Capítulo 22
Roque vuelve a media mañana del día cuatro y esta vez no llama "chaval" desde el porche ni abre los brazos.
Esta vez sube solo, sin Quim, a pie desde donde ha dejado el coche, con una carpeta de cuero bajo el brazo y la cara del que viene a cobrar una deuda que sabe que va a cobrar.
Aitor lo ve subir desde la ventana de la cocina y se pone tenso de una manera que no le había visto en cinco días, no la tensión de guardia, otra, una que le sube de más adentro, la del que sabe lo que trae el otro en la carpeta y no puede pararlo aunque tenga un arma y el otro no.
— No le abras — me dice Aitor, rápido, bajo, cogiéndome del brazo—. Iago. No le abras. Sea lo que sea lo que te diga, no lo escuches solo, escúchalo conmigo delante, ¿vale? Lo que sea, déjame contártelo yo antes, déjame...
— ¿Contarme qué?
Y ahí, en cómo no me contesta, en cómo la pregunta le rebota y se le queda dentro, en cómo se le acelera esa cuenta de puertas que él cree que yo no le veo y que llevo cinco días viéndole, lo entiendo antes de saber qué entiendo.
Hay algo. Aitor tiene algo que explicarme y lleva días sin explicármelo.
La cosa que ha estado callando. La que le vi guardar en la bolsa el segundo día, el papel que tapó con el brazo cuando me acerqué.
La que me prometió, en el suelo de esta cocina con harina en las manos, que no me ocultaría datos por mi bien. Lo prometió mientras me ocultaba este.
Roque entra sin llamar. Es su finca. Deja la carpeta de cuero sobre la mesa de la cocina, la abre con esas manos perfectas, y saca dos cosas. Un papel. Y un teléfono.
— Chaval — dice, y la voz le ha vuelto suave, paternal, la peor de todas, la de cuando va a hacerte el mayor daño con la cara más dulce—.
Te dije anoche que lo intenté por las buenas.
Lo intenté. Tú elegiste lo otro, lo difícil, el juzgado.
Así que ahora, ya que vas a tirarlo todo, te voy a enseñar al menos quién te cuida de verdad y quién te está usando.
Por tu bien. Como siempre. Para que no vayas a ese juzgado engañado.
— Iago, no — dice Aitor.
— Lee — dice Roque, y me empuja el papel por la mesa con dos dedos.
Lo cojo. Lo cojo precisamente porque Aitor me dice que no, y porque hace quince años que dejé de obedecer a uno para acabar obedeciendo al otro, y estoy harto de obedecer a hombres que me protegen, harto de que dos hombres se peleen por decidir qué puedo leer yo.
Lo leo. Es un contrato. El de Aitor con Cerco.
Hojas grapadas, sellos, firmas en azul. Y al final, una cláusula, y la leo dos veces porque la primera no me cabe en la cabeza:
En caso de que el protegido comprometa la integridad operativa del dispositivo o incurra en conducta que ponga en riesgo los intereses del grupo, Cerco Protección queda obligada a poner al protegido a disposición del cliente principal a efectos de su custodia.
El cliente principal es Roque. El protegido soy yo. Y debajo, en el hueco de la firma, un nombre escrito a mano que conozco porque lo he visto en la libreta donde apunta las rondas, esa letra recta de hombre que no malgasta tinta ni curvas:
Aitor Belmonte Iraola.
— Eso significa — dice Roque, suave, sirviéndome el cuchillo con cariño, despacio, para que entre bien— que tu escolta firmó, antes de conocerte, un papel que lo obliga a entregarte a mí si te complicas.
Que el hombre que duerme contigo tiene contrato de devolverme el paquete.
Lo firmó él. De su puño. ¿Ves la fecha? Antes de poner un pie en tu restaurante.
Te eligió como mercancía antes de mirarte a la cara por primera vez.
Levanto los ojos a Aitor. Aitor está blanco.
No lo niega. Esa es la parte que me parte por la mitad, la que me deja sin aire: no lo niega.
Un hombre que no ha hecho lo que le acusan abre la boca y dice no, eso es mentira, eso no es lo que pone, déjame que te lo explique que esto está manipulado. Aitor no dice nada de eso. Aitor dice:
— Lo firmé. — La voz le sale rota, de debajo de algo—. Iago. Lo firmé, sí. Pero déjame...
