El protocolo del silencio Capítulo 29
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Capítulo 29

El coche que no figura es un utilitario gris con doscientos mil kilómetros y un olor a tabaco de hace una década, y lo conduce el cuñado de Lázaro, un hombre tan callado como él que no pregunta por qué llevamos a un escolta sangrando, a un chef con una llave en el puño y a un topo maniatado con bridas que dejamos en la gasolinera para la Guardia Civil.

Buena gente de monte. No preguntan. Señalan la carretera y arrancan.

Día uno. Las cuatro y cuarenta de la madrugada.

Roque no nos siguió. Se quedó en el ensanche con su chaqueta sin arrugar, mirándonos bajar, sabiendo que en el monte había perdido y que su última carta no estaba allí, estaba en Madrid, en una notaría, a primera hora.

No corre nunca. Baja a coger su coche y se va a jugar lo que le queda donde mejor juega: en un despacho, con papeles.

Eso me preocupa más que la pistola que tiré ladera abajo.

Quim grababa. Eso es lo que no me quito de la cabeza mientras el monte se convierte en carretera.

Lo registré antes de atarlo, costumbre, y le encontré encima dos móviles, uno suyo y otro de trabajo, y el de trabajo lleno de audios.

Audios de la finca. Audios míos. No tuve tiempo de oírlos, pero sé lo que hay en ellos, porque sé qué noches Quim tenía la radio abierta, y sé qué dije yo esas noches a la pared, solo, creyendo que estaba solo.

Dije que firmé la cláusula a sabiendas. Dije que se la callaba a Iago.

Lo dije en voz alta para no decírselo a él, esa estupidez que hace uno, hablarle a una pared lo que no se atreve a hablarle a una persona.

Y la pared tenía un micrófono de Roque. Mi confesión grabada, con mi voz, real porque es verdad.

Roque la lleva a Madrid. Es su última carta. Y es buena.

Esa grabación me preocupa más que la pistola, más que el despacho, más que todo.

Vamos por la nacional, sin luces hasta enlazar con la buena, luego ya con todo encendido y el pie hundido.

Ciento cuarenta kilómetros hasta Madrid.

Hora y media si nadie se cruza. La firma de la venta es mañana a las nueve y media en la notaría, día cero, el último de la cuenta.

La declaración tiene que entrar antes. Hago la cuenta que llevo doce días haciendo y por primera vez los números dan, dan justos, dan por los pelos: llegamos esta madrugada, descansamos lo que se pueda en un sitio seguro, y mañana a primera hora, antes que el notario, Iago entra en la sala.

— Estás sangrando — dice Iago.

— Es un roce.

— Es un roce que te está empapando la manga, jefe. — Lo dice con la palabra de siempre, "jefe", pero la dice bajo, en serio, no en burla, y eso me descoloca más que la sangre—. Enséñamelo.

Me sube la manga sin pedir permiso. La luz de las farolas entra a rachas por la ventanilla y le pinta la cara a tramos. El corte es del forcejeo con Quim, de cuando el metal salió volando y me llevó un trozo de antebrazo de camino. No es nada. He tenido cosas peores y las he ignorado mejor.

— No es nada — digo.

— Cállate.

Y me callo, porque me lo dice con la misma autoridad con la que para un servicio cuando algo va mal, y porque hay algo en que sea él quien me cure que no sé manejar.

En veinte años de oficio he tenido cortes, esguinces, una costilla rota, un balazo que rozó y no entró, y me lo he curado todo yo, solo, en baños de hotel, con el botiquín en el lavabo y la puerta cerrada, porque enseñar una herida es enseñar dónde te pueden volver a dar, y a mí no me da nadie dos veces.

Así me enseñaron. Cúrate solo, no te quejes, no muestres.

Y ahora un chef me sube la manga en un coche prestado y se pone a curarme con la naturalidad de quien tiene derecho, de quien cree que cuidar a alguien es lo más normal del mundo, y yo no sé qué hacer con las manos ni con la cara ni con esta cosa que me sube por el pecho que no es el dolor del corte.

Rompe el forro de la chaqueta del cuñado de Lázaro, que ni se inmuta, hace una tira, me limpia el corte con agua de una botella y me lo aprieta con las manos que se sabe el oficio: manos de quemarse en fogones, de coser cortes de cuchillo a las cuatro de la mañana en una cocina sin médico cerca. Manos que ya no le tiemblan.

— Tú me has tapado el cuerpo todo el viaje — dice, concentrado en el nudo de la tira, sin mirarme—.

En el restaurante, en la finca, en el monte.

Cada vez que pasaba algo, tu brazo delante de mí.

— Aprieta el nudo. Duele y me gusta que duela—.

