, químico y desconocido frente a un perro con un sistema nervioso sometido a tres días en alerta.
Pero Roco se había plantado delante de la camisa como ante algo que ya conocía de aquella noche en la calle.
Ana dejó la camisa en el cesto y cerró la tapa.
Volvió a su cuarto y añadió dos líneas a la entrada de la mañana:
11:05. Mismo sujeto, tras ducha y cambio de ropa: 0. Se acerca, olfatea, cola, se tumba. Prueba con la camisa de la mañana a 2 m: rigidez, piloerección, mirada fija, gruñido. Estímulo: olor en la ropa. Origen probable: taller de Arturo (barniz, disolvente, algo amargo).
Se quedó un momento con el bolígrafo levantado antes de escribir debajo, más pequeño, para tacharlo enseguida: ¿Baixada?
Faltaban cuarenta minutos para las doce.
Sacó la tarjeta del inspector de la funda del móvil y la dejó sobre la colcha.
Decidió lo que iba a contar: el paseo por insomnio, la escalera, el cuerpo abajo, el pánico y la vuelta a casa.
Omitiría a Pilar en el portal y a la silueta.
Mencionarla obligaba a contar por qué Pilar la esperaba allí y lo que le había dicho antes de bajar.
Dudaba si se callaba para protegerlo a él o si, con el estado de su cabeza esa madrugada, desconfiaba de haber oído bien aquellas palabras.
Probablemente por las dos cosas.
Se lavó la cara con agua fría y se recogió el pelo en una coleta tirante, de las de ir a trabajar.
Abajo, Roco se había metido debajo de la mesa, apuntando con el hocico hacia la puerta de la calle, con la cabeza apoyada sobre las patas y los ojos abiertos.
Vicente tarareaba mientras pelaba patatas.
El perro no dejó de mirar la puerta hasta que Ana la abrió para irse.