El rastro del lentisco Capítulo 4. El forastero
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Capítulo 4. El forastero

A las siete menos diez, Ana estaba en la plaza de la iglesia.

Pilar la había citado a las siete en el horno. Ya no tenía sentido acudir. Sin decidirlo, se había vestido, le había puesto la correa a Roco y había salido. Las piernas la llevaron por el camino largo, rodeando la calle Major. No se preguntó por qué.

El horno de los Roig ocupaba la planta baja de una casa estrecha, con el rótulo pintado a mano sobre la puerta. La persiana estaba bajada.

Delante esperaban tres mujeres con bolsas de tela, hablando bajito, muy juntas.

Ana se quedó en la esquina, junto a la fuente. Roco bebió del chorro con la cabeza ladeada. Luego se sentó a sus pies y se puso a mirar a las palomas.

A las siete y cinco apareció un hombre de unos cuarenta años, en camiseta y con las llaves en la mano. Tenía los ojos hinchados. No subió la persiana. Abrió la puerta lateral, la del obrador, y se volvió hacia las mujeres.

—Hoy no abrimos. Lo siento.

—Jordi, hijo. —Una de ellas le cogió del brazo—. ¿Es verdad lo de tu tía?

Jordi asintió arrugando la barbilla.

—Un pescador. A las cuatro, cuando bajaba a la barca. Estaba al final de la Baixada.

—Virgen santa.

—Dicen que se ha caído. —Se pasó la mano por la cara—. Esa escalera está fatal. Llevamos años diciéndolo.

—¿Pero qué hacía ella por ahí a esas horas?

—Vivía ahí abajo, Maruja. Subía y bajaba cada día.

Jordi entró y cerró la puerta. Las mujeres se quedaron un rato en la acera y una de ellas se santiguó.

Se ha caído.

Ana se agarró al borde de la fuente. La piedra estaba mojada y fría.

Nadie había visto nada más ni iba a hacerlo: Pilar se había caído por una escalera en mal estado, cumpliendo lo que todo el pueblo llevaba años advirtiendo que iba a pasar.

Una de las mujeres pareció reconocerla al mirarla y abrió la boca para decir algo.

Ana tiró de la correa y se fue.

Cuando volvió a casa, su padre estaba en la cocina, con la radio puesta. Tenía delante una taza de café con leche y una magdalena sin empezar.

—¿Te has enterado? —dijo al verla—. La Pilar. La del horno.

—Me lo han dicho en la plaza.

Vicente bajó el volumen de la radio. Se frotó la cara con las dos manos.

—Pobre mujer. Con los años que llevaba subiendo y bajando esa escalera.

Ana llenó el cuenco de Roco en el grifo. El perro caminó hacia Vicente para oler sus zapatillas y tumbarse debajo de la silla, apoyando el hocico sobre el pie del viejo, que le rascó detrás de la oreja sin mirarlo.

—¿La conocías mucho? —preguntó Ana.

—Como a todo el mundo aquí. —Vicente partió la magdalena por la mitad y no se la comió—. Íbamos al mismo colegio. Hace un siglo.

No dijo nada más. Ana tampoco.

Subió a su cuarto y se sentó en la cama con la libreta abierta sobre las rodillas. Leyó la entrada de la madrugada. Luego escribió debajo, con la hora:

21/08. 07:40. Cocina. Estímulo: Vicente. Señales: se acerca, olfatea, se tumba bajo su silla. Acepta caricia. Intensidad: 0.

Se quedó mirando el cero. Había algo en ese número que la tranquilizaba.

El viernes y el sábado pasaron sin novedad.

El pueblo habló de Pilar en los bares, en la cola del súper, en el grupo de WhatsApp que su padre leía en voz alta después de comer.

Una desgracia. Una escalera que el ayuntamiento tenía que haber arreglado hacía años.

El entierro, cuando lo entregaran del Instituto de Medicina Legal. Nadie sabía cuándo.

Ana escuchaba y asentía. Por las noches no dormía.

Pensó muchas veces en llamar. Llegó a marcar los dos unos más de una vez, como aquella noche. Ensayaba lo que iba a decir: Estaba allí. Vi a alguien. No le vi la cara . Llegaba a esa frase y borraba los números.

Es sobre tu padre.

Si llamaba, le preguntarían de qué habían hablado. Y tendría que decirlo.

El sábado sacó a Roco a media mañana y probó a subir por la calle Major.

Al llegar a la altura de la farmacia, Roco se paró.

Se ancló al suelo con las cuatro patas abiertas y el peso echado hacia los cuartos traseros, girando la cabeza hacia la pared para apartar la mirada de la calle antes de lamerse el hocico y bostezar.

Ana conocía esas señales. Las había visto mil veces en la puerta de la clínica, en perros que se plantaban en la acera porque olían la consulta antes de entrar.

Dio un paso más. Roco no se movió. Tenía la cola baja, pegada a los corvejones.

