Capítulo 16
El pan de hoy me ha salido mal a propósito.
Le he metido demasiada agua para que la miga quede gomosa, para tener algo que hacer con las manos durante horas, para amasar y reposar y volver a amasar y que la tarde del día seis se vaya en eso y no en pensar en una cámara en un cerro mirándonos follar.
Aitor sube y baja del perímetro cada cuarenta minutos.
Yo amaso. Lázaro ha vuelto al monte a ver no sé qué, con esa escopeta vieja al hombro y los perros detrás.
La casa huele a levadura y a tensión, dos olores que no pegan y que aquí conviven a la fuerza, como nosotros.
A media tarde paro. Me siento en el suelo de la cocina, con la espalda contra el armario bajo, en el mismo sitio donde anoche nos tiramos al suelo cuando pasó el dron.
La harina se me ha metido bajo las uñas.
Y le digo a Aitor, que acaba de entrar de la ronda y se ha parado en la puerta como siempre, sin cruzarla:
— Siéntate. En el suelo. Aquí.
— Tengo que...
— Tienes que sentarte aquí cinco minutos. Lo demás puede esperar cinco minutos. — Doy una palmada en la baldosa, a mi lado—. Si no, te lo cuento de pie y queda peor. Y lo voy a contar, así que elige cómo.
Lo piensa. Cuenta algo, lo veo, las salidas de la cocina, dos, y decide que desde el suelo cubre las dos igual, y se sienta.
A mi lado, la espalda contra el armario, el hombro a un palmo del mío, el arma todavía bajo la chaqueta porque este hombre no se sienta nunca del todo.
Pero se sienta. Para él, sentarse en el suelo de espaldas a una puerta es casi desnudarse.
— Te voy a contar lo de Roque — digo—. Lo entero. Porque lo necesito contar antes de que él suba y me lo cuente a su manera, que es mentira con cariño. Y si lo oyes tú antes de su boca, a lo mejor cuando él lo cuente no me lo creo.
Aitor no dice nada. Es bueno en eso, en no llenar el silencio del otro.
Roque lo llenaba siempre. Esa es la primera diferencia que aprendí entre los dos hombres: Roque, cuando yo callaba, hablaba él por mí, me ponía las palabras en la boca, me decía lo que yo sentía antes de que yo lo supiera.
Aitor calla conmigo. Me deja el hueco. Y en el hueco, por fin, me oigo yo.
— Tenía diecisiete años cuando entré en su cocina — empiezo, y miro la harina de mis uñas, no a él, es más fácil así—.
Era un freidor de mierda en un bar de menú, friendo calamares a tres euros la ración para borrachos.
Roque tenía cuarenta y pico y una cocina de barrio que empezaba a sonar.
Me vio limpiar pescado un día que faltó alguien.
Me dijo: tú tienes manos. — Cierro el puño con la harina dentro—.
Nadie me había dicho nunca que tenía nada.
Mi padre se murió cuando yo tenía nueve, cocinero también, en una cocina, de corazón, a los cincuenta, con un trapo al hombro y una comanda en la mano.
No me dejó más que el oficio en la sangre y ni eso me lo había dicho, ni una vez me dijo lo haces bien, hijo.
Y llega este hombre, Roque, y me mira limpiar una merluza y me dice tú tienes manos, y yo...
yo le habría dado un riñón allí mismo, encima de la tabla.
— ¿Qué te dio él?
— Todo. — Suelto el puño—. Eso es lo jodido, Aitor.
Que me lo dio todo de verdad. No es un cabrón de los de manual que me explotó y ya.
Me enseñó. Me pagó cursos que yo no podía pagar, en sitios donde no me habrían dejado entrar ni a fregar.
Me sacó del freidor y me puso al pase con veinte años, que es una locura, y la gente le decía que estaba loco por darle un pase a un crío, y él decía el crío tiene manos.
Me presentó a quien había que conocer. Cuando me hice un nombre y la tele vino a buscarme, fue él quien me convenció de decir que sí, fue él quien negoció que yo mandara en mi plato delante de la cámara, que no me convirtieran en un mono de feria.