— No has terminado, chaval — ronronea Roque, y enciende el teléfono, y le da a un archivo con la uña perfecta, y pone la pantalla hacia arriba en la mesa, entre los tres, como quien sirve un plato—. Esto no lo manipulo yo. Esto es él. Su voz. Escucha.
Y es la voz de Aitor.
Su voz, de noche, en su cuarto, en esta misma finca, hace cinco días.
La conozco. Llevo cinco días aprendiéndomela en la oscuridad.
La voz que me dice está buena cuando come mi pan, la que me dijo el pan suena a hueco, la que me dice mi nombre en la cama sin que pase nada después solo para oír cómo suena. Esa voz, esa misma, diciendo:
"Sé que la cláusula me obliga a entregárselo a Roque si se complica. La firmé a sabiendas. Y no, no se lo he dicho a Iago. Y no se lo voy a decir. Porque si se lo digo, me echa. Lo callo para protegerlo. Sí, ya sé cómo suena. Suena exactamente a lo que le hace Roque. Lo sé. Y lo callo igual."
Roque para la grabación ahí. Mide. Sabe exactamente dónde parar para que duela más, en qué palabra cortar. Conoce mi dolor como conoce mi azúcar en el café: de memoria, de haberme construido.
Me quedo mirando el teléfono en la mesa.
Y las manos, que no paran nunca, que hablan por mí cuando yo callo, las tengo planas sobre la madera, quietas, muertas, y eso es la alarma, lo sé, la quietud en mí es la alarma, me lo dijo Aitor que era mi alarma, qué ironía.
Pero esta vez la alarma no avisa de nada que pueda evitar, esta vez ya ha pasado todo, la lata ya está en la despensa, el daño ya está dentro del cuerpo de la señora Carballo, no hay arreglo.
Aitor lo sabía. Aitor firmó un papel que me vende a Roque.
Aitor lo leyó cuarenta veces antes de firmarlo, lo dice él mismo, cuarenta.
Lo supo desde el primer día y me lo calló desde el primer día, y me lo calló el día ocho cuando me besó en la cocina con la cebolla todavía en el aire, y me lo calló el día siete cuando me llevó a la única cama y me besó la quemadura y me dijo que todo lo mío me lo gané yo, hasta esto, y me lo calló el día seis en el suelo de esta cocina cuando le cogí la mano llena de harina y le pedí, le supliqué, que no dejara que nadie decidiera por mí por mi bien.
Y él me dijo te lo juro. Dos veces me lo juró.
Tu voz por delante de todo, dijo. Antes muerto, dijo.
Mientras llevaba en la bolsa el papel que decía lo contrario, a tres metros de mi mano.
Por su bien. No. Por mi bien. Lo callé por tu bien, chaval.
Es la frase. Es exactamente la frase. La he oído quince años en una boca y ahora la oigo en otra, en la única boca de la que me fié sin medir, en la única nuca que dejé que me sostuviera sin empujar, y resulta que también empujaba, claro que empujaba, resulta que también decidía por mí en secreto, resulta que también, mientras me besaba la quemadura y me decía que era mía, llevaba encima el papel que me convertía en cosa que se entrega.
Los dos. Los dos hombres que me han querido en esta vida me han querido igual: decidiendo por mí, en silencio, por mi bien.
A lo mejor el problema soy yo. A lo mejor yo solo sé querer a hombres que me manejan, porque es lo único que me enseñaron a llamar amor.
— Iago. — Aitor da un paso. Yo levanto la mano.
Para—. Iago, escúchame. Es verdad que lo firmé.
Es verdad que lo callé. Pero lo firmé para entrar yo y no el escolta que él te mandara, que te habría entregado el primer día sin parpadear.
Lo firmé para ser yo quien tuviera la correa y no él, para poder romperla desde dentro.
Lo callé porque si te lo decía me echabas y a doce días de declarar te quedabas sin protección, que es justo lo que él quería. Cada cosa que hice fue para...
— Para.
Lo digo bajo. Tan bajo que paran los dos, hasta Roque.
— Roque — digo, sin mirarlo, mirando la madera de la mesa—. Vete.
— Chaval, deja que te explique cómo...
— Vete tú también. He dicho que os vayáis los dos.
— Me levanto. Las manos siguen quietas, muertas sobre la mesa, y las despego del acero con esfuerzo, dedo a dedo—.