—Vale —dijo Ana—. Vale. No subimos.

Dio la vuelta. Roco se levantó enseguida para echar a andar a su lado con la cola otra vez a media altura.

Esa tarde lo apuntó: 22/08. Calle Major, altura farmacia. Estímulo: el lugar. Señales: se planta, desvía la mirada, lamido de hocico, bostezo, cola baja. Sin vocalización. Se recupera al dar la vuelta. Intensidad: 3.

Debajo añadió, más pequeño: Miedo contextual. Asocia la calle con la Baixada.

Le pareció la deducción más lógica de los últimos tres días.

El veintitrés por la tarde llamaron a la puerta.

Ana estaba en el patio, sentada en el escalón, con los pies sobre las baldosas que empezaban a soltar el calor del día. Roco levantó la cabeza al oír la verja antes de que sonara el timbre.

Vicente estaba arriba, echando la siesta que siempre se alargaba hasta pasadas las seis.

Ana abrió.

En el umbral esperaba un hombre de unos cuarenta y tantos años con barba de dos días y ojeras profundas, vestido con una camisa blanca pegada al pecho por el sudor y la corbata aflojada, sosteniendo una carpeta de cartón contra la cadera.

Roco apareció detrás de las piernas de Ana para mirar al forastero y soltar un único gruñido bajo.

Luego estiró el cuello para olfatear el aire hacia los zapatos del desconocido manteniendo la distancia, retrocedió medio paso y se quedó detrás de ella observando.

El hombre bajó la vista al perro y no se movió. Ni se agachó ni le tendió la mano. Esperó.

A Ana le gustó eso.

—¿Ana Ribera?

—Depende de quién pregunte.

—Bruno Mendoza. Inspector de los Mossos d'Esquadra. —Le enseñó la placa y la guardó—. ¿Tiene un momento?

—¿Es por Pilar?

—¿Por qué lo pregunta?

—Porque en este pueblo no se habla de otra cosa. Y usted no tiene pinta de venir a la playa.

Bruno no sonrió. Abrió la carpeta y sacó una hoja.

La levantó de golpe entre los dos, a la altura de la cara de Ana.

Roco dio un respingo y se agachó con las orejas hacia atrás hasta advertir que el brazo en alto solo sostenía un papel, reincorporándose despacio.

Bruno se fijó en la reacción y bajó un poco la hoja.

Era una foto impresa en blanco y negro, con mucho grano. Una acera. Un pretil de piedra. Una mujer con coleta, vaqueros y camiseta oscura, apoyada con las dos manos, mirando hacia abajo. A su lado, un perro tirando de la correa hacia atrás.

En la esquina de arriba, la hora: 02:28:14.

Ana miró su propia cara, sin reconocerla del todo, con la boca abierta.

—La cámara del cajero de la calle Major —dijo Bruno—. Solo coge el pretil y un par de metros de acera; la escalera queda justo fuera de plano, pero la ve a usted.

Ana cerró los ojos un momento.

La foto no demostraba nada. Pero negarlo solo retrasaría lo inevitable. Lo que tenía que proteger no era lo que había visto, sino lo que había oído.

Los volvió a abrir.

—Cuarenta y un segundos —siguió él—. Entra en el plano, se asoma, saca el móvil, lo guarda, mira a los lados y se va corriendo. En ningún momento llama a nadie ni baja.

—¿Eso es una pregunta?

—Es lo que dice la grabación. La pregunta es por qué.

Ana notó el temblor en los dedos y los hundió en el cuello de Roco. El perro se apoyó contra su pierna.

—Me fui a buscar ayuda.

Bruno no contestó enseguida. Dejó la frase entre los dos el tiempo justo para que Ana también la oyera. Ayuda. Ayuda para alguien que estaba ahí abajo.

La foto no probaba que a esa hora Pilar estuviera ya al pie de la escalera. Hasta ese momento, Bruno solo tenía una mujer asomada a un pretil. Ahora lo tenía dicho por ella.

—No llamó. No despertó a nadie. La encontró un pescador hora y media después.

—Me asusté.

—Lo entiendo. —Bruno bajó la foto del todo—. Pero no auxiliar a alguien que está en peligro tiene un nombre en el Código Penal.

Ana vio otra vez la cabeza girada sobre el último escalón y la mancha abriéndose paso entre las juntas de los adoquines.

—Estaba muerta, inspector.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque la vi.

—Desde arriba, de noche y a treinta escalones.

—Diez años en urgencias veterinarias. —Le sostuvo la mirada—. Sé cómo queda un cuello roto con solo mirarlo.

Bruno marcó apenas una arruga entre las cejas.

—Si estaba muerta, no hay omisión de socorro —dijo—. Pero eso lo decide una forense con el cuerpo delante, no usted desde un pretil. —Hizo una pausa—. Y si tiene razón, sabe usted más que el pescador. Y que los dos agentes que subieron esa noche y vieron una caída.

—¿No lo fue?

