Capítulo 2. La llegada
El ponent bajaba de tierra adentro y abrasaba la carretera. Cerca, la calima enturbiaba la entrada a Cala Salina.
El agujero gris de sus inviernos de infancia se había convertido en una trampa de cemento con nueve mil veraneantes dentro.
Ana conducía con la camiseta pegada a la espalda y una presión en la nuca que ya no cedía con ibuprofeno. La radio sonaba sin ser escuchada.
La mirada se le iba al móvil, boca arriba en el asiento del copiloto.
Diez años de guardias le habían dejado ese reflejo: esperar la llamada de la primera urgencia de la noche, el aviso de los que traen un atropellado y tardan en llegar, o la llamada de última hora para una eutanasia que no han querido hacer durante el día.
El teléfono llevaba tres meses callado. Su mente seguía esperando.
La pantalla se encendió en un semáforo. El grupo de las compañeras del hospital veterinario trajo la foto de una tarta de cumpleaños. Ana deslizó el dedo para quitar la notificación y la lista de chats apareció debajo.
El de Marta ocupaba el tercer lugar por arriba entre los fijados, con el icono del altavoz tachado.
Apagó la pantalla. El semáforo se puso en verde y el coche de atrás pitó.
El informe de la mutua lo llamaba trastorno adaptativo con estrés crónico, lo que en la calle se conoce como síndrome del trabajador quemado.
En la práctica implicaba no soportar la luz de los fluorescentes y despertar con la mandíbula dolorida tras apretar los dientes toda la noche. En el trabajo era tener la compasión y la aguja pegadas en el mismo gesto, sin saber ya dónde acababa una y empezaba la otra.
En el asiento trasero jadeaba Roco, con el hocico pegado a la rendija de la ventanilla.
Era un podenco cobrizo y nervudo, todo patas y orejas. Lo habían encontrado en los huesos en una cuneta de Jaén al final de una temporada de caza, todavía con perdigones bajo la piel de los cuartos traseros. Algunos seguían ahí y Ana los notaba con los dedos cuando le rascaba la grupa.
Con él no le servía la anestesia en la que se había metido. Mantenerlo a salvo era lo único que su cabeza hacía sin esfuerzo.
En el maletero, entre la maleta y dos bolsas de ropa, viajaba el maletín de cuero oscuro.
Giró hacia las calles estrechas del casco antiguo y tuvo que esperar detrás de una furgoneta de reparto que ocupaba media calzada, con el motor en marcha y el aire acondicionado soplando un aire tibio que ya no enfriaba nada.
Venía a esconderse detrás de su padre, a meterse en la casa donde había crecido como quien se mete bajo una manta aunque haga calor, y a dejar que un jubilado de setenta y dos años le pusiera el plato delante sin hacerle preguntas.
Llevaba tres meses sin hacer nada en Barcelona, pero allí el no hacer nada tenía testigos: compañeras que escribían para saber cómo estaba y conocidos que la saludaban con cara de pena.
Aparcó frente a la fachada encalada y se quedó un momento con las manos en el volante. Oyó cómo el motor se enfriaba con pequeños chasquidos y cómo Roco, detrás, se levantaba en el asiento y empezaba a gemir de impaciencia.
La casa la recibió como lo hacía desde niña, con las persianas de esparto bajadas contra el sol de la tarde.
Delante de ella, finas tiras de luz naranja cruzaban el vestíbulo, sin llegar a tocar el pasillo, que seguía sumido en una penumbra fresca con olor a polvo viejo y a lejía.
En el techo del comedor giraba el mismo ventilador de aspas marrones, con el mismo zumbido asmático que la había dormido tantas siestas de verano.
Ana se quedó un momento en el recibidor, sujetando la maleta en una mano y el maletín junto a la correa en la otra, dejando que ese ruido le entrara por los oídos hasta el pecho.
Luego iré a por las dos bolsas del coche , pensó.
—¿Ana? ¿Eres tú, nena?
Las zapatillas de paño llegaron antes que él. Vicente salió de la cocina secándose las manos con un trapo.
Setenta y dos años. La espalda encorvada y los hombros vencidos bajo la camisa de manga corta, con el pantalón de tergal subido por encima de la cintura. Le puso una mano en el hombro y la besó en la mejilla, como a cámara lenta.
Roco había entrado pegado a los gemelos de Ana, con el lomo bajo tras el viaje. Dio dos pasos estirando el cuello para olfatear el bajo del pantalón del viejo y movió la cola.
Vicente olía a lo de siempre: a jabón La Toja mezclado con ropa tendida al sol y caldo de pollo.
—Hola, chaval.
Se agachó con un crujido de rodillas y le ofreció un mendrugo partido por la mitad.
—Toma. Anda, coge.
