Capítulo 19
A las siete de la mañana del día cinco ya he hecho la ronda, ya he contado las seis puertas dos veces y ya he dejado a Iago durmiendo con una cara que no le había visto, una cara sin nada apretado, la mandíbula floja, las manos abiertas sobre la sábana, y eso me ha costado más de salir del cuarto que cualquier perímetro que haya despejado en mi vida.
Salir de una habitación donde Iago duerme tranquilo es como salir del único sitio del mundo que de verdad está despejado, para volver a uno que no lo está.
Bajo a la cocina. Pongo el café. Saco el móvil de finca de Lázaro y marco el número que Iago me dio anoche con la voz baja: Olvido.
La de las pruebas. La única persona del mundo que tiene, según Iago, lo que de verdad hunde a Roque.
Contesta al segundo tono, despierta, vestida, lo noto en cómo respira, una mujer de sesenta y tantos que ya estaba de pie a las siete porque las mujeres de su oficio llevan cuarenta años de pie a las siete, fregando una barra que aún no ha abierto.
— ¿Iago está bien? — Es lo primero. No quién es usted, no qué hora es esta de llamar. Iago está bien.
— Está bien. Está durmiendo. Soy Aitor, el que lo protege.
— Ya sé quién es. — Un silencio de los que miden—.
El que se ha encariñado. Se le nota en cómo dice protege.
Lo dice como un hombre, no como un empleado.
Bueno. Allá usted con lo suyo. Si lo trae vivo, por mí como si se lo lleva al altar y le da nietos.
— Cambia de tono, al grano, treinta años de mando en una sala de restaurante en cada palabra—.
¿Qué necesita de mí a estas horas, Aitor el que protege?
Me cae bien en cuatro frases. Es lo que tienen los que no gastan tiempo en darse importancia: que la tienen toda.
— Necesito saber qué tiene usted — digo—.
Iago dice que guarda algo. Lo que hunde a Roque.
Necesito saber qué es, dónde está, y si está a salvo.
Porque el día doce, cuando Iago declare, eso tiene que estar en manos de la fiscalía antes de las nueve y media de la mañana, o la declaración es la palabra de un hombre contra la de otro, y Roque tiene mejores abogados y más cara.
Olvido se toma su tiempo. Oigo el ruido de una cucharilla en una taza, lento, una mujer que decide cuánto contar a un desconocido por un teléfono que no sabe si está limpio.
— Las facturas — dice al fin—. Las de verdad.
Las que Roque mandó destruir cuando estalló lo de las conservas, las que se llevó un chico de una gestoría en cajas a un sitio que nadie supo.
Yo no las destruí. Hice copia y guardé los originales antes de que vinieran a por ellas.
Albaranes del lote de Marismeña entrando en nuestra despensa con la firma de Roque al pie, no la de Iago.
La orden de Roque, por escrito, de meter ese bonito en carta a pesar del aviso del proveedor de que el lote estaba retirado por toxina.
Y la transferencia con la que pagó al inspector que miró para otro lado la primera vez, con concepto y todo, que el muy soberbio ni se molestó en disimular el concepto.
— Una pausa—. Llevo dos años con eso en una caja de zapatos.
Sé lo que vale. Por eso nunca lo he sacado de donde está.
Una cosa así, mientras nadie sabe que existe, te protege.
El día que se sabe que la tienes, te pinta una diana en la espalda.
— ¿Dónde está?
— En sitio seguro. — Tono de cierre, de puerta que no se abre—.
No por teléfono, hijo. No me fío de los teléfonos desde que esto empezó, y usted tampoco debería, que para eso es de su oficio.
Cuando llegue el día, yo aparezco con la caja donde haya que aparecer y a la hora que haya que aparecer.
Eso déjelo de mi cuenta. Lo mío lo cumplo yo.
Llevo cumpliendo lo mío desde antes de que usted naciera.
— ¿Roque sabe que las tiene?
El silencio que sigue es distinto. Más largo. Es el silencio de alguien a quien le acabas de tocar el punto exacto del miedo, ese que tiene tapado con la firmeza para no mirarlo.
— Sospecha — dice, y la voz, firme hasta ahora, le baja un punto—.
Esta semana han pasado cosas. El lunes me cancelaron la cita del cardiólogo desde un número del grupo; dijeron que por una reorganización del seguro de empresa, que ya me llamarían.
El miércoles, un hombre que no conozco me preguntó en el portal de mi casa si yo era la señora Reta y si me cuidaba bien el corazón.
Con esas palabras. Que si me cuidaba bien el corazón.
— Una respiración fina, controlada, de quien no se permite que le tiemble la voz delante de un extraño—.
Llevo un marcapasos, ¿sabe? Desde hace tres años.
Roque lo sabe. Me llevó él al hospital cuando me lo pusieron, mire qué cosas, me esperó en la sala con un café de máquina y todo, muy atento.
Y ahora un desconocido me pregunta por mi corazón en el portal de mi casa.
Por mi bien, seguro. Todo lo hace por el bien de uno, ese hombre. Es lo que más rabia da.
Aprieto el móvil. Por tu bien. La misma frase.
Roque no amenaza, cuida con un cuchillo en la voz.
A Iago con la mano en la nuca, a Olvido con su corazón enfermo, a mí con una cláusula firmada en una bolsa.
El mismo hombre, tres correas distintas, cada una cortada a la medida del miedo de cada uno, cada una con un nudo distinto.
