Capítulo 18
Día cinco. Aitor lleva desde anoche con una cara que conozco de mi propio espejo: la cara del que ha confirmado algo malo y todavía no sabe cómo decirlo.
Me lo ha contado a medias por la mañana, lo del canario, lo de las tres salidas falsas, lo de Olvido devolviéndole una de ellas por teléfono a las tantas.
No me ha dicho cuál de las tres, ni a quién se la dio.
Por mi bien, supongo, aunque él no lo diría así, él no usaría esas palabras nunca, sabe lo que pesan en mí, sabe que esas tres palabras son la mano de Roque en mi nuca.
Pero el silencio es el mismo. Sabe algo y se lo guarda.
Y yo llevo cinco días aprendiéndome sus silencios.
Este es de los gordos, de los que tapan algo más grande que un nombre.
Le he dejado guardárselo todo el día. He hecho pan, he hecho un guiso con lo que había, alubias con las costillas que trajo Lázaro, he fregado, he amasado otra vez.
A media tarde Lázaro trajo unas truchas que sacó del arroyo con las manos, supongo, porque las trajo vivas en un cubo, y las he hecho a la sartén con un poco de tocino y una hoja de laurel del jardín seco de la finca, y le he puesto el plato delante a Aitor en la mesa de la cocina, y él se ha sentado por una vez de cara a mí y no de cara a la puerta, lo que en él es casi una declaración de algo, y ha comido despacio, y ha dicho está buena, y yo le he dicho que se está repitiendo otra vez, jefe, y él no me ha corregido el jefe.
Lo ha dejado pasar. Y que no me corrija el jefe, hoy, también me dice algo.
Ahora es de noche y estamos los dos en el cuarto de la única cama y no hay susto de por medio.
Esa es la diferencia con la otra vez. La otra vez fue el dron, el miedo saliendo por la boca, el cuerpo descargando lo que tenía cargado para morir.
Esta vez no ha pasado nada. No hay dron, no hay foco, no hay corzo.
Solo estamos él y yo y una cama estrecha y una elección que no nos empuja nadie.
Y eso da más miedo que el dron. Lo del dron era el cuerpo, y el cuerpo no decide, el cuerpo solo descarga.
Esto lo decide otra cosa más adentro, una que llevo quince años teniendo cerrada con llave.
— Ven aquí — le digo. Está sentado en el borde de la cama quitándose las botas, una a una, con método, y todavía con la chaqueta puesta—. Quítate eso.
— ¿La chaqueta?
— Todo. La coraza. Hoy no la necesitas. Estoy yo.
Se queda quieto con una bota en la mano.
Es un hombre que no se ha quitado la coraza para dormir en años, lo sé, duerme vestido, con la espalda a la pared, con el arma al alcance.
Y le estoy pidiendo que se quede sin nada en una casa que ayer fotografiaron desde un cerro.
Es una barbaridad lo que le pido. Lo veo pesarlo.
Lo veo contar las puertas del cuarto, dos, la del pasillo y el armario, lo veo comprobar con los ojos que el arma está en la mesilla al alcance de la mano, y luego, despacio, como quien deja un puesto de guardia que no ha abandonado nunca en toda una guerra, se quita la chaqueta.
El arnés. Lo deja todo doblado en la silla, ordenado, militar, con esa pulcritud suya que es otra forma de control, y se queda en camiseta, y se gira hacia mí, y me mira con una pregunta en la cara que no formula porque no sabe formularla: ¿y ahora qué hago sin escudo?
— Ahora ven — digo.
Y viene.
No hay prisa esta vez. Lo desvisto yo, despacio, como destapo un guiso que ha estado horas al fuego, con cuidado de no romper lo que se ha hecho dentro.
Le paso las manos por las marcas que la otra noche no le pregunté, y esta noche tampoco le pregunto, solo las recorro con los dedos, una a una, y por cada una que toco él respira distinto, y entiendo, sin que me lo diga, que cada marca tiene un nombre y que ninguno es bonito.
Le beso una en el hombro. Otra en el costado.
La del costado le tensa todo el cuerpo y luego lo afloja, como si besarla le quitara algo de encima en vez de ponérselo, como si llevara años esperando que alguien la tratara como lo que es, una historia, y no como una foto morbosa.
— ¿Esto qué es? — pregunto, no la marca, lo otro, lo de los dos en una cama sin susto de por medio—. La otra vez dijiste que era algo que no estaba en el contrato.
— Sigue sin estar.
— ¿Y cómo se llama?
Aitor no contesta con palabras. Me coge la cara con las dos manos, las dos, los nudillos que cuentan puertas posados en mis mejillas, quietos por una vez, sin contar nada, y me besa despacio, larguísimo, un beso que no va a ningún sitio porque no quiere ir a ningún sitio, que se queda en el beso, y eso, un beso que se basta solo, que no es prólogo de nada, es lo más íntimo que me ha hecho nadie.
Roque me besó la frente mil veces. Nunca así.
Roque besaba para cerrar algo, para sellar un sí que me había sacado, para marcar.
Aitor besa para quedarse. Para estar. No me sella; me acompaña.
Lo que viene después es lento. Es de un hombre que por una vez no quiere despejar nada deprisa, que quiere quedarse en cada cosa el doble de tiempo del necesario, que me lee con las manos igual que yo lo leo a él, que cuando entro yo en él, o él en mí, da igual, lo importante es que esta vez nos miramos a la cara, los dos, sin girarnos, sin escudos, frente contra frente, y yo veo en sus ojos a las dos pulgadas de los míos una cosa que no había visto antes en ningún hombre que me tocara: que tiene miedo.
