El protocolo del silencio Capítulo 17
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Capítulo 17

La trampa es vieja y por eso funciona. Se llama canario, o información marcada, o mentir a tres personas de tres maneras distintas y esperar a ver cuál de las tres mentiras te vuelve por el lado de fuera.

Quien te la devuelve es quien la sacó. La aprendí en la unidad y la usé dos veces y las dos veces cacé a quien tenía que cazar.

La diferencia es que esta vez una de las tres personas me cae bien, y eso, en este oficio, es justo lo que no te puedes permitir.

Día seis, once de la noche. Iago duerme, o lo finge para dejarme trabajar.

Me ha dejado un trozo de pan en un plato sobre la mesa, el malo de hoy, el gomoso, con una nota que dice "para que no pienses con el estómago vacío, jefe".

Me lo como sin pensar y sabe a él de todas formas.

Luego aparto el plato y pongo la radio, el móvil de finca de Lázaro y un papel donde he escrito tres frases.

Tres salidas falsas de la finca, tres rutas, tres horarios.

Ninguna es la verdadera. La verdadera no se la voy a decir a nadie hasta que toque, ni a Sonia.

Cuento puertas. Seis. Empiezo.

A Sonia la llamo por la banda cifrada de Cerco. Me contesta a la primera, que es lo que hace siempre, y de fondo se oye el siseo del vapeador de regaliz que apesta hasta por teléfono.

— Dime que estás vivo — dice.

— Estoy vivo.

— Y el chef.

— También.

— Y no me digas despejado, Aitor, que te conozco. — Una calada—. ¿Qué necesitas a las once de la noche?

— Plan de exfiltración. — Bajo la voz, aunque Iago duerme—. Si esto se tuerce, salimos por el norte. Por la pista forestal que baja a la nacional a la altura del Ventorro. Lázaro la conoce. A las cero cuatro, con luna baja.

Mentira. La pista del norte está cortada por un desprendimiento desde octubre; Lázaro me lo dijo el primer día.

Si esa ruta vuelve a mí desde fuera, la sacó Sonia.

Y no creo que sea Sonia. Pero el canario se le pone a todo el mundo o no sirve; el día que dejas a una persona fuera de la prueba porque te fías, esa es justo por la que te entra el agua.

— Recibido — dice ella—. ¿Apoyo?

— Aún no. Si te lo pido, lo necesitaré ya.

— Aitor. — Pausa. La calada otra vez, y la voz le cambia, deja el operativo y se pone la otra, la que solo usa conmigo—. Te oigo raro. No raro de cansado. Raro de otra cosa. ¿Estás bien?

— Despejado.

— Eso. Eso justo. — Casi se ríe, sin ganas—. Cuando me dices despejado a mí es que algo te ha entrado por dentro. Llevo doce años oyéndotelo. La primera vez que me lo dijiste fue al volver de lo de Nael. ¿Qué te ha entrado ahora?

No le contesto. Le devuelvo una pregunta, mi recurso, el de Iago, nos hemos contagiado.

— ¿Roque ha movido algo en Madrid hoy?

Sonia suelta el aire. Me deja escapar, como siempre, porque sabe que no va a sacarme nada que yo no quiera dar, y porque hace doce años que me sigue la corriente para que yo le siga la suya cuando importa.

— Ha adelantado la firma con Aurelian — dice, y eso sí me endereza en la silla—.

La hora notarial. Era a mediodía del día doce.

Ahora es a las nueve y media de la mañana.

Quiere la venta cerrada antes de que abran el juzgado.

Estrecha el margen. Pinilla dice que la declaración tiene que entrar en fiscalía antes de esa hora o la cláusula de buena fe blinda al fondo y el fraude queda enterrado bajo una compra legal.

— ¿Cuánto margen nos deja?

— Casi ninguno. Tenéis que estar en Madrid de madrugada y en fiscalía a primera hora.

Si salís tarde de la sierra, no llegáis.