A cada cual su correa. Sabe medirnos como medía el azúcar del café.
— Señora Reta. Olvido. — Bajo la voz, aunque Iago duerme arriba—. ¿Hay alguien con usted en casa?
— Mi hermana. Y un cerrojo nuevo que me ha puesto el del tres.
Y el bastón de mi difunto, que pesa lo suyo y tiene la contera de bronce.
— Casi se ríe, una risa seca—. No se preocupe por mí, hijo.
Preocúpese por el chico. Yo a Roque le aguanté treinta años de cocina, treinta de aguantarle los humos y las exigencias y los caprichos; no me va a tumbar ahora con una preguntita en el portal.
Lo que me tumbaría es que le pasara algo a Iago por culpa de no haber guardado yo esa caja.
Eso sí. Eso no lo aguantaría, eso me mataría más rápido que el corazón.
Así que la caja aparece el día doce, pase lo que pase, aunque tenga que ir andando con el marcapasos a cuestas y el bastón del difunto por si acaso.
Dígaselo a él. Que su Olvido cumple. Esas palabras: su Olvido cumple.
— Se lo digo.
— Y dígale otra cosa. — El tono cambia otra vez, se ablanda, una madre que no lo es pero lo parece, que crió a un hombre sin parirlo—.
Dígale que no le deje a Roque ni un metro de ventaja en la cabeza.
Que cuando lo tenga delante y le ponga esa mano en la nuca y le diga chaval con esa voz de terciopelo, se acuerde de la señora Carballo, la del lote, la que estuvo nueve días en la UCI.
Que no declara contra un padre. Declara por una víctima.
Si lo piensa así, no le tiembla la voz. Y a Iago, cuando le tiembla la voz, no hay quien lo pare.
Lo he visto cantarle las cuarenta a un crítico que le destrozó un plato.
Pero hay que recordarle por quién habla, o se le olvida y empieza a pedir perdón.
— Se lo digo todo. Palabra.
— Cuídelo. — Y cuelga, sin despedida, como descuelgan los que tienen prisa de toda la vida y han gastado ya las palabras del día.
Me quedo con el móvil muerto en la mano y el café enfriándose.
Tengo las pruebas localizadas, o casi: existen, están a salvo, Olvido las trae el día doce antes de las nueve y media.
Eso es bueno. Lo escribo en la libreta, debajo del adelanto de la firma.
La declaración con las facturas de Olvido entra antes de la hora notarial, y Roque cae.
Es un plan. Es ajustado, va sobre la hora, pero es un plan, y un plan con una hora es mejor que un miedo sin números.
Subo a la primera planta a comprobar la ventana del fondo y de paso a ver si Iago se ha despertado.
No se ha despertado. Está como lo dejé, de lado, una mano abierta sobre el hueco que dejé yo en la cama, buscándolo dormido.
Y en sueños, mientras lo miro desde el umbral, mueve los labios y dice algo, bajo, sin saber que lo dice, y aunque no lo oigo entero reconozco la forma de mi nombre en su boca.
Aitor. Dormido. Sin que pase nada después, como me prometí oírlo en aquella cama.
Y es justo eso lo que me clava al suelo del umbral, no la amenaza de fuera, no el coche que todavía no he visto subir: que este hombre dice mi nombre en sueños, confiado, mientras yo llevo en la bolsa, a dos metros, el papel que lo entrega.
La séptima puerta, la de mi bolsa, la cláusula, sigue cerrada en la cremallera a dos metros de su mano abierta.
Olvido me ha dicho cuídelo. Cuidarlo de verdad, ahora lo sé mejor que ayer, sería contárselo.
Sería no hacer con él lo que Roque hace con todos.
Lo pienso de pie en el umbral, con la palabra cuídelo de Olvido todavía caliente y mi nombre en su boca dormida todavía en el aire.
Doy un paso hacia la bolsa. Un paso. La mano ya en la cremallera.
Sacarlo, despertarlo, ponérselo delante y decirle esto soy.
Y entonces se me acelera la cuenta de puertas, una, dos, tres, esa cuenta que se dispara cuando voy a callar, y la cremallera se queda a medio abrir, y la cierro otra vez, y bajo sin contárselo.
Otra vez. Con la excusa de siempre, que es la peor de todas, la de Roque clavada en la boca: por su bien.
Y cuando llego al pie de la escalera, lo veo por la ventana de la cocina, la única sin clausurar.
Polvo. En el camino de la finca, abajo, en la curva que sube desde la cancela.
Polvo de un coche subiendo. No el de Lázaro, que está aparcado fuera, lo controlo.
Un coche oscuro, grande, de los que no suben a una finca de la sierra por error, que sube despacio por la pista de tierra hacia El Helechal a las siete y media de la mañana del día cinco, cuando no esperamos a nadie hasta dentro de tres días.
Cojo los prismáticos del clavo de la entrada. Enfoco la cancela. El coche para un segundo allí, alguien baja a abrirla. Joven, hablador hasta de lejos por cómo mueve las manos al hablarle a otro dentro del coche, camisa demasiado nueva para una pista de tierra a estas horas.
Quim.
Vuelve al coche. Y por la luna trasera, en el asiento de atrás, una mano perfecta apoyada en la ventanilla bajada, una manicura impecable que reluce a la luz baja de la mañana, y un anillo de sello que gira despacio, una vuelta, otra, mientras el coche reanuda la subida hacia nosotros.
Roque ha venido. Tres días antes. Y no viene solo.