Déjame a mí esta vez. Por una vez. El brazo delante lo pongo yo.

Le veo las manos de cerca mientras me cura.

Son manos de cocina, llenas de marcas: la quemadura grande del antebrazo y otras pequeñas en los dedos, cortes viejos, una uña que perdió y le creció rara.

Cada marca es un servicio, una noche a tope, una bandeja caliente.

Manos que se han ganado todo lo que tienen.

Y ahora esas manos me limpian la sangre a mí con un cuidado que no le he visto poner en nada, ni en la cocina, despacio, comprobando, y yo, que me curo solo desde hace veinte años, no sé qué cara poner, así que no pongo ninguna y dejo que lo haga.

Y ahí está la cosa para la que no estoy entrenado.

Toda mi vida he sido el cuerpo que se pone delante.

El que cubre, el que aguanta, el que sangra para que otro no sangre.

Y este hombre me sube la manga, me limpia la sangre y me dice por una vez déjate, y es como si me quitara un peso que no sabía que cargaba en ese mismo brazo.

Bajar la guardia. Dejar que me cuiden. No lo había hecho desde antes de Nael. Quizá no lo había hecho nunca.

Mi padre se rompió la mano una vez, de joven, antes de que yo naciera, y nunca dejó que se la curaran bien, la llevó torcida toda la vida porque pedir ayuda era de débiles.

Me lo contaba como una hazaña. Y yo lo guardé como una lección: aguanta, no te quejes, no muestres dónde sangras, que mostrar dónde sangras es enseñar dónde te matan.

Treinta y nueve años llevando la mano torcida por dentro.

Y ahora un chef me la endereza con una tira de forro de coche y me dice cállate, y no se cae el mundo, no me matan por enseñar dónde sangro. Al revés. Pesa menos el brazo.

Iago aprieta el nudo una última vez, comprueba que aguanta, me baja la manga con cuidado por encima como si tapara algo valioso y no un roce de nada.

— Ya está — dice—. No te lo toques.

— No me lo toco — digo. Y me suben muchas cosas a la boca, gracias, lo siento, no te merezco, todas a la vez, y no digo ninguna, porque no sé, porque en mi casa no se decían, y me quedo con todas atascadas en la garganta como siempre.

Él me mira. Sabe que las tengo atascadas. No me las saca. Me pone la mano un segundo en la rodilla, una vez, y la quita. Es su forma de decir lo sé, no hace falta. Y por una vez no hace falta.

— Despejado — digo, mirando el corte vendado. Y la palabra me sale distinta. No de "puedo marcharme". De otra cosa. De que ya no duele un sitio que llevaba doliendo, el del brazo torcido por dentro, el de la mano que nadie me curó nunca. Despejado de eso.

Iago levanta la vista. Me ha pillado. Claro que me ha pillado, lleva doce días aprendiéndose lo que significan mis palabras según cómo las digo.

— Esa palabra está cambiando de significado en tu boca — dice—. Me he dado cuenta. Antes la decías para irte. Ahora la dices para quedarte. Es la misma palabra y es la contraria.

No contesto a eso. No puedo. Es demasiado exacto.

Veinte años usando "despejado" para dar un punto por cerrado y largarme, y este hombre me la ha cambiado de dentro hacia fuera en doce días, y ni siquiera sé cuándo pasó, en qué momento de qué noche la palabra dejó de significar puerta de salida y empezó a significar puerta que dejo abierta.

No contesto. Respondo a las preguntas con otra pregunta operativa, siempre lo he hecho, es mi forma de no contestar.

Pero esta vez no encuentro la pregunta operativa, así que me quedo callado de la otra manera, de la que dice más que hablar, y miro la carretera, y Iago me deja, porque también sabe leer mis silencios, los dos hemos aprendido a leernos en una casa sin cobertura donde no había otra cosa que hacer que mirarse.

La llave la lleva él. Lo veo. La pasa de una mano a otra, la calienta, la mira a la luz de las farolas.

Cuando paramos en un control de la nacional —rutina, una pareja de la Guardia Civil con un alcoholímetro y cara de sueño—, todo el cuerpo se me tensa, la mano se me va sola hacia donde llevaba el arma y que ya no llevo, porque un control a las cinco de la mañana puede ser un control o puede ser gente de Roque con uniforme prestado.

Pero es un control de verdad, dos guardias jóvenes muertos de frío.

Y es Iago quien baja la ventanilla, quien habla, quien explica que volvemos de una cena familiar en la sierra con esa labia de hombre de televisión que enciende y apaga a voluntad, quien decide qué decir y qué no, mientras yo, que llevo veinte años decidiendo por la gente a la que protejo, me quedo en el asiento del copiloto dejándole conducir la conversación.

Lo hace mejor que yo. Yo habría dado partes secos que levantan sospechas.