— Una calada larga—. Por eso te pregunto cómo estás, Aitor.

Porque el día doce vas a tener que correr, y un hombre que corre con la cabeza en otra parte tropieza.

Y tú tienes la cabeza en otra parte. No me lo niegues, que se te nota hasta en cómo respiras al teléfono.

— Cerco uno, fuera — digo.

Cuelgo antes de que me saque más. Anoto la hora del adelanto de la firma en la libreta, en mayúsculas, subrayada dos veces.

Nueve y media. El reloj acaba de apretar otra vuelta, y la cuerda que lo aprieta es Roque desde un despacho de Madrid, moviendo notarios como movía proveedores.

La pista del norte ya está sembrada. Una.

A Lázaro lo pillo en su caseta, a cien metros de la casa principal, por el móvil de finca. Tarda en cogerlo y cuando lo coge gruñe en vez de saludar, ese gruñido suyo que ya distingo del de enfado.

— Lázaro. Aitor. Si tengo que sacar al chef de aquí rápido, ¿por dónde?

Gruñido. Pensando. Lo oigo escupir al fuego.

— Por la vereda del agua — dice al fin—. La que baja al arroyo y sale al puente viejo. No está en mapa. La sé yo y dos pastores muertos. — Una pausa—. Y los perros.

— Esa no. — Le miento al guarda también, y me sabe peor que mentirle a Sonia, porque Lázaro no me ha dado más que verdad desde el primer día, y mentir a quien no te miente nunca ensucia algo—.

Si te pregunta alguien, cualquiera, hasta de Cerco, la salida es por la presa. Por el embalse. ¿Vale? Por la presa.

Silencio largo. Lázaro no es tonto. Lázaro huele la trampa como huele la lluvia un día antes.

— Por la presa no se sale — gruñe—. La presa es callejón. Pared de agua y muro. Lo sabes.

— Lo sé. Por eso. Si alguien me dice por la presa, sé de dónde lo sacó. ¿Me sigues?

Otro silencio. Y luego, lo más largo que le he oído decir junto, las palabras saliéndole a cuentagotas como de un hombre que las tiene tasadas:

— Te sigo. Cazas rata. — Una pausa—. Cuidado, que la rata muerde cuando se ve cazada. Y el chef duerme al lado de la rata sin saberlo. — Y, antes de colgar, un último gruñido que es casi un consejo—: La rata no está en mi monte. La rata está en tu radio. Mira ahí. — Cuelga.

La presa, sembrada. Dos. Me quedo con el móvil en la mano y la frase de Lázaro encima: la rata está en tu radio.

No literalmente; Quim no está en la finca, está abajo, en el pueblo, en su coche con las camisas nuevas.

Pero su voz sí, su radio, su línea directa a esta cocina.

Tan dentro como si durmiera en el cuarto de al lado, más dentro, porque al menos a un hombre que duerme al lado lo ves.

Y ahora Quim. La tercera frase, la que de verdad me importa, porque a Quim es a quien sospecho y a Quim hay que darle el canario que más se note si vuelve. Lo llamo por la banda cifrada.

— Cerco uno, aquí dos, tranqui, dime. — Despierto otra vez a la una menos cuarto. Nadie tan dispuesto a las tantas a no ser que esté esperando llamadas, a no ser que duerma con el móvil en la mano por si su otro jefe lo necesita.

— Quim. Plan de contingencia. Si el punto se compromete, exfiltramos al protegido por la carretera vieja del puerto. La de la ermita. Salida a las cero tres, hacia el sur, dirección Madrid por el desvío del Bar Quevedo. ¿Lo apuntas? Por si Sonia te lo pide para coordinar apoyo.

— Apuntado, jefe. Carretera vieja del puerto, cero tres, sur, desvío del Quevedo.

— Lo repite entero, perfecto, demasiado perfecto, un hombre que apunta con cuidado lo que le va a vender a otro, que no quiere equivocarse de mercancía—.