Me construyó. Literalmente. Yo soy obra suya y lo sé, y por eso esto es lo que es. Por eso no es fácil.
— ¿Y entonces?
— Y entonces, cuando ya era suyo del todo, cuando ya no sabía dónde acababa yo y empezaba lo que él había hecho de mí, empezó lo de la mano.
— Me toco la nuca sin querer, ahí donde él la ponía—.
La mano en la nuca. Por tu bien, chaval.
Esto lo firmas, chaval, que para leer papeles ya estoy yo.
Por tu bien, chaval, esta marca de conservas la metemos en la despensa, es de un amigo, hazme el favor.
Por tu bien, chaval, no salgas tanto, que la gente habla.
Y yo no leía los papeles, no metía la nariz en los proveedores, no salía si él fruncía el ceño.
Porque era él. Porque me había dado todo.
¿Cómo le voy a leer los papeles al hombre que me dijo que tenía manos?
Eso sería como desconfiar de un padre. Y yo no tenía padre. Tenía a Roque.
Aitor mueve el hombro. Apenas. Lo acerca un centímetro al mío, hasta que se tocan, y lo deja ahí.
No me agarra, no me consuela, no dice pobrecito, no me explica lo que siento.
Solo apoya el hombro contra el mío, y para un hombre que no se deja tocar es la cosa más grande que sabe hacer. Me lo deja. Me deja seguir.
— Las conservas estaban malas — digo, y la voz se me pone fina—.
Marismeña. Un lote adulterado, ya sabes la historia, salió en todas partes.
Gente que cenó en mi restaurante y acabó en urgencias por una toxina en una lata de bonito.
Una señora estuvo grave. Nueve días en la UCI.
Setenta y un años. Por una lata que yo metí en mi despensa porque Roque me dijo por tu bien, chaval, mete esto.
— Trago—. Y cuando estalló, cuando vino la inspección, ¿sabes qué hizo Roque?
Me cogió de la nuca, esa mano, y me dijo: tranquilo, chaval, yo te protejo, esto lo arreglo yo.
Y se puso a borrar facturas. A mover dinero.
A pagar a quien hiciera falta. Por mi bien.
Para protegerme. Y ahí, viéndolo tapar la mierda con esa cara de padre que arregla las cosas, lo vi por fin.
— Viste qué.
— Que protegerme y poseerme eran la misma palabra en su boca.
— Lo miro por fin. Tiene la mandíbula apretada y los ojos fijos en la puerta, escuchando con todo el cuerpo, y algo en cómo aprieta la mandíbula me dice que esto le toca a él por algún sitio que no me cuenta—.
Que llevaba quince años protegiéndome para que nunca, jamás, pudiera dar un paso sin él.
Que el día que yo dijera la verdad no perdía un socio: perdía a su obra.
Y un hombre no deja que su obra hable sola.
Por eso Roque no quiere matarme, Aitor. Eso casi sería más limpio, más honesto.
Lo que quiere es que yo, por mi cuenta, decida callar.
Que yo elija deberle el silencio. Porque mientras yo le deba el silencio, sigo siendo suyo.
Un muerto no es de nadie. Un hombre que se calla por ti es tuyo para siempre.
El sol del día seis se ha ido cayendo mientras hablaba y la cocina está medio a oscuras, ese azul de las tardes que se acaban antes de tiempo en otoño. No enciendo. Se está mejor así para esto.
— La parte que no le he contado a nadie — digo, más bajo— es que lo quiero todavía.
Un poco. En un rincón. Al hombre que me dijo que tenía manos.
Y eso es lo que me da asco de mí. Que voy a subir a un juzgado a hundir al único que apostó por mí cuando yo no era nadie, y una parte de mí, mientras lo hundo, le va a estar pidiendo perdón.
Como un crío. Perdón, papá, por contar lo que hiciste.