Él da charla y los guardias se ríen y nos dejan pasar.

La salida es suya. Lo dije y lo cumplo. Hasta esta, la pequeña, la de un control de carretera.

Cuando arrancamos otra vez, Iago suelta el aire que llevaba aguantando bajo la sonrisa, y las manos, que tenía firmes para los guardias, se le ponen a temblar en cuanto nadie las mira.

Le cojo una. No digo nada. Se la sostengo hasta que deja de temblar, que es lo único que sé hacer con las cosas que no se arreglan hablando: sostenerlas hasta que paran.

El cuñado de Lázaro nos deja a la entrada de Madrid, en una rotonda, sin querer cobrar nada, gruñe como su pariente y se va.

Cogemos un taxi nocturno. La ciudad de madrugada, mojada, las calles vacías, el cielo todavía negro pero con esa rendija gris al este que avisa de que el día sube y la cuenta atrás con él.

— ¿Sabes lo que más me jode? — dice Iago, en el taxi, mirando por la ventanilla a un Madrid que es suyo y del que lleva doce días desterrado—.

Que el Veleta está a tres calles de aquí.

Mi cocina. Y no puedo entrar a hacerme un café porque mañana, a las nueve y media, un hombre va a firmar la venta de mi nombre a un fondo que no existe para nadie y que va a quedar blindado si no llego antes a una sala a contar la verdad.

— Vas a llegar — digo.

— ¿Tú qué hora tienes?

Miro. Las seis y diez de la madrugada. Queda un día.

La firma es mañana, a las nueve y media, el último de los doce, el día cero de toda esta cuenta atrás.

Tenemos una jornada entera por delante, que es a la vez todo el margen del mundo y ninguno, porque el día se nos va a hacer eterno esperando lo que decide mañana.

Pinilla nos espera; le mandé aviso desde la gasolinera, por el móvil del cuñado, las únicas tres líneas que cabían: objetivo a salvo, pruebas en camino con Olvido Reta, declaramos mañana antes que la firma.

— Hay un sitio — digo—. Un piso de Cerco que Roque no controla, a nombre de Sonia, no del grupo. Pasamos el día ahí. Descansas. Mañana entras entero a esa sala.

Llamé a Sonia desde la gasolinera, antes del taxi, con el móvil del cuñado, treinta segundos.

Le dije que había desobedecido la orden.

No me preguntó por qué. Solo respiró, dio una calada al vapeo de regaliz que casi le olí por el teléfono, y me dijo: "Ya sabes lo que viene, ¿no?

Expediente. A lo mejor la licencia". Y luego, más bajo: "Habrá valido la pena, espero.

Y punto". Y me dio la dirección del piso que Roque no controla, que es ilegal que me la dé, que la jugó por mí.

Sonia es de fiar de esa manera que no se anuncia, la que aparece cuando cuesta.

Voy a perder la licencia. Probablemente. Veinte años de oficio por doce días con un cocinero. Y no me arrepiento, y eso es lo más raro de toda la noche, más raro que el monte, más raro que dejarme curar. No me arrepiento.

El taxi nos deja a dos manzanas del portal, por seguridad, una costumbre que ya no sé si es profesional o solo mía.

Subimos al piso de Sonia, un tercero sin ascensor que huele a cerrado, y lo primero que hago al entrar, antes que nada, es lo de siempre: contar las puertas, las ventanas, las salidas.

Una, dos, el balcón, la de servicio. La cabeza no se apaga ni a las seis de la mañana después de un monte.

Pero esta vez, al terminar de contar, no me quedo de guardia junto a la entrada.

Voy hacia donde está Iago, que se ha sentado en el borde del sofá con la llave todavía en la mano, mirándola.

— Habría que dormir algo — digo—. Mañana es largo.

— No voy a dormir — dice. Y se ríe, sin ganas—. Mañana mando a la cárcel al hombre que me crió. No se duerme antes de eso.

Me siento a su lado. No le digo que sí va a salir bien, porque no lo sé, y porque si algo le debo a este hombre después de doce días de mentira es no mentirle más, ni para consolarlo.

— Entonces no dormimos — digo.

Amanece despacio sobre Madrid, gris sucio, el frío de noviembre metido en los huesos, la luz subiendo por una ventana que da a un patio interior.

La declaración todavía sin hacer y la firma todavía en pie para mañana, tan cerca de conseguirlo y tan lejos, que la rendija gris del cielo no me dice si va a salir bien.

Solo dice que el penúltimo día ha empezado, y que tenemos hasta las nueve de mañana, y que, pase lo que pase, este día entero lo vamos a pasar juntos, despiertos, esperando.

Y por una vez la espera no me pesa, porque la espero con él.