Tranqui que lo guardo. ¿Va en serio la cosa?

¿Tan mal está? ¿Os saco yo o sube apoyo?

— Precaución, nada más. Cerco uno, fuera.

La carretera vieja del puerto, sembrada. Tres. Tres salidas falsas en tres bocas. La del norte a Sonia, la de la presa a Lázaro, la del puerto a Quim. Ahora a esperar a ver cuál sale de la sierra, cuál de las tres mentiras hace el viaje hasta Madrid y vuelve.

No tengo que esperar mucho. Esa es la parte que me hiela.

A las dos y diez, mientras hago la ronda exterior con la linterna táctica baja, pegado al muro, el móvil de finca de Lázaro vibra en mi bolsillo.

Es Olvido. Olvido Reta, la de Iago, la jefa de sala, a la que aún no había contactado yo, a la que solo Iago ha llamado una vez desde aquí.

Su voz suena vieja y firme y asustada al fondo del aparato, todo a la vez, una mujer que lleva el miedo bien sujeto pero lo lleva.

— Dígale a Iago que tenga cuidado — dice, sin presentarse, sin gastar saludo—.

Que me ha llamado un conocido que mueve gente para Roque, de los que cobran deudas a la antigua.

Y me ha soltado, sin venir a cuento, para tantearme a ver qué sé, que él sabe por dónde van a sacar al chef de la sierra.

Que lo sacan por la carretera vieja del puerto, por la ermita, a las tres de la mañana, hacia el sur.

Que estarán esperando en el desvío del Quevedo.

— Una respiración fina—. ¿Eso lo sabe usted?

¿Es verdad? Porque si es verdad, cambien de plan, por Dios, que los esperan.

Me quedo de pie en mitad del monte negro, con la linterna apagada contra el muslo y el frío subiéndome por las botas, y por un momento no cuento ni una puerta. Por un momento la cuenta, que no para nunca, se para del todo.

La carretera vieja del puerto. La ermita. Las cero tres. El sur. El desvío del Quevedo. Palabra por palabra, comanda exacta, sin un dato cambiado.

Esa frase solo se la dije a una persona en el mundo hace una hora y cuarto.

Le doy las gracias a Olvido, le digo que sí, que cambiaremos el plan, que se quede tranquila, que duerma, y cuelgo antes de que me note en la voz lo que me acaba de confirmar.

Porque no me ha confirmado un dato. Me ha confirmado una persona.

Llevo días con la corazonada de Quim escrita en una libreta, una corazonada que no se sienta delante de un juez, y ahora tengo la ruta del puerto saliendo de su boca, viajando ochenta kilómetros hasta un cobrador de Roque, y volviéndome por el teléfono de una jefa de sala de sesenta años.

La cadena entera. Quim a Roque, Roque a su gente, su gente a Olvido para tantearla. El canario ha cantado.

Lo que hago ahora, agachado contra el muro frío con la linterna apagada, no es asaltar la radio y gritarle a Quim que lo sé.

Eso sería el error del principiante: cazas la rata y la rata, al verse cazada, deja de ser útil y muerde.

Lo que hago es lo más difícil que sé hacer, que es no hacer nada todavía.

Dejar que Quim siga creyendo que es más listo que yo.

Seguir diciéndole tranqui cuando me diga tranqui.

Subo al cerro, cojo las dos rayas de cobertura, y le mando a mi topo, con todas las letras, el parte de la noche: punto despejado, sin incidencias, descansa.

Y me quedo mirando la pantalla hasta que aparece el doble visto, hasta saber que se ha tragado mi tranquilidad igual que yo me trago la suya.

Una corazonada no se sienta delante de un juez. Pero esto, esta ruta que ha viajado y ha vuelto, esto ya casi sí. Casi del todo. Me falta solo pillarlo con las manos en ello.

Porque esa frase, la del puerto y la ermita y el desvío del Quevedo, palabra por palabra, no se la dije a Sonia, ni a Lázaro.

Se la dije a Quim.