Capítulo 24
El cuchillo entra en la cebolla y la cebolla no tiene la culpa de nada, pero la pico igual, en juliana fina, como me enseñó él, con la mano izquierda hecha garra para no cortarme los dedos, y los ojos me lloran y miento diciéndome que es por la cebolla.
Día tres.
Tres días y ya no sé cocinar otra cosa que rabia.
Llevo media despensa hecha trozos sobre la tabla.
Cebolla, ajo, un puerro que no pinta nada en ningún plato, dos zanahorias que he cortado en bastones perfectos para nadie.
Aitor está fuera. Lo sé porque la casa entera suena distinta cuando él está fuera, más vacía, como una olla a la que le falta el fondo.
Lo eché yo. Le dije que se fuera y no se ha ido, se ha quedado dando vueltas a la finca como un perro al que han atado corto, y eso, en vez de ablandarme, me pone peor.
He puesto un caldo al fuego que no me va a comer nadie.
Carcasa de pollo, un hueso de jamón que encontré en la despensa de Lázaro, las verduras que he masacrado.
Cocino cuando no sé qué hacer con las manos, y las manos son lo único mío que siempre ha sabido qué hacer.
Es lo que me enseñó Roque, lo único bueno que me dejó: cuando todo se cae, ponte a hacer un fondo, que un fondo bueno tarda horas y te obliga a quedarte.
"Un fondo no se hace con prisa, chaval", me decía, con la voz suave, midiéndome.
"Como las personas. Hay que tenerlas a fuego lento mucho tiempo para que suelten lo bueno.
" Quince años creí que eso era cariño. Ahora sé que era una receta para tenerme a fuego lento toda la vida.
Porque sería más fácil odiarlo si se hubiera marchado.
Tengo la cláusula impresa sobre la encimera, donde la dejé.
Folio doblado en cuatro, con su firma abajo.
Aitor Belmonte Iraola, en bolígrafo azul, con esa letra suya de imprenta, de hombre que escribe poco.
La he leído tantas veces que me la sé. "En caso de que el protegido comprometa la operación, la empresa queda obligada a poner al protegido a disposición de la parte contratante.
" La parte contratante es Roque. El protegido soy yo.
La empresa es la de él. Aitor firmó un papel que dice que si me complico, me entregan a Roque como un paquete que ha llegado roto.
No soy un paquete. Se lo dije el primer día, en el restaurante, medio en broma. No soy un paquete. Y él se lo guardó, leyó la cláusula que decía justo lo contrario, y se metió en mi cama de todas formas.
Y lo peor, lo que no le perdono, no es la firma.
Es lo otro. Es que hace tres noches, en esta misma casa, le conté lo de Roque.
Le conté la cría de la mesa siete, le conté que yo todavía, en algún rincón asqueroso de mí, quería al hombre que me envenenó la cocina.
Le abrí esa puerta, la que no abro a nadie, la que ni Olvido tiene del todo.
Y él me escuchó, me dijo que no era culpa mía, me sostuvo la cara con esas manos suyas, y todo el rato llevaba en el bolsillo del pecho un papel que decía que podía entregarme.
Me escuchó hablar de una traición con una traición doblada en el bolsillo.
Eso es lo que no se arregla con ninguna palabra.
Suelto el cuchillo. Me tiemblan las manos y eso me asusta más que la cláusula, porque mis manos no tiemblan, mis manos son lo último mío que funciona cuando todo lo demás se rompe.
Mi padre, que era cocinero y murió pronto, me decía que un cocinero es sus manos y nada más, que puedes perder el olfato, el pelo, hasta la cabeza, pero el día que te tiemblan las manos se acabó, cuelga el delantal.
Y aquí están, temblando, sobre la encimera de una casa que no es mía, en mitad de una noche que no debería existir.
Las apoyo en la encimera fría. Las dejo quietas a la fuerza.
Y ahí está la alarma de verdad: las manos quietas.
Llevan quietas tres días. Tres días sin servicio, sin gente a la que dar de comer, sin nada que cortar de verdad, solo verdura masacrada a las dos de la mañana.
Un cocinero al que no le tiembla la mano porque no tiene nada que cocinar es un cocinero a medio morir.
Me miro la quemadura del antebrazo. La de los fogones, la que enseño con orgullo porque me la gané yo, a los diecinueve, con una olla de caldo que pesaba más que yo y que nadie me ayudó a sostener.
Esa cicatriz es lo único mío que Roque no tocó.
No me la regaló, no me la curó, no me la enseñó: me la hice yo solo antes de que él apareciera en mi vida con su cuchillo grabado y su "chaval, tú vales".
Y a lo mejor por eso es lo que más quiero de mí.
Es la prueba de que existí antes de él, de que hubo un Iago que se quemaba solo en una cocina de mala muerte y aguantaba, y a ese Iago Roque no llegó a comprarlo.