— Eso no te da asco — dice Aitor. Habla por fin, y habla bajo, a la puerta, como dice las cosas difíciles—.
Eso te hace humano. El que no siente nada al hundir a alguien que lo crió es Roque.
Tú no eres Roque. Quererlo todavía y declarar igual es más valiente que no quererlo.
Cualquiera hunde a quien odia. Hundir a quien quieres y sabes que hace daño, eso cuesta.
Me giro hacia él. Estamos muy cerca, en el suelo, en la penumbra azul, y por una vez no hay deseo en medio, o sí lo hay pero debajo de otra cosa más grande, más quieta.
— Va a venir — digo—. Lo dijiste. Va a subir a esta finca y me va a poner la mano en la nuca y me va a decir por tu bien, chaval, déjalo correr, lo arreglo yo, y va a tener razón en algo.
Va a tener razón en que sería más fácil, en que recupero el restaurante, en que la señora de la UCI ya está bien, en que para qué hundir a un viejo que te quiere.
Y yo... — Trago—. Yo le he dicho que sí a ese hombre quince años seguidos.
Tengo el sí entrenado. El cuerpo se me va al sí cuando él pone esa mano.
No es una decisión, Aitor. Es un reflejo.
Como retirar la mano del fuego. Llevo quince años de músculo diciéndole que sí.
— ¿Qué me estás pidiendo?
Le cojo la mano. La de los nudillos que cuentan puertas. Se la sostengo entre las dos mías, llenas de harina, y se la aprieto, y noto los dedos tensos debajo, siempre listos para contar, y los aprieto más para que paren.
— Que cuando él me ponga la mano en la nuca y yo empiece a flaquear, tú no dejes que me convenza.
— Le aprieto—. Que no dejes que me convenza de callar, Aitor.
Pase lo que pase. Aunque yo te lo pida. Aunque te diga que quiero callar, que prefiero el silencio, que es más fácil así para todos.
Tú no me dejes. Esa es la única cosa que te pido que protejas.
No mi cuerpo. Eso ya lo haces, eso se te da bien.
Mi voz. Que no me la quite. Ni él, ni yo mismo por miedo, ni el crío de diecisiete años que llevo dentro y que todavía le debe un riñón.
Aitor me mira la mano en la suya, la harina, el apretón.
Tarda. Mucho. Cuando contesta no aparta los ojos de la puerta, pero le tiembla algo en la voz, una grieta fina, la de un hombre que está prometiendo lo que más le cuesta prometer porque sabe lo caro que es no fallar a una promesa, lo sabe mejor que nadie, lo lleva escrito en algún sitio que no me enseña.
— Tu voz — dice—. Vale. Te protejo la voz. Aunque tenga que protegerte de ti mismo. Aunque te ponga en mi contra. Eso te lo juro.
— Júralo otra vez.
— Te lo juro. — Y me mira, esta vez sí, me mira a los ojos en la penumbra—. Tu voz por delante de todo. Incluso por delante de tu cuerpo, si hace falta elegir. Antes muerto que dejar que te calle.
Y yo, idiota de mí, con harina bajo las uñas y un topo en un cerro que nos ha visto desnudos, me lo creo del todo.
Me fío. Bajo la guardia entera con un hombre por primera vez desde que un mentor me cogió de la nuca a los diecisiete y me dijo que tenía manos.
Le entrego lo único que nunca he entregado: el permiso para llevarme la contraria por mi bien.
A él se lo doy. A él, que es justo el que no debería tenerlo.
No sé que en su bolsa, a tres metros de mí, hay un papel firmado con su nombre que dice justo lo contrario de lo que me acaba de jurar.
No sé que el hombre al que le entrego el permiso para protegerme la voz lleva en el bolsillo la correa que me vende.
Esta tarde no lo sé. Esta tarde solo sé que su hombro está contra el mío y que me ha jurado dos veces lo que necesito.
Aprieto su mano. Él aprieta la mía. Y en la penumbra azul de la cocina sellamos un pacto que solo uno de los dos sabe que ya está roto.