El rastro del lentisco Capítulo 32. Epílogo
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Capítulo 32. Epílogo

El maletín bajó del trastero el martes por la noche.

Ana subió los peldaños estrechos con la linterna del móvil, apartó las mantas de invierno y lo sacó del rincón donde lo había metido un mes antes, a las tres de la madrugada, descalza.

Pesaba lo mismo. El cuero olía a alcanfor.

Lo bajó a su cuarto y lo dejó en la silla; Roco estiró el hocico hacia él desde lejos y se volvió a tumbar bajo la ventana.

El miércoles, a las doce, bajó la persiana del consultorio, cerró por dentro y se quedó sola con el perro.

El contenedor del gestor estaba en el cuartito del fondo, debajo del fregadero, donde Roco se escondía de las botas: un bidón amarillo con tapa de rosca y la etiqueta de residuos, el mismo al que había ido a parar todo lo caducado de Rovira el primer día. Ya llamaría para que vinieran a retirarlo.

Abrió el maletín sobre la mesa de acero. Lo poco que había estaba todo en su sitio. En su hueco acolchado, solo, el frasco.

Lo sacó y lo sostuvo en la palma, sin cerrar los dedos, como la primera tarde. El líquido se movió despacio y se asentó a media etiqueta, en la misma línea de mayo. Pasó el pulgar por las letras. Se las sabía de memoria.

Una póliza de seguros. Lo había pensado con esas palabras, en el suelo de una cocina. Algo que pagas cada mes con un poco de miedo.

Se puso los guantes. Desenroscó el bidón.

Con unas pinzas hemostáticas levantó la cápsula de aluminio del frasco, la arrancó entera y sacó el tapón de goma.

Lo vació sobre el absorbente sin apartar los ojos.

Dejó caer el vidrio; chocó con un golpe seco contra los demás.

Cerró la tapa del bidón y la apretó hasta el fondo.

En un libro de estupefacientes de un hospital, alguien había escrito una palabra junto a un número de lote. Ana se quitó los guantes y pensó que ya no le debía nada a esa palabra.

Roco la miraba desde la puerta del cuartito. Movió la cola dos veces.

El jueves dejó a Roco con Maruja, que le había traído un táper de croquetas el domingo y se había ofrecido sin que nadie se lo pidiera, y condujo hasta Barcelona.

La consulta de Villaret ocupaba un entresuelo del Eixample con vistas a un patio de manzana lleno de ropa tendida. La doctora llevaba las gafas apoyadas en la punta de la nariz, como siempre. Le dio la mano, y Ana notó que la suya estaba helada.

Ana le contó lo que pudo. No todo. Solo lo que cabía en palabras.

Villaret la escuchó sin apuntar nada. Cuando Ana terminó, se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.

—¿Hay algo que quieras preguntarme?

Ana tardó.

—Mi padre también tenía huecos. Lo de aquella noche de 1975 no lo recordaba. Lo supo por lo que vio después. —Se miró las manos—. ¿Es lo mismo? ¿Lo suyo y lo mío?

—No lo sé —dijo Villaret—. Nadie lo sabe. Lo que se hereda, si se hereda algo, es la manera de romperse. Lo que uno hace estando roto, no.

Ana se quedó mirando la ropa tendida en el patio.

—Esa mañana, en el faro —dijo—, sabía dónde estaba. Todo el rato. Cada piedra.

—Ya lo veo —dijo Villaret, y se volvió a poner las gafas.

El hospital veterinario seguía en el mismo sitio, con la rampa de urgencias y el cartel de siempre con una letra fundida. Ana no entró por delante. Montse la esperaba en la puerta del personal, en pijama verde, con un café de máquina en cada mano.

—Se ha tragado otro euro —dijo, y le dio uno—. Para que veas que no ha cambiado nada.

El office olía a fiambrera recalentada y a desinfectante.