Ese sigue aquí. Es el que va a declarar.
El móvil de la finca es un trasto viejo que solo coge señal en la esquina del salón, junto a la ventana que da al norte, y solo a ratos.
Lo cojo. No sé por qué lo cojo. Sí lo sé.
Tengo el número de Roque grabado de toda la vida, de cuando era el primer número de mi vida, el del hombre que me sacó de fregar platos y me puso un cuchillo de chef en la mano y me dijo chaval, tú vales, tú vales más que todos estos. Tengo ese número y el dedo encima.
Una llamada. Sería tan fácil. Roque coge al primer tono, siempre coge al primer tono cuando soy yo, y me dice chaval con esa voz suave que nunca grita, y yo le digo vale, tú ganas, no declaro, dejadlo todo como estaba.
Y se acaba. Se acaba la cuenta atrás, se acaba la finca, se acaba el miedo, se acaba esto de querer a un hombre que firmó venderme.
Vuelvo a mi cocina, al Veleta, a la tele, a "Mesa para uno", al hombre que se hizo solo y come solo y duerme solo y no le debe nada a nadie. Mi voz, mi cuchillo, mi decisión.
Salvo que esa no sería mi decisión. Sería la suya. Otra vez.
Eso es lo que me crió Roque sin querer enseñármelo: a confundir su voz con la mía. A pensar que rendirme a él era elegir, cuando rendirme a él siempre fue lo contrario de elegir.
Me acerco a la ventana del norte, la única con un dedo de señal.
La sierra negra ahí fuera, sin una luz. En algún punto de esa negrura está Aitor, dando vueltas a la casa, contando puertas que no le abro.
Lo he visto antes, recortado en la grava, una sombra que pasa cada media hora con la regularidad de un reloj que nadie le pidió que diera.
Podría meterse en el cobertizo a dormir.
No lo hace. Monta guardia de un hombre que lo ha echado, y eso me da una rabia que no sé dónde poner, porque sería más limpio si fuera un cabrón y se hubiera ido.
Aprieto el botón. El móvil marca. Un tono.
Dos tonos.
— ¿Iago? — La voz no es la de Roque. Es la de Olvido. He marcado mal, o he marcado bien sin querer, porque su número está al lado del de él en la lista, y mi dedo, que tiembla, ha elegido por mí mejor que yo—. Iago, ¿eres tú? Niño, ¿qué pasa? Son las dos de la mañana.
Olvido. Sesenta y tantos, el moño tan tirante que le estira la cara, treinta años de cocinas a la espalda y una manera de decir mi nombre que me deja sin coartadas. La oigo respirar al otro lado, con ese silbido suyo del pecho que el médico le dijo que se mirara y ella no se ha mirado.
— Nada — digo, y me sale roto—. Me he equivocado de número.
— Y una mierda te has equivocado. — Una pausa. La oigo sentarse, el chirrido de una silla, su casa pequeña en Madrid con la tele baja de fondo—. ¿Ibas a llamarlo a él? ¿A esta hora? ¿Para qué?
No contesto. Olvido no necesita que conteste. Olvido lleva leyéndome la cara desde que yo tenía veintitrés años y un cuchillo más grande que mi ambición.
— Ni se te ocurra — dice. Bajo. Despacio. Tres palabras que me han parado más veces que ninguna orden—. Ni se te ocurra llamar a ese hombre para rendirte. Te conozco. Te estás diciendo que sería más fácil. Y lo sería. Por eso no lo vas a hacer.
— Olvido. — Trago. La quemadura del antebrazo me arde, como me arde siempre cuando estoy a punto de hacer una tontería, como si la piel se acordara de cada vez—.
Me han mentido todos. Hasta el que dormía conmigo.
Firmó un papel para entregarme, ¿lo entiendes?
Lo tengo aquí, con su firma. ¿Para qué declaro? ¿Para quién? Estoy solo en esto.
Silencio. El silbido del pecho. La tele de fondo.
— Estás haciendo un fondo — dice. No es una pregunta.
Lo oye, el borboteo, lo oye por el teléfono o lo sabe sin oírlo—.
A las dos de la mañana. Estás haciendo un fondo y pensando en rendirte.
— Resopla—. Niño, te conozco desde que no llegabas al pase.
Sé lo que haces cuando te quieres morir un poco: pones algo al fuego que tarde mucho, para tener una excusa de seguir despierto y no decidir nada.
Me callo. Tiene razón. Tiene siempre razón y es agotador.
— No estás solo — dice—. Tengo las cajas.
Me quedo sin aire.
— ¿Qué cajas?
— Las de Marismeña. Los albaranes, los lotes, las firmas de Roque autorizando que entrara el género que no debía entrar.
Todo. Lo saqué del despacho el día que enfermó la cría de la mesa siete, ¿te acuerdas de la cría?