Tú, Roque, vete a tu hotel y a tu firma y a tu mierda, que mañana te hundo igual, ¿me oyes?
Igual. Porque esto no cambia nada de la señora Carballo, esto solo cambia que ahora estoy más solo declarando, y mira qué bien, sé estar solo, llevo toda la vida sabiendo estar solo, me has hecho un favor recordándomelo justo a tiempo. Vete.
Roque recoge la carpeta. Despacio. Saborea el momento, lo estira. Antes de salir me pone la mano en la nuca, la última, y esta vez no la quito, esta vez me da igual, ya no hay nada vivo ahí dentro que proteger de su mano.
— Te lo dije, chaval — murmura, casi con pena, casi de verdad—. El único que de verdad te cuida soy yo. Los demás firman papeles a tus espaldas. — Y se va al fin, al porche, a la sierra, dejándome su frase clavada como una astilla más.
Y queda Aitor. En mitad de la cocina, sin coraza, con la cara de un hombre al que se le está cayendo el suelo y no encuentra ninguna puerta que contar para salvarse, porque esta vez la amenaza no entra por ninguna puerta: ya está dentro, la metió él.
— Iago, déjame contártelo entero. Por favor. Solo eso te pido. No es lo que él te ha pintado, hay un porqué, déjame...
— ¿Lo firmaste? — Lo miro por fin—. La cláusula. ¿La firmaste sabiendo lo que firmabas? Sí o no. Sin porqué.
— Sí. Pero...
— ¿Me lo callaste? ¿Lo supiste el día siete y me lo callaste todos estos días, incluso después de...? — No termino. No puedo decir la cama. La cama todavía me pertenece, es lo único que me queda limpio, y no quiero ensuciarla metiéndola en esta conversación—. ¿Me lo callaste a propósito?
— Sí. — No miente. Esa es la única cosa decente que hace, no mentir ahora, cuando mentir le saldría más a cuenta—. Te lo callé. A propósito. Día a día. Sabiendo lo que era, sabiendo lo que te haría.
— Entonces no hay nada que contar entero.
Cojo aire. Me duele coger aire, como si la quemadura del antebrazo se me hubiera extendido por dentro hasta el pecho y me tirara de la piel al respirar.
— ¿Sabes lo peor, Aitor? No es que firmaras.
A lo mejor lo de la correa es verdad, a lo mejor lo hiciste para protegerme, te lo concedo, me da igual ahora mismo.
Lo peor es que el otro día, en este suelo, te cogí la mano llena de harina y te pedí lo único que de verdad necesitaba de ti en este mundo.
Que no dejaras que nadie decidiera por mí en secreto por mi bien.
Y me juraste que sí. Dos veces. Y ya lo estabas haciendo.
Me lo jurabas mientras lo hacías. — La voz se me rompe y la dejo romperse, ya da igual—.
Roque al menos no me juró nada. Roque siempre fue honesto en su deshonestidad: por tu bien, chaval, y la mano en la nuca a la vista, sin esconderla.
Tú me juraste lo contrario de lo que hacías.
Eso es peor. Eso es lo de Roque pero con un disfraz que me gustó más, con un disfraz que me dejé poner porque olía a pan y no a anillo de sello.
— Iago...
— Vete. — Le señalo la puerta. La principal.
La de los dos pestillos—. Sigue protegiéndome desde donde quieras, cumple tu contrato, sácame vivo el día doce, haz lo que tengas que hacer con tu protocolo.
Pero fuera de esta casa. No quiero verte la cara dentro de estas paredes.
La cama ya no. La cocina ya no. — Trago—. Vete, Aitor.
Aitor no discute. No suplica más. Recoge su chaqueta de la silla, el arnés, despacio, y por una vez no cuenta las puertas en voz baja al salir, las cruza sin contar ninguna, como un hombre que ya no tiene nada que proteger dentro porque acaba de perderlo, como si contar salidas hubiera dejado de tener sentido cuando la única que importaba se la he cerrado yo en la cara.
Cierro la puerta detrás de él. Echo el pestillo de arriba.
El de abajo. Compruebo el de arriba otra vez, su gesto, me ha contagiado hasta esto, hasta esto me ha contagiado el muy cabrón, y me quedo solo, de espaldas a una puerta cerrada en una casa segura que no me ha protegido de la única cosa de la que necesitaba protegerme, que era de fiarme.
Vete, le he dicho. Y se ha ido.