El rastro del lentisco Capítulo 1. (1975) La resina y el frío
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El rastro del lentisco

El rastro del lentisco

Por Joses Vallep

© inepub.com

Capítulo 1. (1975) La resina y el frío

Con el frío, el pueblo mostraba lo que era: un esqueleto de piedra, pintado de cal, con bloques de pisos a medio levantar. Hacía meses que los turistas de los últimos agostos se habían llevado sus sombrillas y el bullicio de sus paseos.

Con dos mil trescientos habitantes era una ratonera para los jóvenes que no heredaban barca ni tierras. Los que volvían de la mili solo podían elegir entre dos cosas: cargar cajas heladas en la lonja a las cuatro de la madrugada o tragar cal como peones en los andamios que ya trepaban por la costa.

Vicente había elegido la cal. Tenía veinte años y los hombros ya hechos a los sacos.

Esa noche soplaba el mestral del norte. Arrancaba costras de salitre de las fachadas y silbaba en las rendijas. Solo seguía encendida la bombilla del cuartel, allá arriba, y un par de farolas destartaladas junto al puerto.

El campanario dio las dos.

Vicente caminaba con las manos hundidas en el chaquetón verde que se trajo de la mili. Apretaba la mandíbula para mantener quietos los dientes.

Arturo iba a su lado con la chaqueta abierta. El frío no parecía tocarle.

—Entramos, la cogemos y salimos —susurró—. Pim, pam.

Vicente asintió y tragó saliva. Llevaban semanas dándole vueltas al plan.

Elías Cánovas trabajaba como restaurador para gente de dinero y de despacho; no era el típico carpintero de pueblo. Era un viejo huraño que toleraba a Arturo unas horas al día para barrer virutas y ordenar el taller.

Arturo, a sus diecinueve años, se había quedado con el taller cerrado de su padre y un cajón lleno de pagarés. Barrer virutas le había servido para mirar. Sabía cómo trabajaba el viejo. Y qué guardaba.

Una Virgen de madera del siglo XVI. Según Arturo, valía más que todas las casas del puerto juntas.

—Nadie la va a denunciar —le había repetido días atrás, con los ojos clavados en los suyos—. El pez gordo que se la ha traído la sacó de un convento de clausura. Si denuncia el robo, se denuncia a él. La escondemos unos años y luego la vendemos.

Unos años era el cálculo que Vicente había repetido tantas noches tumbado en la cama, con el cuerpo molido de la obra, soñando con una casa propia, una barca y el lujo de dejar de mirar al suelo cuando pasaba el capataz.

Dejaron atrás las últimas casas. Tomaron el sendero del acantilado. Abajo, el mar rugía y tapaba sus pasos.

El taller ocupaba una vieja caseta de pescadores encajada en la roca. Ni una luz en los ventanucos.

Arturo sacó de la chaqueta una pata de cabra. La encajó bajo la aldaba del candado. Tiró en seco. Los clavos saltaron.

Entraron. Vicente cerró. El viento se quedó fuera.

Dentro hacía calor. Una estufa en un rincón escupía un aire espeso. Vicente se desabrochó el chaquetón y se remangó hasta el codo.

Luego llegó el olor.

Serrín húmedo, barniz, disolvente. Y por encima de todo, denso y amargo, el lentisco.

Sobre la mesa de trabajo, un infiernillo eléctrico calentaba un cazo de latón. Dentro burbujeaba una pasta ámbar: cera de abeja y lágrimas de lentisco, la mezcla con la que Elías sellaba las grietas de la madera y la nutría. El vapor se pegaba al paladar y ensuciaba los pulmones.

Arturo encendió una linterna de petaca. Su luz barrió el suelo de cemento y los estantes con gubias y frascos. Se detuvo en el centro.

Allí estaba.

Descansaba sobre un paño de lona, junto a los frascos, entre pinceles y hojas de bisturí. Sesenta centímetros de nogal. Policromada. En las grietas de la peana brillaba la cera recién untada, todavía tibia. La luz arrancó destellos dorados de la corona y del manto azul.

Vicente contuvo el aliento. Nunca había visto nada tan bien hecho. Fascinado como un crío ante un escaparate, le temblaron los dedos al acercarse.

—Te lo dije —murmuró Arturo—. Seremos ricos, hermano.

Dejó la linterna sobre la mesa y alargó las dos manos hacia la talla.

Un chirrido seco rompió el silencio del rincón oscuro.

Se quedaron quietos. Arturo giró la linterna, creando sombras temblorosas, hasta tropezar con una butaca de mimbre desfondada en una esquina.

De ella se levantó Elías Cánovas.