Roco dudó un segundo antes de tomar el pan sin rozarle los dedos. Vicente le pasó la mano por el lomo, despacio, y el perro masticó sin apartarse.
Ana dejó la maleta y el maletín junto a la escalera. Su padre la miró de arriba abajo, deteniéndose en sus ojeras y en los pómulos afilados antes de notar los dedos que le temblaban un poco al soltar la correa.
—Estás en los huesos, hija. Te he dejado estofado en la encimera.
—No tengo hambre, papá.
—Dos cucharadas. Aunque sea.
Ana se apoyó en el marco de la puerta dejando que el sudor de la espalda se le enfriara bajo el algodón.
—No vengo de visita —dijo—. Esta vez no.
Vicente ladeó la cabeza y esperó.
Cada dos o tres semanas, desde hacía años, Ana cruzaba esa puerta con una bolsa de fin de semana y la vuelta a Barcelona decidida. Él la recibía con el estofado y la despedía en el mismo umbral. Esta vez faltaba la bolsa y ambos lo sabían.
—Me quedo. No sé hasta cuándo ni si volveré a ejercer. —Apretó los dientes y le crujió la mandíbula—. Se me ha roto algo y no sé cómo se arregla.
Ya se lo había dicho por teléfono tres días antes. Necesitaba oírse decirlo allí.
Vicente suspiró y le apretó el hombro con su mano caliente, grande y callosa, de dedos torcidos por la artrosis de los andamios.
—Has hecho bien en venirte. Esta casa está demasiado vacía desde lo de tu madre. —Hizo una pausa—. Aquí no te va a molestar nadie. Yo me encargo de la compra y de la comida. Tú duerme.
—Es lo único que quiero.
—Pues eso. —Señaló la escalera—. Te subo la maleta.
—Puedo sola.
Vicente alargó la mano hacia el maletín. Ana lo cogió antes que él.
—Este también lo subo yo. Lleva cosas delicadas.
—Como quieras. —Retiró la mano—. Voy a ponerle agua fresca al perro. Sácalo al patio, que a él le gusta.
El patio era un cuadrado de baldosas rojas con macetas de geranios y, al fondo, el limonero. Ana lo recordaba de siempre, aunque nunca tan grande. Se había comido media pared y tenía el tronco lleno de chupones que nadie había cortado en años.
Roco salió disparado a olfatear las esquinas y levantó la pata en la maceta más grande.
Ana fue hasta el fondo a buscar la sombra. Apartó una rama baja con el brazo para pasar.
La espina le entró en el antebrazo y le abrió la piel al tirar. Una línea de cinco centímetros, fina, que tardó un segundo en ponerse roja.
—¡Mierda!
Vicente asomó por la puerta de la cocina con el cuenco del agua.
—Cuidado con ese bicho, que tiene más pinchos que un erizo. —Dejó el cuenco en el suelo—. Cuando está así de abandonado echa espinas por todas partes. Tengo que podarlo antes de que me saque un ojo.
Ana se chupó la sangre del arañazo. Sabía a sal.
Roco se acercó al cuenco y bebió con lengüetazos ruidosos, salpicando las baldosas. Vicente lo miró beber con las manos en los bolsillos.
La habitación guardaba todo el calor del día bajo las tejas. Ana cerró la puerta y dejó la maleta y el maletín sobre la cama.
Deshizo el equipaje sin mirar lo que colgaba. Tres camisetas, dos pantalones. Empujó la maleta vacía bajo el somier.
Después abrió el maletín.
El cuero estaba gastado en las esquinas por los años de uso, sobre todo en domicilios ajenos.
Sus manos recorrieron los compartimentos sin pensar.
Atropina, adrenalina, furosemida. Catéteres de varios calibres.
Suturas. Jeringas. Antibióticos, corticoides.
El fonendo Littmann que se compró con su primer sueldo de residente y que no prestaba a nadie.
Todo en su sitio. Durante un momento se sintió competente.
Llegó a los sedantes. Un vial de ketamina, el anestésico. Otro de medetomidina, el sedante, y a su lado el atipamezol, el antagonista que revertía el anterior en pocos minutos si no se había puesto el anestésico o si su efecto ya había desaparecido.
Los había usado miles de veces, variando dosis y combinaciones para perros agresivos, radiografías, extracciones de espigas en oídos, exploraciones dolorosas y suturas.
Su uso siempre le había parecido más propio de dioses que de humanos.
Un poco más allá, solo, en su hueco acolchado, estaba el frasco de pentobarbital.
Lo sacó y lo sostuvo en la palma sin cerrar los dedos, como si fuera a caérsele o como si quemara. El cristal estaba tibio del maletero, y el líquido se movió despacio al inclinarlo hasta asentarse a media etiqueta, en la línea exacta donde se había quedado aquella noche de mayo.
