El rastro del lentisco Capítulo 3. La Baixada
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Capítulo 3. La Baixada

Los números rojos no parpadeaban, pero a Ana le parecía que latían al ritmo de la presión de la nuca, esa cefalea instalada en la base del cráneo al caer la tarde para quedarse hasta el amanecer.

El ventilador llevaba horas girando junto a la cama y movía sobre la sábana un aire tan tibio como el de la calle. Su zumbido, pegado a la almohada, se tragaba los ruidos pequeños de la casa.

Se sentó en el borde del colchón y se frotó los ojos con las yemas de los dedos.

Llevaba cuatro horas dando vueltas, pero el cuerpo seguía haciendo lo aprendido en diez años de guardias: mantenía el corazón acelerado y los músculos tensos mientras el oído seguía atento a un teléfono de urgencias que ya no llevaba encima.

Sus compañeras le habían dicho que se le pasaría. Tres meses después, su sistema nervioso seguía esperando una llamada a las dos de la madrugada, y como no llegaba, se la inventaba.

Cogió el móvil de la mesita más por costumbre que por otra cosa, encontrando tres mensajes del grupo del hospital, ninguno para ella: la foto de un perro hospitalizado, un audio y alguien que preguntaba quién le cambiaba el sábado.

Había también un correo de la mutua y el recordatorio que se había puesto en junio, saltando terco cada día: Dra. Villaret — jueves 11:00 .

Ya lo había cancelado una vez, por teléfono, desde el aparcamiento de un área de servicio, con los camiones pasando al lado y la recepcionista preguntándole si quería otra fecha. Le habían dicho que podía hacerla por videollamada, desde donde estuviera.

Apagó la pantalla.

Con los ojos cerrados volvió lo de siempre, en el mismo orden, como una película que alguien le ponía cada noche sin preguntarle: la luz demasiado blanca de la sala de tratamiento iluminaba a un pastor alemán quieto sobre la mesa de acero mientras su propia mano se cerraba sobre una jeringa vacía que no recordaba haber cargado.

Abrió los ojos. El techo seguía en su sitio.

—Venga, Roco —susurró.

El bulto cobrizo se desperezó bajo la ventana. Levantó las orejas y vino hacia ella con las uñas repiqueteando en el terrazo.

Ana se puso unos vaqueros descoloridos y una camiseta azul marino. Se recogió el pelo en una coleta. Bajó la escalera pegada a la pared, donde los peldaños no crujían.

En el recibidor olía a sopa tibia y a madera vieja. Descorrió el cerrojo milímetro a milímetro, sin hacer ruido, y salió.

Fuera el ponent seguía soplando desde el interior sin refrescar nada, con las paredes devolviendo el calor del día mientras, de lejos, llegaba un motor fueraborda mezclado con la música del paseo marítimo donde los veraneantes estiraban la noche.

Ana caminaba sin rumbo con la correa floja entre los dedos, buscando cansar las piernas hasta que la cabeza se callara.

Pasaron por delante de la farmacia de guardia y del escaparate a oscuras de una inmobiliaria con anuncios de apartamentos con vistas al mar a precios que ningún vecino podía pagar. En una terraza recién cerrada, las sillas de plástico dormían apiladas y sujetas con una cadena.

Junto a los contenedores, un gato cojeaba de una pata y, más adelante, un perro atado a la persiana de un bar la miró con las pupilas enormes.

Roco iba dos pasos por delante, con la trufa pegada a los portales. Tiraba hacia la parte alta, calle Major arriba, donde el empedrado se acababa de golpe y empezaba la Baixada del Port.

Treinta escalones de piedra gastada que caían en picado hasta el muelle.

A media escalera, bajo una farola de luz amarilla intermitente, había un rellano. En el lado izquierdo se abría la boca negra de un callejón ciego y arriba, antes del pretil de piedra que cerraba la calle sobre la escalera, un portal hundido en la pared.

—¿Ana?

La voz salió del portal, baja y rápida. Una figura menuda se despegó de las sombras y dio dos pasos hacia la calle.

