Capítulo 23
El porche tiene tres pilares de madera, un escalón roto que cruje en el segundo tablón, una puerta a mi espalda que él ha cerrado por dentro y una salida a la izquierda hacia el camino.
Cuatro. Las cuento sin querer, como siempre, y por una vez la cuenta no me sirve de nada, porque la única puerta que me importa es la que tengo detrás y esa ya está cerrada con llave que no tengo.
Día tres.
Hace frío de sierra, del que entra por las costuras.
Llevo aquí fuera desde que Iago me dijo que me fuera, y no me he ido.
He dado la vuelta a la casa dos veces. He revisado el perímetro, el cobertizo, la línea de árboles donde el monte empieza a tragarse la finca.
Despejado. Lo digo en voz baja, para nadie, y la palabra me sabe a ceniza, porque despejado significaba que me marchaba y ya no significa nada.
Tres días así. Durmiendo a tramos contra la pared del cobertizo, el arma al alcance, el oído puesto en cada cosa que cruje en el monte.
Comiendo lo que él me deja en el escalón sin mirarme, un plato que aparece y desaparece, porque ni dejándome de hablar deja de darme de comer, y eso me parte por la mitad cada vez.
He montado el mismo perímetro de un hombre solo que antes montaba con un equipo.
Y no he servido para nada, porque lo que amenaza esta casa no entra por el perímetro.
Entró hace semanas, en un despacho, con un bolígrafo, y lo metí yo.
Dentro hay una luz encendida. La cocina. Lo conozco bastante para saber que cuando no puede dormir cocina, y que cuando cocina enfadado pica las cebollas como si tuvieran la culpa. El olor llega hasta el porche. Es lo único suyo que me deja todavía.
Me acerco a la ventana de la cocina. No para vigilarlo.
Para verlo, que es otra cosa, una que no me permito y me permito igual, una vez, por la rendija de la cortina que él no ha cerrado del todo.
Está de espaldas, los hombros tensos, el cuchillo subiendo y bajando, esa muñeca que se sabe el oficio.
Tiene el antebrazo izquierdo a la vista, la quemadura vieja, la que enseña como una medalla.
Pica deprisa, demasiado deprisa, de los que se cortan.
Y no canta, y no habla solo, y no enciende la radio, que es lo que hace cuando está bien.
Trabaja en silencio. Un silencio que le he metido yo en la casa.
Me aparto de la ventana antes de que se gire. Mirar más sería robarle algo que ya no tengo derecho a coger.
No puedo defenderme.
Esa es la parte que me revienta por dentro, la que no para de girar como una pieza mal montada.
Toda mi vida he sabido defender un punto.
Sé montar un perímetro, sé leer una sala, sé dónde poner el cuerpo para que la bala que viene a por otro me dé a mí.
Pero no hay perímetro contra esto. No puedo decirle "yo no sabía nada", porque lo sabía.
Firmé. Leí la cláusula entera, línea a línea, con el bolígrafo de Roque en la mano y su anillo de sello girando despacio frente a mí, y firmé sabiendo lo que firmaba.
Que si Iago se complicaba, Cerco estaba obligada a entregarlo. A entregarlo a él.
Lo hice para entrar. Esa es la verdad y suena a excusa porque las verdades verdaderas siempre suenan a excusa.
Sin esa firma no me dejaban en el contrato, y si no estaba en el contrato lo protegía cualquier otro, alguien que no leyera a Quim como yo lo leí, alguien que no contara las puertas.
Firmé la trampa para poder estar dentro de la trampa con él. Y luego callé.
Eso es lo que no tiene arreglo. No el firmar. El callar.
Me siento en el escalón roto, el que cruje, y el frío de la piedra me sube por la espalda.
Saco la llave del piso franco del bolsillo interior.
La giro entre los dedos. Es de las antiguas, de gorja, pesada, fría siempre.
La llevo encima desde el día que llegamos.
Mientras la tengo yo, controlo la única salida de esta casa: quién entra, quién sale, cuándo.
Es mi forma de no bajar la guardia hecha metal.
Y me doy cuenta, aquí sentado en el escalón que cruje, de que esa llave es exactamente el problema.
La he tenido yo todo el tiempo. La salida ha sido siempre mía, no suya.
Le dije que lo protegía y lo que hice fue cerrarle la puerta y quedarme yo con la llave.
La primera noche que dormimos juntos, en esta casa, él se durmió antes que yo.
Lo que hacen los que confían. Se quedó dormido con la cara contra mi hombro y yo me pasé tres horas mirando el techo con la mano en el bolsillo donde está la llave, comprobando que seguía ahí, contando puertas en la cabeza.
Él dormía y yo montaba guardia hasta de su sueño.
Eso me pareció cuidarlo. Eso era controlarlo.
La diferencia tarda treinta y nueve años en aprenderse y se aprende de golpe, una noche de mierda, en un escalón roto.
