Capítulo 30
El piso de Sonia huele a cerrado y a vapeador de regaliz, tiene una sola habitación, una cama de matrimonio que cruje y una ventana que da a un patio interior por la que no entra ni un ruido de la calle, y es el primer sitio en doce días en el que Aitor no cuenta las puertas en voz alta al entrar.
Lo veo no contarlas. Es la cosa más íntima que le he visto hacer.
Noche del día uno.
Hemos pasado el día encerrados, durmiendo a ratos, comiendo lo que había en una despensa de soltera operativa: latas, café, galletas duras.
He cocinado igual, porque no sé estar quieto, le he montado a Aitor un revuelto con tres huevos viejos y un poco de pimentón que ha sabido a banquete porque hacía doce días que no comíamos a salvo.
Él se lo ha comido entero. No ha dicho "está buena".
Ha dicho otra cosa, más larga, me ha dicho que su madre hacía un revuelto parecido y que hacía veinte años que no se acordaba de eso.
Y me ha mirado como si se hubiera asustado de habérmelo contado.
Lo he dejado asustarse. No he saltado encima del dato como salto siempre, con un chiste o una pregunta, a llenar el silencio.
He aprendido eso de él en doce días: que a veces lo que el otro suelta hay que dejarlo en la mesa sin tocarlo, como un plato que todavía está demasiado caliente.
Así que me he callado y he recogido los huevos y le he dejado a Aitor su madre y su revuelto de hace veinte años, ahí, en medio de la cocina de Sonia, y él, al rato, me ha contado un poco más.
La madre. El padre que medía el cariño en flexiones.
Una casa donde no se decía te quiero. Me ha contado a cuentagotas, como cuenta él todo, y cada gota valía un litro de cualquier otro.
Y entre gota y gota se nos ha ido el penúltimo día, ese día entero que teníamos por delante y que parecía eterno y ha durado un suspiro, porque resulta que esperar con alguien no se parece en nada a esperar solo. Ha caído la tarde. Ha caído la noche. Y aquí estamos.
Mañana, a las nueve y media, Roque firma. Antes de esa hora, yo declaro. Y entre lo uno y lo otro está esta cama que cruje y este hombre que está sentado en el borde, vestido, los hombros bajos por primera vez, mirándose el antebrazo vendado donde le curé el corte.
Lo miro mirarse el vendaje. Lo conozco ya: cuando se mira el brazo herido así, no piensa en el brazo.
Piensa en mañana, en la grabación, en lo que viene, en si va a fallar otra vez como falló con Nael, en si esta vez el punto que dé por despejado se va a abrir cuando alguien pase por delante.
Lleva la culpa de seis años puesta como una camisa que no se quita ni para dormir.
Y mañana esa camisa va a apretar más que nunca.
Me siento a su lado. La cama protesta.
— Mañana puede salir mal — digo. No lo disfrazo de chiste. Llevo doce días aprendiendo a no disfrazarlo todo de chiste—. Puede que llegue tarde. Puede que su abogado sea mejor. Puede que esa grabación tuya, la que tiene, nos hunda a los dos delante de la jueza.
— Puede — dice Aitor. No me miente. Es otra de las cosas suyas que he aprendido a querer aunque duelan: no me miente para tranquilizarme.
— En el monte te pusiste delante de la pistola — digo—.
Sin nada. Sin chaleco, sin contrato, sin escudo.
Te vi soltarlo todo. — La quemadura del antebrazo me arde, como me arde siempre cuando estoy a punto de decir una verdad gorda—.
Y pensé: lo voy a perder. Aquí. Esta noche.
Justo cuando he entendido que no quiero perderlo.
Aitor gira la cara. Me mira. Esos ojos que no se relajan, que llevan seis años sin relajarse desde un rellano y un compañero muerto, y ahora mismo, en esta cama que cruje, se relajan un grado. Lo veo.
— No me perdiste — dice, bajo.
— Casi.
— Casi.
Y la palabra se queda ahí, entre los dos, "casi", el casi de toda esta noche, el casi te pierdo que pesa más que cualquier te quiero porque lo dice todo sin decirlo.
— ¿Sabes qué es lo que más miedo me da de mañana?
— digo, y no es lo que cualquiera pensaría—.
No la cárcel. No quedarme sin nombre. Es que cuando esto se acabe, cuando ya no haya cuenta atrás ni amenaza ni casa segura, tú ya no tengas un motivo para estar.
Tu trabajo se acaba mañana. Y me da pánico descubrir que lo único que nos unía era el peligro. Que sin pistolas no quedemos nada.
