Capítulo 20
Roque ha pasado el día en la finca como quien pasa el día en su finca, porque a sus ojos lo es: la paga la empresa de seguridad que es suya, el escolta que la guarda cobra de él, hasta el aire que respiro aquí lo respiro de prestado en su mundo.
Llegó a las siete y media, se bajó del coche con el abrigo bueno y los zapatos sin una mota de la pista de tierra, como si la tierra no se atreviera a tocarlo, abrió los brazos al verme en el porche y dijo "chaval" con esa voz que me quita treinta años de encima de golpe y me devuelve al freidor, al crío que limpiaba merluza.
No lo abracé. Aitor estaba detrás de mí, hombro con la pared, contando puertas, y yo me agarré a que estuviera ahí para no abrazarlo.
Físicamente me agarré: me cogí el puño de la manga, fuerte, para que las manos no se me fueran solas a ese abrazo entrenado.
Se ha pasado el día midiendo. Ha recorrido la casa como quien tasa una propiedad, ha mirado las cámaras de Aitor con una sonrisa de "qué mono, jugáis a la seguridad", le ha preguntado a Lázaro por la caza con una familiaridad que el guarda ha cortado con un gruñido y un escupitajo al suelo.
Ha dejado caer, como sin querer, que la finca tiene "muy mala cobertura, chaval, qué incomunicado estás aquí, qué solo", y yo he entendido el mensaje debajo del mensaje: nadie te oye si gritas.
Roque nunca dice la amenaza. La deja debajo de una frase amable, como deja la mano debajo de tu nuca.
Ahora es de noche y he hecho la cena porque no sé hacer otra cosa cuando tengo miedo.
Merluza. La que le gusta a Roque, en salsa verde, con sus almejas.
Me ha salido perfecta y me jode que me haya salido perfecta, porque la he hecho con las manos que él me enseñó y eso, esta noche, es como darle la razón con la comida, como decirle mira lo bien que me construiste.
Cenamos los tres en la mesa de la cocina.
Roque a la cabecera, claro, se ha sentado en la cabecera sin preguntar, en la silla que lleva cinco días siendo de Aitor, y Aitor no ha discutido la silla, se ha puesto en el lado de la puerta, de cara a las dos salidas, donde puede verlo todo y donde, lo sé sin mirarlo, tiene la mano a un palmo del costado.
Quim ronda fuera, en el porche, "haciendo perímetro", dice, tranqui.
Yo no me fío de Quim desde la mañana, desde que lo vi abrir la cancela.
Aitor no me ha dicho que sea él. Pero Aitor le pone los ojos encima cada vez que pasa por la ventana, una mirada rápida y plana, y eso me lo dice todo, esa mirada es un dosier entero.
— Está en su punto la merluza — dice Roque.
Cierra los ojos al primer bocado, como hacía siempre, como me enseñó a hacer a mí para vender el plato en la tele, "come con los ojos cerrados, chaval, que la gente quiere ver que disfrutas"—.
La haces mejor que yo ya. Hace años que la haces mejor que yo.
— Me mira por encima del tenedor, esa mano perfecta, el anillo de sello quieto todavía—.
¿Te acuerdas de la primera que sacaste sola?
Te temblaba el pulso. Yo te puse la mano en la nuca y te dije: dale, chaval, que esto lo llevas dentro.
— Me acuerdo — digo.
Me acuerdo de la mano en la nuca. De eso me acuerdo sobre todo, más que de la merluza. Aitor también lo registra; le he visto la mandíbula al oír "la mano en la nuca", ese grado de tensión suyo, esa cuenta de puertas que se le acelera cuando algo le toca.
— Roque — digo, y dejo el tenedor, porque si tengo las manos ocupadas con cubiertos no se me quedan quietas y yo necesito que se me queden quietas para esto, necesito leerme a mí mismo, saber en qué momento me estoy ablandando—.
No has subido ochenta kilómetros de sierra ni te has traído a tu segundo escolta para decirme que la merluza está buena.
— No. — Sonríe. Una sonrisa de las suyas, triste, paternal, la peor de todas, la que pone justo antes de pedirte algo grande—. He subido a cuidarte, chaval. Como siempre. ¿Cuándo no he subido a cuidarte?
— No me llames chaval.
Lo digo y se me queda el cuarto en silencio.
Lázaro, que ha entrado a dejar leña, gruñe sin querer junto a la chimenea y sale, dejando un tronco a medio colocar.