Ana tardó un segundo en reconocerla. Era Pilar, la panadera de su infancia, ahora más encogida y gris, con los ojos rojos y las manos apretadas contra el pecho.

—Pilar.

—Menos mal. —Miró a un lado y a otro de la calle vacía—. No podía dormir. Te he visto subir por la calle Major y he cortado por detrás de la iglesia para esperarte aquí arriba. En medio de la calle no me atrevía a llamarte.

—Son las dos de la madrugada. ¿Estás bien?

—Me han dicho que has vuelto. Que te quedas. —Tragó saliva—. Llevo mucho tiempo queriendo hablar contigo. En tus visitas nunca me atrevía. Y así, a solas, sin nadie delante...

—Pilar, ¿qué pasa?

—Es sobre tu padre.

Ana se quedó quieta.

—Sobre algo que pasó hace mucho. Antes de que tú nacieras. Y ya no puedo seguir callándomelo. Con lo del faro, ya no...

El viento giró.

Una ráfaga subió de la escalera, encajonada entre las fachadas. Traía la sal del muelle y, debajo, algo más. Un olor amargo, a monte.

Roco se paró en seco.

Levantó la cabeza. Las orejas se le fueron hacia delante, apuntando al rellano y al callejón. Se le endureció el cuello. Soltó un único gruñido corto.

Pilar siguió la mirada del perro. Se le fue el color de la cara.

—Aquí no. —Le agarró la muñeca a Ana—. No debí hablarte aquí. Mañana. A las siete, en el horno, antes de que llegue nadie. Ven sola.

—Pero...

—Y no le digas nada a tu padre. De momento, nada. —Le soltó la muñeca—. Vete a casa, Ana. Que no te vean conmigo.

Echó a andar escalera abajo, deprisa, con la palma pegada a la barandilla.

Ana dio un paso atrás buscando la esquina del muro, donde la sombra era más espesa. Roco estaba rígido contra sus piernas, mirando hacia el rellano, y ella miró hacia donde miraba él. Le sujetó el collar y le apoyó la otra mano en el pecho para que no volviera a gruñir.

Pilar bajó los escalones hasta el rellano y entró en la luz amarilla de la farola.

Algo se movió en la boca del callejón.

Una silueta sin rostro salió de la negrura sin hacer ruido. Dos pasos. Tres. Se le echó encima por la espalda.

Un brazo le rodeó el cuello desde atrás y tiró de ella hacia arriba. Pilar abrió la boca, pero no salió ningún sonido.

Las manos de Pilar subieron a arañar la manga que le apretaba la garganta mientras sus pies rascaban la piedra. Un zapato se le salió y bajó rodando, escalón a escalón.

Ana contaba sin querer. Cinco. Diez.

Roco no movía ni un músculo. Ana notaba contra la palma el pulso del perro, disparado, mientras con la otra mano le estrujaba el collar hasta que le dolieron los dedos.

Quince.

El brazo se soltó. Un empujón.

Pilar cayó de espaldas y la escalera se la llevó. Rodó hasta el último peldaño con un ruido sordo y blando, como un saco que cae de un camión.

Luego, nada.

La silueta se quedó en el rellano, mirando hacia abajo.

Después, muy despacio, levantó la cabeza hacia lo alto de la escalera. Hacia la esquina del muro.

Con la farola a su espalda, solo se veía una cabeza levantada. Mirando.

Uno. Dos. Tres segundos.

Ana no respiraba.

La silueta bajó los peldaños restantes y, tras pararse un momento junto al cuerpo sin tocarlo, se deshizo en la oscuridad del muelle.

Ana no supo si pasó dos o veinte minutos contra el muro.

Cuando las piernas le obedecieron, avanzó hasta el pretil con el perro pegado a las rodillas. Apoyó las manos en la piedra. Se asomó.

Allí abajo estaba Pilar.

Ana no necesitó bajar. Sabía leer un cuerpo roto desde lejos, aunque hasta entonces todos hubieran tenido cuatro patas.

La cabeza girada casi noventa grados respecto al pecho. Los brazos abiertos, sin tono. Y bajo la nuca, una mancha oscura abriéndose paso por las juntas de los adoquines.