Aprieto la llave en el puño. El relieve se me clava. Bien. Que se clave.
Dentro, el cuchillo deja de picar. Silencio. Luego vuelve a empezar, más rápido.
Nael decía que yo contaba puertas y él contaba chistes.
Que entre los dos cubríamos la habitación entera.
Hace seis años de eso y todavía oigo su voz como si la tuviera en el oído izquierdo, donde llevaba siempre la radio.
Aquel día le di un punto por despejado. Un sótano, el descansillo del fondo de unas escaleras, dos puertas y un respiradero, lo miré y dije despejado y avanzamos.
Tenía un presentimiento. Un cosquilleo de mierda en la nuca que me decía espera, no, mira otra vez.
Y no lo dije, porque el protocolo decía avanzar y yo siempre he hecho lo que decía el protocolo.
Callé el presentimiento. Seguí el procedimiento.
La puerta de la izquierda, la que di por despejada, se abrió cuando Nael pasaba por delante.
No la habíamos contado bien. Yo no la había contado bien.
Tres segundos. Eso duró todo. Tres segundos y un hombre que contaba chistes dejó de contarlos para siempre, y yo me quedé con la radio en el oído izquierdo oyendo cómo se cortaba su voz a media palabra.
La última cosa que dijo iba a ser una broma.
Lo sé porque siempre lo era. Nunca supe el final.
A Nael lo enterraron con su placa y su risa, y yo me quedé con la lección equivocada.
Porque salí de allí pensando que el error había sido bajar la guardia un segundo.
Que si no me hubiera fiado, si hubiera controlado más, si hubiera estado más alerta, no habría pasado.
Y me blindé. Me convertí en esto: un hombre que no falla porque no se permite, que duerme vestido y con la espalda a la pared, que cuenta puertas para no contar otra cosa.
Pensé que el problema había sido confiar.
Y el problema fue justo lo contrario. El problema fue callar.
Callar el presentimiento por seguir el protocolo.
Igual que ahora he callado la cláusula por controlar el daño.
Es la misma mano la que mató a Nael y la que ha herido a Iago. La mano que cierra la boca para mantener el control.
El cosquilleo en la nuca. Otra vez. Aquí, ahora, en el escalón roto.
Me levanto. Reviso el camino. Faros, no. Una rama. El viento. Despejado, otra vez la palabra inútil. Pero el cosquilleo no se va, y esta vez viene de dentro, no del monte. Es la misma voz que callé hace seis años, la que me dice mira otra vez, di la verdad, abre la boca.
Camino hasta la línea de árboles, donde el porche pierde su luz y empieza el monte de verdad.
El suelo está húmedo. Y ahí, junto al segundo pino, donde encontré una colilla reciente el día que llegamos, hay una pisada.
Bota. Suela de taco, de las que no compra un excursionista.
Reciente. La tierra todavía guarda el agua en el borde del dibujo.
Alguien ha estado aquí esta noche, mientras Iago picaba cebollas y yo me odiaba en el escalón roto, y yo, que cuento puertas y reviso perímetros y me las doy de no fallar, no lo he oído.
Porque tenía la cabeza en el papel que firmé y no en el monte.
Me agacho. Toco el barro del borde. Frío. No es de hace una hora; es de hace dos, tres. Vienen rondando. Miden. Lo de siempre antes de un asalto: te enseñan que pueden entrar cuando quieran, para que te canses de mirar.
La diferencia es que esta vez al que daña mi silencio lo tengo a tres metros, picando cebollas para no llorar, con toda la razón del mundo para odiarme. La otra vez se llamaba Nael y lo enterré.
Suena la radio en el bolsillo del pecho. Un chasquido, estática, y luego la voz de Sonia, cortada por el monte.
— Belmonte. Aquí Arregui. ¿Me recibes?
Bajo el volumen y me aparto hacia el cobertizo, donde el muro de piedra hace de pantalla. Sonia no llama de noche por nada. Sonia no llama de noche, punto.
— Te recibo. Adelante.
— ¿Estás solo?
— Estoy fuera. El objetivo está dentro. — La palabra objetivo me raspa la lengua. Llevo tres días sin usarla. Iago dejó de ser un objetivo en algún punto de esta casa y yo no me di cuenta hasta que me lo quitaron.
Silencio al otro lado. El vapeo de regaliz, me apuesto lo que sea, ese olor a farmacia que arrastra a todas partes. La oigo respirar.
— Hay movimiento aquí abajo — dice por fin—. Movimiento gordo. Mendieta ha metido presión en el contrato. Hay cláusulas que se han activado, Aitor. Cosas que firmasteis. Cosas que firmaste tú.
Cierro los ojos. El frío me entra entero.
— Lo sé.
— Hay pisadas en mi monte, Sonia. Bota de taco.