La niña que vomitó sangre. Lo saqué ese día y lo guardé donde no lo encuentra, y llevo dos años sentada encima de eso esperando que tú tuvieras los cojones de hablar.
— La voz le tiembla y se endurece a la vez—.
Yo no puedo declarar, niño. Yo no vi nada, yo solo guardo cajas.
El que vio fue Roque firmando y tú al lado sin entenderlo.
El único que puede contar la historia entera eres tú.
Tú tienes la voz. Yo tengo las pruebas. No sirve la una sin la otra.
La cláusula sigue sobre la encimera. La firma azul. Aitor fuera, contando puertas.
— ¿Y si me equivoco? — digo—. ¿Y si confío en quien no debo otra vez?
— Te vas a equivocar seguro — dice Olvido, y casi me río, porque solo ella consuela con verdades—. La cuestión no es si te equivocas. Es de quién es la voz cuando te equivocas. Que sea la tuya, niño. Aunque sea para meter la pata. Que sea la tuya.
Cuelga sin despedirse, como cuelga siempre, dejándome con la última palabra clavada.
Que sea la tuya.
Me quedo con el móvil muerto en la mano.
La tele me hizo una voz pública: "Mesa para uno", el chef que cocina solo y le va bien solo, el soltero de oro de los fogones, una marca.
Esa voz no es mía. Esa voz la escribe un equipo de guionistas y la aprueba el departamento de Roque y la digo yo con la sonrisa puesta para la cámara.
Llevo años hablando con una voz que no es la mía mientras me convencía de que ser independiente era no necesitar a nadie.
Y resulta que no necesitar a nadie y no tener voz propia son la misma cárcel con dos nombres distintos. Roque me vendió las dos como libertad.
La cría de la mesa siete tenía nueve años.
Comió un plato mío, uno que llevaba género de Marismeña, el lote que Roque autorizó sabiendo lo que sabía.
La vi vomitar en mi comedor, sobre el mantel blanco, agarrada a su madre, y yo salí de la cocina con el delantal puesto sin entender nada, y Roque me apartó con la mano en el hombro y me dijo tranquilo, chaval, yo me ocupo.
Y se ocupó. Tapó. Pagó. Calló. Por mi bien, claro.
Para no manchar mi nombre. Mi nombre limpio sobre el vómito de una niña de nueve años.
Esa es la voz que tengo que recuperar. La que tenía que haber gritado ese día en el comedor y no gritó porque Roque me puso la mano en el hombro.
Dejo el móvil en la encimera, junto a la cláusula.
Me quedo mirando las dos cosas, una al lado de la otra: la firma de Aitor que me vendió y la voz de Olvido que me devuelve.
Y por primera vez en tres días las manos se me mueven solas, recogen el cuchillo, lo limpian, lo guardan en su funda.
Gestos de cierre. Gestos de cocina. Lo que hago cuando un servicio se acaba y hay que dejar la estación limpia para mañana.
Voy a declarar. No por Aitor. No contra Aitor. Por la cría de la mesa siete y por el chaval de diecisiete años que creyó a Roque cuando le dijo chaval, tú vales. Con mi voz.
Aparto el caldo del fuego. Lo cuelo, porque un fondo bien hecho no se tira aunque no se lo coma nadie, eso también me lo enseñó él y eso sí me lo quedo, separado de quien me lo enseñó.
Lo dejo enfriar en un bol, tapado, etiquetado en la cabeza para mañana.
Gesto de cocina. Gesto de quien sí piensa que va a haber un mañana.
Apago la luz de la cocina. Cruzo el salón a oscuras, hacia la ventana del norte, a ver si pillo señal para escribirle a Olvido que sí, que vale, que mañana hablamos del traslado de las cajas. Y al pasar por delante del ventanal grande, el que da al camino, algo en el monte me corta el paso.
Faros. No. Lo contrario de faros.
Donde anoche había una luz lejana en la garita de Lázaro, la del guarda, ahora no hay nada. Negro. Y donde el camino baja hacia la carretera, donde siempre, hasta de madrugada, parpadea la baliza naranja del cruce, tampoco hay nada. Negro entero. Alguien ha apagado el monte.
Pego la cara al cristal. El móvil, sin señal. Cero rayas. Antes tenía una, débil, intermitente, pero una. Ahora cero. Lo muevo por la esquina del norte, por donde siempre. Nada.
Han cortado la salida. La luz, la línea, la señal.
Lo han apagado todo desde fuera, en silencio, mientras yo discutía conmigo mismo si rendirme.
La firma de la venta es en dos días y nosotros estamos a oscuras en una casa de la que ya no se puede salir ni pedir ayuda, con la trampa cerrada por encima de la cabeza, y al otro lado del cristal, en la negrura del camino, algo se mueve que no es el viento.