No de fuera. De esto. De mí. De lo que le estoy haciendo por dentro, que es soltar una guardia que no había soltado nunca, ni en doce años, ni con nadie, y que sin esa guardia no sabe quién es.
— Iago — dice, y le tiembla la voz, a este hombre que da por despejado un edificio entero sin que le tiemble el pulso le tiembla la voz diciendo mi nombre—, no sé hacer esto.
— ¿El qué?
— Esto. Dejar entrar a alguien. No sé. No lo he hecho nunca. Estoy todo el rato esperando el momento en que esto se vuelva un punto que tengo que defender. Y no llega. Y no saber defender me asusta más que cualquier cosa que me hayan disparado.
— Lo estás haciendo. No defiendes nada. Estás aquí.
— Por eso tengo miedo.
Y ahí, justo ahí, mientras nos movemos despacio en una cama que chirría y él me dice que tiene miedo de dejarme entrar, es donde se me cae la mentira de quince años.
La mía. La que me cuento desde que Roque me cogió de la nuca y me enseñó que dejarse cuidar es dejarse poseer, que abrir la puerta a alguien es entregarle la llave.
Porque esto no es eso. Esto es lo contrario de eso.
Aitor no me está poseyendo. Aitor se está exponiendo.
No me coge: se entrega. Y por primera vez en mi vida adulta, aquí, con un hombre dentro de mí y los dos sin escudo, pienso una cosa que no me había permitido pensar nunca:
No quiero estar solo.
Lo pienso así, claro, redondo, terrible.
No quiero estar solo. No quiero declarar y recuperar mi nombre y volver a mi cocina y cerrar la puerta y respirar el silencio yo solo, que es lo que llevo años creyendo que quería, que es mi deseo de manual, que me dejen en paz, que no me deban nada y no deber nada a nadie.
Lo quería porque deber algo a alguien siempre acababa en una mano en la nuca.
Y resulta que se puede deber algo a alguien y que la mano vaya a la mandíbula, abierta, sosteniendo, y no a la nuca, empujando.
Resulta que hay una diferencia. Llevo treinta y tres años sin saber que había una diferencia, y la aprendo en una cama de finca con un escolta que tiene miedo.
No se lo digo. No le digo no quiero estar solo, porque es demasiado, porque a cinco días de declarar no se le dice a un hombre no quiero estar solo cuando los dos sabemos que esto, esta cama, esta finca, esta tregua, se acaba el día doce pase lo que pase, ganemos o perdamos.
Pero lo pienso tan fuerte que me sale por las manos, que se me agarran a su espalda, a las marcas, a las que tienen nombre, como quien se agarra a un borde, su misma palabra de la otra noche, los dos agarrados al mismo borde por turnos, uno sosteniendo cuando el otro se cae.
Acabamos despacio también. Sin estruendo, sin la prisa de morir de la otra vez.
Acabamos como se apaga un fuego que ha hecho bien su trabajo, bajando, bajando, hasta las brasas, hasta el rescoldo, y nos quedamos los dos en la cama estrecha mirando el techo de la finca, su brazo bajo mi nuca, mi cabeza en su hombro, su corazón debajo de mi oreja yendo de mil a quinientos a algo casi humano, esa cuenta atrás suya que ya me sé de memoria mejor que el reloj de los doce días.
— Iago — dice, al rato, bajo, a oscuras.
— ¿Qué?
— Nada. — Una pausa—. Solo quería decirlo. Tu nombre. Para oírlo en este cuarto sin que pase nada después. Para saber cómo suena cuando no es una orden ni un parte.
Sonrío contra su hombro. Le beso la clavícula.
Y me dejo, por fin, me dejo del todo, cierro los ojos en brazos de un hombre que tiene un arma en la mesilla y una guardia que nunca baja, y por primera vez en años me duermo sin picar cebolla, sin amasar pan, sin hablar para no oír el silencio, porque el silencio, al lado de Aitor, ya no tiene la voz de Roque.
Tiene su respiración. Y eso lo aguanto. Eso lo quiero, hasta.
Me duermo. Y por eso no lo veo en el momento. Lo reconstruyo después, por cómo lo encuentro al despertarme una hora más tarde, con la boca seca y la mano buscándolo en la cama, esa mano que ya sale sola a buscarlo dormido, que ya da por hecho que estará.
Aitor no duerme.
Aitor está despierto, conmigo encima del brazo, en la oscuridad, y tiene los ojos abiertos clavados en la puerta del cuarto.
Y le miro los labios, que se mueven apenas, sin sonido, y entiendo lo que hacen, porque llevo cinco días aprendiendo a leerle la boca igual que él aprendió a leerme las manos.
Cuenta. La puerta del cuarto. La del pasillo.
La principal, dos pestillos. La trasera, barra nueva.
Las ventanas, una clausurada. Cuenta salidas en la oscuridad mientras me abraza, con un hombre dormido sobre el brazo y el corazón por fin tranquilo, sigue contando por dónde sacarme si entran, porque no sabe apagarlo, porque ni amando puede bajar del todo esa guardia, porque su amor también cuenta puertas.
Y entonces lo entiendo, y me da una ternura que duele: este hombre no va a dejar de contar puertas nunca.
Ni por mí. Lo más que puede darme es contarlas conmigo encima del brazo, en una cama, abrazado a lo que más le da miedo perder.
Su entrega no es soltar la guardia. Es montar la guardia conmigo dentro de ella, en vez de dejarme fuera.
Cierro los ojos otra vez. No le digo que lo he visto. Lo dejo contar. Que cuente. Que cuente todas las salidas que quiera, mientras la que use, cuando llegue el día, sea conmigo. Mientras de todas las puertas que cuenta, ninguna sea para sacarme de su vida.