De esta noche. — Lo digo en plano, de parte, porque es lo que sé hacer, dar partes—.
Han cortado la cobertura de la zona, va y viene.
La luz de la garita del guarda parpadea desde hace dos horas, como si alguien hubiera tocado el suministro.
No es una visita de cortesía lo que se está montando.
— No — dice Sonia—. No lo es.
— Lo sabes. — No es pregunta. Es Sonia poniéndome delante lo que siempre supo y nunca dijo, porque ella sí me preguntó cómo estaba de verdad la primera noche y yo le contesté despejado y ella, por una vez, me dejó pasar—.
Mañana te llega una orden por los cauces.
No te la voy a adornar. Cuando la recibas, vas a tener que decidir si eres un profesional o eres otra cosa.
Y yo no puedo decirte cuál. — Una pausa—.
Solo te digo una cosa, y luego cuelgo y no he llamado. ¿Me sigues?
— Te sigo.
— La última vez que no dijiste lo que sentías, perdiste a Nael. — La radio cruje—. No hagas dos veces la misma. Y punto.
Silencio. La oigo dar una calada al vapeo, ese sonido fino, el olor que no llega por radio pero que me imagino igual.
— ¿Estás bien, Aitor? — dice, y esta vez no me lo pregunta como jefa. Me lo pregunta como la única persona que en seis años no se ha tragado mi "despejado". Lo nota. Lo nota desde mil kilómetros y un monte sin cobertura.
Y por primera vez no le digo despejado.
— No — digo—. No lo estoy.
Hay una pausa al otro lado. Larga. De las que valen más que mil palabras de alguien que las gasta como ella, a cuentagotas.
— Bien — dice por fin—. Ya era hora.
Corta. Estática. El monte se traga el final.
Me quedo con la radio muerta en la mano y el escalón roto a mi espalda y la luz de la cocina pintando un rectángulo amarillo en la grava. Sonia acaba de decirme, sin decírmelo, que mañana me van a ordenar entregarlo y retirarme. Cumplir lo firmado. El protocolo. Lo que siempre he hecho.
Y por primera vez en seis años sé que el protocolo es lo que mata.
No la guardia baja. La guardia alta. El silencio. El control. La boca cerrada para que nadie vea que me importa. Eso es lo que mató a Nael y eso es lo que ha herido a Iago, y mañana, si obedezco, eso es lo que va a entregarlo a un hombre que confunde quererlo con poseerlo.
Guardo la radio. Guardo la llave. Miro el rectángulo amarillo.
No hay forma de protegerme de esto. No la hay.
Si me quedo callado y obedezco, lo pierdo y lo entrego.
Si abro la boca y le cuento la verdad entera —que firmé, que sabía, que callé, y por qué—, lo pierdo igual, porque la verdad no lo deshace, no hay frase que lo deshaga.
Pero al menos lo perdería de pie. Al menos dejaría de hacerle lo que le hizo Roque: decidir por él en silencio, "por su bien".
Toda mi vida he hecho la cuenta al revés.
He calculado qué me protege a mí. Qué me deja intacto, qué me deja sin expediente, sin fallo, sin nadie a quien perder.
Y la cuenta siempre daba lo mismo: cállate, controla, no te expongas, mantente fuera de la habitación aunque estés dentro.
Esa cuenta me dejó solo después de Nael, que es donde no fallo nadie porque no hay nadie.
Y esa misma cuenta es la que me ha llevado a callarle a Iago lo único que tenía que saber.
Hay otra cuenta. No la he hecho nunca. La cuenta de qué lo protege a él, aunque me cueste a mí. Esa cuenta da una sola cosa.
La única salida pasa por lo que nunca he hecho: exponerme del todo. Contarle la verdad entera aunque me cueste lo único que me queda, que es su cara cuando no me odia.
Y él todavía no la ha oído.
Subo el escalón roto. Cruje en el segundo tablón.
Por la rendija de la cortina, dentro, la luz amarilla y el cuchillo que ha vuelto a parar.
Iago se ha quedado quieto, las dos manos apoyadas en la encimera, la cabeza baja.
Lo veo respirar. Lo veo cargar a solas con algo que le he metido yo.
Y todo en mí, todo lo que soy, treinta y nueve años de coraza, me grita que dé media vuelta, que vuelva al cobertizo, que monte guardia en silencio y no le abra esta puerta de mí, porque abrirla es exponerme, y exponerme es fallar, y fallar es perder a alguien, y ya perdí a uno por hablar tarde y a otro por callar a tiempo.
Levanto la mano para llamar a la puerta que está cerrada por dentro, con la verdad apretada en la garganta como una astilla, y me quedo así, con los nudillos a un dedo de la madera, contando puertas que no tengo, sabiendo por fin lo que tengo que decir y sin saber todavía si me va a quedar voz para decirlo.