Llevaba el delantal de cuero y olía a vino. Se había quedado dormido esperando a que la mezcla cogiera temperatura. Parpadeó contra la luz y reconoció la chaqueta de su aprendiz.

—¿Arturo? —La voz le salió pastosa—. ¿Qué coño haces tú aquí?

Arturo retrocedió un paso, convertido de nuevo en el chaval que barría.

—Tranquilo, Elías...

El viejo miró a Vicente. Luego, a la talla. Lo entendió de golpe. Se le puso la cara roja.

—¡Hijos de puta!

Se abalanzó sobre la mesa y agarró una maza de tallista. Lanzó un golpe a la cabeza de Arturo. El chico lo esquivó por poco y tropezó hacia atrás.

Vicente se lanzó.

Chocó contra Elías con el hombro por delante, como contra un saco de cemento. Los dos se estamparon contra la mesa. La madera crujió. Rodaron las gubias y los frascos junto al tarro de aguarrás.

Y el infiernillo.

El cazo volcó despacio. Vicente vio la ola ámbar en el aire antes de sentirla.

Le cayó en el antebrazo desnudo.

El agua hirviendo resbala. Aquello se quedó. La cera se agarró a la piel y siguió quemando. Olió su propio vello chamuscado. Luego, a carne asada.

Gritó. El golpe contra la mesa lo lanzó hacia atrás. Cayó de espaldas junto a una de las patas, solo, con el brazo en alto como si pudiera apartarlo de lo que le quemaba.

A Arturo se le escapó la linterna. Rodó por el cemento, barriendo con su luz las vigas y la pared, hasta estrellarse y apagarse.

Negro.

—¡Socorro! ¡La Guar...!

—¡Que se calle! —chilló Arturo—. ¡Que se calle!

Vicente no veía nada. El brazo le ardía hasta el hueso. Oía golpes contra el cemento. Un taburete que caía. El jadeo de Arturo, cerca del suelo, y el roce de sus manos barriendo el cemento a ciegas.

Alguien pataleaba.

El vapor le subía del brazo, caliente y amargo. Lo respiró sin querer. Lo respiró otra vez.

Y el dolor se alejó.

Seguía ahí, en el brazo, pero lejos. Como si el brazo fuera de otro. El olor le llenó la cabeza. Por primera vez esa noche, Vicente dejó de temblar.

Después, nada.

Cuando volvió en sí, estaba sentado en el suelo, contra la pata de la mesa. Se mecía, apretando el brazo quemado contra el pecho.

La linterna volvió a encenderse en la mano de Arturo, que permanecía inmóvil en medio del taller. A sus pies, el bulto oscuro del delantal de cuero yacía con las piernas torcidas y la mano todavía aferrada a la maza.

No enfocó más allá del pecho.

Solo se oía la cera goteando de la mesa al suelo. Y la respiración de Vicente, rota por sollozos.

Arturo cogió un saco de un estante sin apartar la luz del suelo. Lo tiró sobre la cabeza del viejo, como quien tapa una mancha en la cocina.

—Arturo... —Vicente tenía la garganta atascada—. ¿Qué ha pasado? No respira. Hay que ir a por don Tomás, el médico.

—Cállate.

Arturo se agachó delante de él. Le clavó los dedos en el hombro sano y le levantó la cara.

—Escúchame bien. Franco todavía respira. Si salimos por esa puerta y nos pillan con un muerto, nos dan garrote. El año pasado se lo dieron a uno en Barcelona. ¿Lo entiendes?

Vicente asintió. No podía parar de hacerlo.

—Se nos ha tirado encima con la maza —repetía en un susurro—. Se nos ha tirado encima.

—A los guardias les sudará la polla lo que digamos. —Arturo se levantó—. Hemos venido a por la pieza. Y nos la llevamos.

Vicente se miró el brazo. La cera se había vuelto opaca y dura sobre la carne. Metió una uña bajo el borde.

—No te lo toques —dijo Arturo sin volverse—. Luego.

Desenchufó el infiernillo. Levantó el cazo con un trapo y lo dejó derecho sobre la mesa. Recogió dos frascos del suelo y los puso en su estante. Lo hizo todo sin prisa, como si ordenara su propia casa.

Luego envolvió la Virgen en la lona. Dos vueltas de cuerda de esparto y un nudo que apretó con los dientes. Barrió el taller con la luz, despacio. Iluminó el suelo y la mesa antes de detener el haz sobre el bulto tapado con el saco.

—No lo podemos dejar aquí. Si mañana no aparece, dirán que se ha largado con los cuartos de algún encargo. A mí me preguntarán. Ya sabré qué decir. Pero hay que quitarlo de en medio esta noche. ¿Dónde?