Roque deja el tenedor. Despacio. Lo posa en el borde del plato con un cuidado de cirujano.
Y empieza a girar el anillo de sello, una vuelta, dos, lo veo, el cálculo en marcha, y de golpe entiendo el tic que Aitor me describió sin yo verlo nunca: Roque gira el anillo cuando está midiendo cuánto me va a costar lo que va a decir, cuánto va a tener que apretar.
— Iago. — Usa mi nombre. Casi nunca usa mi nombre; soy "chaval" desde los diecisiete.
Cuando lo usa es que va en serio, que ha dejado el cariño de utilería y saca el de verdad, que es peor—.
Te voy a hablar claro, que para eso te crié yo, sin paños calientes.
— Apoya las dos manos en la mesa, las perfectas, las que dejaron los fogones hace veinte años y lo presumen—.
Pasado mañana firmo la venta del grupo a Aurelian.
A las nueve y media. Es mucho dinero, chaval.
Es el final de cuarenta años de trabajo, el mío y el tuyo, porque tú eres parte de lo que se vende, tu nombre, tu estrella, tu programa, todo eso lo construimos juntos.
Y a la misma hora, más o menos, tú tienes una cita en un juzgado para hundir todo eso.
— Gira el anillo—. ¿Tú sabes lo que pasa si declaras?
— Lo sé.
— No lo sabes. — Suave. Siempre suave—. Si declaras, no me hundes a mí solo.
Hundes el grupo entero. Hundes a sesenta familias que comen de esto, sesenta nóminas, gente con hijos.
Hundes tu propio restaurante, que lleva tu nombre en la puerta.
Y, lo que más me duele, te hundes tú. Porque por mucho que digas la verdad, chaval, las conservas las metiste tú en tu despensa.
Tu firma está en el albarán de entrada. — Una pausa medida al milímetro, la deja respirar para que pese—. ¿O no te acuerdas de que firmaste?
Ahí. Ahí está la mano en la nuca, hecha frase. Firmaste. Lo metiste tú. Tú eres tan culpable como yo, chaval, así que para qué declarar, mejor lo arreglamos en familia, en casa, como hemos arreglado siempre todo.
Y por un segundo, lo confieso, por un segundo me tiembla todo.
Porque es verdad que firmé. Es verdad que metí la lata en mi despensa con mis manos.
Es verdad que una parte de mí, la del freidor de diecisiete años, le debe a este hombre cada cosa buena que tiene, y esa parte quiere decir que sí, quiere la mano en la nuca, quiere que Roque lo arregle como arregla todo, quiere volver a ser su obra y no tener que ser un hombre solo delante de un juez explicando por qué se fio de su padre.
El sí me sube por la garganta. Lo tengo en la boca, entrenado, calentito.
Miro a Aitor.
Aitor no dice nada. No puede decir nada; es la cena de Roque, es su finca, su empresa, su silla.
Pero me mira desde el lado de la puerta y mueve la cabeza, apenas, un milímetro, no, y en ese milímetro está todo lo que le juré yo a él ayer en el suelo de esta misma cocina, o lo que él me juró a mí: que no dejara que Roque me convenciera.
Que protegiera mi voz. Aunque flaqueara.
Aunque yo se lo pidiera. Y me acuerdo de la señora Carballo, como me pidió Olvido por boca de Aitor esta mañana. Mesa doce. Nueve días en la UCI.
No flaqueo. Le miro a Aitor el milímetro de la cabeza, me acuerdo de la mesa doce, y no flaqueo. El sí se me queda en la garganta y se da la vuelta y sale otra cosa.
— ¿Sabes lo que me acuerdo, Roque? — digo, y la voz me sale firme, me sale de un sitio nuevo, de detrás del esternón—.
Me acuerdo de la señora Carballo. Mesa doce, un jueves de marzo.
Cenó tu lote de Marismeña en mi restaurante y pasó nueve días en la UCI.
Tiene setenta y un años. Estuvo a punto de morirse por una lata que yo metí en mi carta porque tú me dijiste por tu bien, chaval, mete esto, es de un amigo.
— Me inclino sobre la mesa—. Esa es la firma que de verdad me importa, Roque.
No la del albarán. La de la señora Carballo en el parte de ingreso del hospital.
Esa la firmaste tú, no yo. Tú sabías que el lote estaba retirado.
El proveedor te avisó. Tienes la orden escrita de meterlo igual.
Yo no sabía nada. Olvido tiene los papeles que lo demuestran. Sí, Olvido. Sorpréndete.