Lesión cervical alta. Parada inmediata. Nada que hacer.

Entonces Roco se rompió.

Se retorció contra la correa y patinó en la piedra. Tiró hacia atrás con todo el cuerpo, con las orejas aplastadas contra el cráneo y la cola metida entre las patas. De la garganta le salía un gemido fino, continuo.

Quería irse. Solo irse.

Con un sudor frío brotándole en la nuca, Ana sabía que tenía que llamar, que debía bajar los treinta escalones y hacer lo que había hecho mil veces: buscar el pulso, aunque supiera que no iba a encontrarlo.

Sacó el móvil y marcó dos unos seguidos con un pulgar que no le parecía suyo.

Se paró.

Quien fuera que estuviese ahí abajo, en algún sitio, había levantado la cara hacia ella.

Y detrás de ese pensamiento llegó lo demás: las luces azules subiendo la escalera, el agente con una libreta, una mujer sola a las dos de la madrugada con un informe psiquiátrico en el cajón y un cadáver a sus pies. La palabra testigo cambiando a sospechosa .

Borró los dos unos.

Miró a ambos lados de la calle, repasando el portal vacío, la boca negra del callejón y el muelle.

—Vámonos —dijo sin voz.

Echó a correr calle Major abajo con las suelas resbalando en el empedrado mientras Roco tiraba más que ella.

Entró en casa con el mismo cuidado con que había salido y sus manos actuaron solas: pasaron el cerrojo milímetro a milímetro, sin hacer ruido.

Soltó la correa. Roco no se separó de ella. Se quedó pegado a sus piernas, agachado, con las orejas planas y los ojos clavados en la puerta. Le temblaban los flancos.

Ana entró en el baño de la planta baja sin encender la luz, guiada solo por el naranja de la farola de la calle que entraba por el ventanuco.

Se miró las manos. Temblaban.

Les dio la vuelta. Las palmas, el dorso, las uñas. No había nada. Ni sangre ni tierra. Nada.

Se las lavó con agua fría durante mucho rato, hasta que el jabón dejó de hacer espuma.

Seguían temblando.

Subió a su cuarto. Roco no se echó en su sitio bajo la ventana. Se tumbó contra la puerta, con la cabeza alta.

Ana se sentó en el suelo, a un metro de él, con la espalda contra el armario. Alargó la mano hacia su lomo y él se apartó. Lo intentó otra vez al rato. Tardó cuarenta minutos en dejar que lo tocara. Ana los contó en el reloj de la mesita.

Cuando el gris empezó a colarse por la persiana, Ana se incorporó.

Cogió la libreta de tapas negras y el bolígrafo. Le costó abrirla. Le costó más escribir la fecha.

21/08. 02:26 aprox. Baixada del Port, arriba, junto al pretil.

Se detuvo en la siguiente línea para escribir despacio, con letra de informe.

Estímulo: desconocido.

Y lo era, porque Roco había reaccionado antes de que ella viera nada, apuntando al callejón cuando para ella solo había oscuridad allí.

Señales, antes: orejas adelante, cuello rígido, gruñido único, orientación fija al rellano. Alerta dirigida.

Durante: inmovilidad total. Mudo. FC muy alta.

Después: intento de huida, orejas planas, cola entre patas, vocalización aguda continua. No acepta contacto 40 min.

Intensidad: 5.

Miró el cinco. En dos años había escrito muchos cincos. Nunca uno en el que ella hubiera sentido lo mismo que él.

Pensó en añadir lo que había visto ella. La silueta. La cabeza levantada hacia lo alto de la escalera.

No lo escribió.

Cerró la libreta mientras Roco la miraba desde la puerta, con la cabeza sobre las patas y los ojos abiertos.

Es sobre tu padre.

Ana apartó la frase como se aparta la mano de una sartén, recordándose a sí misma que su padre le había dejado estofado en la encimera, que tenía setenta y dos años y las manos torcidas de la obra.

Pilar había querido contarle algo y alguien la había callado delante de ella.

Y esa persona había levantado la cara hacia lo alto de la escalera.

La persiana pasó del gris al azul sucio de la mañana mientras Ana seguía mirando el techo.