Al fondo del pasillo, por la puerta entornada de la sala de tratamiento, salía la luz de los fluorescentes nuevos, amarilla, de casa.

Ana se quedó un momento mirándola desde el umbral.

Núria estaba sentada en el sofá, el de las tres horas de sueño a trozos, con el pelo recogido y una bata limpia.

Se levantó y la abrazó sin decir nada. Tardó en soltarla.

—He vuelto hace tres semanas —dijo luego—. Solo mañanas.

—Ya me lo dijo Montse.

—Voy a la psicóloga los martes y los viernes. —Se tapó la boca al sonreír, por el diente—. Te iba a llamar. Me daba vergüenza.

Se sentaron las tres. Hablaron de un gato con insuficiencia renal que se negaba a comer, del auxiliar nuevo que no dejaba de ruborizarse y de los cuadrantes de guardia.

Ana se limitaba a escuchar. En la pared seguía el tablón de corcho de los turnos; en una esquina, dos chinchetas y un trozo de papel rasgado señalaban el espacio vacío que había dejado un artículo arrancado.

—Echo de menos a Marta —dijo Ana.

Lo dijo sin mirar a nadie, a la mesa. Se oyó el zumbido de la nevera.

Montse dejó el café. Núria se quedó quieta con el vaso a medio camino de la boca.

—Yo también —dijo Montse al cabo de un rato—. Todos los días. Y nunca lo digo.

—Cantaba —dijo Núria, muy bajo—. Yo llegué en septiembre y en mi primera guardia me la encontré cantándole a un rottweiler que no dejaba que se le acercara nadie. Pensé que estaba loca.

—Lo estaba —dijo Montse, y se le rompió la voz en la segunda palabra; se rio y lloró, todo a la vez.

Estuvieron así un rato. Nadie entró en el office. Nadie las llamó por megafonía.

De vuelta, paró en la misma área de servicio de la autopista, la de los camiones. No lo decidió: el coche entró solo en el desvío.

Aparcó al fondo, lejos de los surtidores. Apagó el motor. Sacó el móvil.

Tercero por arriba, con el altavoz tachado. Marta.

Esta vez lo abrió.

No había mucho. Más de lo que recordaba y menos de lo que temía.

Fotos de perros, de un turno al otro: un galgo con un collarín, un gato metido en una caja de guantes.

Cambios de guardia. ¿Me cubres el 14? Te debo una cena.

Un audio de enero en el que se oía la máquina de café tragándose una moneda y a Marta diciendo hija de puta y riéndose. Un corazón. Otro.

El último era del martes del vestuario, a las 06:10. Otro audio. Cuarenta y siete segundos.

Ana le dio al botón.

Primero se oía un perro, un gemido fino, de los que dan los perros cuando no saben dónde están.

Luego, la voz de Marta. No hablaba. Cantaba, bajito, pegada a algo, una canción de hacía treinta años que Ana no conocía y que Marta se sabía entera.

A los veinte segundos el gemido se apagaba.

Quedaba la respiración del perro, más lenta.

Marta seguía cantando un poco más y luego decía, con la voz normal, la de todos los días: ¿Ves? Así se hace. Y se acababa.

No había nada más. Ni ese día ni el miércoles. Nada que Ana no hubiera leído a tiempo. Nada que entender.

Lo escuchó otra vez.

Había leído en aquellos artículos, a escondidas, que muchos lo hacen así. Que van a trabajar, cantan, se ríen en el vestuario, mandan la foto de un gato, y nadie nota nada porque no hay señales desde fuera. Durante ocho meses Ana había pensado que eso significaba que era inevitable.

Estoy cansada. Yo también.

No le había preguntado cómo de cansada. Ni Marta a ella. Las dos se habían reído porque lo decían todos los días.

A Núria sí se lo había preguntado. A las tres de la madrugada, con el motor de un coche al ralentí al otro lado del teléfono. No había hecho nada extraordinario: solo había preguntado y se había quedado allí.