Aitor tarda en contestar. No me suelta una frase fácil. Sopesa, como sopesa un perímetro.
— El peligro nos juntó — dice por fin—. No nos hizo.
Eso son cosas distintas. — Me pone la mano en la cara, áspera, caliente—.
A ti no te quiero porque haya una amenaza.
Te quiero a pesar de la amenaza, que es lo contrario.
La amenaza me decía cada día protégete, vete, no te enredes.
Y yo me enredé igual. Si lo hice con todo en contra, imagínate sin nada en contra.
Es lo más largo que le he oído decir de una vez. Y lo más cerca de un te quiero que va a llegar esta noche con palabras. El resto lo dice de otra manera.
Lo beso. O me besa él. Ya no sé, en esta cama nunca se sabe quién empieza, los dos a la vez, las bocas que se encuentran a medio camino como si lleváramos doce días esperando exactamente esto y no la maldita declaración.
Su mano me sube por la nuca, esa mano que me ha tapado el cuerpo en cada peligro, y me sostiene la cabeza como sostiene todo, con cuidado y con fuerza a la vez, y yo le agarro la camisa con las dos manos y tiro, y los botones, alguno cede, y los dos nos reímos un segundo contra la boca del otro porque es ridículo y es lo único que importa.
Le quito la camisa con cuidado del antebrazo vendado. Él me quita la mía, despacio, y se para en la quemadura vieja, la del fogón, la que enseño con orgullo, y la besa. No la mira con pena. La besa como quien reconoce una credencial.
— Esto me lo gané yo — digo, la frase de siempre, la de "no soy un niño de plató".
— Lo sé — dice él, y la vuelve a besar—. Por eso.
Y en esas dos palabras está todo lo que Roque nunca entendió de mí.
Roque veía la quemadura y veía un defecto que tapar para las cámaras, un origen pobre del que sacarme, algo que pulir para vender mejor el producto.
Aitor la besa. La trata como lo que es, la prueba de que esto que soy lo hice yo solo, sudando, quemándome, lejos de los focos.
Hay una diferencia abismal entre el hombre que quiere borrarte las cicatrices para que parezcas suyo y el hombre que te las besa porque son tuyas.
Tardé treinta y tres años en saber que existía el segundo.
Nos tumbamos y la cama protesta y nos da igual.
No es como las otras veces, las de la finca, las de el peligro como gasolina, las de bajar la guardia con miedo.
Esta vez no hay prisa. Esta vez es lento, casi solemne, dos hombres que mañana se juegan todo y esta noche solo se tienen el uno al otro y lo saben.
Sus manos me recorren despacio, memorizándome, contando cada cosa de mí igual que cuenta puertas, una, otra, otra, sin saltarse ninguna, y yo me dejo contar, yo, que llevo treinta y tres años sin dejar que nadie me cuente entero por miedo a que me robaran la cuenta. Le dejo. Es un riesgo. Lo elijo.
La boca de Aitor baja por mi cuello, por el esternón, sin prisa, parándose donde el cuerpo le pide a uno que se pare, marcando cada parada con los labios y con esa atención suya de hombre que no hace nada a medias.
Las manos, ásperas de oficio, me agarran las caderas, los muslos, me abren con una calma que me deshace más que cualquier urgencia, porque la urgencia es fácil, la urgencia tapa, y esto no tapa nada, esto me deja entero a la vista.
Le agarro el pelo, la nuca, los hombros que por fin no están en guardia, y noto cómo respira contra mi piel, hondo, descontrolado, él, el del control.
Que pierda el control conmigo, que se le rompa la respiración, es lo más íntimo que me ha dado nunca, más que cualquier palabra.
— Mírame — le digo, cuando vuelve a subir, y él me mira, y no aparta los ojos, y es lo que le pedí y es lo que me da.
Me abre con paciencia, la boca en mi cuello, mi nombre dicho bajo contra la piel, Iago, Iago, las pocas veces que dice mi nombre lo dice como si fuera la única palabra operativa que le importa.
Yo le digo el suyo más, siempre he hablado más que él, le digo Aitor contra el pelo, contra el hombro, contra la cicatriz de un balazo viejo que le encuentro en el costado y que no le había visto y que beso sin preguntar de dónde, porque algunas cosas de él me las irá contando con el tiempo y otras las besaré sin saberlas nunca, y las dos formas de quererlo me valen.