Bruno tardó en contestar. Sacó otra hoja de la carpeta y la miró sin enseñársela.

—Hay una cosa más. A las dos y veintiséis, dos minutos antes de que usted aparezca, la luz de la farola del rellano se corta en el borde de la imagen. Un segundo. Como si algo pasara por delante.

El frío le subió por los brazos a pesar de los treinta y dos grados de la calle.

—¿Vio usted algo? —preguntó él—. ¿A alguien?

La cabeza oscura, levantada hacia ella. Uno. Dos. Tres.

—No —dijo Ana.

Bruno la miró un rato largo mientras ella le mantenía la vista, entrenada tras años de dar malas noticias a gente que buscaba en su cara lo que ella ocultaba; sabía cómo quedarse quieta.

—No fue una caída —dijo él al fin—. Es todo lo que le puedo decir aquí.

Tras guardar las hojas, sacó una tarjeta del bolsillo de la camisa y escribió algo en el dorso, apoyado en la carpeta.

—Mañana a las doce. Me han dejado un despacho en la policía local, al lado del ayuntamiento. Declara como testigo. Si quiere venir con abogado, puede.

—¿Lo necesito?

—Usted sabrá.

Ana cogió la tarjeta que le tendía. En el dorso, a bolígrafo: Las doce. No falte.

Roco se adelantó un palmo y olió la mano de Bruno, la que había sostenido la tarjeta. La olió con cuidado, estirando el cuello todo lo que podía sin mover las patas. Luego volvió a su sitio.

—Buen perro —dijo Bruno.

—No es de los que se dejan tocar.

—Ya lo veo. —Por primera vez, un amago de sonrisa le asomó a los labios—. Hace bien.

Se dio la vuelta y cruzó el jardín hasta empujar la verja, que chirrió a sus espaldas mientras él se alejaba. No miró atrás.

Ana cerró la puerta y apoyó la frente contra la madera.

—¿Quién era?

Vicente estaba en lo alto de la escalera, en camiseta interior, con el pelo aplastado de la almohada. Bajó despacio, agarrado a la barandilla.

—La policía.

—¿La policía? —Se paró en el último peldaño—. ¿Qué quería?

Ana tardó en contestar mientras Roco se acercaba al pie de la escalera para oler las zapatillas de Vicente, moviendo la cola un par de veces.

—Por lo de Pilar. —Se apartó de la puerta—. Fui yo, papá. La encontré yo.

Vicente se quedó inmóvil.

—Esa noche no podía dormir. Salí con Roco. Estaba en la Baixada. —Se le secó la boca—. Me asusté y me vine a casa. No llamé a nadie.

—¿Tú? —Vicente se sentó en el escalón. Parecía de pronto mucho más viejo—. ¿Y por qué no me lo dijiste, nena?

—No lo sé.

—Dos días. Con eso dentro. —Alargó la mano y ella se acercó. Le cogió la muñeca, con los dedos torcidos—. ¿Estás bien? ¿Te pasó algo a ti?

—No. Estoy bien.

—Mañana te acompaño.

—No hace falta.

—Pues busco un abogado. El hijo de Fermín tiene uno en Reus que...

—Papá. Soy testigo. Nada más.

Vicente le apretó la muñeca antes de soltarla.

—Como quieras. —Se levantó con un gruñido, apoyándose en la rodilla—. Pero si te hacen cualquier cosa, me lo dices. ¿Me oyes? Cualquier cosa.

Se fue hacia la cocina tocándole la cabeza a Roco al pasar, y el perro lo siguió para tumbarse junto a la nevera, el rincón donde siempre caían migas.

Esa noche Ana se sentó en la cama con la libreta.

23/08. 18:10. Umbral de casa. Estímulo: hombre desconocido (inspector). Señales: gruñido único, olfateo a distancia, retirada tras mis piernas. Sobresalto y se agacha al levantar él el brazo (palo). Recupera rápido. Olfatea su mano al final. Intensidad: 1-2.

La leyó dos veces. Era una reacción sana propia de un perro que ha aprendido a desconfiar de los hombres desconocidos y a temer un brazo en alto.

Una respuesta muy distinta a la madrugada del veintiuno.

Dejó el bolígrafo en la mesita y miró la tarjeta de Bruno apoyada contra la lámpara.

Las dos y veintiséis. La luz de la farola cortada un segundo, en el borde de la imagen.

La cámara no había visto la cara. Ella tampoco.

Pero la cámara no sabía que alguien había levantado la cabeza hacia lo alto de la escalera y se había quedado mirando. Uno, dos, tres.

Eso solo lo sabía ella.

Y quien fuera que la había mirado.

Roco se levantó de su sitio bajo la ventana. Dio una vuelta por la habitación, olfateó la rendija de la puerta y se tumbó contra ella, con la cabeza alta.

Ana apagó la luz. A través de la rendija de la persiana, la luz naranja de la farola seguía recortando la tarjeta blanca sobre la mesa.