Le quitó el silencio al chat. Lo dejó fijado donde estaba, tercero por arriba. Arrancó.

La cómoda había vuelto el martes. La trajeron dos hombres de la brigada municipal en una furgoneta, después de que la jueza levantara el precinto del almacén, y la dejaron en el recibidor, sobre el rectángulo claro, encajada en las cuatro marcas redondas de las patas.

Tenía los mismos agujeritos de carcoma en la parte trasera. El tercer cajón se atascaba.

Ana no la arregló. En el de arriba volvió a meter los recibos de la luz. Debajo, con ellos, una tarjeta que alguien había dejado en el buzón la semana anterior: la de la inmobiliaria de la calle Major, la del escaparate de los apartamentos con vistas al mar. No la tiró.

La alcaldesa accidental, una concejala joven que Ana no conocía, había pasado por el consultorio a preguntarle si seguiría en invierno.

—Hasta que encuentren a alguien —le había dicho Ana.

En la cola de la panadería nueva, una mujer se cambiaba de sitio cuando ella entraba. Otra, la del estanco, le guardaba el periódico. Maruja le traía croquetas.

El sábado por la tarde hizo la sesión en el patio.

Dejó el frasco de mermelada, con la lágrima de resina dentro, junto al tronco del limonero. Las hojas nuevas ya eran más grandes que las del mes anterior. Midió con los pasos. Tres metros. Se sentó en el escalón con un puñado de premios en la mano.

Roco olió hacia el limonero. Levantó las orejas, medio segundo, con el cuerpo un poco inclinado. Bajó la cabeza y atrapó el premio entre sus patas. La miró a ella, esperando más.

Meses , pensó Ana. A veces más.

Le dio el siguiente.

El móvil vibró en el escalón, a su lado. El número sin nombre, el de la tarjeta blanca.

¿Hoy hay playa?

Ana lo miró un rato. Roco le empujó la mano con el hocico, pidiendo otro.

Escribió: Hay playa. Y luego, debajo: Ven.

La playa grande estaba vacía al atardecer.

El viento otoñal barría la arena en hilillos finos que se arrastraban a ras de suelo; las olas llegaban largas, sin fuerza, y se retiraban dejando la orilla oscura y brillante.

Las sombrillas de agosto eran ya solo hoyos en la arena seca.

Al fondo, contra el cielo anaranjado del pueblo, el acantilado y, encima, nada: donde había estado la torre solo quedaba un tajo recto, con una grúa amarilla aparcada al lado, inmóvil.

Ana se quitó las zapatillas. Se agachó y le quitó a Roco el mosquetón del collar.

Él no se movió enseguida. La miró, como en el descampado, como preguntando.

—Venga —le dijo—. Corre.

Salió como salen los podencos cuando nadie los para, bajo, estirado, con las orejas planas por el aire y la cola de timón, levantando arena mojada en las curvas.

Llegó a la orilla y les ladró a las olas.

Persiguió a dos gaviotas que despegaron justo a tiempo, y se quedó mirándolas, con las patas en el agua, y volvió a correr.

Ana lo miró desde la arena seca, con los pies fríos. No sentía nada detrás de los ojos.

Roco dio una vuelta grande, hasta las rocas del otro extremo, y se perdió un momento detrás de un tronco que había traído el temporal.

Ana no silbó. Esperó.

Regresó a la carrera por la orilla, empapado, con la lengua fuera y la cola alta. Frenó delante de ella salpicando arena; le metió el hocico debajo de la mano y empujó.

Ana se sentó. Sacó la libreta de tapas negras del bolsillo de la sudadera. Roco se tumbó contra su muslo, mojado, jadeando, y apoyó la cabeza en su rodilla.

Escribió con la letra de informe, como siempre.

31/10. Playa grande. Suelto. Vuelve solo. Intensidad: 0.