El anillo de sello se para. Por primera vez en toda la noche, se para.
Y la mano perfecta de Roque, encima de la mesa, se cierra un poco, los nudillos blancos, y la cara, la cara paternal, se le agrieta por un segundo y debajo, debajo del cariño, asoma lo otro, lo que Aitor lleva días diciéndome que está debajo, la cosa fría que no soporta que su obra hable sola, que decida sin él, que tenga papeles que él creía destruidos.
— Estás cometiendo un error, chaval — dice, y la voz le sigue suave, pero el suave ahora tiene filo, el filo que estaba debajo todo el tiempo—.
Te lo digo por tu bien. Por última vez te lo digo por tu bien.
Olvídalo todo. No declaras, recuperas tu restaurante limpio de mi nombre, la señora Carballo está bien, ya está recuperada, lo comprobé, yo desaparezco de tu vida si eso es lo que quieres, te juro que desaparezco, no me vuelves a ver.
Y nadie sale herido. Esa es la salida buena.
La otra salida... — Mira un instante a Aitor, solo un instante, una mirada que yo no sé leer del todo esta noche—.
La otra salida es que te hacen daño cosas que no controlas.
Gente. Papeles. Contratos que firmó gente en la que confías.
Y entonces, chaval, ni yo podré cuidarte.
Y yo soy el único que de verdad te cuida.
Acuérdate de eso cuando esto se ponga feo, que se va a poner.
El único que te cuida soy yo. El resto cobra por estar a tu lado.
Habla de Aitor. Sé que habla de Aitor con eso de "contratos que firmó gente en la que confías", lo dice mirándolo, pero no lo entiendo del todo esta noche, lo entiendo solo como una amenaza vaga, como una de sus nieblas, una piedra que tira para ver dónde cae.
Lo que sí entiendo es lo otro, lo grande, lo que llevo quince años sin atreverme a decirle a la cara.
Me levanto. Recojo el plato de Roque, todavía con media merluza, y lo dejo en el fregadero, dándole la espalda un momento, y desde ahí, sin girarme, con las manos por fin quietas sobre el acero frío, se lo digo:
— No quiero que me cuides, Roque. — Me giro—.
Eso es lo que nunca entendiste. Cuidarme no era quererme.
Era no soltarme. Llevas cuarenta años confundiendo las dos cosas, querer y tener, y yo otros quince creyéndome la confusión, dándote las gracias por la correa.
Pero se acabó. Voy a declarar. Voy a nombrarte.
Y voy a perder el restaurante, y el programa, y a lo mejor la cabeza una temporada, y voy a ganar una cosa que tú no me diste nunca con toda tu mano en mi nuca: mi voz.
Suelta. Mía. Sin tu permiso. — Cojo aire—.
Vete de mi casa segura, Roque. Aunque sea tuya. Esta noche es mía.
El silencio que sigue lo llena la madera crujiendo en la chimenea y la respiración de tres hombres.
Aitor, en la puerta, no se ha movido, pero le ha cambiado algo en la cara, una cosa que no le había visto, orgullo, creo, orgullo de mí, y eso me sostiene las rodillas, que las tengo flojas, que me tiemblan debajo de la mesa donde no se ven.
Roque se levanta. Despacio. Se abrocha el abrigo bueno, recupera la cara paternal como quien se pone un guante de cabritilla, y antes de salir me pone la mano en la nuca. La mano. Una última vez. Y aprieta, suave, y me dice al oído, bajo, donde Aitor no llega a oírlo:
— Lo intenté por las buenas, chaval. Acuérdate de que lo intenté por las buenas. Lo que venga ahora, lo has elegido tú.
Y sale al porche, a su coche, a Quim, a la noche de la sierra, con el abrigo impecable y los zapatos sin una mota.
Aitor cruza la cocina y me quita la mano de Roque de la nuca con la suya, despacio, como se quita una cosa que quema, aunque ya no esté, aunque solo quede el calor de ella, y me deja la suya un segundo en el mismo sitio, abierta, sosteniendo, no empujando.
— Lo has hecho — dice.
— Lo he hecho.
— ¿Sabes lo que significa?
— Sí. — Me apoyo en él, por fin, sin medirlo, con todo el peso—. Que ya no hay marcha atrás. Que a partir de esta noche Roque va a por todas.
— Sí — dice Aitor, mirando por la ventana las luces traseras del coche bajando por la pista, dos puntos rojos que se traga la curva—. A por todas.