Le faltaba la mitad, y Ana sabía qué perro había recibido la última dosis, aunque no recordara haberla cargado.
El frasco había salido de aquel hospital en el bolsillo de su pijama sin que ella se diera cuenta.
En el libro de estupefacientes alguien había anotado que se había roto, y nadie se molestó en comprobarlo; aquella noche, nadie comprobó nada que tuviera que ver con ella.
Pasó el pulgar por la etiqueta, por unas letras que conocía de memoria, y sintió el espanto y el alivio en el mismo sitio del estómago, tan juntos que ya no sabía separarlos.
La primera vez que lo pensó estaba sentada en el suelo de la cocina de su piso, a las cuatro de la madrugada, y lo pensó con esas palabras: una póliza de seguros. Algo que pagas cada mes con un poco de miedo sin pensar en usarlo, pero que te deja dormir porque sabes que está ahí.
Si un día el ruido de la cabeza no la dejaba, había una salida, y la salida le cabía en la mano.
Cerró los pestillos de golpe. Metió el maletín en el fondo del armario y lo tapó con dos mantas de lana que olían a alcanfor.
Fue al coche a por las otras dos bolsas de ropa y subió acompañada por Roco, que se echó bajo la ventana sobre el suelo más fresco, mirándola con la cabeza apoyada en las patas mientras ella colocaba las prendas.
Sacó del bolso una libreta de tapas negras con las esquinas dobladas.
Llevaba dos años escribiendo en ella los deberes que le había puesto la veterinaria etóloga, compañera suya tres días a la semana en el hospital, desde que adoptó a Roco y el perro ni siquiera se atrevía a salir del transportín.
Cada reacción estaba anotada por fecha, estímulo, señales e intensidad del cero al cinco; así se medía el progreso, había dicho la especialista, y así se veía también cuando algo empezaba a torcerse.
Ana pasó las páginas. Al principio casi todo eran cincos. Con un petardo en Sant Joan se metió debajo de la cama y no salió en seis horas; ante un vecino con botas de montaña en el ascensor, se orinó encima; y cuando un barrendero levantó el mango de la escoba, gritó como si lo estuvieran matando.
Luego los números bajaban. Tres. Dos. Uno.
La última página escrita era de mayo, justo antes de aquella noche. Después, nada.
Cogió el bolígrafo.
20/08. Casa de papá, Cala Salina. Estímulo: Vicente (conocido, visitas previas). Señales: se acerca, olfatea pantalón, cola media, acepta pan de la mano. Bebe en el patio sin vigilar. Intensidad: 0.
Se quedó mirando el cero. Hacía tres meses que no escribía nada y le pareció una buena forma de volver a empezar.
Cerró la libreta y la dejó en la mesita.
Bajó una hora después, cuando los ruidos de la cocina le dijeron que la cena estaba puesta.
El estofado de ternera estaba tibio, con una costra de grasa en el borde del plato. Ana removía la salsa sin llevársela a la boca mientras, enfrente, en la mesa de formica, Vicente se masajeaba el nacimiento de los dedos hundiendo el pulgar en las articulaciones.
—Este bochorno me hincha los nudillos —dijo—. Cuarenta años de obra no se perdonan, nena.
Eran las mismas palabras de siempre.
Ana le miró las manos. Eran enormes y morenas, de piel agrietada como corteza, con las falanges desviadas hacia fuera y los nódulos duros de una artrosis severa: el peaje de toda una vida en los andamios.
En el antebrazo derecho brillaba la cicatriz.
Una quemadura de cal viva, decía él. Un domingo de juventud, encalando el corral de los abuelos. Ana la conocía al tacto: la piel tirante, lisa, abultada, más fresca que el resto del brazo. De niña se dormía en el sofá con la mejilla apoyada ahí, mientras en la tele echaban el telediario.
Bajo la mesa, Roco dormitaba con la cabeza entre las zapatillas de Vicente.
El viejo partió un trozo de pan. Masticó despacio. Miró a su hija de reojo antes de hablar, como quien suelta algo sin importancia.
—Por cierto. Hoy me he cruzado con Arturo en la plaza.
—¿El alcalde?
—El mismo. Dice que ya está cerrado lo del faro viejo. Los fondos europeos, después de tanto pleno. Van a tirar lo que queda y a hacer un mirador para los turistas. —Desmigó el pan sobre el mantel—. En cuanto se vayan los veraneantes meten las máquinas.
Ana siguió removiendo la salsa.
—Mejor. Al menos ese trozo de acantilado dejará de ser una escombrera.
—Sí. Una escombrera.
Vicente alargó la mano hacia otra miga.
Le tembló a medio camino. Los dedos se quedaron quietos sobre el mantel un segundo, abiertos, y la miga siguió donde estaba.
Luego la cogió y se la llevó a la boca.