Le recorro la espalda, los músculos que por fin no están de guardia, y noto cada sitio donde la coraza fue piel antes de ser coraza, y se la devuelvo a piel con las manos, despacio, porque eso es lo que sé hacer yo, ablandar a fuego lento lo que está duro, solo que esta vez ablando para soltar y no para tener, que es lo contrario de lo que me enseñó Roque y la única receta que me he inventado yo solo.
Y cuando por fin estamos así, él dentro, los dos quietos un instante antes de movernos, me agarra la cara con las dos manos y me obliga a mirarlo, y no aparta los ojos, ese hombre que respondía a todo con otra pregunta para no contestar, me mira de frente y no dice nada y lo dice todo, y yo le sostengo la mirada y por una vez ninguno de los dos huye.
Nos movemos juntos, lento, hondo, la cama que cruje marcando un compás viejo, sus manos en mi cadera, las mías en su espalda, esa espalda que duerme contra la pared y que esta noche, por fin, se entrega al colchón.
Le clavo los dedos cuando subo y él me sostiene cuando creo que me caigo, los dos a la vez, dándonos y aguantándonos, y esto no se parece a ninguna coreografía aprendida: son dos personas que han dejado de protegerse para protegerse mejor, que han soltado el escudo al mismo tiempo.
Cuando llego, llego con su nombre en la boca, Aitor, y él me sigue un par de embestidas después, callado como es él, pero con la frente apoyada en la mía y un temblor que no es de placer, o no solo, un temblor de hombre que lleva seis años sin temblar y se permite hacerlo ahora, aquí, conmigo.
Nos quedamos enredados, el sudor enfriándose, la respiración volviendo.
Y aquí es donde, las otras veces, en la finca, Aitor se levantaba.
No de golpe, no de mala manera, sino despacio, en cuanto creía que yo me había dormido, a dar la vuelta a la casa, a contar las puertas, a montar guardia de mi sueño.
Lo notaba cada noche, el hueco frío en la cama, el roce de su ropa al vestirse a oscuras.
Pensaba que era el oficio. Era el miedo.
El miedo a quererme tanto como para dormir tranquilo, porque dormir tranquilo es bajar la guardia, y bajar la guardia, en su cabeza, mata.
Esta noche no se levanta. Lo espero, tenso, listo para notar el hueco frío.
Y no llega. Se queda. Su brazo, el vendado, cruzado sobre mi pecho, pesado, posesivo de la buena manera, de la que no es jaula.
Su respiración se hace lenta contra mi nuca.
No cuenta puertas. Por primera vez en doce días, y a lo mejor en seis años, se queda en la cama con la espalda al cuarto, dándole la espalda al peligro, fiándose de que yo cubro lo que él no mira.
Es la rendición más difícil que puede hacer un hombre como él, y la hace en silencio, sin anunciarla, quedándose y ya está.
Y eso, que se quede, la víspera del día en que se le acaba el motivo para protegerme, me dice más que si me jurara amor eterno con focos y música.
La llave está en la mesilla, donde la dejé. La cojo en la oscuridad, sin levantarme, solo para tenerla en la mano. Está caliente. La he tenido yo todo el día, la cargo yo ahora, la salida es mía, y por primera vez ese peso no me asusta. Me pesa lo justo. Me ancla.
— Mañana — digo, al techo, con su brazo encima y la llave en el puño—, declaro.
Pase lo que pase con la grabación. Pase lo que pase con la firma.
Aunque salga peor por hacerlo. — Trago. La quemadura ya no arde; ahora solo está caliente, como la llave—.
Llevo doce días, llevo quince años, dejando que la voz de Roque suene en mi cabeza como si fuera la mía.
Su "chaval", su "por tu bien", su "yo me ocupo".
Quince años hablando con su voz creyendo que era la mía.
Mañana voy a entrar en esa sala y voy a nombrarlo.
Roque Mendieta. Con todas las letras. No por venganza, no por ti, ni siquiera por la cría de la mesa siete.
Por mí. Porque es lo que diría yo si tuviera voz.
Y la tengo. — Vuelvo la cara hacia él, hacia ese perfil que ya me sé de memoria en la oscuridad—.
Elija lo que elija el resto de mi vida después de eso, mañana esa sala oye mi voz. La mía. Suya.
Aitor no contesta con palabras. Me aprieta contra él, el brazo vendado sobre mi pecho, la frente en mi pelo, y respira hondo, una vez, en el sitio donde se le juntan el cuello y el hombro.
Y se queda así. Conmigo. Despierto, igual que yo, hasta que la rendija gris del patio interior empieza a aclarar y el día cero, el último, sube por la ventana sin pedir permiso.