Vicente habló sin pensar. El dolor se lo nublaba todo, pero entre ese sufrimiento le vino a la cabeza el sitio perfecto.

—El faro viejo. Los cimientos se hundieron en el treinta y ocho. Quedó un agujero. Allí no va nadie ni de día.

Arturo lo miró un momento. Algo le brilló en los ojos.

—¿Ves como cuando quieres piensas, cabrón? —Empujó con la bota un rollo de lona encerada que había junto a la puerta trasera—. Arriba. Vamos a envolverlo.

La lona estaba acartonada y apestaba a grasa de motor y a calamar podrido. Arturo la extendió y agarró al viejo por los sobacos. El saco se movió. Vicente vio algo brillar en la boca del viejo y apartó la vista.

—Empuja de los pies, hostia.

Vicente se arrastró de rodillas con el brazo pegado al esternón. Empujó con la bota y con la mano izquierda. El cuerpo rodó sobre la lona.

La mano seguía cerrada sobre la maza. Ninguno de los dos quiso abrirle los dedos. La dejaron dentro del fardo.

Lo enrollaron y ataron los extremos con cabo de cáñamo. Cuando terminaron, el bulto ya no tenía forma humana.

Arturo quitó el travesaño de la puerta trasera de carga y la abrió de un empujón. El viento entró como un cuchillo. Se llevó de golpe el calor de la estufa y el vapor del cazo.

Un escalofrío recorrió a Vicente de pies a cabeza.

—Tú tiras de la cabeza con la izquierda. Yo me echo la Virgen al hombro y lo cojo por los pies.

Vicente agarró un pliegue de lona y tiró. El brazo derecho le dio un latigazo hasta el cuello. La costra crujió sin romperse y tiró de la carne como un guante que encoge.

Apretó los dientes. No gritó.

Salieron. No había luna, y las nubes bajas tapaban las estrellas. Arturo encajó la puerta con el pie para que no quedara abierta.

El sendero formaba una cornisa de tierra y piedra suelta. Cincuenta metros más abajo reventaban las olas en la penumbra. El viento les tiraba espuma a la cara.

El áspero y constante frote de la lona contra las piedras se le metía a Vicente en los oídos. A cada paso esperaba ver en el repecho a una pareja de la Guardia Civil con sus capotes y sus cetmes.

En una curva ladró un perro, lejos, hacia las casas. Se quedaron clavados. Ladró dos veces más y calló.

—Sigue —dijo Arturo.

Resbalaban. Paraban. Seguían.

Vicente pensó en su madre y en la cara que pondría por la mañana cuando le viera el brazo. Buscó en su cabeza alguna excusa que contarle, pero no encontró ninguna.

Por encima de la sal y del sudor seguía oliéndolo. El lentisco se le había quedado en el pelo y en el chaquetón, pero también se aferraba a la costra del brazo. Le llegaba cada vez que respiraba hondo.

Lo odiaba, pero cada vez que lo respiraba, algo dentro se le soltaba un poco.

Arturo caminaba delante con la Virgen apretada contra el pecho, sin resoplar, casi contento.

Doscientos metros más allá asomó el faro: una torre truncada contra el cielo negro, con la base reventada.

El agujero seguía donde Vicente recordaba. Una grieta entre los cimientos, medio rellena de cascotes de la guerra.

Empujaron el fardo por el borde. Cayó con un golpe blando.

Vicente se dejó caer de rodillas en la grava con las lágrimas helándose en su cara mientras Arturo empezaba a echar piedras encima sin mirar abajo.

—Ayúdame. Con la buena.

Vicente cogió una piedra con la mano izquierda y la soltó en el agujero. Cogió otra.

Tardaron casi una hora. Cuando terminaron, en el fondo solo quedaban cascotes. Lo de siempre.

Arturo se sacudió las manos y se ajustó la cuerda de la Virgen sobre el hombro.

—Ahora escúchame. Tú te has quemado encalando el corral de tus padres. ¿Me oyes?

—Con cal.

—Repítelo.

—Me he quemado con cal. Encalando el corral.

—Así. —Arturo le dio dos palmadas en la mejilla—. Esta noche no hemos salido de casa. Tú no has pisado nunca ese taller.

Echó a andar hacia el pueblo sin esperarlo.

Vicente se quedó un momento más junto al agujero, apretando el brazo contra el estómago. La costra ya fría tiraba de la piel como una garra.

Una ráfaga barrió la grava azotándole la cara y se llevó el olor a salmuera.

El lentisco se quedó aferrado a su ropa y a su piel, incrustado en la herida.

Vicente bajó la cara hasta el brazo y respiró.